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Full text of "Cervantes; revista hispano-americana"



iimm 











Y 




AÑO 11 


NÚM. XII 


Cr. 


RVA\"i5 




Madrid, Junio 1917 




REVISTA MENSUAL 




VILLAESPESA 
EN AMÉRICA 



En el número anterior de esta Revista 
dimos a conocer la llegada a América de 
nuestro Director. Hoy ofrecemos a nues- 
tros lectores las exquisitas poesías con 
que le han rendido homenaje los poetas me- 
xicanos en un banquete íntimo que orga- 
nizaron en su honor. Comenzaremos antes 
por reimprimir la salutación con que fué 
recibido en Veracruz. 



'* 



CERVANTES 






• > 



Salutación. 



EL ALMOCRÍ 

El almocri severo de la mezquita 
Sentado en su alcatifa de taíetán. 
En la nave mudejar de m.alaquita 
'Sin Alah ni profeta, llora y medita 
Sobre cada versículo del Alcorán: 



r^ j Ya no tiene muezín el minarete, 

j ¿Quién reunirá el aljama en oración? 

(9/7 ¿Dónde la gloria está del Guadalete? 
iul-So"/" ^^ campo, del Omniada gallardete 

¿Quién la luna en menguante arrebató? 

Y resbalan las horas en llanto 
Por el alma del viejo almocrí, 

Y sollozan lejanos, en tanto, 
Añafiles que mienten un canto 
De profunda nostalgia zegrí: 
La vida canta su rapsodia 

De la mezquita en derredor, 

Y un gerifalte da custodia 
Al coro alado que salmodia 
Su viejo cántico de amor. 
Mas, de pronto, por la vega 
Hierve música el clarín. 



CERVANTES 



Y en el dombo el eco juega. 
¿Es un príncipe que llega 

O es el que llega, S^lím? 

Por la nave desierta 

El eco al escuchar, 

El almocrí despierta 

Y, en su pasmo, no acierta 

A reir, ni a llorar... 

Pero alza violento 

Con aire triunfal 

Y corre sediento 

De luz al momento 

La torre a escalar: 
Cruza la sala 
De la oración, 
Coge la escala 
Deshecha y mala 
Del torreón. 

Y segures 
Alma y pie. 
Por los muros 
Sube, oscuros, 
Sin temer: 

Vacila... 
No ve... 
Tranquila 
Vigila 
Su fe. 



CERVANTES 



Llegó 
Ya. 

Saltó, 
Vió... 
¡Ah! 

A lo lejos 

Pinta el sol 

Oros viejos 

Con reflejos 

De arrebol: 
¿Dónde está el noble 
Conquistador, 
Brazo de roble 
Hecho al mandoble 
Que no al azor? 
Sendero adelante, 
Sin apresurar, 
Viene un caminante 
De noble talante 

Y ardiente mirar: 

Se acerca a la mezquita, 

Y al son de su rabel, 
Un cántico recita 
Loando la infinita 
Grandeza de Israel. 

El almocrí, en voz inquieta, 
Grita al viajero:— ¿Quién sois? 
Respuesta: — ¡Soy un poeta! 



CERVANTES 



— ¿Vivís? — ¡En todo el planeta! 
— Y ¿a dónde vais? — ¡Voy al sol...! 
Sobre los cielos descubiertos, 
Dos haces íúlgidos de luz 
Llenan los ámbitos desiertos 
Y, con los brazos muy abiertos, 
Forman solemnes una cruz... 

Y cual Pablo el soberbio en camino 
De Damasco, cayó el almocrí 
Deslumhrado del fuego divino; 

Y cantaba el gentil peregrino: 

— ¡Coge el báculo y ven tras de mil 
Y, mezclada con fuego, el asceta 
Nueva sangre en las venas sintió, 

Y o'lvidando el Corán y al profeta, 
Convertido en cristiano y poeta, 
Al poeta cristiano siguió... 



ENVÍO A VILLAESPESA 

Cantor, para mirarte llegar por el camino. 

Creyéndote un Alcides, a mi torre subí: 

Te hallé humilde., cantaste... y seguí tu destino; 

Porque tú eres el noble poeta peregrino, 

Y yo, de la mezquita... soy el viejo almocrí..; 

Antonio GUZMAN AGUILERA 



6 CERVANTES 

Homenaje poético. 

Y pienso que la vida... 

A Francisco Villaespesa. 

Y pienso que la vida se me va con huida 
inevitable y rápida, y me conturbo, y pienso 
en mis horas lejanas, y me asalta un inmenso 
afán de ser el de antes y desandar la vida. 

¡Oh, lo" pasos sin rumbo por la senda perdida, 
los anhelos inútiles, el batal ar intenso! 
jCómo flotáis ahora, blancas nubes de incienso 
quemado en los altares de una deidad mentida! 

Páginas tersas, píginas de los libros, lecturas 
de espejismos enfermos, de cuestiones obscuras... 
¡Ay, lo que yo he leído! ¡ Ay, lo que yo he soñadol 

Tristes noches de esiéril med tación, quimera 
que ofuscaste mi espíritu sin dejarme siquiera 
mirar que iba la vida sonriendo a mi lado... 
¡Ay, lo que yo he leído! ¡Ay, lo que yo he soñado! 

Enrique GONZÁLEZ MARTÍNEZ. 

Saludo. 

A Villaespesa. 

Al del verso oriental, musical fuente íre>ca 
que canta entre azucenas de corola enlunada. 



CEBVANTEíi / 

Al que lleva en los ojos la miliunanochesca 
— más bella por difunta — visión de Scherazada. 

A la guzla amorosa y a la dulzaina de oro 
soplada en el Sarmiento de una exúbera vid. 
Al ruiseñor nostálgico del claro jardín moro, 
que fué tal vez un príncipe bajo Harun al Raschid. 

Al que arrayán y mirto delatan en las zambras 
donde Fátimas sueñan. Al que entre las Alhambras 
del arte erige esbeltos surtic'ores de luz. 

Al árabe sonámbulo, inactual y moderno, 
que hoy alegra la fronda del ahuéhuetl paterno 
con la rosa escarlata de su canto andaluz. 

Rafael LÓPEZ. 



La caja de música. 

A Francisco VHIaespesa. 

El alma escucha en silencio 
los cantares de la arquilla, 
de la arquilla musical; 
es el agua de Juvencio 
que, como una maravilla, 
se escapa en luz ideal. 

Y la canción encantada 
es como un atardecer 
o como larga mirada 
de oíos tristes de mujer. 



8 CERVANTES 

Entrecerrando los ojos, 
me paso las horas muertas 
que fingen en mis antojos 
anhelos de alas abiertas. 

Y es todo un soñar en este 
momento fugaz, cuando, 
bajo el misterio celeste 
la arquilla sigue cantando. 

Manuel de la PARRA, 



La princesa del lago. 

A Paco Villaespesa^ 

iD'ce la tradición que una joven princesa 
—gema digna del mágico joyero de Estambul, — 
vino junto a este lago a llorar su tristeza 
y entonces se hizo el lago máá triste y más azul! 

¡Sahumaron las «chinampas» su indígena belleza 
de un moreno dorado como el trigo garzul, 
y fué el lago una enorme lágrima de turquesa 
llena de otra turquesa: la del célico tul! 

iTalvez enloscrepúsculosñota el encantamiento 
de aquel lloro divino y el agu lo lamento 
se confunde del áurea de Estío a los murmullos, 
mientras que por la noche, subiendo de las olas. 



CERVANTES 



sobre el ensangrentado chai de las amapolas 
corusca en el errante fulgor de los cocuyos! 

JOSÉ DE J. NUÑEZ Y DOxMlNGUEZ. 



En loor de la provincia. 

Á VUIaespesa. 

En juvenil saludo «¡oh, Cortesana!» 
Llamo con entusiasmo a la Ciudad, 

Y a la fértil Provincia, dulce y lejana, 
La bendigo 

Y le digo: 

— «(Piadoso relicario de santidad!» 

La provincia tiene una suave melancolía: 
Es como esas miradas tristes de las mujeres 
Que van viendo alejarse la barca de los días. 
Cargadas con los dones, del amor, a Citeres. 

Con la quietud arcádica de su placidez. 
Con su paz interior, invita a descansar. 
Todo pulcra es y llena de clara sencillez 
Cual los manteles blancos del yantar familiar. 

La Provincia es la eterna renovadora 
Del lento desgaste de la Capital, 

Y cuando consumimos, hora tras hora, 
El aceite 



10 CERVANTES 

Del deleite, 

Está recuperando nuestro caudal. 

Ella guarda en un cofre perfumado de sándalo 
El sagrado depósito de nuestra tradición. 
Su oído está cerrado a li voz del escándalo, 

Y habla sólo en el bronce del toque de oración. 
Ubérrimo granero, fecunda cornucopia, 

Vierte sobre nosotros sus muníficos dones. 

Y siempre inagotable, nos suministra copia 
De grano, flor y fruto, en todas estaciones. 

Por sus ojos de dulce mirar bovino 
Han pasado los hombres a las batallas, 

Y en ellos se ha encendido ese divino 
resplandor 

Del amor. 

A los campos barridos por las metrallas. 

Con el alejamiento de las cosas vividas 
Se la ve como una melancolía oculta 
Tras el velo de monja de las oscuras vidas 

Y en sombras de convento para siempre sepulta. 
Imaginaciones ingenuas por la costumbre 

De pensar siempre los mismos pen?amieni03, 

Y de ser, sobre el fuego oculto de la lumbre. 
La pálida ceniza de los remordimientos. 

Vírgenes prudentes de los pueblos coloniales, 
Que están a la ventana esperando al espeso, 
Quemándose en el pábilo de las culpas veniales 
En esas largas noches de ensueño sin reposo. 



CERVANTES 



11 



Hombres de buena fe, modestos ciudadanos, 
Siempre oscilando entre el chisme y la verdad, 
Que marchan por la vida cogidos de las manos 

Y dándose mordiscos de tosca ingenuidad. 
Casas, cosas, aspectos de toda esa mexicana 

Provincia melancólica, presta a desaparecer. 
En el cielo nietzcheano de la nueva mañana 
Que en estas nuevas tierras empieza a renacer. 

En literario trazo loo cantando 
Eso que viera antaño mi juventud 
Por los dormidos pueblos, sueños hilando, 
Para gloria 

Y memoria 

De los años vividos en su quietud. 

Jesús VILLALPANDO. 



La india cobarde. 

Para Villaespesa. 

Son vasos de sombra sus ojos letales 
llenos de la esencia de morbosa flor; 
sus brazos son lianas que anillan, sensuales, 
el cuello sanguíneo del Conquistador. 

jBajo de la fronda de augustos ceibales 
donde hasta los pumas rugen su dolor, 



12 CERVANTES 

la india de ámbar olvida ancestrales 
orgullos de raza..., y ulula de amor! 

Va, cobardemente, cuando el día expira; 
— y entre los juncales rutilan de ira 
los ojos de azufre de un gato montes. — 

Va soliviantada por una ansia histérica, 
para que, mañana, el sol de la América, 
se nuble al hallarla junto a Hernán Cortés. 

Xavier SORONDO 



y parecía una muerta... 

Con el cariño máximo a 
don Fiancisco Villaespesa. 

Duérmete, estás cansada; la tarde está muy fría 
y te hace mucha falta la suavidad del lecho. 
Es hora de que duermas, pequeña hermana mía, 
las neblinas de Octubre te lastiman el pecho. 



Y la obediente riña de palidez de santa, 
aquella miniatura de tan poquita vida, 
se acurrucó temblando bajo la vieja manta, 
cerró sus grandes ojos y se quedó dormida. 



CERVANTES 



13 



Después, un fugitivo rayo de luz nevada 
se desmayó en la frente de la escultura jerta, 
y aquel copo de espuma, de nieve o de alborada, 
le dio tanta blancura, que parecía una muerta. 

Francisco BORJA BOLADO 



Idilio cglógico. 

Á Francisco Villaespesa. 

Con los blondos cabellos destrenzados 
ibas por el sendero amarillento, 
claudicando las flautas de tu acento 
en el verde mutismo de los prados. 

El ocaso fingió desmayamiento 
de nácares dispersos en los vados, 
y los revuelos que llevaba el viento 
evocaban tus senos intocados. 

Al sentir insinuante la querella 
del amor, que temblaba en una estrella, 
regresaste hacia mí con tus rubores... 
Los remansos callaron sus demencias 
y las brisas nos dieron somnolencias 
para la comunión de los amores. 

Gilberto RUVALCABA 



14 CERVANTES 

Sonata. 

LARGO MALINCÓNICO 

Para Francisco Villaespesa. 

En las solemnes víjperas de algún magno suceso 
no sé cuál es más grande: mi audacia o mi temor» 
He vivido tan libremente que— lo confieso — 
mi voluntad es víctima de un infantil pavor. 

Y no soy pusilánime. He retado al Destino 
con un gesto heredado de algún conquistador. 
Afronté la obstinada hosquedad de la senda 
por ambiciones dulce?, lejanas del amor. 

Sin vanidad he dicho Misereres y Salves 
en cuyas resonancias YO SOLO es mi clamor: 
como en el claro eFcudo de aquel conde de GaKes 
que demora en mi vida su desdeñoso ardor. 

ADAGIO LUCENTE 

El remoto relámpago tiende tras de los montes 
una ilusoria lámina de leve acero azul, 
y media Luna riega los negros horizontes 
con alucinaciones doradas de Estambul, 

En el firmamento una, dos estrellas errantes 
se deí>ploman. Los labios dicen ¡Felicidad...! 
y mis contemplaciones constela de diamantes 
^a Noche que es un mágico joyero de Bagdad. 



CERVANTES 1^ 



ALLEGRO TRIONFALE 

Largas renunciaciones a todo afán decrépito 
aceleran la savia del familiar laurel, 
y a través de sus ramas oigo el triunfal estrépito 
de un tropel de centauros ebrios de luz y miel. 

Las tempestades dóciles de un órgano litúrgico 
dan su música al verso terrible de Ezequiel, 
y difunde en mis venas vasto poder teúrgico 
el ritmo victorioso de un errante bajel. 

Oro, mármoles, bronces y cedro salomónico 
son a mi vida; ¡como a las manos de Aquel 
cuyas glorias en arte son un clamor sinfónico 
que San Pedro de Roma guarda, cual libro fiel! 

José D. frías 



De la vida humilde. 

A Francisco Villaespesa . 

Colonia de Guerrero. Calle nombre de flor. 
Amplia y hospitalaria casa de vecindad. 
Esperanza recita versos de actualidad 
y Abuela en un suspiro recuerda a Campoamor» 

Una rapaza mustia, de anémico color, 
chupa un limón que llora por la abierta mitad. 
Por fin hace su entrada, que es toda vaguedad, 
uno que la ccorriera» en la noche anterior. 



16 CERVANTES 

La portera regaña. Una Ofelia en la muda 
contemplación fantástica de un adorado ingrato 
deshoja la corola de una inquietante duda... 

Y en la hora imprecisa de mi común relato, 
en la ambigua casona la vida es una viuda 
de pupilas insomnes y de chai de burato. 

Martín GÓMEZ PALACIO 

\ILLAESPESA COMESTA A LOS POETAS 

BRINDIS 

A los poetas mexicanos. 

Hermanos: con el alma deslunbrada 
contemplo esta ciudad de maravilla 
que reclinada entre jardines brilla, 
de soberbios volcanes coronada. 

Nada encontró tan bello la mirada, 
pues junta a la nobleza de Castilla, 
la gracia melodiosa de Sevilla 
y el encanto oriental de mi Granada. 

Para loar sus parques soberanos, 
el porte señoril de sus hermosas, 
sus chros cielos y sus largos terso?; 

dejar quisiera crmo ofrenda, hermanos, 
todo mi corazón, trocado en rosas, 
y el alma entera transformada en versos. 

F. VILLAESPESA 



■CERVANTES 



17 



UN POETA DE LA HORA PRESENTE 

VERHAEREN 



Cuando sucumbió a un vulgar percance ferro- 
viario este escritor belga, dijese en letras de mol- 
de, insistentemente, que era el único capaz de 
cantar la epopeya de una guerra como la que es- 
tamos presenciando, de una guerra verdaderamen- 
te tentacnlar, que abarca, con sus prolongaciones 
interminables, a manera de pulpo gigantesco, a 
Europa y Asia, y ya amenaza comunicarse a la 
América del Norte y al Brasil. No sabemos lo que 
hubiese hecho Verhaeren; pero lo que tuvo tiempo 
de hacer demuestra que siendo Verhaeren, en 
efecto, un gran poeta, el tema sobrepuja a sus 
alientos, y le viene grande, lo misno que vendría 
grande, seguramente, a todo vate de nuestros días. 
Para fundar un poco esta aserción, diré lo que en- 

2 



18 CERVANTES 

tiendo acerca de la poesía épica y su posibilidad 
en nuestros días. 

Que toda poesía inspirada en la guerra tiene que 
ser épica, si ha de responder esencialmente a su 
objeto, parece que no sea necesario demostrarlo, 
porque lo prueban los hechos. No ha de entenderse 
por épico solamente lo que reviste forma de epo- 
peya, genéricamente hablando. Apenas hay epope- 
ya, entre las primitivas, basadas justamente en las 
guerras, no sólo de pueblos, sino de razas— como 
el Ramayana, el Mahabarata, y más tarde la Iliada 
y la Odisea — , que no tenga sus fuentes mucho 
más allá de la obra del poeta, ya culto, ya en 
cierto sentido erudito, que les ha dado la forma 
en que las conocemos. Ha sido el pueblo en sus 
cantos espontáneos, en la creación continua de 
poesía que, al través de los siglos, viene realizan- 
do, quien suministra la materia épica, y de esta 
formación lenta, natural, tenemos en nuestra lite- 
ratura nacional un ejemplo claro y demostrativo. 
Los elementos que en Grecia y en la India han 
sido, por decirlo así, reabsorbidos por la raza, aquí 
todavía podemos reconocerlos y los descubre la 
investigación cuando busca los orígenes del Ro- 
mancero y hasta los de los poemas del Cid. Hay 
más: tenemos en gran copia esos componentes, 
esa materia épica difusa, y nos falta la epopeya 
propiamente dicha. Es en nuestro teatro y en Zo- 



CERVANTES 19 

rrilla donde fueron a perderse, como riachuelos 
en el mar. 

Desde los mismos orígenes de la epopeya ha 
latido en su seno el fermento lírico. Sobre la mag- 
na e inconsciente obra de las colectividades surge 
la del individuo, que reclama sus derechos. Los 
reclama primero tímidamente, sin atreverse a lu- 
char con tradiciones, religiones, instituciones se- 
culares; todo ello pesa sobre el sentimiento indi- 
vidual, y lo hace como pudoroso, secreto, y, más 
que nada, ajeno a toda reivindicación de derecho 
alguno. Sin embargo, un día tras otro día, el indi- 
vidualismo acaba por imponerse, y se puede afir- 
mar que, asi como la edad primitiva y sus deriva- 
ciones hasta entrado el Renacimiento pertenecen 
a la epopeya, la Edad moderna pertenecerá ente- 
ramente al lirismo y el elemento épico irá desapa- 
reciendo, secándose como un árbol al cual se le 
han cortado las raíces. 

He aquí, a mi entender, la razón por la cual las 
epopeyas antiguas no reflorecieran, y la última 
sapiencial y magnífica fué La divina comedia. Ya 
sabemos que España no tuvo epopeya oficial, y 
con haber hecho nosotros las cosas más épicas de 
cuantas sucedieron en el mundo, lo único real- 
mente inspirado, a trechos, que en el género pro- 
dujo nuestra musa fué La Araucana, de Ercilla. 
La riqueza épica atesorada en nuestras entrañas 



20 CERVANTES 

fueron las redacciones más o menos tardías del 
Romancero, y la bullente expansión del teatro, 
en el cual lo épico culmina sobre lo lírico, aunque 
el lirismo individualista haya puesto su sello más 
hondo en personales como el Segismundo de La 
vida es sueño, y Casandra, la heroína de El cas- 
tigo sin venganza. 

Parecerá que estoy yéndome a enorme distancia 
de Verhaeren... No por cierto. Para decir que no 
pudo Verhaeren ser el poeta de la guerra, el can- 
tor épico de una patria y una nación oprimida, pi- 
soteada, lacerada; para afirmar que no cabía en lo 
lógico el que lo fuese, había que empezar recono- 
ciendo que la epopeya organizada es un género 
desaparecido. La evolución de los géneros es un 
estudio de historia natural literaria que ha sido 
hecho detenidamente casi como pudiera hacerse 
en un laboratorio, y se ha vi>toque la epopeya no 
nació jamás de la inspiración de un solo hombre, 
sino que es resultado de la creación legendaria 
colectiva, creación que dura bastante tiempo, si- 
glos, antes de que la concentre y recoja el poeta 
que ha de fijar su forma duradera. Y esto que voy 
escribiendo no va contra el talento, contra las 
cualidades muy altas de Verhaeren: no pudiera él 
realizar un milagro, alterando todas las leyes de la 
morfología literaria. 

Ante todo, hay que tener en cuenta que Verhae- 



CERVANTES 21 

ren no es tampoco otra cosa que un poeta lírico, 
como lo son todos los de su generación, Metter- 
linck en el teatro, y en la rima Verlaine, Mallar- 
mé, y tantos y tantos como pudieran citarse. Ver- 
haeren ha sido caracterizado como poeta de la 
alucinación, que es cosa muy lírica, una hiperes- 
tesia de la visión poética, en que adquieren alma 
todas las cosas, hasta las inanimadas, y hablan al 
espíritu. 

\ este don de la alucinación constante, de sen- 
tir la vida intensa y visionaria, es ya un don poé- 
tico, no cabe negarlo. Hay algo de profeta y de 
vidente en todo artista. Algunos, sin embargo, no 
prestan tal vivir misterioso a las cosas; las miran, 
al contrario, desde una altura serena, aunque en 
su fondo, trágica; y el mejor ejemplo de esta ma- 
nera de ver es un poeta francés, Leconte de Lisie; 
jefe de la escuela parnasiana y maestro de los im- 
pasibles y olímpicos, que tiene la calma augusta 
de un mármol griego. 

Busco en las historias de la literatura contempo- 
ránea francesas el nombre de Verhaeren, y debo 
declarar que encuentro en ellas y en los estudios 
críticos en general escasas referencias al poeta 
belga. Dijéiase que le niegan, tácitamente, la al- 
ternativa. Puede esto achacarse a la nacionalidad 
de Verhaeren; pero, dado el espíritu hospitalario 
de Francia, y la aceptación que otorgó a los no- 



22 CERVANTES 

velistas rusos y, en su día, a poetas como Heine, 
parece extraño que, en el campo de la crítica seria 
y metódica, hailen tan escaso ambiente Verhaeren 
y también Metterlinck. La guerra tal vez traiga, 
en este particular, una revisión de valores; entre 
tanto, transcribo el juicio de Rémy de G«urmont, 
heraldo de tantas reputaciones nuevas, y cuya 
manga más bien se puede calificar de anchísima, 
en bastantes casos. 

Dice así el crítico del Mercure: «Verhaeren no 
ha dominado e! idioma; sus más bellas páginas las 
doblega el peso de epítetos importunos; sus me- 
jores poemas se encuentran atollados en lo que 
antes se llamaba el prosaísmo». Antes y ahora, 
porque el prosaísmo no ha dejado de existir, y de 
ser una condición, o, mejor dicho, un d-fecto de 
bastantes poetas; las causas serían largas de re- 
contar. 

Reconoce, sin embargo, Gourmont q-.ie la im- 
pre>'ión producida por Verhaeren es de grandeza 
y vigor; y, como no podía menos de suceder, en- 
cuentra en el poeta belga a un descendiente di- 
recto de Víctor Hugo, Igual convicción sentí al 
leer algunos de sus versos, entre los cuales hay 
no pocos que Víctor Hugo pudiera firmar. Y esto, 
que en parte es un elogio, por otro lado indica en 
Verhaeren la filiación romántica. No he sentido 
hacia los imitadores de Hugo gran simpatía, y. 



CEKVANTES 23 

después de inclinarme ante las dotes realmente 
asombrosas del maestro, ante el prodigio de su 
verbalismo, ante su autoridad imperial sobre el 
idioma, me he atrevido siempre, desde hace bas- 
tantes años, cuando todavía quedaban en España 
hugólatras fanáticos, sobresaltados al decir yo, en 
mis lecciones en la cátedra de Estulios superiores 
del Ateneo de Madiid, que Víctor Hugo, con ser 
un poeta tan inconmensurable, no era tnipoeta. Y 
es que yo prefiero, a lo desmesurado, lo propor- 
cionado, y, en poesía, hasta lo breve, y sobre todo, 
lo humano, lo profundamente saturado de huma- 
nidad y embebido de sentimiento. A^í, en el 
siglo XIX, mis poetas han sido Enrique Heine, 
Musset, Verlaine, algunos otros que no hincharon 
la voz en la trompa. 

Por lo que respecta a Verhaeren, no fué para él, 
tal vez, muy beneficiosa la escuela de Hugo. Los 
derroteros de fcu musa hubiesen sido más seguros 
quizás si caminara libre en los comienzos de su 
carrera poética, porque es un don precioso la in- 
dependencia en la juventud, aun cuando nadie la 
haya ostentado completa y siempre se puedan 
observar influencias en los más grandes. 

Verhaeren ha producido mucho; tengo a la vista 
más de una docena de libros suyos, abundando las 
colecciones de versos: a ellos hay que añadir al- 
gunos tomos en prosa y los dramas, entre los cua* 



24 CERVANTES 

les figura aquel Felipe II qus ha venido a dejar 
tamañitos a Alfieri y Schiller, en cuanto a pinto- 
rescas invenciones acerca de la figura del príncipe 
don Carlos. No insistiremos mucho sobre este as- 
pecto de la obra de Verhaeren, y nos li-nitaremos 
a hablar de su poesía, antes y después de la 
guerra. 

Los tres tomos de Poemas — series las titula el 
autor — dan ya completa idea de su personalidad. 
La primera serie comprende el ciclo de las impre- 
siones familiares, de la Flandes castiza. Así el 
poema con que se abre el volumen — en la edición 
que leo — produce el efecto de un lienzo o tabla de 
los clásicos pintores de la escuela más sometida a 
las influencias ambientes que se ha conocido en el 
mundo: la de Teniers, Steen y Biauwer. Cuelgan 
en el lar jamones y morcillas y, del techo, racimos 
de perdices y ocas rellenas y resplandece la panza 
de los calderos y las mujeres ríen, cantan, beben^ 
igual que sus compañeros de material orgía: ex- 
plosión, dice el poeta, de instintos y de apetitos, 
de furores de estómago y vientre, de libertinaje y 
de glotonería desatada... A lo vivo está la pintu- 
ra, como las restantes de la coleccioncita que el 
autor titula Las flamencas. La lira se hace pincel, 
cediendo así a la fuerza tradicional; el arte plásti- 
co se impone a la poesía y la hace descriptiva;. 
Gourmont diría prosaica, amiga del detalle crudo 



CERVANTES 25 

y de la pincelada crasa y jugosa. Así exclama, di- 
rigiéndose a los artistas de aquella época: *Vues- 
tras mujeres sudaban salud y estaban rojas de 
sangre y blancas de grasa...» 

Ya en estos poemas asoma el peligro del ele- 
mento descriptivo, que si pone al poeta en con- 
tacto directo con la realidad externa, le quita 
mucho de aquella llama interior por medio de la 
cual la realidad se transforma. Ved el poema titu- 
lado Las llanuras; es pura descripción. De las 
restantes «flamencas» hay que alabar, por el mis- 
mo carácter pictórico, la vaquera que ordeña; la 
cmanchita» de la leche en la cueva estrecha y 
baja, dentro de las jarras profundas; la enérgica 
agua fuerte de Los cerdos; la crudísima kermesa 
contenida en Los labriegos. Estos poemas, que 
pueden calificarse de regionales, me han hecho 
pensar en la diferencia que va de rf gión a región, 
en las manifestaciones de su poesía natural. Ima- 
gino los mismos temas tratados por un poeta re- 
gional de Galicia. También por allá hay romerías 
que equi/alen a las kermesas, con todos los inci- 
dentes grotescos y sensuales que en éstas pueden 
producirse. También allá ha}- la «matanza», y los 
despojos del puerco se convierten en golosinas y 
no faltan rústicos oaristis, ni vaqueras, ni gaña- 
nes. Pero aunque según dicen los etnólogos, 
sangre céltica corre por las venas de los flamen- 



26 CERVANTES 

eos y de los gallegos, sin duda la de los flamencos 
es más gruesa y espe-a y la materia, como en su 
pintura, se muestra en ella más. En lo gallego hay 
melancolía doliente y aguda ironía riente y más 
espiritualidad, no cabe duda. Tal vez ni los la- 
briegos sean en Flandes tan sensuales y tan ne- 
gros, groseros y bestiales como Verhaeren los 
describe en estos poemas, que considero, por otra 
parte, de lo mejor que ha hecho y de lo más sin- 
cero y fuerte. El mismo, cantando a las mujeres 
de otro tiempo, dice que «concentran nuestro 
ideal carnal». El ideal gallego, que hasta poco ha 
no tuvo pintores, no es un ideal carnal, o lo es 
sólo en ciertos aspectos. 

Pero no olvidemos que el país de esos pintores 
que han inspirado los versos de Verhaeren, los 
pintores de las cínicas kermesas, de las mujeres 
regordetas y sin pudor, es también el país donde 
el arte concibió la visión célica, sublime, del Cor- 
dero místico. Y de tal cuadro, único entre las 
obras del humano arte, hay un reflejo en la colec- 
ción titulada Los tnonjes, donde vemos la inspi- 
ración católica del ascetismo: 

Et, parvenus au temple, ouvrant pour eux son choeur, 
Sous un recourbemeiit d'ogives colossales, 
lis íombent a genoux sur la froideur des dalles. 
Et jelleni vers leur Dieu tout le sang de leurs coeurs. 



CERVANTES 27 

Le sang frappe l'auíel et sur terre s epanche; 
II rougit la spienceur des murs éblouissanís, 
Maisquoi qu'ils aicnt souffert depuis dix-huit cents ans, 
L'hostie est demeurée implacablemení blanche. 

Sin duda no conocía Verhaeren un cuadro de 
uno de nuestros primitivos españoles, en el cual, 
Sübre la hostia que el sacerdote alza, cae un cho- 
rro de sangre del costado de Cristo. 

También esta colección de Los monjes— que 
me recuerda, en esta hora amarga para Bélgica, 
mi visita a la interesante abadía de Miredsus— es 
de lo mejor, de lo más sentido que ha cantado 
Verhaeren. Los poemitas titulados Meditación^ 
Agonía de monje, Muerte cristiana, bastan para 
consagrarle como gran poeta. 

Quisiera que me agradasen tanto como Los 
monjes y Las jiamencas las otras colecciones, 
muy numerosas, que Verhaeren ha publicado, y 
entre los cuales citaré otras dos series de Poemas 
y los titulados Las fuerzas titniultuosas, El múl- 
tiple esplendor, Las horas claras y Los semblan- 
tes de la vida. No pudiera negarse que, entre tan- 
to verso, falten bastantes muy inspirados y muy 
impregnados de ese ardor sombrío y triste que 
caracteriza a Verhaeren; pero tampoco sería in- 
justo afirmar que, para la gloria de este ooeta, se- 
rían suficientes uno o dos volúmenes de versos, y 



28 CERVANTES 

en lo demás ha incurrido en los amaneramientos 
de la escuela decadentista. 

No es fácil evitar la sorpresa leyendo versos 
como estos: 

La lune est un bloc de folie; 
La lune est une bouche de gel, 
Qui mord mon coeur essentieí. 

Cuando Verhaeren cae en estos laberintos^ 
desciende su inspiración. Porque Verhaeren gana 
siempre que, olvidándose de las alucinaciones, se 
acerca a la realidad y ahonda en ella. No en bal- 
de es flamenco, no en balde empezó por beber en 
las fuentes de ese arte nacional de la pintura, que 
tantas enseñanzas de verdad contiene. Le sucede 
a Verhaeren algo de lo que a su paisano Wiertz, 
el pintor, cuyos extraños cuadros se enseñan en 
Bruselas. Cuando se sale de la realidad, va lle- 
gando, gradualmente, hasta lo cómico y caricatu- 
resco del horror. No todos los pueblos producen 
artistas naturales del horror como nuestro Valdés 
Leal. Y el horror mismo necesita estar inspirado 
por la naturaleza, si ha de causarnos el escalofrío 
de lo bello. 

En cambio, la nota sencilla es en Verhaeren 
muy penetrante. Se puede dar un volumen entero 
de alucinaciocnes por un poemita como el encan- 



CERVANTES 29 

tador titulado Los pobres y que, sin fraseo, dice 
tanto: 

II est aussi de pauvres coeurs, 
Avec, en eux, des lacs de pleurs; 
Qui sont pales, comme les pierres 
D'un cimeliére. 

II est aussl de pauvres mains, 
Comme íeuilles sur les chemins, 
Comme feuilles jaunes et moríes, 
Devant la porte... 
II est aussi des pauvres gens, 
Aux gestes las et indulgents, 
Sur qui s'acharne la misére. 
Au long des plaines de la Ierre. 

La fina sobriedad de estos versos, su patética 
dulzura, los hacen semejantes a música de clavi- 
cordio antiguo. Y ni he citado el poema entero, 
ni podría, en un estudio sucinto, recontar las be- 
llezas que a veces se descubren en Verhaeren, ni 
tampoco entretenerme en recoger pasajes en que 
el amaneramiento de la escuela le sugiere estro- 
fas como la que sigue: 

Et doux soleil que baise un oeil éteint d'aveugle, 
Et fleur venué aw tare décembral de l'hiver. 
Et plume d'oiselet soufflée au vení de fer? 
Et neutre et vide echo vers taure qui meugle? 



30 CERVANTES 

Tengo que pasar rápidamente por estos aspec- 
tos de la retórica de Ve-rhaeren, para volver a lo 
que dije en los primeros párrafos: para examinar 
si, en efecto, Verhaeren hubiese podido ser el 
cantor de la guerra, el que recogiese, en su alma 
vibrante de poeta y de patriota, los ecos sonoros 
de esta horrenda lucha. Los que Verhaeren ha 
dejado y que se inspira en ettos acontecimientos 
ultra trágicos es, amén de dos tomos de prosa, ti- 
tulados La Bélgica sangrienta y Las ciudades 
magulladas de Bélgica, una colección de poe- 
mas, Las alas rejas de la guerra, que no fa'ta 
quien considere obra maestra, en su terreno. Y 
por tal motivo, y por la confirmación que pudiese 
dar a las esperanzas cifradas en Verhaeren como 
Homero posib'e de esta Iliada, si no hubiese te- 
nido la desgracia de morir antes de ver redimida 
a su patria, me detrendré un poco en el examen 
del libro. 

Su génesis, la encontramos en uno de los libros 
en prosa, donde el mismo autor (en La Bélgica 
sangrienta) nos refiere como, de apasionado ad- 
mirador de Alemania, se convirtió en su enemigo 
mortal ante los hechos de la invasión. 

Y esto es tan natural, que lo asombroso sería 
lo contrallo. Y la fuerza de este sentimiento po- 
deroso y hondo, el amor y la defensa de la patria 
maltratada y sometida por la violencia es tal, que 



CERVANTES 51 

en un poeta verdadero bien pudiera hacer brotar 
la llama épica, si los tiempos en que vivimos lo 
consintiesen. Veamos lo que ha hecho Verhaeren 
bajo la presión de tales móviles psicológicos. 

Ha hecho, sin duda, un cuadro lleno de verdad, 
descriptivo, demasiado descriptivo tal vez. La 
descripción, fiel y ahincada, no es, sin embargo, 
ni el grito vehemente del lírico, ni el cántico viril 
de la epopeya. En la Ilaia hay largas descripcio- 
nes y campea en ellas la exactitud sorprendente, 
la fiJelidad que en todo lo dependiente de lo real 
se nota en el sublime texto homérico, y que le da 
tal carácter de precioso documento para conocer el 
período heroico de la historia; pero, por cima 
de esa exactitud de descripción, están los ele- 
mentos psicológicos, los caracteres, las razas, en 
que culmina la epopeya. En el libro de Verhaeren, 
no diré que la descripción no sea profundamente 
artística. Es hasta como un cuadro en que la vista 
y los demás sentidos, como el oído, son afectados 
por la lucidez y viviente claridad con r^ue el poeta 
recoge las impresiones. 

Disscminaní la guerre, 
Par régiments enliers á travers monts et terres, 
Au long du sombre Oder et del'Elbe el du Rhin^ 
Claquení 
Partout les plaques 



52 CERVANTES 

Des ponts d'airain, 

Au passagc volant ef trépidant des trains. 

Hay en el ritmo, en el modo de manejar el me- 
tro, en la elección de las palabras, un acierto sin- 
gularísimo de armonía imitativa, como hay la 
más grandiosa imagen en esta otra estrofa admi- 
rable: 

Eí íout á coup se dirigeanl vers la Vistule, 
Du fond des Ourals blancs et des Caucases bleus 
L'innombrable Russie en bafaillons houleux 
Se precipite et s'accumule; 
L'ordre s'y fait ct les chevaux et les soldats 
Frappent si fort le sol des marteaux de leurs pas, 
Qu'on dirait q'avec eux marche en avantla ierre. 

Seguramente que Verhaeren no habría leído un 
renglón de Verdaguer; y sin embargo, esta estro- 
fa me recuerda, por la sublimidad de la figura, 
aquella otra de L' Atlántida: 

Van per muntar-se les tallantes proes. 
Com al sol del desert enceses boes, 
Per morir una o altra a revolcons; 
I roda com un carro el tro de guerra, 
Fcní en sos pols sotraqucjar la térra, 
Temerosa com ells d'anar a fons. 



CERVANTES 33 

El resto de la colección titulada Las alas rojas 
de la guerra, no raya a tanta altura como el her- 
moso poemita que cité y que lleva por epígrafe 
El mundo se arma. 

No faltan en ella trozos de sentimiento, muy 
patéticamente expresado, y está narrado con emo- 
ción el estrago de la catedral de Reims, los sufri- 
mientos de los hospitales de sangre, el destripa- 
miento de la tierra que sostenía a los humildes la- 
bradores, el éxodo doloroso de los que ven arra- 
sados sus hogares y tienen que huir de ellos por 
los ásperos caminos. Y aunque pinta cuadros tan 
animados y típicos como el que se titula Un sol^ 
dado viejo, lo cierto es que, en el conjunto, se 
queda a gran distancia de lo que pudiera llamarse 
inspiración épica. Es el volumen una fila de im- 
presiones, una glosa de temas que, sin poderlo 
remediar, nos recuerdan artículos de prensa, por- 
que esto del olor a periódico es el gran escollo 
que la poesía moderna tiene que evitar, y no siem- 
pre lo evita, y a veces hasta lo busca; tal sucedió 
a Copee, por ejemplo. 

Los versos que Verhaeren pudiese escribir si la 
muerte no le hubiese sorprendido ¿serían superio 
res en intensidad, en alcance, en energía, a los 
que esta colección contiene? ¿Llegarían siquiera 
al vigor de algunos de Víctor Hugo, cuya fuerza 
épica no puede negarse? La respuesta parece 

i 



34 CERVANTES 

aventurada. Yo, por mí, diría que no, y hasta di- 
ría que el poeta de Las campiñas alucinadas y de 
Las villas tentaculareSy de Las flamencas y de 
Los monjes, es mayor que el de Las alas rojas. 
Acaso, para abarcar y reflejar un tema tan des- 
medido, se necesite remansarlo, por el transcurso' 
del tiempo, en los senos de la memoria. 

Condesa de PARDO BAZAN 

Catedrático de la Universidad Central. 



CERVANTES 



35 



NUESTRO DESAMPARO 



A lo que parece, los horrores de esta guerra 
demuestran perentoriamente que Dios no gobierna 
el planeta y que si posó en él su planta divina, 
debió ser hace mucho tiempo, hace muchos mile- 
narios... allá en la edad de oro o antes, cuando, 
según Novalis, la naturaleza se petrificó de sor- 
presa, de amor y de miedo ante su presencia, for- 
mándose entonces las rocas, los abismos, las mon- 
tañas, que son como las huellas del pasmo del 
mundo al mirar lo inefable... 

¿Cómo es posible, se preguntan todos los días 
los escritores que comentan la guerra, cómo es 
posible conciliar tales horrores con la idea de la 
Providencia, «que tiene contados los cabellos de 
nuestra cabeza y sin cuya voluntad no se mueve 
la hoja del árbol?» 

El noble e inquieto espíritu de Manuel Bueno, 
que revela siempre en sus escritos una preocupa- 



36 CERVANTES 

ción honda y poderosa ante los problemas filosó- 
ficos modernos, decía en días pasados que el mun- 
do, «se hallaba en un divino desamparo» y que 
nada podía eí^perar sino de sí mismo. 

Se comprende perfectamente tal actitud mental 
ante el espanto de determinadas catástrofes, sobre 
todo, de la presente, cuando se ve que una cama- 
rilla militar de Berlín tiene el poder de lanzar al 
planeta en un abismo tal de horrores. No parece 
concebible que un Dios que guía el universo hacia 
fines seguramente buenos, pueda permitir tales 
cosas, y hay filósofos que prefieren afirmar como 
Schopenhauer que la Voluntad, única cosa en sí, 
no tiene fin ninguno, o como Nietszche, que Dios 
ha muerto hace mucho tiempo. 

En cuanto a los poetas, ¿cuál de ellos no se ha 
preguntado alguna vez como Espronceda?: 

¿Quién es Dios? ¿Dónde está? ¿Sobre la cumbre 
de eterna luz que altísima se ostenta, 
tal vez en trono de celeste lumbre 
su incomprensible majestad se asienta...? 
¿Es Dios tal vez el Dios de la venganza, 
y hierve el rayo en su irritada mano, 
y la angustia, el dolor, la muerte lanza 
al inocente que le implora en vano...? 
¿Embebido en su inmenso poderío, 
es Dios el Dios que goza en su hermosura. 



CERVANTES 37 

que arrojó el universo en el vacío 
leyes le dio y abandonó su hechura...? 
A esclavitud eterna condenada, 
a fiera lucha, a guerra interminable 
tal vez estás divinidad sublime 
que otra divinidad de inercia oprime. 



Recuerdo que a propósito de una catástrofe, la 
de Mesina, y de las guerras balcánicas, el ardiente 
y piadoso Wilfred Monod, fingía un diálogo entre 
un sacerdote y un abogado, del cual entresaco y 
traduzco lo siguiente: 

El abogado. — ¿Ha contemplado usted espec- 
táculo semejante y cree en Dios? 

El sacerdote. — Los males de la guerra deben 
imputarse a la recedad y a la ferocidad humanas. 

El abogado. — De acuerdo. Pero si la humanidad, 
como usted lo enseña, ha sido creada, el respon- 
sable autor de los crímenes del hombre es el 
Creador. 

El sacerdote. — No, puesto que eí hombre fué 
dotado del solemne poder de elegir entre el bien 
y el mal; pues que fué dotado del libre arbitrio. 

El abogado. — No tengo humor para filosofar 
sobre este montón de cadáveres... ¿Y la marejada 
qne hizo unas doscientas mil víctimas, estaba do- 
tada también de libre arbitrio? 



38 CEUVANTES 

El sacerdote (serio). — La naturaleza es el órga- 
no del Todopoderoso. «El Eterno reina», escribía 
el salmista. Nada acontece sin su orden. 

El abogado. — Allí le quería ver a usted... Pues 
bien, una vez más: yo no comprendo que un hom- 
bre honrado pueda creer en Dios. Ustedes tienen 
más corazón que su divinidad. ¡Cómo! ¿Ella ha 
querido esta mortandad espantosa? ¡Se ha encarni- 
zado con las mujeres y con los niños, a traición, 
sin que nadie la provocase, sin prevenir a nadie! 
Siquiera los militares antes de matarse, se decla- 
ran la guerra. 

El sacerdote. — Me he explicado mal. Dios no ha 
«querido expresamente» la catástrofe: la ha «per- 
mitido». 

El abogado (pálido). — Dios no la ha querido, 
¿no es esto? Pero la «permite». ¿Y la permite des- 
pués de haberla previsto sin duda? 

El sacerdote. — Yo estoy tan comovido como 
usted. Yo, hace un momento, lloraba, titubeando, 
en las tinieblas, entre los cadáveres enlazados de 
una familia. Pero me repito con sumisión: «Los 
caminos de Dios no son nuestros caminos». 

La enfermera. — Permítanme, señores, una sim- 
ple advertencia: yo, que estoy consagrada al cui- 
dado de los enfermos y de los agonizantes, me 
hago todos los días las preguntas que ustedes se 



CERVANTES 39 

hacen, ün terremoto de algunos instantes formula 
estas preguntas con estruendo: ¿pero y un cáncer 
<ie algunos años...? Comenzar a nacer es comenzar 
a morir; la muerte llamada natural es un suplicio 
que consiste en ser quemado a fuego lento. 

El abogado. — ¡Justo! ¡Justo! El destino humano 
entero es el que permanece incompresible con la 
hipótesis de un Dios bueno y omnipotente. Yo 
concluyo, pues, que el mundo rueda al azar, en la 
noche glacial del espacio. 

La enfermera. — Puede uno no adorar la inter- 
vención perpetua de un Dios en los asuntos de la 
tierra y escapar, sin embargo, a las lúgubres con- 
clusiones de usted. He aquí un librito, el Nuevo 
Testamento, que me acompaña por todas partes. 
Pucá bien, encuentro en los Evangelios estas pa- 
labras de Cristo, palabras ¡ay! de circunstancias, 
de ocasión, incidentales: cEsas diez y ocho perso- 
nas sobre las cuales se derrumbó la torre de Siloé, 
matándoles, ¿creéis que eran más culpables que 
todos los otros habitantes de Jerusalén? No, yo os 
io declaro». 

Así, pues, Je«ús mismo admite que las piedras 
cayeron indiferentemente sobre los justos y sobre 
los pecadores. ¿Y por ventura se ¡volvió ateo por 
eso? 



40 CERVANTES 

Aquí está la clave de la cuestión; el mundo, 
medido con nuestra lógica, resulta absurdo. Los 
filósofos n:aterialistas nos dicen que marcha al 
acaso, que no existe más que la armonía de las 
fuerzas. En cambio, los más altos espíritus de la 
humanidad, y el más alto de todos, Jesús, a pesar 
de que veían este ilogismo desconcertante, tuvie- 
ron cunánimemente» una actitud de amor hacia lo 
«absoluto». El absurdo aparente del mundo ni los 
desconcertó ni los volvió ateos. Nada era suficien- 
te para hacerles negar a un Dios a quien «sentían» 
dentro de su alma. 

Ahora bien; pues que hemos de seguir a alguien 
en nuestra orientación metafísica; pues que una 
actitud inédita ya no es posible en el mundo (sino 
para los imbéciles que s»^gún Goethe son los úni- 
cos que pretenden pensar y hacer cosas absoluta- 
mente nueva?) ¿por qué no seguir a e-^tos guías di- 
vinos, a estos maestros, a estos espíritus maravi- 
llosos, imitando su sabia sumisión ante lo invisible 
yensayando su afirmación sobrehumana? 

El «divino desamparo» de que habla el insigne 
Manuel Bueno, lo sintió como nadie Je-ús, en un 
momento infinitamente angustioso y trágico cuan- 
do exclamó: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me 
has desamparado?» y sin embargo, murió suspi- 
rando: «Padre, en tus manos encomiendo mi espí- 
ritu», lo cual significa dos afirmaciones supremas; 



CERVANTES 41 

la existencia de un Dios, bueno a pesar de todo a 
quien llama padre, y la inmortal existencia del 
alma. 

Platón, por su parte, antes que negar a Dios, 
prefirió creer que ese Dios luchaba con una nece- 
sidad ciega, de origen incomprensible para nos- 
otros (el Ahriman de los persas), a la cual acabaría 
por vencer. Para él, que con razón ha sido llamado 
«divino», el triunfo del bien era lento, lejano j 
pero seguro. 

Renán mismo, cree que «el progreso científico» 
es «rUnivers prenant conscience de lui méme», 
es decir, un Dios «in fieri», un «Dios que se está 
formando» y al cual aun no debemos acusar de 
nada, ya que no tiene todavía una total conciencia 
de sí mismo. 

Dios piensa en nosotros (con un pensamiento 
subconsciente cuyas llamaradas visibles son los 
genios); se perfecciona, sufriendo, en nosotros. 
Nosotros, con nuestra ruda y dolorosa experiencia 
psicolrgica, con nuestro penosísimo aprendizaje 
mental, con la afinación de nuestro espíritu y de 
nuestros sentidos, estamos «fabricando a Dios» y 
formando para El (merced a actos de altruismo 
repetidos, que en las generaciones futuras se ha- 
brán convertido en instintos), un instrumento y un 
templo digno de su divinidad. 

«Qui de nous va devenir un Dieu?» se pregun» 



42 CERVANTES 

taba ya el gran poeta, y podría contestársele: 

Todos, la humanidad entera, la especie. («Eritis 
sicut Dii>...) 

¿Por qué, pues, en vez de acusar a un Dios cex- 
terior>, que no sabríamos dónde colocar, para el 
cual no tendríamos bastante espacio en el mullido 
cojín de todas nuestras nubes, no nos acusamos a 
nosotros mismos de las calamidades originadas 
por los hombres? 

¿Sería digno de ese Dios el bajar de su cielo 
para decir al kaiser y a sus docenas de generales 
de monóculo: «Os prohibo hacer la guerra, muti- 
lar hombres y catedrales, ultrajar mujeres, arrasar 
campos»? ¿No resultaría ultrarridícula una divini- 
dad que, como las de «Iliada», se pusiese de un 
lado o del otro, apoyase a los rusos o a los pru- 
sianos? 

Un día llegará en que la Especie, fuerte y cons- 
ciente, no tolerará la existencia de esos seres 
troglodíticos cuya sola razón de ser es el exter- 
minio. 

Pero si tenemos impaciencia y queremos preci- 
pitar los albores de ese día, empecemos por per- 
feccionarnos individualmente todo lo posible. 

¿Queremos que reine la justiciar Pues comence- 
mos cada uno por hacerla imperar en nuestro es- 
píritu, en nuestro rededor, en nuestra grande o 
pequeña zona de influencia. 



CERVANTES 45 

¿Queremos que reine la piedad? Pues levanté- 
mosle un santuario como los antiguos romanos y 
seamos piadosos con nuestros semejantes, ¿Que- 
remos que reine el amor? ¡Pues amemos! ¡Amemos 
siempre! ¡Amémoslo todo! 

... Claro que es mucho más cómodo hacer re- 
proches a Dios, a semejanza de los pueblos infe- 
riores que acusan de sus defectos personales al 
estado. 

Mucho más fácil es, no lo niego, que el mundo 
se perfeccione para que «velle nolis> acabemos 
por perfeccionarnos nosotros, avanzando contra 
nuestra voluntad, como los perros que van atados 
a los carros... 

Pero esta actitud de esperar a que nos toque 
fatalmente el ser mejores, se parece a la del bo- 
rracho del cuento, a quien, en vista de que el 
mundo le daba vueltas, le pareció más cómodo que 
ir a su casa aguardar a que pasase frente de él 
para meterse en ella... 

Más práctico, más viril, más bello, es empezar 
el perfeccionamiento de la sociedad, no de la pe- 
riferia al centro, sino del centro a la periferia (ya 
que, en realidad, cada uno de nosotros es el cen- 
tro del mundo, no de otra suerte que el centro del 
espacio, según la definición spenceriana está en 
todas partes, no estando en ninguna su circunfe- 
rencia). 



44 CERVANTES 

¿Quién de nosotros no ha cometido con un débil 
una de esas injusticias que después reprochará a 
la sociedad? 

O como dice Gutiérrez Nájera en su «Pax 
animae»: 

€¿Quién está cierto de no haber matado? 
¿Quién puede ser el justiciero, el justo?» 



Tenemos, por otra parte, una errónea manera 
de dolemos de las cosas. Nos espantan las catás- 
trofes porque creemos que son innumerables los 
seres inocentes que sufren en ellas. ¿Pero, por 
ventura, la vida no es una catástrofe perpetua, en 
la que superabundan las víctimas inocentes? ¿Os 
imagináis que el hombre que padece de una en- 
fermedad crónica que no le deja un punto de repo- 
so, de una neurastenia agrada, por ejemplo, que el 
que sufre miseria perpetua en plena paz y pompa 
de las naciones, es menos infeliz que el que ahora 
está enterrado en las trincheras? 

El metro para medir las catástrofes, los dolores 
de la humanidad, es el cestado de conciencia de 
quienes los sufren». 

El estruendo, el aparato, la publicidad de una 
desgracia, no añaden nada a su potencia interior, 
no aumentan nada en el estrago de las almas. 

De puro sabido se ha olvidado ya que la canti- 



CERVANTES 45 

dad de dolor corresponde a la cantidad de noción 
del mismo que hay en nosotros, por lo cual Salo- 
món decía (;ha llovido desde entonces, eh?) que 
■«quien añade ciencia añade dolor>. 

¿Habéis visto alguna vez caer a un epiléptico 
presa de su horrible ataque? Sus labios están lle- 
nos de sanguinolenta espuma; sus miembros se 
retuercen convulsivamente; su gesticulación es 
penosa de ver... y, sin embargo, aquel hombre no 
sufre nada, no siente nada, no sabe nada. 

En los terremotos y otras grandes catástrofes, 
como en la ya citada de Mesina, se ha comprobado 
que «el pánico es anestésico», y que muchas gen- 
tes mutiladas, enterradas vivas bajo los escombros 
por espacio de semanas enteras, no han tenido 
noción exacta del tiempo, ni han podido calibrar 
la magnitud de su desgracia. 

Con respecto al temor de morir, recuerdo la 
encuesta iniciada no ha mucho en Londres por un 
médico eminente y las contestaciones de muchos 
de sus colegas, quienes declararon que en general 
los enfermos no tienen conciencia de su estado, y 
por tanto, ni temen ni anhelan la muerte. 

Más aún: cuando un inesperado accidente deter- 
mina el que una persona se encuentre en grave 
riesgo de morir, lo notable es que ésta no presenta 
signos particulares de miedo, sino que, por lo ge- 
neral, ocupan su espíritu otras ideas. 



46 CERVANTES 

El célebre explorador Livingstone íué una vez 
atacado súbitamente por un león, que comenz6 
por devorarle un brazo; un socorro providencial lo 
libró de la muerte, y el explorador aseguró no 
haber sentido ni miedo ni dolor, preocupándole 
tan sólo el saber qué parte de su cuerpo mordería 
la fiera, después de devorarle el brazo. 

El embajador turco en Londres, Rustem bajá^ 
fué asaltado en una cacería por un oso, que le 
desgarró la mano derecha, el brazo y el hombro; 
tampoco sintió miedo ni dolor. 

Eso sí, le irritaba oir los gruñidos de alegría del 
oso, mientras se regalaba con la carne del emba- 
jador... 

Un oficial inglés, Eduardo Bradford, estando 
recientemente en la India, fué atacado por un ti- 
gre. La bestia devoró el brazo izquierdo del oficial» 
quien no sintió dolores, salvo el momento en que 
los dientes del tigre se hundían en su carne. 

Y, por último, un sabio de Berlín, que en unión 
de varios compañeros recorría las montañas de 
Suiza, cayó un día con su caravana en un abismo;, 
todos sus compañeros perecieron, y él se salvó por 
milagro; refiriendo después que durante la caída 
sólo tuvo ideas indiferentes. 

Recordáis la dolora de Campoamor; c¿Lo que se 
piensa al morir?» 

El moribundo pensaba sólo: 



CERVANTES 47 

«En aquel ritmo vacío 
de la canción de su hermana. 
Cri-cri, cantaba la rana, 
Cri-cri, debajo del río...» 

El admirable anciano que se llamó Fontenelle, 
momentos antes de expirar, al preguntarle qué 
sentía respondió: 

— Nada, sino que se me va haciendo difícil 
vivir. 

Brillat Savarín decía a una parienta suya que le 
asistía: 

— Si llegas a ser vieja como yo, verás que la 
muerte no es más que un deseo de morir... 

El poeta Schiller, moribundo, susurraba con te- 
nue voz: 

— Siempre mejor... cada vez más tranquilo... 

La propia muerte patológica, en los años de ma- 
yor vigor, es, según observaciones frecuentes, un 
lento amodorramiento sin dolor, como lo han tes- 
timoniado los que recobran la salud después de 
haber pisado los umbrales de la otra vida. 

«lOh, vuelvo de muy lejos! ¡qué bien me encon- 
traba! ¿Por qué me habéis despertado?» — decía 
una señora — cuya hija me lo refería — desqués de 
un prolongado síncope. Idéntica sensación, según 
leo, dijeron haber experimentado otra señora ame- 
nazada de muerte por peritonitis y otra que pade- 



"^ CERVANTES 

ció fiebres tifoideas, y los ejemplos de este géne- 
ro podrían multiplicarse. 

Existe en ciertos casos hasta la alegría de la 
muerte. «La V¡ta>, en un artículo publicado no 
ha mucho, recordaba que el general de Sounaz, 
muerto hace años en Roma, hizo suspender al sa- 
cerdote la recomendación del alma para pedir una 
botella de champaña y brindar con él y con los 
asistentes por el rey y por el ejército. 

El célebre escultor Bouchardot, luchando ya 
con la muerte, decía al cura que le presentaba un 
crucifijo: 

— No, no, señor cura, quítemelo de delante: 
lestá muy mal hecho! 

La misma anécdota se ha referido de Alonso 
Cano. 

Y para citar algo nuevo, referiré que, hará a 
lo sumo un mes, un particular y muy querido ami- 
go mío, al ir a tomar un tranvía en la calle de 
Alcalá, fué atropellado por un coche, recibiendo 
en el temporal izquierdo un formidable golpe, del 
cual convalece aún. Un milímetro más hacia la 
derecha y hubiera muerto. 

Le pregunté: 

—¿Qué sintió usted? 

—Nada. Mi último recuerdo es el de haber 
avanzado hacia el tranvía. 

—Pero, ¿y el golpe? 



CURVANTES 



49 



—No sentí nada, absolutamente nada. Al vol- 
ver en n^í, en la casa de socorro, me sorprendió 
encontrarme allí. Un médico me curaba. Me ex- 
plicaron lo sucedido... ¡Yo nada sabía! 

¡Oh, inconsciencia santa, estado natural del 
universo, antídoto del mal de vivir, filosofía su- 
prema, condición divina por excelencia! 



Pero vengamos a la guerra: ^por ventura el he- 
cho de que haya dos o tres millones de hombies 
heridos aumenta el dolor de cada uno de ellos? 

¿Existe acaso un ser colectivo, por el estilo del 
que soñó Paulow ki en su cviaje al País de la 
Cuarta Dimensión», con una sola alma, la cual 
sienta todos los dolores del planeta, todos los do- 
lores del Universo? 

Entonces compadezcamos a ese ser formidable 
y misterioso, a ese titán, a ese dios trágico... y no 
a cada uno de los hombres que sufren. Aunque, 
bien mirado, no le compadezcamos, porque su in- 
menso dolor será proporcionado a su alma inmen- 
sa, y resultará análogo en su relación con el pa- 
ciente, a cada uno de nuestros dolores. 

Pero apuremos aún la cuestión: 

¿Es cierto que en el frente, en las trincheras, 
los combatientes son dignos de nuestra piedad? 

4 



50 CERVANTES 

No, por cierto; la mayor parte de ellos está em- 
briagada de un generoso vino espiritual. 

Ua excelente amigo mío escribía, a últimas fe- 
chas, «lesde su trinchera: 

«Mi único dolor es no haber vertido aún mi san- 
gre por la patria. Las balas, «desgraciadamente», 
me han respetado.» 

Un inglés decía: 

«Esca vida que llevo ahora es inmensamente su- 
perior y «mucho más divertida» que la que lleva- 
ba en Londres. No he tenido una sola hora de es- 
plín... ¡Vivimos días magníficos, llenos de emocio- 
nes extraordinarias!» 

¿No pregonaba Nietzsche la excelencia de vivir 
en los peligros? ¿No aconsejaba que se edificaran 
moradas en la íalda del Vesubio? 

La «pesadilla sin fin» de la guerra dista mucho 
de ser igual a la suma de pesadillas que cada uno 
de los que ahora pelean llevaba en el alma; a la 
suma de problemas, de míseros cuidados, de pe- 
queñas tristezas, de diarias mezquindades, a los 
cuales tendrán que volver los héroes supervivien- 
tes después de la epopeya, cuando salgan de este 
paréntesis rojo en que las linfas de la vida, en- 
crespadas, turbulentas, no han tenido tiempo de 
reflrjar las agudas piedras y los hoscos zarzales 
del camino... 

Los esposos ahora se aman porque están sepa- 



CERVANTES 51 

rados y temen acaso a cada instante la ausencia 
definitiva; porque tienen angustia, y ya sabemos 
que es la angustia buen abono para la planta del 
amor... cuyas rosas florecen con misteriosa opu- 
lencia en el vaso de la inquietud. 

Después, cuando vuelvan a reposar confiados 
bajo el mismo techo, el hastío se reclinará entre 
ellos en el tálamo; el fastidio reanudará la deses- 
perante minotonía de su estribillo... 

Los que están en las trincheras nos dicen a 
cada paso: «hoy puedo morir». 

Cuando, con la vista en el reloj, esperan el mo- 
mento de lanzarse a un ataque a la bayoneta, 
mientras la ensordecedora artillería prepara el 
avance, viven momentos incomparables... 

En cada instante está apretada, condensada una 
vida. 

Los creyentes, como el héroe de Paul Bourget 
en su última novela «Le sens de la mort», pien- 
san: «¡De un momento a otro puedo estar en la 
presencia de Dios!» 

Mientras nosotros los neutrales, metidos dentro 
de la vulgaridad de la existencia, hacemos a las 
mismas horas, las mismas cosas estériles y vanas, 
ellos sienten el temblor augusto de los supremos 
instantes. El pe'igro, que, como decía José Martí, 
«es una investidur'í», los llena de grandeza y de 
dignidad. La inminencia de la muerte ampliabas- 



52 CERVANTRS 

ta el vértigo sus horizontes y los hace ver cosas y 
sentir verdades que nuestra miopía habitual no 
nos permite sospechar siquiera. 

Esos hombres, aun los más vulgares, sienten la 
emoción inefable del que se halla cerca de la 
fuente arcana y portentosa de su ser íntimo, ¡de 
quien está a un paso de Dios! 

Quién sabe si cuando venga la paz y el guerre- 
ro de hoy se convierta en el «calicot», en el «íac- 
teur», en el «concierge», o, si queréis, en el du- 
que o en el deportista rico de antes del cataclis- 
mo, no sentirá un profundo desconsuelo y una 
gran nostalgia de esta vida de ahora, de estos me- 
s^s de conmociones incomparables, de este per- 
petuo codearse con las verdaderas, con las gran- 
des realidades, y con la más grande de todas, que 
es la Muerte... jQuién sabe si no repetirá con me- 
lancolía las palabras de Ernest Lavisse (que el 
autor de un libro sobre la invasión de Bélgica, 
que yo he prológalo, pone como epígrafe de sus 
páginas): cQdelle qu' ait été votre vie, hereuse ou 
malheureuse, vous pourrez diré: «J'ai vécu de 
gran les journées, telles que l'histoires des hom- 
mes n'en avait pas encoré vu!> 

No; el mundo no yace en tanto desamparo como 
créenos en nuestros momentos de tristezís, al 
contemplar el daño que el hombre puede causar, 
impunemente al parecer,, a los demás. El mundo, 



CERVANTES 53 

aunque ello se crea una paradoja, está ahora más 
cerca que nunca de la verdad, porque como dice el 
propio Bourget en su citado libro (y lo habían di- 
cho ya lantos grandes místicos), «cuando senti- 
mos que Dios nos falta, es cuando está más cerca 
de nosotros...!» (cQuand nous sentons que Dieu 
nos manque, c'est qu'll est tout prés!») 

Amado ÑERVO 



54 CERVANTES 



Algunos sistemas filosóficos 

f Continuación .) 

Spcnccr. 

Spencer, a semejanza de Kant, admite la exis- 
tencia de la cosa en sí, sin creer podamos llegar 
hasta ella; nuestro conocimiento — afirma — , aun- 
que no puede pasar de los fenómenos, conoce que 
tras de ellos se oculta lo incognoscible, lo cual es 
un dato necesario en nuestra conciencia. Querien- 
do Spencer limitarse a los fenómenos, y habiendo 
definido el conocimiento vulgar como el saber 
no unificado, y el científico como el saber par- 
cialmente unificado, define la Filosofía como el 
saber completamente unificado. Según esta de- 
finición, la Filosofía es una síntesis de las cien- 
cias positivas, es como un hilo que las enhebra 
a todas, dándoles unidad de conjunto, pero sin lle- 
gar nunca a coniiouarlas (hacia esta misma sínte- 
sis tendía el positivismo de Augusto Comte). Afir- 



CERVANTES 55 

ma Spencer que es necesario, para poder comen- 
zar a filosofar, admitir a priori, como verdades 
provisionales, aquellas intuiciones fundamentales 
necesarias para pensar las demás cosas, dejando a 
los resultados el cuidado de justificar tales hipóte- 
sis; y según ésto, establece como principio gene- 
ral a priori, como postulado de donde derivan 
todos los conocimientos científicos, la persistencia 
de la fuerza. Y luego añade: «es preciso que el fe- 
nómeno de la evohición se deduzca de la persis- 
tencia ae la fuerza, pues a ese principio debe 
conducirnos todo análisis profundo, y sobre él 
debe fundarse toda síntesis racional. En efecto^ 
siendo ese principio el tínico indemostrable cien- 
tiftcainente, pues es la base de la ciencia y el fun- 
damento de sus fnás amplias generalizaciones ^ 
éstas quedarán unificadas desde el motnento en 
que se las refiera a ese principio como a su fun- 
damento o base comtín». Y, siguiendo este plan, 
pónese Spencer a estudiar la evolución, procuran- 
do irla encerrando cada vez en fórmulas más ge- 
nerales; y de esta suerte, llega a dar con la si- 
guiente fórmula: «/a evolución es una integra- 
ción de materia, acompañada de disipación de 
movitniento, durante los cuales, tanto la mate' 
ria, como el movim-iento aun no disipado, pasan 
de una homogeneidad indefinida e incoherente 
a una heterogeneidad definida y coherente*. 



56 CERVANTES 

Pero, al llegar a esta conclusión, plantéase el si- 
guiente problema: ¿Es posible que la metamorfosis 
univer al siga el mismo curso indefinidamente, o 
debe llegar a un punto de equilibrio? Spencer se 
decide por esta última solución, y se plantea to- 
davía el siguiente problema final: ^si el equilibrio 
debe terminar en el reposo completo, ¿cuál es el 
fin hacia donde tienden todas las cosas?; si el sol 
pierde su calor, si la disminución de radiación 
solar trae consigo una disminución de actividad 
en las operaciones geológicas y meteorológicas, 
como también en la vida animal y vegetal; si la 
sociedad y sus individuos dependen de esas fuer- 
zas que tienden gradualmente a extinguirse, ¿no 
es evidente que todo cuanto vive tiende a la 
muerte universal? Pero, ¿no habrá después una 
operación ulterior que resucite esos cambios e 
inaugure una vida nueva? ¿O deberetnos ima- 
ginar, como fin del Universo, el espacio infinito 
poblado de innumerables soles inmóviles eterna- 
mente en lo futuro?* Este problema final lo re- 
suelve diciendo que, según todo lo expuesto acer- 
ca de la evolución, se infiere que después de la 
muerte universal debe venir una nueva vida uni- 
versal; *nos vemos obligados a pensar — dice — 
una st. ie de evoluciones y disoluciones en un pa- 
sado y en un futuro indefinidos; no podemos 
pensar en un principio y en un fin únicos para 



CERVANTES 57 

el Universo». Así es como nos ofrece Spencer la 
visión de una fuerza invariable y superior a todos 
los cambios y formas, la cual se manifiesta hacien- 
do y deshaciendo indefinidamente la maquinaria 
universal. 

La formación de esta maquinaria la va estudian- 
do Spencer de un modo largo y penoso, para con- 
cluir diciéndonos: todo este trabajo ha servido 
para llegar a este estado de perfecto equilibri j, de 
muerte universal; pero no temáis, el equilibrio se 
deshará, y volverá a comenzar la evolución, y así 
indefinidamente, por los siglos de los siglos. 

¿No parece esto una burla? 

Después de seguir paso a paso la monótona ex- 
posición del árido pensamiento de Spencer (expo- 
sición que, como dice muy gráficamente William 
James, recuerda la sequedad de un maestro de 
escuela, o la monotonía de una vieja), y de pa- 
sar por aquella innumerable relación de hechos, 
y por aquella argumentación pobre y machacona 
que tiene la misma monotonía de los consideran- 
dos y resultandos de la literatura jurídica, es real- 
mente indignante encontrarse con aquel final en 
el cual, presentándonos al Universo como una 
gran noria que gira sin cesar, nos dice: esto es lo 
descubierto por nuestra síntesis de todas las cien- 
cias; en cada vuelta de la noria está comprendida 
toda la evolución, la cual no tiene otra finalidad 



58 CERVANTES 

sino la de hacerse y deshacerse indefinidamente; 
y no preguntéis el por qué y el para qué de ese 
incesante girar, de ese interminable ñujo y rtflajo, 
pues eso es lo incognoscible, lo oculto tras del fe- 
nómeno, lo eternamente vedado. 

Eacontrarse con tales palabras al fin de tan lar- 
go y monótono di:^curso da ganas de contestar: ¿Y 
para esto me ha traído usted hasta aquí? ¿Y para 
esto me ha hecho usted seguirle ai través de ese 
íárrago de considerandos y resultandos? Para este 
viaje no necesitábamos alforjas. ¿Qué puede im- 
portarme el que la evolución marche hacia el 
equilibrio universal y el que tras de ese equilibrio 
pueda o no venir una nueva vida, si en ese eterno 
ir y venir no me presenta usted nada capaz de 
responder a mi «para qué» individual? ¿Si en ese 
cuadro del Universo para nada se tienen en cuen- 
ta mis ansias infin.tas? 

Al ir hacia la filosofía, vamos interrogando, con 
la inquietud del misterio, acerca del terrible enig- 
ma de nuestro existir, acerca de ese gran proble- 
ma especulativo y práctico que íorma el eje de la 
vid\ espiritual; y queremos se nos hable de esto, 
aunque sea haciendo fantásticas conjeturas. Para 
nada queremos una filosofía muy razonada y fun- 
damentada, muy científica, si no nos habla de 
nuestra gran tragedia, si no responde de alguna 
manera a lo que hemos preguntado. 



CERVANTES 59 

Si sentís profundamente el problema de vuestro 
destino individual, y vais a Duscar en la filosofía 
de Spencer alivio a vuestra dolorosa incertidum- 
bre, os ocurrirá como si, preocupados por un gra- 
ve conflicto de la vida, fuerais a pedir consejo a 
un amigo, y éáte os contestara hablándoos muy 
razonada y discretamente de los probables cam- 
bios atmosféricos. 

Spencer no quiere perder el tiempo en hacer 
vanas conjeturas acerca de lo incognoscible; pero 
lo pierde queriendo demostrarnos cosas que, al 
fin, nos es indiferente sean verdaderas o falsas. 
Suponed, en efecto, tenga realidad el cuadro uni- 
versal presentado por Spencer: ¿os interesará, acá* 
so, averiguar si el equilibrio hacia el cual marcha 
la evolución ha de ser el punto final de la vida, o 
si ha de deshacerse para dar comienzo a una nue- 
va evolución? No creo pueda interesaros mucho el 
posible advenimiento de una evolución donde no 
vais a desempeñar nigún papel. 

Si la Filosofía debiera limitarse al positivismo de 
Spencer, estaría verdaderamente llamada a des- 
aparecer, 

Bergson. 

La filosofía de Bergson no se puede esquemati- 
zar, no cabe en pocos renglones; es algo dinámico 
que no podemos encerrar e inmovilizar dentro de 



60 CERVANTES 

cuatro razonamientos; no es una visión fija del 
Universo, cuyos contornos bien definidos puedan 
dibujarse, sino visión móvil, inacabada, viva, im- 
posible de representar por líneas, y sí por movi- 
mientos y direcciones. Tanto los dogmáticos como 
los criticistas y empiristas, pretendían íijar el Uni- 
verso sobre el plano de nuestro conocimiento. 
Bergson, por el contrario, pretende hacer entrar 
el conocimiento en la gran corriente universal, si- 
tuarlo en el fluir mismo de la realidad. Por eso, 
aunqueestudiemos muy detenidamente toda la obra 
bergsoniana, no llegaremos a formarnos una silue- 
ta del Universo, como nos la formamos al estudiar, 
por ejemplo, la filosofía de Schopenhauer. Esta 
particularidad presta mayor interés a la obra del 
gran filósofo contemporáneo, pues nos obliga a 
leerla con verdadera ansiedad, siguiendo al través 
de su estilo maravilloso las ondulaciones de la co- 
rriente vital. 

Bergson comienza dejando de lado el tan mani- 
do problema del fenómeno y la cosa en sí; le nie- 
ga la importancia que han pretendido atribuirle 
los criticistas. 

Voy a intentar exponer, con la mayor fidelidad 
posible, el modo de interpretar Bergson esta cues- 
tión. 

cEI problema pendiente — afirma — entre realis- 
mo e idealismo, materialismo y espiritualiamo, 



CERVANTES 61 

está en la dificultad de unir dos sistemas diferen- 
tes que forzosamente debemos unir: uno, el mun- 
do objetivo, el campo de la ciencia, en el cual 
cada imagen varía por sí misma y en la medida 
bien definida en que sufre la acción real de las de- 
más imígenes, y otro el mundo subjetivo, el cam- 
po de la conciencia, en el cual todas las imágenes 
varían por una sola y en la medida variable en que 
reflejan la acción posible de esta imagen privile- 
giada. Preguntar si el Universo existe únicamente 
en nuestro cerebro o también fuera de él, es enun- 
ciar un problema en términos insolubles, supo- 
niendo que sean inteligibles. Para establecer el 
debate, es necesario encontrar un terreno común; 
y como todos los sistemas concuerdan en que no 
poseemos de las cosas sino las imágenes, única- 
mente a éstas debemos referirnos, y entonces la 
cuestión planteada entre idealismo y realismo será 
la siguiente: ¿qué relación hay entre el sistema de 
imágenes perteneciente a la ciencia, en el cual 
cada imagen guarda un valor absoluto, y el otro 
sistema, el de la conciencia, en el cual todas las 
imágenes se regulan por una central, que es nues- 
tro cuerpo, a cuyas variaciones están sujetas? El 
idealismo subjetivo hace derivar el primer sistema 
del segundo, y el realismo materialista viceversa. 
Pero ninguno de los dos si>temas son satisfacto- 
rios; pues, ni e) primero explica ese orden in varia- 



62 CERVANTES 

ble que rige las imágenes exteriores, ni el segun- 
do explica la percepción. Y es porque en el tondo 
los dos están de acuerdo en que la percepción tie- 
ne un interés meramente especulativo, en que es 
conocimiento puro. Ahora bien; toda la discusión 
estriba en la categoría que es menester atribuir a 
este conocimiento, puesto frente a frente del co- 
nocimiento científico. Los unos asientan la percep- 
ción erigiéndola en absoluto, y consideran a la 
ciencia como expresión simbólica de lo real, mien- 
tras que los otros asientan el orden erigido por la 
ciencia y no ven en la percepción sino una ciencia 
confusa y previsora; pero tanto para los unos como 
para los otros, percibir significa ante todo conocer. 
Lo cual es un postulado inadmisible; pues la re- 
presentación consciente nace envista de la acción; 
y, por lo tanto, tiene sentido práctico más bien 
que especulativo; en efecto; la imagen centro re- 
cibe una excitación a la cual debe una reacción, y 
como esa reacción puede ser múltiple, tan múlti- 
ple como grande es la zona de indeterminación de 
su actividad, forzosamente deberá nacer con esa 
indeterminación una percepción consciente, para 
que la imagen centro pueda decidirse por una o 
por otra reacción». 

Según esta teoría, si nos fuera posible colocar 
un móvil en el vértice de varios caminos y comu- 
nicarle una fuerza que necesariamente le obliga- 



CERVANTES 63 

se a avanzar sin forzarle a tomar uno u otro cami- 
no, surgiría la conciencia en el móvil, y libremen- 
te elegiría uno de los caminos. Es decir, que en 
un momento de acción necesaria acompañada de 
indeterminación, vemos surgir toda la vida espi- 
ritual. Por eso dice B-rgson que el papel de la 
vida es sembrar indeterminación en la materia. 

El error principal de los anteriores sistemas 
consistía en querer considerar al ser aisladamente 
del tiempo, es decir, fuera de la duración, fuera 
de la existencia misma. Para Bergson, en cambio, 
la existencia es duración, y la duración, en su pu- 
reza original, es una multiplicidad toda cualidad, 
es continuo cambio, constante fluir. Esta idea de 
una duración puramente cualitativa, que no puede 
aprehender la inteligencia porque pretende pro- 
yectarla en cantidades espaciales, es la idea matriz 
repetida, a modo de *moiivo musicahy a lo largo 
de toda la filosofía bergsoniana; es su teoría del 
ser. 

Su teoría del conocimiento se aparta también 
por completo de los anteriores sistemas filosóficos, 
pues, siendo la realidad movimiento, continuidad, 
no puede ser conocida sino como movilidad. Nues- 
tra inteligencia, al querer estudiar la realidad que 
fluye, toma en ella vistas instantáneas y las enhe- 
bra luego a lo largo de un devenir abstracto; lo 
cual es un trabajo inútil, pues por muchas instan- 



64 CERVANTES 

táneas que tomemos, nunca conoceremos sino sim- 
ples fijaciones de ese movimiento, cortes hechos 
en él, y el fluir, el movimiento mismo, se refugia- 
rá siempre entre las instantáneas contiguas. Esta 
absurda manera de querer llegar a conocer la na- 
turaleza del movimiento, estudiando lo inmóvil, 
es lo que llama Bergson el mecanismo cinemato- 
gráfico del pensamiento. Para poder aprehender el 
devenir, deberíamos sustraernos a dicho mecanis- 
mo y situarnos en el movimiento mismo. 

Eáto quiere hacer Birgson: devolver al espíritu 
todo su poder, reintegrar el pensamiento a la rea- 
lidad Para lo cual trata de sustituir el conocimien- 
to intelectual por el intuitivo. *La intuición*, he 
aquí la piedra angular de la teoría bergsoniana del 
conocimiento, así como «/a duración» lo es de la 
teoría del ser. No es fácil formarse una idea clara 
y precisa de este nuevo modo de conocer. Berg- 
son mismo nos advierte que no es posible llegar a 
definir explícitamente la intuición, pues esto equi- 
valdría a fijarla y, por tanto, a falsearla. La intui- 
ción bergsoniana, sin ser confundible con el ins- 
tinto, está más cerca de éste que de la inteligen- 
cia; puede decirse que es un instinto consciente 
aplicado a las cosas superiores; es el conocimiento 
íntimamente ligado a la acción, situado en el fluir 
de lo real; es conocer el movimiento por el movi- 
miento, y no por lo inmóvil; en suma, es, según 



CERVANTES 65 



palabras de Bergson, *esa facultad de ver que es 
inmanente a la facultad de obrar*. 

Se ha dicho que el único filósofo francés verda- 
deramente original, después de Descartes, era 
Bergson; y también se ha dicho que no pisaba de 
ser un escritor de estilo fácil y brillante, a quien 
no podía calificarse de gran filósofo. 

No creo pueda negarse sinceramente la gran 
originalidad de Bergson, la importancia de sü obra 
innovadora. La obra bergsoniana será contada, 
sin duda, entre las que señalan un cambio de orien- 
tación en la filosofía; pues trae, a semejanza de 
Kant y de todos los verdaderos innovadores, nue- 
vas formas de considerar las cosas, nuevos puntos 
de vista, desde los cuales vemos ampliarse nues- 
tros horizontes. Los filósofjs que suceian a Berg- 
son podrán exponer opiniones distintas, y hasta 
contrarias a las de él, pero no podrán sustraerse a 
su forma de conocer; así como los filósofos poste- 
riores a Kant, aunque difieran de él, dejan ver 
todos la influencia del criticismo kantiano. 

La filosofía bergsoniana tiene su génesis, claro 
está, en anteriores sistemas; sin necesidad de re- 
montarnos mucho, podemos hacerla derivar de 
Federico Nietzsche y más directamente, de Wi- 
lliam James; pero esto no le resta mérito ni origi- 
nalidad. 

Añadid a todas esas excepcionales cualidades 

5 



66 CERVANTES 

de Bergson lo maravilloso del estilo, y tendréis, 
como decía William James, el secreto de su popu- 
laridad en Francia, tierra donde tanto se estima 
*l'art de bien diré». 

Pero cabe ahora preguntar: ¿y qué solución 
ofrece este genial filósffo contemporáneo a nues- 
tro íntimo prob'erna individual, al único problema 
de verdadero interés para nosotros, a la gran tra- 
gedia interior que nos hace ir hacia la religión y 
la filosofía? 

Solución concreta, ninguna; pero nos abre am- 
plios horizontes, hacia los cuales podemos orientar 
nuestras esperanzas. Bergson no trata de lleno el 
problema de nuestro «para qué» individual; su 
filosofía, a semejanza de la pragmatista, cuida ante 
todo de proporcionarnos nuevos modos [de filoso- 
far, nuevas formas de plantear los problemas. Bien 
es verdad que aun no conocemos la teoría moral de 
Bergson, siendo, tal vez, ella la que venga a ha- 
blarnos directamente de nuestro gran problema 
íntimo, y a ser como el coronamiento y la verda- 
dera finalidad de toda la filosofía berg>oniana. 

Pero, sin necesidad de entrar a hacer aventura- 
das conjeturas acerca de la obra futura, y limi- 
tándonos a estudiar lo ya escrito, podemos decir 
que Bergson se manifiesta francamente espiritua- 
lis:a,en oposición al mecanismo cientificista, y que 
alienta en toda su obra, como en la de Nieizche, 



CERVANTES 67 

el optimismo de la fe en la vida, pero un optimis- 
mo más fecundo, y orientado hacia más amplias 
perspectivas. Así nos dice: *Todos los seres vi- 
vos están como asidos unos a otros, y todos reci- 
ben idéntico formidable impulsr,. El animal 
toma su punto apoyo en la planta; el hombre ca- 
balga sobre la animalidad, y la humanidad en- 
tera, en el tiempo y en el espacie; es a ■manera de 
inmenso ejército que galopa al lado de cada uno 
de nos'itos, delante y detrás nuestro, en una 
carga arrebatadora, capaz de derribar todas 
las resistencias y de salvar muchos obstáculos, 
quizá el de la muerte misma. 

Unamuno. 

Si en España hubiese más afición a los libros, y, 
entre los libros, a los filosóficos, •Del sentimiento 
trágico de la vida en U-s hombres y en Us pue- 
blos» de D. Miguel de Unamuno, determinaría en 
nosotros una nueva orientación espiritual, mejor 
dicho, el renacimiento de nuestra vida espiritual, 
Peio, desgraciadamente, son pocos aquí, aun en- 
tre los hombres de letras, los que, atormentados 
por la tragedia interior sienten la necesidad de 
asomarse al campo filosófico. Tal indiferencia ante 
el terrible enigma de la vida, no puede denotar 
sino pequenez espiritual; pues el espíritu, para po- 
der sentir la inquietud del misterio, necesita ha- 



68 CERVANTES 

ber alcanzado cierto grado de desenvolvimiento, 
del mismo modo que el cuerpo, para sentir la in- 
clinación sexual, necesita haber llegado a la pu- 
bertad. Unamuno, después de decir que el descu- 
brimiento de la muerte hace entrar a los pueblos 
en la pubertad espiritual, añade: €U nos individuos 
y pueblos no han pensado aún de veras en la 
muerte y la inmortalidad; no las han sentido, y 
otros han dejado de pensar en ellas, o más bien 
han dtjjdo de sentirlas*. En este último caso, 
creo nos encontramos nosotros; por eso es muy 
difícil que llegue a manifestarse por ahora en Es- 
paña la influencia de un libro de filosofía, y sobre 
todo, estando escrito en español, y con espíritu tan 
español. 

Unamuno principia por decirnos, en su obra 
*Del sentimiento trácrico de la vida en los hom- 
bres y en los pueblos*, que el único problema ver- 
daderamente vital, el que más a las entrañas nos 
ll'^ga, es el de nuestro destino individual, el de la 
inmortalidad del alma; y así, entra de lleno a tra- 
tar este problema, sin rodeos, sin pretender dis- 
frazar nuestros humanos temores y anhelos con 
pedantismos hipócritas. 

El espíritu de la filosofía de Unamuno está cla- 
ramente expresado en estas sus palabras: «//ay 
personas, en efedo, que parecen no pensar más 
que con el cerebro, o cualquier otro órgano que 



CERVANTES 69 

sea el especifico para pensar; mientras otros 
piensan con todo el cuerpo y con toda el alma, 
con la sangre, con el tuétano de los huesos, con 
el corazón, con los pulmones, con el vientre, con 
la vida. Y las gentes que no piensan más que con 
el cerebro, dan en definidores, se hacen profe- 
sionales del pensamiento. Si un filósofo no es un 
hombre, es todo menos un filósofo; es, sobre todo, 
un pedante, es decir, un remedo de hombre. El 
cultivo de una ciencia cualquiera, de la quími- 
ca, de la física, de la geometría, de la filología, 
puede ser, y aun esto muy restringidamenie y 
dentro de muy estrechos límites, obra de especia- 
lización diferenciada; pero la filosofía, como la 
poesía, o es obra de intración, de concinación, o 
no es sino filosoferia, erudición pseudo- filoso fica* 
En esto estriba, a mi parecer, el principal méri- 
to filosófico de Unamuno: en haber ido derecha- 
mente a lo que nos interesa, dejando a un lado 
las filosoferías; en haber escrito una filosofía para 
hombres, y no para máquinas de raciocinar. Por 
eso su filosofía es espiritualista y antiinielectua- 
lista, porque arranca de nuestros más profundos 
deseos, porque sus afirmaciones son, ante todo, 
volitivas, es decir, están orientadas hacia nuestro 
campo de acción individual. Prueba de ello son 
estas palabras: «Con razón, sin razón o contra 
ella, no me la gana de morirme. Creer en Dios 



70 CERVANTES 

es, en primera instancia, y como veremos, querer 
que haya Dios*. L.o cual está de acuerdo con aque- 
llas palabias de William James: «Z7na idea es ver- 
dadera en tanto que tenemos interés vital en 
creerla verdadera*. Y es porque Unamuno es tam- 
bién de los que, no queriendo reducir la filosofía 
a un estéril juego especulativo, se esfuerzan por 
darle valor vital pues comprenden que ésta es la 
única manera de darle algún valor. 

Unamuno p'antea claramente el conflicto entre 
la voluntad y la razón, entre nuestro deseo de vi- 
vir eternamente y los motivos racionales que nos 
hacen pensar en la imposibilidad de esa vida eter- 
na, y de este conflicto hace arrancar toda nuestra 
vida espiritual; •por mi parte — dice — no quiero 
poner paz entre mi corazón y mi cabeza, entre mi 
fey mi razón; quiero más bien que se peleen entre 
si». Pero, aunque no quiere poner paz, sí quiere 
conciliar en el fondo a la voluntad y a la razón; 
su ar.tirracionalismo, como todo antirracionalismo, 
no es sino tendencia hacia un racionalismo supe- 
rior. En efecto; decir que el conflicto voluntad- 
razón es el fundamento indispensable de nuestra 
vida espiritual, equivale a decir que la contradic- 
ción es superficial, puramente dialéctica, y que la 
voluntad y la razón se unen y concuerdan en la 
realidad para hacer surgir Je su aparente contra- 
dicción nuestra vida anímica; y hacer derivar de 



CERVANTES 71 

una contradicción una finalidad práctica, es bus- 
car razón a lo irracional, o sea, convertirlo en ra- 
cional. 

Dada la forzosa brevedad de este estudio preli- 
minar, no he podido detenerme a considerar las 
sorprendentes teorías acerca de Dios y del Bien, 
expuestas por Unamu.io; sólo he querido hacer ver 
que la filosofía de este autor, tan español y tan 
humano, es espiritualista, en el sentido de ten- 
dencia hacia la inmortalidad, y antiintelectualista, 
en el sentido de aproximación al sentimiento. 

La filosofía de ünamuno es profundamente hu- 
mana; nos llega al corazón, ahonda en lo más in- 
timo y profundo del alma; llega a poner, como se 
dice vulgarmente, el dedo en la llaga, es decir, 
nos hace sentir la herida, y, por lo tanto, la vida, 

Mariano BENLLIURE Y TUERO. 



72 CEPVANTES 



LAS DOS AMÉRICAS"* 



M. A. Vhllate acaba de publicar en una de las 
revistas más importantes, La Revue de París, un 
estudio en que, con motivo del Congreso paname- 
ricano de Méjico, trata de las relaciones de la gran 
república norteamericana con sus hermanas me- 
nores del Sur, y de las varias tentativas hechas 
para expender la irfluencia yanqui por todo el 
continente. Comienza por hacer notar que duran- 
te la guerra de la independencia los Estados 
Unidos no prestaron ayuda oficial alguna a los 
pueblos hispanoamericanos que luchaban por su li- 
bertad; pero que, no obstante, los ciudadanos nor- 
teómericanos demostraron sus simpatías. Por otra 
parte, los Estados Unidos fueron quienes primera- 
mente reconocieron su rango de naciones a las 



(1) De el libro «La Caravana Pasa» recientemente publicado. 



CERVANTES 73 

antiguas colonias de España. Desde entonces apa- 
rece el pensamiento de las ventajas futuras que el 
país anglosajón entrevé, y es el célebre Henry 
Clay, representante de Kentucky, el que expresa 
en el Congreso estas palabras en 1818: «La Amé- 
rica española, una vez independiente, cualquiera 
que sea la forma de gobierno que sus habitantes 
elijan, estará necesanamente animada por un sen- 
timiento americano y guiada por una política ame- 
ricana.» 

Habla M. Viallate de las varias tentativas de 
unión hispanoamericana que, desde Bolívar, se 
han hecho. El libertador no envió invitación a los 
Estados Unidos para la conferencia de Panamá, 
en 1824. Pero al año siguiente los gobiernos de 
Colombia y Méjico pidieron al de la Unión que en- 
viase sus representantes. Era secretario de Esta- 
do el mismo Henry Clay, y, aunque el entonces 
presidente Qaincy Adams, no estaba muy bien 
dispuesto a entrar en esas vías, Clay lo conven- 
ció, viendo en ese Congreso, según sus palabras» 
«el principio de una era nueva'en los asuntos hu- 
manos». Veía un inmenso triunfo para la demo- 
cracia universal, y la demostración más clara, a 
los pueblos europeos dominados por la monarquía, 
del valor y grandeza de las instituciones republi- 



74 CERVANTES 

canas- Clay, dice M. Viallate, temía también una 
unión de la América latina, de la cual estuviesen 
completamente excluidos los Estados Unidos. Dos 
grupos de origen, de lengua, de aspiraciones dife- 
rentes se encontrarían creados en el continente 
americano. La decisión de Adams para enviar re- 
presentantes a Panamá, tuvo gran oposición en el 
Senado. El Congreso se verificó, y con ningún 
éxito, en 1826. No hubo más delegados que los de 
Colombia, Centro América, México y Perú. 

Desde 1825 a 1845, los Estados Unidos no se 
preocupan de la América latina. Tanto rehusaron 
intervenir en la cuestión de las islas Falkland, 
entre la Argentina e Inglaterra, en 1831 como el 
año de 1840, cuando dejaron a Francia e Inglaterra 
tomar parte en la cuestión de la Argentina con el 
Uruguay. En 1835 y en 1848, no se dieron por en- 
tendidos de la ocupación inglesa en Nicaragua 
— como tampoco en el no lejano desembarco en el 
puerto nicaragüense de Corinto. — Atacaron a Mé- 
iico y se anexionaron Tejas en 1835, y en 1848 
Nuevo México y California. Buchanan «proyectaba 
el establecimiento de un protectorado sobre las 
provincias mexicanas septentrionales, y pedía al 
Congreso e! derecho de entrar, en caso necesario, 
en territorios de Méjico, Nicaragua y Nueva Ora- 



CERVANTES 75 

nada para defender las personas y los bienes de lo» 
ciudadanos americanos. Si el Congreso hubiera 
cedido, el presidente de los Estados Unidos hubie- 
ra sido pronto el dictador de la América Central. 
Las tentativas del filibustero Walker en Nicaragua 
no fueron sino vistas con gran simpatía en los 
Estados Unidos. 

La intervención europea en México, en tiempo 
de Maximiliano, hizo que la república anglosajona 
tomase su papel de defensora de Sud América, por 
el temor del establecimiento de una monarquía en 
el vencindario; pero las cuestiones peruano-chile- 
no-españolas, que trajeron como consecuencia ac- 
tos como el bombardeo de Valparaíso, los dejaron 
tranquilos, y como dice M. Vial late, los Estados 
Unidos se proponían impedir a Europa instalarse 
de fijo, aunque fuese disimuladamente, en la Amé- 
rica del Sur, pero no querían defender a las repú- 
blicas latinas contra las consecuencias naturales 
de sus faltas p líticas. Esto se acaba de ver con- 
firmado una vez más con la actitud que tomaron 
con motivo de las amenazas de Alemania en Ve- 
nezuela. 

¿La causa? El mal uso que de su independencia y 
autonomía han hecho las naciones de la América 
española, manteniéndose, desde su separación de la 



76 CERVANTES 

madre patria, en revolución continua, retardando 
su progreso y dando al mundo el espectáculo 
más desconsolador y lamentable. Las cuestiones 
territoriales fueron causa continua de desavenen- 
cias, y las varias tentativas de un arreglo por el 
arbitraje no tuvieron ningún resultado en las va- 
rias conferencias de Lima. La conferencia de Pa- 
namá iniciada por Colombia en 1880, no pudo rea- 
lizarse a causa de la guerra del Perú y Chile. Lue- 
go fué la iniciativa de los Estados Unidos bajo la 
presidencia de Garfield. «En ese momento, la si- 
tuación política en la América latina estaba muy 
perturbada. Chile, vencedor del Perú, amenazaba 
imponer a éste condiciones de paz que le habrían 
casi anulado, mientras que México se preparaba a 
posesionarse de Guatemala. Blaine vio el peligro 
que había para los Estados Unidos en dejar libre 
carrera a esas ambiciones. Ellos no tenían interés 
en ver desarrollarse indefinidamente la potencia 
de un pequeño número de Estados en el hemisfe- 
rio Sur; por otra parte, esas guerras presentaban 
siempre el peligro de una intervención europea 
que podría solicitar, así fuese pagando con una 
parte de su independencia la potencia mas débil. 
Btaine estaba convencido de la necesidad páralos 
Estados Unidos de hacerse los arbitros de las que- 



CERVANTES 77 

relias entre las naciones sud-americanas. Era pre- 
ciso hacer aceptar por esas potencias el principio 
del arbitraje. Ese debía de ser el objeto de un con- 
greso panamericado cuya idea hizo aceptar al pre- 
sidente. La muerte de Girfield, asesinado meses 
después de la inauguración, llevó al vicepresi- 
dente Arthur a la presidencia. Éste resolvió con- 
tinuar la política de su predecesor, y el 29 de 
Noviembre de 1881, Blaine dirigía a las naciones 
independientes de la América invitaciones a un 
congreso que se verificaría en Washington al año 
siguiente, «con el objeto de estudiar y discutir los 
medios de impedir en lo futuro los horrores de las 
luchas crueles y sangrientas entre países casi siem- 
pre de la misma sangre y lengua, o las calamidades 
mayores aún de la guerra civil.» Las ideas de 
Blaine fueron más claras después. «No hemos lle- 
vado nuestras relaciones con la América española 
tan cuerdamente y tan firmemente como pudimos 
hacerlo. Durante más de una generación nada he- 
mos hecho para atraernos las simpatías de esos 
países. Deberíamos hacer todos los esfuerzos po- 
sibles para ganarnos su amistad. Mientras que las 
grandes potencias europeas aumentan constante- 
mente su poderío territorial en África y en Asia, 
lo que nosotros debemos hacer es acrecentar núes- 



78 CERVANTES 

tro comercio con las naciones americanas. Ningún 
campo nos ofrece una cobecha tan abundante, nin- 
guno ha sido tan poco cultivado. Nuestra política 
extranjera debería ser una política americana en 
el sentido más amplio, una política de paz, de 
amistad y de desenvolvimiento comercial.» La 
conferencia no se realizó porque el congreso no 
votó los créditos necesarios, a la salida de Blaine, 
en 1881. 

En 1884 el congreso creó una comisión para es- 
tudiar «los mejores medios de asegurar las relacio- 
nes internacionales y comerciales más íntimas en- 
tre los Estados Unidos y los países de Centro y 
Sud América». Se vio que el comercio norteame- 
ricano había perdido mucho, y después de varios 
tanteos, .«-e encontraron bien dispuestas todas las 
repúblicas, con excepción de Chile, a celebrar 
tratados de reciprocidad comercial con los Esta- 
dos Unidos. En 1888, la ley de 24 de Mayo autori- 
zó al presidente a invitar a las naciones indepen- 
dientes de América a una conferencia en Washing- 
ton, «con el objeto de discutir un plan de arbitraje 
para el arreglo de las diferencias susceptibles de 
nacer entre ellos en lo futuro, y estudiar las cues- 
tiones relativas al mejoramiento de las relaciones 
comerciales, al establecimiento de comunicacio- 



CERVANTES 79 

nes directas entre esos países y al desarrollo del 
comercio recíproco, capaz de asegurar a sus pro~ 
du. tos mercados más extensos». La conferencia se 
reunió, como es sabido, en Washington; Blaine 
presidió, y en su saludo de bienvenida habló de 
«confianza sincera» y «ayuda mutua»; pero los 
diarios hablaban con demasiada claridad de las 
intenciones ogrescas. «Queremos, decía el 5w» de 
Biltimore, monopolizar, si es posible, el comercio 
de la América central y meridional, no por la bara» 
tura y buena calidad de nuestros productos, sino 
encerrando a esos países en nuestra tarifa protec- 
tora. Queremos poder entrar en los puertos de 
esos países mientras que la entrada en ellos será 
prohibida a nuestros competidores europeos». Era 
un lazo tendido a todos los mercados la inoameri- 
canos. Poco se habló en el congreso de arbitraje; 
todo fué casi alrededor del comercio, y a cada pa- 
so salía a relucir la palabra de Monroe. Entonces 
fué cuando el representante argentino contestó 
con su célebre frase: «La América para la huma- 
nidad». 

El escritor francés demuestra cómo la obra 
económica del congreso de Washington fué casi 
tan vana cono su obra política. Luego, se ocupa 
de ese intíiil Burea de las repúblicas americanas^ 



80 CERVANTES 

que aún se mantienen en la capital anglosajona. 
«En realidad, el mundo comercial ignora su exis- 
tencia y no se cuida casi de él.» 

Se refiere luego a las repetidas tentativas nor- 
teamericanas para lograr el dominio de los merca- 
dos de las demás repúblicas. Ya son los trabajos 
en la exposición de Chicago, ya la fundación del 
Philadeípia Commercial Museum, la reciente 
exposición de Buffalo y el congreso de Méjico. 
Citaré a este respecto las palabras de M. Viallate: 
«Con menos prisa que hace diez años, las repúbli- 
cas sudamericanas han aceptado la invitación de 
Méjico. Algunas de ellas no parecían esperar que 
el congreso pudiese llegar a un resultado serio. 
Además, la situación política no se ha modificado 
en el hemisferio meridional. Los peligros de revo 
lución y de guerra son siempre grandes; los dife- 
rentes gobiernos no han adquirido una estabilidad 
interior bien sólida; apenas si se puede fiar en la 
calma que ofrecen desde hace algunos años un 
pequeño número de entre ellas. La situación inter- 
nacional no es mejor, y esos pueblos de la misma 
lengua y de la misma raza continúan ofreciendo 
el triste espectáculo de hermanos enemigos, siem- 
pre listos a despedazarse. Poco tiempo antes de la 
apertura del congreso, un conflicto que dura toda- 



CERVANTES 81 

vía, estalló entre Venezuela y Colombia. El odio 
entre Chile y el Perú, consecuencia de la guerra de 
1880, no está cerca de calmarse, y existe, desde ha- 
ce muchos años, un estado de antagonismo latente 
entre Chile y la República Argentina, que ha es- 
tado por traer la guerra al mismo tiempo en que 
sus plenipotenciarios discutían en México los me- 
dios de hacerla imposible. En fin, los triunfos re- 
cientes de los Estados Unidos, sus conquistas 
nuevas, sus éxitos industriales mismos, no son 
para no causar a las naciones de la América latina 
naturales cuidados. Ellas vacilan en unir demasia- 
do estrechamente su porvenir político al de tama- 
ña potencia: tener en ella un protector interesado 
que tiene demasiados medios de transformarse un 
día en dueño autoritario.» Respecto al congreso, 
la obra política — concluye — en lo que concierne a 
las ambiciones de los Estados Unidos, ha fracasa- 
do. Su obra económica no podría tener resultado 
mejor. Los Estados Unidos, según el articulista, 
tienen infinitos obstáculos que vencer en la Amé- 
rica del Sur, aunque hayan logrado la supremacía 
en el Golfo de México. No cree, como algunos es- 
tadistas, que e.sté muy próxima la hegemonía de 
los Estados Unidos sobre el continente todo, con 
perjuicio de los intereses de Europa. El peli- 

6 



82 CERVANTES 

gro existe, pero puede ser evitado. Y concluye: 
«La orgullosa afirmación de mister Olney, cuando 
la querella de los Estados Unidos e Inglaterra, a 
propósito de territorios de Venezuela, de que «los 
Estados Unidos son hoy prácticamente soberanos 
sobre el continente americano>, no está de ningún 
modo de acuerdo con la realidad de los hechos. 
Ellos aspiran a serlo, es verdad, y el colosal desa- 
rrollo de sus riquezaas, la profunda confianza que 
tienen en sí mismos, les l<acen creer en la fácil 
realización de esos ambiciosos deseos; pero están 
lejos de haberlo logrado. Puede esperarse que la 
construcción del canal interoceánico traiga el es- 
tablecimiento de un protectorado más o menos 
disfrazado de los Estados Unidos sobre los peque- 
ños Estados de la América Central; se puede pre- 
ver que las Antillas escapen poco a poco a la do- 
minación europea para caer en las de ellos. Quizá, 
también, si anda falto de cordura y prudencia, Méxi- 
co, a pesar de su importancia, concluya por ser asi- 
mismo un satélite de los Estados Unidos. Les será 
preciso a éstos, mucho más largo tiempo y muchísi- 
mos más grandes esfuerzos para extender su hege- 
monía sobre las naciones sud-americanas, supo- 
r.-endoque puedan llegar a ello. Sin duda, los 
Estados Unidos verán aumentarse sus relaciones 



CERVANTES 83 

comerciales con esos países y participarán de los 
efectos de crecimiento y prosperidad que parecen 
estarles reservados. 

El desarrollo de su potencia industrial, la re- 
construcción de su marina mercante, les ayu- 
dará mucho; pero, i;or muchos años aún, la gran 
corriente comercial de la América del Sur con- 
tinuará dirigiéndose hacia Europa, cualesquiera 
que sean los xmedios que empleen los Estados 
Unidos para desviarla. Y, si el Brasil, la Argen- 
tina y Chile, abandonando sus querellas intesti- 
nas y sus rivalidades, hallasen la estabilidad 
política y se consagrasen a cultivar las riquezas 
maravillosas de su suelo, se podría ver, en un 
cuarto de siglo, o en medio siglo, constituirse 
en esa región naciones potentes, capaces de con- 
trapesar a la América anglosajona, y de hacer 
en lo de adelante vano el sueño de hegemonía 
panamericana acariciado por los Estados Uni- 
dos.* 

Subrayo las palabras finales, porque ellas son la 
expresión del juicio que la Europa sensata y pre- 
visora tiene de nuestras repúblicas, ante la ame- 
naza del imperialismo yanki. Es de desear que 
nuestros hombres de Estado se fijen en estas ma- 
nifestaciones. 



84 CERVANTES 

iil estudio que he extractado, encierra la 
opinión del criterio serio europeo, y ojalá loa 
pen-^adores nuestros tomen en cuenta estas altas 
vistas. 

Rubén DA:XÍ0. 



CERVANTES 



85 



CRÓNICAS DE LA GUERRA 



La risa trágica de Bernard Shaw 

1 

Impresiones de una excursión al frente 
de batalla.— Consuelos y responsabilidades. 

Si, como es bastante probable, estáis en deses- 
perada confusión moral con respecto a la guerra, 
habéis de estar curiosos por saber corno los que 
están en el frente concilian sus escrúpulos de con- 
ciencia con el amontonamiento de la muerte sobie 
la destrucción en forma tan pasmosa. Yo he trata- 
do de describir esto y, sea que escriba como un 
ser humano o como un demonio, debo confesar si.«i 
vergüenza que gocé más durante mi semana en el 
frente que en el curso de la última temporada que 
pasé a orillas del mar. Para tomar este último 
punto que es el más insignificante, diré que la 
guerra no suprime la gloría del sol ni la espaciosa 
belleza de los amplios campos de Francia con su 
deslumbrante manto de nieve. El hombre social y 



86 CERVANTES 

de buen apetito no goza menos su comida en ama- 
ble compañía en los cuarteles o en el cuartel ge- 
neral porque su mesa sea una mesa redonda, ni 
aun cuando las ventanas son agitadas por grana- 
das ocasionales que vienen o van. La conversación 
sobre la guerra, entre los soldado.^, no es abruma- 
dora ni indignante como a veces sucede entre los 
civiles. Para un civil la guerra, con frecuencia, 
no es del todo guerra. Es una disputa que se lleva 
a cabo escribiendo postales anónimas y arrojando 
gatos muertos boca arriba, por encima del cerco 
del jardín del vecino. Para él, cuando un soldado 
británico mata a un soldado alemán realiza un acto 
heroico, y cuando un soldado alemán mata a un 
británico comete un cobarde asesinato sobre un 
hombre que cumple con su deber. Y todo se juzga 
con ese criterio. 

Todos los soldados que piensan — y la guerra 
hace a los soldados muy meditativos — c tmpreden 
claramente que existe una moraliJad de la guerra 
muy distinta de la moral de la paz, exactamente 
como la moralidad de una entrevista con un tigre 
en la selva es muy diferente a la moral de una en- 
trevista con un misionero; pero ellos no condenan 
ridiculamente las acciones del enemigo valiéndose 
de los términos de la moralidad de la paz. En cam- 
bio iustifican sus propias expresiones inspiradas 
por la moralidad de la guerra. Sea ello para bien o 



CERVANTES 87 

para mal, cuando una causa se deja librada a la es- 
pada, Cromwell, Washington o Lincoln, deben lu- 
char por ella tan resueltamente como Ivan el Te- 
rrib'e, Alejandro o Nipoleón. Cuanto mayor sea 
el deseo de terminar la guerra más arduamente se 
debe combatir para alcanzar el fin. Nadie se pre- 
ocupa del peligro de las sábanas mojadas cuando la 
casa está ardiendo y debéis reconocer — objetándo- 
lo cuanto queráis — que, tanto nosotros como los 
alfmane;*, debimos portarnos mejor y no ir a la 
guerra Ahora que estamos en ella, debemos me- 
ter el hombro, no e«:quivando nuestras almas en 
casa así como los soldados no esquivan sus cuer- 
pos en el frente. 

Se me asegura que hasta los prisioneros alema- 
nes demuestran con frecuencii un ardiente inte- 
rés en la salvación y en el éxito de sus nuevos 
camaradas. Esto realmente no es más extraño que 
el hecho de que soldados franceses y británicos 
estén combatiendo por la misma causa y de que 
soldados irlandeses, cuyo patriotismo consiste con- 
tra Inglaterra, lleven la bandera inglesa o la fran- 
cesa, o cualquier otra bandera, a la victoria antes 
que dejar de cumplir el supremo deber de librar 
una buena lucha. Esto podrá pareceros una extra- 
ña moralidad, una moralidad pueril o una imbécil 
moralidad destructora; pero es verdadera y si no 
la entendéis, nunca seréis de utilidad alguna a 



88 CERVANTES 

vuestro país ni a ningún otro país durante la 
guerra. Os ruego que advirtáis que ello está den- 
tro de los límites de una moralidad- cosmopolita, 
supernacional, siendo, al mismo tiempo, en esencia 
una moral de vecindario; por consiguiente, es 
especialmente necesario que el pacifista la com- 
prenda. 

Un célebre dramaturgo civil pone en boca de 
un rey, fatalmente piadoso, este sentimiento: «Está 
tres veces armado aquel cuya riña es justa». Po- 
niendo a un lado la observación obvia de que no 
hay riñas juntas en el mundo, porque cuando el 
puel lo riñe deja de ser justo y que si hubiera sido 
justo antes no hubiera reñido, debo decir ruda- 
mente que la guerra no tiene nada que ver con la 
justicia. Es sólo una tina y esa es una de las prin- 
cipales objeciones contra la guerra como institu- 
ción y que, posiblemente, la desarraigará de la 
moralidad humana. Pero es demasiado tarde para 
hahhr de ello cuando la espada ha sido desenvai- 
nada. No podéis vindicar a la moralidad ultrajada 
mediante una rendición o dejándoos derrotar. Por 
el contrario, si estáis en error, y deseáis recono- 
cerlo dando satisfacciones, debéis obtener la vic- 
toria o vuestras satisfacciones no tendrán valor 
alguno. 

En las trincheras hay muchos socialistas inter- 
nacionales odiadores de la guerra; pero ¿puede la 



CERVANTES 89 

mente de nirgún hombre sano estar tan confusa 
como pata suponer que ellos levanten banderas 
blancas ó arrojen las armas dejándose matar? ¿Pue- 
de concebirle que no dtsten la victoria para los 
Hohenzollern? Por el contrario, ellos forman parte 
del mejor material bélico. También ellos desean 
dictar las condiciones de la paz y saben que no lo 
podrán hacer si son vencidos. Hay en nuestro país 
cierta infantil vanidad que se imagina que es po- 
sible que un mi<^mbro de la nación diga: «No me 
gusta Lloid Gcorge o Bonan Law en Rusia, o el 
republicanismo francés, o Barrabás, o lo que sí-a> 
y que se niegue a cooperBr en la guerra guiado 
por sus sentimientos. Pero eso no sobrevive un 
día en el frente. Cuando la guerra se apodera de 
vosotros, debéis luchar y luchar para vencer, bien 
seáis el agresor o el agredido, bien detestéis la 
guerra como el reino de Luzbel en la tierra, o la 
consideréis como la madre de todas las virtudes. 
No se trata sólo de que debáis dt-íenderos o pe- 
recer. Muchos hombres son demasiado orgullo- 
sos para luchar, en esas condiciones. Es que de- 
béis defender a vuestro vecino o traicionarlo. Esto 
es lo que se hace dueño de vosotros. 

Las devastaciones de la guerra no son del todo 
males que merezcan ser deplorados. No intento 
consolar a los que guardan luto por la biblioteca 
de Lovaina y que siempre se han negado a dar un 



90 CERVANTES 

penique para la biblioteca de su propia parro- 
quia. No pretendo sostener que íprés y Arras son 
agradables de ver como lo eran cuando las vi en 
tiempos de paz; pero yo he sido miembro de la 
autoridad sanitaria encargada de la limpieza de las 
áreas infecciosas y de hacer cumplir las leyes de 
edificación, y la tragedia del distrito del Somme, 
comenzó para mí en alguna de las aldeas que no 
haoían sido demolidas. La comparación de lo que 
los alemanes han efectuado en Albert con lo que 
yo querría realizar en Londres o Manchester hace 
que, el kaiser, parezca un verdadero ángel de Pas- 
cua al lado mío. En cuanto a vuestra medioeval 
«Halle des Drapiers» y otras cosas semejantes, 
¿qué derecho tendremos nosotros para pedir a la 
Edad Media bellezas que no somos capaces de 
producir? 

Tan pronto como realmente necesitemos un 
Iprés lleno de encanto medioeval podremos tener- 
lo. Si no lo necesitamos, nadie más que un puñado 
de obreros de arte sufrirá muy insignificantes pesa- 
res por la destrucción de la «Halle des Drapiers» o 
de una catedral. Yo he amado estas cosas y me he 
tomado la molestia de ir a verlas, tanto como cual- 
quier hombre del mundo, pero sé que hay ta i bue- 
nos peces en el mar como los que ya han salido 
de él y sé también que los hay mejores cuando el 
afectado gusto por el pecado se convierte en un 



CERVANTES 91 

genuino imperativo del apetito, o como sucedió 
del siglo XII al XV, cuando esos peces fueron pes- 
cados. De modo que continuad, bravos artilleros 
de ambos bandos, siempre que matéis bastantes 
filisteos y convirtáis en ruinas el mercantilismo. 
Posiblemente resultaréis mejores constructores 
por aquello de que «lo mejor está aún por ser», o 
por aquello de que cuanto más pronto nos haga- 
mos desaparecer mutuamente de la haz de la tie- 
rra será mejor. 

Se dice también que el frente del Somme ha 
quedado destrozado y arruinado para siempre, 
pero yo no lo creo. Un Mayor de artillería que 
tuvo la bondad de volar un campo, destrozándolo 
completamente, para que yo pudiera ver cómo se 
hacía, me as-eguró que estaba duplicado el valor 
de la tierra de cultivo mediante una superlabran- 
za, cuyo costo ningún agricultor podría cubrir. 

«¿Pero — le dije yo — , cómo se van a llenar estos 
agujeros para poner la tierra en condiciones de 
ser sembrada?» «Yo arreglaría esto con unas cuan- 
tas cargas de dinamita», me contestó. Me queJé 
pensando sobre los efectos que todo esto produci- 
rá en los hombres que aquí se hallan. No hay nada 
razonable que decir. Estamos frente a frente al 
hecho de que la belicosidad forma todavía parte 
de la Naturaleza humana y que la civilización se 
halla en la infancia. Los hombres jugaran a la gue- 



92 CERVANTES 

rra cuando no haya batallas que librar. Las pelícu- 
las cinematográficas y los cuentos de las revistas 
demue-otran que la guerra es el alimento favorito 
de la im ginación. Los hombres van voluntariosa 
la guerra sin esperar a que se les obligue y vuel- 
ven a ella después de haber sufrido sus peores 
penalidades. Un oficial con quien me condolía del 
indescriptible aburrimiento de la guerra, admitió 
el hecho plenamente, pero me dijo a manera de 
defensa qie €>iempre había algo de excitante en 
ella». E^to es algo^ si no es la guerra misma. Hom- 
bres que abandonan la vida civil, llena de prospe- 
li laies y corfnrts, y se entregan al más peligroso 
servicio, bajo condiciones que nos hacen suponer 
que envidian a los explotadores polares, declaran 
sin afectación que nunca han sido tan felices. 
Bascan los terrores y las penalidades más resuel- 
tamente que las ropas cálidas, las gratas chime- 
neas y la seguridad. 

El «nunca más» que aparece en los periódicos 
civi es es una apología de esta guerra, puesto que 
significa el fin de las guerras. Esto no encuentra 
eco en el frente. El soldado puede sentir piedad 
por aquellos que han sido arrojados de sus hoga- 
res destruidos para afrontar sobre la tierra una 
vagancia sin esperanza y que son víctimas de la 
gurrra sin tener ninguna parte en ella, pero no se 
compadece de sí mismo. Las extrañas satisfacio- 



CERVANTES 9d 

nes y fascinaciones que los hombres hallan en la 
guerra, pueden fundarse en aquella parte de su 
naturaleza, que es común a los seres de rostro pá- 
lido, al piel roja y al valiente guerrero zolú. Esos 
sentimientos pueden ser, en gran parte, una reac- 
ción contra la monotonía de la viiia civil que no 
satisface sus instintos heroicos Yo no los justifico 
y sé que serán finalmente satisfechos por medios 
más nobles o serán vigorosamente reprimidos y 
desechados: pero seria un necio y un hombre poco 
honrado si intentara ignorarlos. 

Además, existen los r'.zonables y comprensibles 
beneficios del «servicio» que diferencian la egoís- 
ta y comercial caza del dinero de los propósitos de 
un simple soldado insociable y aventurero. En el 
ejército no tenéis que pensar en el dinero, ni pen- 
sáis en desposeer a vuestro vecino, ni engañar, 
adulterar y atrapar a los clientes mediante menti- 
rosos avisos. En vez de estar contra todo el mun- 
do y que todo el mundo esté contra vosotros, 
procuráis continuamente que las cosas sean lleva- 
das a cabo del mejor modo posible para benefici.) 
de vuestros compañeros de armas, de vuestro país 
y de todo aquello de que formáis parte. Es com- 
pletamente razonable la esperanza de que, muchos 
hombres que han ido al ejército siendo unos mer- 
cantilizados mozos de cordel, salgan convertidos 
en caballeros animados de un noble y amplio es- 



94 CERVANTES 

píritu. Habrá hombres ennoblecidos que resistan a 
los hombres de espíritu mutilado y almas salvadas 
que se opongan a los cuerpos muertos. 

Esto no es un argumento en favor de la perpe- 
tuación de la guerra, sino en favor de la purifica- 
ción de la paz. Pero, mientras la paz sea una cosa 
impura y la guerra sea en ciertos aspectos más 
noble, concedamos a ésta lo que se merece. No 
nos entreguemos a la opresión de un ilevantable 
horror; hay algo que tener en cuenta, porque si 
el comercio en su peor forma hace del hombre un 
villano, la disciplina, en sus peores manifestaciones, 
lo convierte en un autómata, y un bribón es mejor 
que un autómata y muy frecuentemente mucho 
menos cruel. Pero el autómata militar de los cuar- 
teles es un producto de la paz, en quien las vicisi- 
tudes y sorpresas de la guerra hacen, en realidad, 
un corto trabajo. 

La principal objeción a los grandes sistemas mi- 
litares modernos no es que producen más guerras, 
sino que están reducidos al absurdo por largos 
períodos de paz. Del soldado en el campo de ba- 
talla se puede decir algo. Del soldado en el cuar- 
tel no se puede decir nada. Sería mejor reformar 
los cuarteles y librarse de la guerra porque, cuan- 
do se ha dicho todo, todavía queda por decir que 
la guerra es una terrible calamidad que sólo pue- 
de defenderse sobre la base de que [nuestra iner- 



CERVANTES 95 

cia es tan grande que nada, sino gigantescas cala- 
midades, pueden iniciarnos a la reforma. Todas 
las virtudes militares podrán ejercerse en la vida 
civil decentemente organizada y todas las refor- 
mas podrían efectuarse tanto por la razón y la 
conciencia como por el terror. 

Pero nosotros no las pusimos en práctica, ni los 
alemanes tampoco, y ahora debemos sufrir las con- 
secuencias. El poder de hacer la paz y la respon- 
sabilidad de la guerra y sus enormes desgracias 
no pertenecen al ejército, sino a los políticos que 
se quedan en casa y que manejan esta monstruosa 
máquina de muerte y devastación. Es una máqui- 
na que un hombre sabio vacilaría en confiarla en 
las manos de Dios, y que, por lo tanto, vacilaría 
mucho más en ponerla en manos de hombres que 
no han soportado prueba más alta que una elec- 
ción parlamentaria. Desde que se han empeñado 
como dioses en dirigirla y han conseguido que se 
apruebe su empeño, deben hacer lo más que pue- 
dan bajo la mayor responsabilidad, que sólo ha de 
dárseles mediante la concesión de plenos poderes; 
pero de cada tiro que se dispare deben ser culpa- 
bles ellos, no los soldados. Dada la proporción ac- 
tual de la destrucción. U plegaria de los pueblos 
no debe ser cdadnos paz en nuestro tiempo» sino 
«dadnos paz en todos los tiempos». Para los héroes 
que no desean la paz habrá la«lucha mental» de 



96 CERVANTES 

William B'ake, quien mucho después de Water- 
loo, todavía mantenía la espada inquieta en su 
mano. Su Jerusa'em es-tá aún por edificarse y no 
ha de ser destruida con howitzers. Son demasiado 
iáciles de disparar. 

G. Bernard SHAW. 



La revolución rusa. 

LA MAGNA IMPORTANCIA DE LA REVOLUCIÓN 

La actual generación tiene el privilegio de pre- 
senciar los grandes hechos qu^ marcarán el cami- 
no faturo de la h'storia y dirán origen a la nueva 
humanidad. La Revolución rusa, cuyos episodios 
han conmovido estos días al púb'ico internacional, 
es uno de los acontecimientos más transcendenta- 
les de los tiempos modernos. El cambio de régi- 
men efectuado en Rusia es mucho más que una 
revolución política. Es el principio de una nueva 
era social pan Rusia, para Eurnpi^ para el mundo 
entero. Situados los hoTibres de hoy en pleno des- 
arrollo de esta fase histórica decisiva, les es difí- 
cil apreciar su vasto conjunto, su significación in- 
tegra, su enorme influencia en todas las esferas 
de la vida. Nosotros tenemos la convicción firmí- 
sima de que la guerra que empezó en 1914, por 



CERVANTES 97 

los efectos múltiples y complejos que está llamada 
a producir, será considerada por la humanidad ds 
mañana como el acontecimiento más importante 
de la historia. Los historiadores futuros dividirán 
la narración de los acontecimientos de la edad 
llamada hoy contenr.poránea en dos grandes épo- 
cas: antes de la guerra mundial y después de la 
guerra mundial. 

La transcendencia de esta guerra se revela ya en 
la reciente y victoriosa Revolución rusa. To ios 
los hombres clarividentes se dan cuenta de que 
las consecuencias del cambio de régimen en Kusia 
se harán sentir en todos los sectores po'íticos, 
ideológicos, económicos, sociales y diplomáticos 
del mundo. Así como al preguntar Luis XVI ante 
el pueblo en revuelta si era aquello un motín le 
fué contestado: « — No, sire, es una revolución», 
podría contestarse a Nicolás II, si hubiese pregun- 
tado por el carácter de los hechos de Petrogrado, 
que éstos no son una revolución de partido, un 
golpe de E-ítado, sino el advenimiento del mundo 
nuevo entre la sangre, el dolor y la esperanza de 
la gran guerra. 

Q aeremos dar en el presente trabajo, un resu- 
men de las causas de la Revolución rusa y de los 
efectos que ésta producirá. De la Rusia lejana se 
sabe por aquí poca cosa. Nuestro público, y aun 
muchos de nuestros intelectuales, no conocen del 

7 



98 CERVANTES 

Imperio moscovita más que algunas nociones ad- 
quiridas por medio de la literatura periodística. 
Para la casi totalidad de nuestras gentes, Rusia es 
un Estado muy ancho, formado por el zar, los co- 
sacos, los nihilistas, la Si^eria, el Kniit, la estepa 
y la nieve. La verdad es que la sociedad y el Esta- 
do rusos por sus formas particulares y distinti- 
vas, por sus especiales problemas, constituyen 
algo muy diferente de la sociedad y los Estados 
occidentales. Y sin conocer estas particularidades 
y estos problemas, no es posible hacerse cargo del 
valor y de la significación de los sucesos de Ru.sia, 
cuya alta llama roja acaba de sobresalir en medio 
del gran incendio de la guerra. 

EL RÉGIMEN VIEJO 

: ¿Cuál era exactamente el viejo régimen ruso 
que una Revolución rapidísima acaba de derrocar? 

La superficial literatura de prensa ha extendido 
por Europa la vaga idea de una Rusia absolutista, 
autocrática, brutal y feroz. Pero, en realidad, no 
era el absolutismo monárquico la nota caracterís- 
tica del régimen imperial. Era la oligarquía buro- 
crá'ica. 

Es de todo punto imposible comprender la polí- 
tica y la vida social rusa, sin saber lo que era y lo 
que hacía la burocracia imperial, a cuyo predomi- 
nio tiránico y absorbente ha puesto ñn la Revolu- 



CERVANTES 99 

ción de Marzo. Esa burocracia rusa no se parece 
a la de ningún otro Estado. Y toda la historia del 
Imperio en la edad contemporánea se explica por 
la intervención y la influencia de la formidable 
fuerza burocrática. 

El cosaco explotado, tema literario y caricatu- 
resco, es una pobre alma primitiva en un fornido 
cuerpo, que no ha infiuído para nada en la vida 
del Estado ruso, y cuya siniestra fama es quizá 
inmerecida. La Rusia negra, la Rusia dura y cruel, 
está representada por el terrible tchincvniki, por 
el burócrata. Los tchinovnikí, más poderosos que 
el zar, han gobernado hasta hoy el Imperio ruso. 
Si el zar era el autócrata de todas las Rusias, ellos 
eran los dueños del zar. El autócrata no estaba 
muy lejos, en ciertos momentos, de ser autó^ 
mata (1). 

Los tchinovniki rusos presentan un carácter 
corporativo tan especial y tan a* entuado, que los 
sociólogos han discutido gravemente sobre si de- 
ben ser considerados como una clase social dis- 
tinta. Sus individuos, los que ocupan o ocupaban 
los altos cargos de la Administración imperial, 
los ministerios inclusive, pertenecen todos a la 



(1) Es curioso hacer notar que el título de autócrata que se 
daba el zar no significa, en su scntifiQ original, «monarca absolu- 
to», sino «monarca independiente», es decir, que no está sometido 
a ningún poder extraniero. 



100 CERVANTES 

nobleza. Y la nobleza, en Rusia, tiene un carácter 
acusadamente feudal. Los nobles son siempre 
grandes propietarios de tierras. El acceso a los 
lugares elevados de la burocracia venía a ser algo 
como un derecho de casta. El talento, las aptitu- 
des, los estudios generales y especializados, eran 
cosas secundarias desde el punto de vista del re- 
clutamiento de los ichinovn'iki. Lo principal eran 
los títulos nobiliarios, la estirpe. De ahí que la bu- 
rocracia rusa estuviese llena de hombres ineptos, 
incultos, altaneros y autoritarios. 

Otro carácter de los burocráticos rusos es su 
chovinismo, su espíritu unitarista implacable. Pa- 
ra ingresar en la burocracia, era necesario no sólo 
sernoble, sino ser de pura sangre rusa. Ni los ju- 
díos, ni los polacos, ni los otros extranjeros, te- 
nían derecho a formar parte do la clase dirigente 
de la santa Rusia. Una sola excepción se había 
establecido, excepción trascentental por cierto. 
Y esta excepción era a favor de los nobles de ori- 
gen germánico, que predominan en las provincias 
balcánicas. Esto explica que entre los altos fun- 
cionarios rusos abundan los apellidos alemanes. 
La labor de estos germano-rusos en la guerra ac- 
tual ha sido labor de traición y de ignominia. Los 
agentes principales de la influencia tudesca, tan 
fuerte y tan profunda, eran los Ichinovniki rusos 
de origen alemán. En cuanto a los funcionarios de 



CERVANTES 101 

sangre rupa, puede decirse que eran, en general, 
germanófilos. Los sentimientos y sus intereses 
concordaban mucho más con las ideas y los pro- 
cedimientos de la Europa central, que con los de 
la Europa occidental. 

Éstos, los ichinovniki eran los que tiraniza- 
ban la Rusia en nombre del zar, autócrata de 
todas las Rusias, pero subdito de los ichinov- 
niki. Muchas de las di>posiciones justicieras que 
desde la revolución de 1905 ha promulgado el em- 
perador, han sido boicoteadas, anuladas en la 
práctica, por ese poder burocrático. Estos eran los 
que se oponían a todo intento de renovación, y no 
el zar abúlico, bueno y leal en el fondo, que acaba 
de abdicar, es decir, de ser obligado a abdicar. 

Hase hablado del santo Sínodo de la Iglesia rusa 
y de la camarilla de la corte imperial como ele- 
mentos de influencia decisiva en la política rusa. 
Es verdad que lo son. Pero se trata, desde este 
punto de vista, de órganos de la influencia buro- 
crática. El alto clero ruso y los cortesanos forman 
un todo orgánico con los tchinovnikí. La.s c fuerzas 
tenebrosas» de que se habló en la Duma son esas 
que acabamos de nombrar: altos funcionarios, alto 
clero, camarilla cortesana. 

Este poder es el que acaba de hundirse en Ru- 
sia, al empuje tempestuoso de un alzamiento po- 
pular. Y lo que se ha hundido, ya no volverá a 



lO'i CERVANTES 

levantarse, porque toda la fuerza de la burocracia 
rusa estaba en el andamiaje político-social que la 
sostenía. Deshecho el andamiaje, en poder de los 
nuevos hombres los instrumentos del Estado, la 
fuerza de la burocracia es casi nula. Por sí misma 
no vale nada, no puede nada. No hay un partido, 
que la siga, no hay una masa que se ponga a su 
lado. En sus palacios y en sus covachas era omni- 
potente. En mitad de li calle o de los campos es 
impotente. No hay peligro de que realice una con- 
trarrevolución. 

DE LA REVOLUCIÓN DE 1905 A LA DE 1917 

Ni la verdadera causa de la Revolución de 1905 
fué la desastrosa guerra ruso- japonesa, ni la ver- 
dadera cau-^a de la Revolución reciente ha sido el 
conflicto de los víveres en las gran^ies ciudades. 
Esos hechos no hicieron más que dar ocasión a 
que se manifestara la protesta que desde mucho 
antes latía en el seno del pueblo. Determinaron el 
momento de la explosión, pero no la explosión 
misma. La causa profunda de aqut-1 y de este mo- 
vimiento reside en el anhelo general de poner fin 
al dominio de la oligarquía burocrática, cada día 
más incompatible con las nuevas necesidades de 
la sociedad rusa. 

La trasnformación del régimen ruso era algo fa- 
tal, inevitable. Desde que la guerra actual estalló, 



CERVANTES 105 

tuvimos por seguro que una de sus más importan- 
tes consecuencias sería la renovación de Rusia, 
La sacudida universal de la actual lucha debía, a 
la vez, despertar las energías dormidas en las ca- 
pas profundas de la sociedad rusa y echar abajo 
el edificio anacrónico del viejo régimen. Por esto 
mismo, el poder burocrático del Imperio, al per- 
catarse del alcance y de los efectos futuros de la 
guerra desde las primeras semanas, se azoró, se 
arrepintió de no haberse opuesto a la intervención 
de Rusia y empezó la nefanda obra subterránea de 
trabajar contra la victoria de su propio país. El 
triunfo de los Imperios centrales constituía la úni- 
ca esperanza en el mantenimiento de la oligarquía 
moscovita. La victoria de la Entente debía hacer 
inevitable la caída de aquélla. Y esos abominables 
fanáticos preferían la derrota de su patria por el 
enemigo exterior, a la derrota de su sistema polí- 
tico por los adversarios interiores. 

La historia de la política rusa desde 1905 hasta 
1917 se resume en los esfuerzos desesperados, y 
frecuentemente criminales, de la burocracia rusa 
para hacer fracasar los intentos de renovación. 
Nicolás II, gracias al consejo y aun a la piesión 
de la diplomacia occidental, entró — tímidamente 
y con paso vacilante, es verdad— por el camino 
de las concesiones. Fué cuando se devolvió a Fin- 
landia la autonomía, cuando se mejoró la situación 



104 CERVANTES 

de Polonia, cuando se dio alguna libertad a las 
religiones disüntas de la oficial, cuando se creó 
la Dama como pUida institución pírlamentarij, 

Pero todas las buenas intenciones de Nicolás II 
fueron contrarrestadas por la oligarquía burocrá- 
tica. Los más influyentes representantes de los 
ichinovmki cerca del zar llegaron a secuestrar el 
espíritu de éste. Tres Dumas fueron disueltas. El 
débil poder que el célebre manifiesto del 17 de 
Obtubre de 1905 dio a la Cámara fué anulado por 
ulteriores disposiciones del gobierno, el cual v^- 
nía a ser la jerarquía más alta de la burocracia 
imperial. 

De cuál es la voluntad del pueblo ruso — o de la 
parte consciente del pueblo ruso — no pue^e du- 
darse. A pesar de haberse adoptado para la e'ec- 
ción de la Duma un siste na de sufragio indirecto 
y restringido, las fuerzas de renovación, los ele- 
mentos populares, los adversarios de la oligarquía 
burocrática obtuvieron la mayoría. Cada vez que 
la Dama era disuelta se modificaba el procedi- 
miento electoral en sentido restrictivo y antide- 
mocrático. Y, no obstante, la tendencia renova- 
dora, más o menos pronunciada, volvía a triunfar. 
Tanta era su fuerza v su arraigo. 

La composición de las dos primeras Damas, que 
son las que mejor representaron al pueblo ruso, 
da idea de cuales son las corrientes políticas e 



CERVANTES 



105 



ideológicas que se manifiestan en aquél, He aquí 
algunas cifras: 



Constitucío- Trabnjistas ó Derecha 
nales demó- grupo obiero (buró- SoeialiB- 
cratas. rural. cratM). tas. 



Primera D urna . 180 100 40 14 

Segunda Duma. 110 100 60 100 

Entonces, el número de diputados de la Duma 
era de 524. Los grupos nacionalistas, especial- 
mente los polacos, contaban con importantes mino- 
rías, los cuales se sumaban casi siempre a los gru- 
pos de la izquierda. Hay que tener en cuenta que 
los socialistas propiamente dichos (pues los traba- 
jistas, representantes del proletariado rural, aun- 
que de tendencias radicales, no tienen, un pro- 
grama doctrinalmenífc socialista) están divididos 
en dos fracciones: los socialistas revolucionarios, 
que pueden compararse hasta cierto punto con los 
anarquistas y los sindicalistas occidentales, y los 
social-demócratas, de tendencias marxistas, una 
de cuyas principales figuras es Jorge Plekhanof y 
cuyos adeptos se recluían principalmente entre el 
proletariado industrial. 

La tercera Duma, confeccionada enteramente 
por la burocracia por medio de un procedimiento 
electoral ad lioc, presentó ya un carácter distin- 
to. El número de diputados de las nacionalidades 



106 CERVANTES 

no rusas del Imperio fué enormemente reducido. 
Se restringió y alambicó el régimen de las eleccio- 
nes con el objeto de que no pasaran a través del ce- 
dazo más que las hechuras de los burócratas. Con- 
siguieron así la mayoría la derecha y los «octu- 
briátas» (partidarios de las reformas contenidas 
en el decreto del zar del mes de octubre de 1905). 
Los diputados constitucionales demócratas que- 
daron reducidos a treinta, los trabajistas a veinte 
y los socialistas a diez y seis. Aun así, la tercera 
Duma entró varias veces en conflicto con el go- 
bierno, el cual no vaciló en prescindir de ella. 

Poco había cambiado, pues, en el régimen ruso. 
El Consejo del Imperio y la Duma, a los que algu- 
nos atribuían las funciones de Senado y de Cáma- 
ra popular, respectivamente, no eran sino fa- 
chadas de Cámaras. Las prerrogativas financieras 
que son la esencia y el origen histórico de los 
Parlamentos eran casi nulas para la Duma. No 
había Parlamento en Rusia, como no había ver- 
dadero ministerio o Consejo de ministros. Eran 
los ministros nombrados por el zar, como secreta- 
rios suyos. El cargo de presidente de Consejo co- 
mo jefe del g^bmete, era más nominal que efec- 
tivo. Los ministros no formaban un todo orgánico, 
un gobierno colectivo, sino un conjunto de fun- 
cionarios sueltos, sin unidad y sin cohesión. Y 
este gobierno, o era una prolongación del grupo 



CERVANTES 



107 



burocrático que formaba la camarilla del empera- 
dor, o un conjunto de humildes subordinados de 
aquélla. 

Toda la evolución de la sociedad rusa hacia for- 
mas más perfectas y hacia un mayor progreso, 
todos los afanes de vida nueva y europea sentidos 
por el pueblo ruso, todo el despliegue material y 
espiritual del Imperio, quedaban así contrariados 
y obstruí ios por obra de la oligarquía burocrática, 
esa fuerza terca, implacable, ciega. 

LA LUCHA INTERIOR DURANTE LA GUERRA 

Tan pronto como los tchinovniki tuvieron la 
intuición de que la guerra ponía en peligro su 
predominio absoluto y de que la paz victoriosa 
significaría el comienzo de una nueva era política 
en Europa, iniciaron una labor subterránea y tene- 
brosa. Movilizado el eiército, en armas el pueblo, 
el poder de la oligarquía quedaba fuertemente 
disminuido. Ya no podían los burócratas, con su 
policía y con sus cosacos, hábiles en el manejo del 
knut, ahogar la voluntad del país e imponer su 
abyecta tiranía. Estamos convencidos de que, a 
haberle úAo posible, la oligarquía rusa habría 
pactado la paz separada con los Imperios centrales 
a la primera ocasión más o menos oportuna. Pero 
se alzaban dos obstáculos ante sus propósitos: el 
primero y principal, la actidud del ejército — gene- 



108 CERVANTES 

rales, jefes, soldados — , que no quería una paz 
deshonrosa; el segundo, los escrúpulos de Nicolás 
II, que se resistía a faltar al pacto oe Londres y a 
la palabra personal empeñada de continuar la gue- 
rra de común acuerdo con los aliados y de no tra- 
tar de la paz separadamente. 

Siendo esto así, los burócratas adoptaron su 
procedimiento de aplicar a la guerra una especie 
de sabotage. Muchos de ellos, en combinación 
con algunos militares, ejercieron el espionaje. No 
se habrán olvidado las trágicas ejecuciones por 
alta traición. Y téngase por seguro que los traido- 
res y espías descubiertos y ejecutados no son más 
que una ínfima parte del número total de los que 
han ejercido tan bajos y abominab'es ofi«_ios. 
Otros, ios más, se dedicaron a entorpecer los 
aprovisionamientos del ejército y a sembrar la 
desconfianza y el pesimismo. Podemos decir usan- 
do una frase francesa, que su tarea predilecta 
consistía en cponer bastones entre las ruedas» de 
la maquinaria de guerra. Por haberse colocado 
frente a estos manejos, cayeron del poder, prime- 
ro Sassonoff y luego Trepoff. En los gobiernos de 
Sturmer y del príncipe Galitzni, la influencia oli- 
gárqui a predominaba. Uu político de procedericia 
liberal, Protopopoff, se convirtió, al llegar al mi- 
nisterio del Interior, en el más dócil agente de las 
«fuerzas tenebrosas». 



CEUVANTE3 109 

Desde mediados de 1916, la lucha entre la oli- 
garquía burocrática y los elementos populares se 
hizo aguda. Los continuos aplazamientos y cierres 
de la Dama demostraron que el zar se dejiba 
arrastrar por la camarilla negra. Este éxito rela- 
tivo envalentonó a los conjurados, y Sturmer con- 
cibió la idea de consumar la traición a la causa de 
los aliados. Fué preciso que los embajadores de las 
potencias de la Entanie presentaran a Nicolás II 
las pruebas de la labor que estaban realizando 
Sturmer y los suyos, para que el emperador se de- 
ci Hera a intervenir. El poder fué confiado a Tre- 
poff. hermano del fam.oso antiguo j»- fe de la poli- 
cía de Petrogrado, funcionario de ideas derechis- 
tas, pero enemigo de la influencia germánica. Su- 
cedió, sin embargo, que Trepoff y la mayoría de 
los ministros no pudieron imponer su política. 
Quien gobernaba en realidad era Protopopoff, 
sospechoso superviviente del ministerio Sturmer. 
PíOtopopoff hizo disolver brutalmente la asam- 
blea de los zemstvos (juntas populares provincia- 
les) en Moscou, prescindiendo del parecer de sus 
compañeros de gobierno. Pidió la mayoría de los 
ministros al zar que exigiera la dimisión al minis- 
tro del Interior o que aceptara la del gobierno. 
Nicolás II optó por el último término del dilema* 
Y fué nombrado presidente del Consejo un per- 
sonaje obscuro, el príncipe de Galitzin. Protopo- 



1 10 CERVAMTES 

poff, fuerte por el apoyo de la oligarquía, siguió 
en su puesto. 

Al estrepite de la guerra, el pueblo ruso se había 
despert do. La Duma y los zemstvos, teniendo 
detrás al pueblo en pie, podían aplastar de una vez 
y para siempre al viejo régimen. Les detenía el 
temor de que una revolución en plena guerra, 
qu'zá seguida de una lucha civil, debilitase la fuer- 
za militar de Rusia. En la Duma, el bloque pro- 
gresista, formado por los octubristras — que pasa- 
ron de la coalii^ión de la derecha a la de la izquier- 
da — , los constitucionales demócratas, los traba- 
jistas y los socialistas, estaban decididos a dar la 
batalla al gobierno. 

El conflicto de los víveres vino a precipitar los 
aconteci.-nientos y a empujar al bloque progresista 
de la Duma. Por su mala voluntad y por su inep- 
titud, el ministro de Hacienda del gobierno de- 
rrocado, Rittich, provocó los desórdenes. El pue- 
blo habíase puesto en movimiento, y ya no era 
posible retroceder. En los primeros momentos de 
la revolución, los octubristas, que constituyen un 
partido moderado, vacilaron. Las medidas dicta- 
torialrs del gobierno, y especialmente el cierre de 
la Duma, acabaron las vacilaciones. No había otro 
camino que el de seguir al pueblo y al ejército, que 
luchaban en las calles de la capital rusa contra los 
últimos servidores de la oligarquía. 



CERVANTES 111 

Felizmente, los hechos se han producido con 
rapidez y se ha evitado el peligro de una lucha 
civil. El nuevo zar Miguel, hermano menor de 
Nicolás II, ha aceptado la corona, hasta el mo- 
mento en que una Asamblea constituyente, hija 
del sufragio universal, dé a Rusia la Constitu- 
ción por la cual ha de gobernarse el nuevo régi- 
men. 

LAS CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN 

Rica de grandes consecuencias políticas y espi- 
rituales será la Revolución rusa. Todo un pueblo 
está naciendo a nueva vida. 

En el orden político, debe preverse una decidi- 
da orientación democrática. El programa del Co- 
mité ejecutivo de la Duma es acertadamente radi- 
cal, y demuestra que los que han impuesto su ten- 
dencia al movimiento, no son los octubristas, que 
vienen a ser una especie de conservadores, sino 
los grupos de la izquierda, o sea los constitucio- 
nales demócratas y los obreros. No nos extraña- 
ría que, en la futura Asamblea constituyente, tUr 
viesen un muy crecido número de puestos los 
partidarios de la República. Es posible, sin em- 
bargo, que los constitucionales democráticos se 
inclinen hacia una monarquía constitucional a la 
inglesa y que sea esta tendencia la que se impon- 
ga. Los problemas de Finlandia y de Polonia se- 



112 CERVANTES 

rán resueltos por medio de una amplia autono- 
mía. 

En el orden social, la reforma agraria va a ser 
una realidad de importancia enorme. La democra- 
cia rural rusa defiende la declaración del derecho 
de todos los ciudadanos a poseer la tierra, por 
medio de la supresión de la propiedad territorial 
privada y de la creación de tierras nacionales o 
comunales. Aunque no llegue al comunismo abso- 
luto, el partido constitucional demócrata es parti- 
dario de una radical reforma agraria. 

En el orden militar, los nuevos hombres del 
gobierno ruso intensificarán el esfuerzo por la 
victoria, secundados por un pueblo cuyo entusias- 
mo redoblará las energías de la nación. 

En el orden espiritual vendrá, gradualmente, la 
europeización, o mejor, la occidentalización de 
Rusia. Las energías del alma rusa, que al no hallar 
aplicación adecuada degeneraban en la aberración 
nihilista, hallarán un amplisísimo campo de fecun- 
da expansión. «¡Dios mío, que triste es Rusial» ex- 
clamaba Gogol. Hiy que creer que esa tristeza, 
producida por el trágico encadenamiento y por la 
inmovilidad de un pueblo que es libre y dado a la 
acción por naturaleza, irá borrándose y por la 
occidentalización de Rusia la unidad espiritual de 
Europa será un hecho. En las regiones profundas 
del espíritu, esa unidad ruso-occidental existe ya. 



CERVANTES 113 

Está formada por el ideal cristiano, del cual el 
pueblo ruso está siturddo y del cual son ea el 
fondo manifestaciones vivas las tendencias de la 
democracia occidental y mt-diterránea. 

A. ROVIRA Y VIRGILI 



1J4 CERVANTES 



De mi álbum secreto. 



Musa libre. 

|No está la poesía en la medida, 
sino en la libre idea...! 
En adelante, yo, 
libertaré a mi musa 
del pie forzado de los consonantes 
y la estrecha cadena de la rima... 
Libre, al fin, volará como un albatros 
sobre las libres ondas de mis versos... 
Si hasta hoy puse freno a mi Pegaso, 
estribo y rienda, y acicate y fusta, 
fué más para aprender yo a ser jinete, 
que para dominar el pensamiento... 
Así como la mar no pone cauces 
a las olas que mueren en las playas; 
así tampoco yo pondré a mis versos 



CERVANTES 115 

un límite que estreche su medida... 

Serán, como las olas, semejantes, 

¡Pero sin los forzados consonantes...! 

Sólo cuando ellos lleguen 

espontáneamente, 

los dejaré seguir con la corriente... 



iVcn, poeta, a beber! 

Ven, poeta, a beber 
en esta copa nueva... 
Es tosca, pero limpia y transparente, 
tallada en el diamante de la idea... 
Ven, poeta, a beber, 
brindemos juntos 

al pie del manantial que he descubierto... 
Pronto se hará torrente 
y monte abajo, 

desde el más alto pico de la vida 
recorrerá la tierra en nuevo río 
que se pierda en el mar de aguas amargas... 
¡Ven, poeta, a beber!, 
¡aun está pura...! 



»% 



116 CEBVANTBS 

El primero 
que dijo la palabra 
Amor 
fué Dios... 
Y, sin embargo, 
cada hombre 
que dice por primera vez 
Amor 
icrce que es el primero...! 



Himno nupcial. 

Al verte, joh, bella amada! 
amada fuerte, 
joven y generosa, 

rica de gracias y espléndida de dones, 
todas las aves de todos mis sentidos 
se ponen a cantar, 
a cantar con locura de alegría... 
Y el pájaro grande, 
el de alas de pelo negro y fino, 
de pelo ensortijado 
y lustroso, 
como la seda con que las Horas tejen 



CERVANTES 117 

el velo de la noche... 

el pájaro protervo, 

el pájaro rapaz, rey de las aves, 

cuyas garras oprimen, 

sin soltarla jamás, 

la bolsa del tesoro 

de todos los deleites... 

alza su cabeza altiva 

y canta, 

canta junto a ti, que le ofreces su nido, 

el himno de la vida, 

con estrofas anhelantes, 

llenas de promesas generosas 

y acentos reveladores 

de las más secietas y fecundas 

energías... 

lAh, cómo se llena el bosque 

de acentos vigorosos...! 

Los pájarossilvestres despiertan en sus nidos 

y, con amor, emprenden 

la tarea fecunda de la reproducción... 

El padre Júpiter, 

en forma de águila, 

(1 evando entre sus garras aldivino copero, 

ei bello escanciador del vino afrodisiaco, 

el de las libaciones consagradas), 



-'«lO*^-- 



1 18 CERVANTBS 

baja desde los cielos 

para trocarse en cisne al pie de la Leda, 

que. duerme, 

voluptuosamente, 

a orillas del arroyo potente de la vida, 

donde todas las aves 

beben sus energías, 

antes de dar sus cantos... 

Por el mar, 

blanco de espumas, 

Venus, rodeada de palomas, 

llega a las playas terrestres 

en la nave de la aurora... 



{La vida es bella...! 

¡La vida es bella, ay, 
y no he gozado aun de todos sus placeresl 
Ni como Maallarmé, leí todos los libros... 
iQué pena insoportable la de conocer todo 
y no tener ya nada que anhelar...! 
Cumplir todo capricho es matar el deseo 
es apagar la lergaa de luz de la ilusión. 
jDesear, desear, tener sed de placeres...! 



CERVANTES 



119 



Estar ante la vida, como ante ua manantial, 

bajo el sol del deseo... 

jBeber con ansiedad )a juventud ajena...! 

(por nuestra juventud que se va y que se pierde). 

¡Beber las risas frescas en las bermejas bocas...! 

¡Aspirar las palabras de amor y de locura. ..I 

¡Desear, desear lo nuevo, eternamente...! 

¿Quién dice, ay, que es triste la carne, 

nuestra carne...? 

¡Nada hay como tu cuerpo, juventud adorada...! 

¡Ni el narciso de Abril, ni la rosa de Junio...! 

¡Nida como los senos de las doncellas nubiles, 

los senos palpitantes y los vientres sin sombras...! 

¡Nada cono los muslos temblorosos y tersos...! 

¡Nada como los 0)os húmedos, de emociones...! 

¡Nada co-no los brazos rebeldes o rendidos, 

y las mejillas rojas de rubor y sorpresas, 

y los cabellos sueltos, en mechones fugaces...! 

¡Y los labios apretados! ¡y los labios apretados...! 

¡La vida es bella, ay, la vida es bella...! 

¡Y yo no leí aun todos los libros...! 



¡La tierra es bella, ay, 
y no conozco aún todos los mares...! 



120 CERVANTES 

Ni las costas de Oriente, ni las del Occidente... 

|Y pensar que en la paya de la vida, 

en que espero, 

cada aurora es una ola del tiempo que no acaba, 

y en olas sucesivas llega la juventud, 

mientras en el mar negro del futuro, me aguarda, 

como un batel siniestro, 

un estrecho ataúd...! 

¡Pero yo volveré! ¡Pero yo volveré 

entre la leve espuma de oro de una aurora...! 

¡Volveré, en otra ola de juventud, al mundo, 

para luego morir entre la ardiente arena, 

bajo el sol de la vida! 

¡Y, así, eternamente, 

en las eternas olas de los siglos eternos...! 



|La vida es bella, ay, a pesar del dolor...! 
Las flores delicadas se abren entre espina^. 
Las risas y los llantos son el coro del mundo, 
ly a todos los mortales nos liega nuestra ver...! 
Nada importa a los dioses todos nuestros dolores. 
Nada importa a los cielos toda^ nuestras n-entirasí 
¡Sólo los soleslienen la gran verdad, 
la luz...! 



CERVANTES 121 

Una estrofa a Rubén. 

*Cuando el poeta muere,* 

¡Todos lloran su muerte, 
la muerte del poeta...! 
¡Todos, menos la Gloria, 
que se viste de fiesta...! 

GOY DE SILVA 



J22 CERVANTES 



IDEALISMO ARTÍSTICO 
CONTEMPORÁNEO 



En Febrero de 1916 comenzó a publicarse en 
Madrid la hermosa revista Atenea por unos cuan- 
tos enamorados de la belleza artística, ajenos 
todo otro interés mezquino y enemigos de bombos 
encomiásticos, de envidias y demás menudencias 
poco bellas que suelen traer divididos y rostri- 
tuertos a los artistas por tradición inmemorial. 
Los que en ella escriben están muy enterados de 
las últimas manifestaciones estéticas en Euro- 
pa, respecto a las varias ramas del arte, discurren 
con alto criterio de literatura, música, pintura, es- 
cenografía, coreografía, del arle del libro, etc., 
etc., en claro y elegante estilo, con macizo saber 
y noble serenidad crítica. Van, cada uno por su 
lado, aportando a la cultura artística española no 



CERVANTES 123 

cortos elementos de acendrado gusto y de no co- 
mún erudición. 

De-ipués del crudo cierzo naturalista, que reba- 
jó el arte hasta las letrinas y estercoleros, han so- 
plado ciertos cefirillos septentrionales de idealis- 
mo en todo el campo del arte, no sólo en literatu- 
ra, que halagan extrañamente a los más de los 
redactores de Atenea. No veo yo de malos ojos 
este criterio y gusto modernísimo, porque para 
mí todos los criterios, gustos y estilos, con tal de 
que sean realmente artísticos, no sólo son respe- 
tables, sino dignos de aplauso; aunque yo, en 
particular, siguiendo el gusto y corriente de mi 
raza, prefiera el arte realista, y aun en la serena 
crítica sea de parecer que el arte realista fué 
siempre y siempre será el granarte. 

Esta desemejanzi de criterios creo yo que ha 
movido a «O ^erón», uno de los ilustrados redac- 
tores de Atenea, a citar un articulo mío a propósi- 
to c'e la obra de Martínez Sierra titulada Navi- 
dad, estrenada en Eslava a fines de año con 
aplauso y gran concurrencia del público madri- 
leño. 

Como la cuestión es de suma importancia esté- 
tica pira el arte conté iiporáneo y envuelve ideas 
que importa deslindar y estudiar, me ha parecido 
tratarla aquí. 

€Obeióii>, pues, escribe enCel número de Di- 



124 CERVANTES 

ciembre de 1916. de Atenea'. cDon Julio Cejador, 
>en su artículo de La Trihiir.a, hablando de A'a- 
>vidud, dice: Cuadro velazqueñf-, escena de 
^nuestra vida picaresca, es el ú timo cuadro, de 
^realismo español valiente y sin cortapisas. Con 
^todo respeto, pero sin ese supersticioso encogi- 
>miento que suelen sentir algunos escritores ante 
»los consag-ados, hemos de decirle al señor Ceja- 
>dor lo siguiente: Que ni Velázquez es el porta- 
»ehtandarte del realismo, ni se distinguió en la 
>p¡ntura de lo picaro, ni el arte español tiene ne- 
>cesariamente que ^er realista en adelan'e, ni la 

• valentía es, sólo por emplearse en el realismo, 
»un valor artístico. El señor C jador alabí en el 
>autor de Navidad ese realismo conformado con 
*el arte tradicional español. Pues bien, el señ">r 

• Martínez S erra apenas puede ser considerado 
•como escritor españ^ 1, en ese sentido». 

Agradeciendo a «Oberón» el que honre mi firma 
llevándola a su bonito artículo, desearía saber si 
lo que me dice son doctrinas que quiere ense- 
ñarme, para agradecérselas igualmente, o refuta- 
ción de doctrinas que yo haya asentado. 

cQiie ni Velázqiez es el portaest^n larte del 
realismo » No lo he dicho yo en ningún escrito 
mío, que yo recuerde; pero como opinión mía la 
abrazo de mil amores. 

No he dicho yo nunca que Velázquez sea el 



CKRVANTE3 125 

portaestandarte del realismo ; mas lo qne me 
asombra es que no lo sea para €Ol>erón>. Potque 
si Velá¿qa-z fué realista y sus lienzos son estima- 
do-! por todo el mundo como los más sobresalien- 
tes del >jglo XVII, del siglo del realismo pictórico 
espi^ol, esos liei zis son verdidero estandarte 
reili>tay portaestandarte del realismo es Veláz- 
quez jQ tiere cO )erón» que discutamos el realis- 
mo de Velázquez? Sería discusión provechosa y 
aquí me tiene. 

«Ni se di^tingió en la pintura de lo picaro.» Por 
supuesto que al llamar yo velazqiuño el último 
cuadro de Navidad y escena de nuestra vida 
picaresca, no diba yo a entender que Velázquez 
hubiera sido pintor de picaros, sino que la tal es- 
cena era tan realista como las pinturas de Veláz- 
quez y como nuestros libros p carescos. Pero ya 
que «Oberón» trae esto a cuento, aunque yo no 
lo dije, digo ahora que Velázquez se distingió en 
la pintura de lo picaro, y lo que vuelve a asom- 
brarme es que <0 )erón» opine lo contrario. ¿No 
están ahí. en el Museo del Prado, varios cuadros 
de Veláz ¡uez de escenas de picaros? Los borra' 
chos y elmÍ3mo^/ar/e¿no son verdaderos cuadros 
picarescos, mercei al realismo con que Velázquei 
agarra del Olimpo y mete en la fragua a ese dios 
de mentirijillas? ¿Hibrá ironía y picardía y realis- 
mo más estupendo? ¿Y Los bobos de Coria no es 



126 CERVANTES 

tan cuadro de género? Hasta Las meninas antoiá- 
ronseme'siempre a mí una humorada picaril de Ve- 
lázquez, y es lienzo de tan crudo naturalismo quft 
se lo envidiaría Zola. como se lo envidia, sin duda, 
Zuluaga. Si esos cuadros no se distinguen en el 
mundo del aite y por ellos Velázquez, «Oberón» 
nos traerá otros de otros autores que se distingan 
más. Si El bufón, Marte, Baco, Los b'rrachos, 
El bobo, etc., etc., no son pinturas reali-tas y 
hermanas de nuestra picaresca literaria, en verdad 
que ni sé lo que es la picaresca, ni el realismo, ni 
Velázquez, ni nada. 

¿Estaré yo encandilado que no veo lo que cObe- 
rón»? Restriégoi'ie los ojos, por si acaso, y mien- 
tras tanto acuerdóme de un tratadista del si- 
glo XVII, del famoso Carducho, que se lamentaba 
de que el idealismo renacentista de Miguel Ángel 
hubiérase tan de todo punto olvidado en E<paña 
desde que, Velázquez y casi todos los españoles 
con los holandeses, entraron a tambor batiente, 
con gallardía y franqueza, por el campo del rea- 
lismo. Si yo veo mal, mal vio Carducho, cuyas 
srn estas palabras en sus Diálogos (1633), do- 
liéndose de que la pintura no hubiese hetho más 
que degenerar desde Miguel Ángel, apartándose 
de aquella perfección de dibujo y caquel cerrar 
los perfiles exteriores del desnudo». Según él y la 
escuela idealista italiana del siglo anterior (si- 



CERVANTES 127 

glo XVI), debía el artista «enmendar los desacier- 
tos de la naturaleza», so pena de que su obra que- 
dase «imperfecta e indocta», quiere decir poco 
académica, demasiado realista. 

Esta censura del idealista Carducho tira nada 
menos que contra Velázquez, bien que sin nom- 
brarle, y viene tan a cuento, que mis palabras, 
hablando del realismo y picarismo velazqueño, no 
son más que como una glosa a ej-e lexto contem- 
poráneo de Velázquez, y escrito por crítico tan 
afamado como Carducho. Dice así: 

«Deste abuso no tienen poca culpa, que poco 
han sabido o poco se han estimado, abatiendo el 
generoso arte a conceptos humildes, como se ven 
hoy, de tantos cuadros de bodegones, con bajos y 
vilísimos pensamientos, y otros de borrachos, 
otros de fulleros, tahúres y cosas semejantes, sin 
más ingenio ni más asunto de habérmele antojado 
al pintor retratar cuatro picaros descompuestos 
y dos mujercillas desaliñadas, en mengua del mis- 
mo arte y poca reputación del artífice » 

Para Carducho, por consiguiente, Velázquez y 
los demás de la escuela realista española y holan- 
desa del siglo XVII, al pintar bodegones, borrachos 
y picaros rebajaron el arte y perdieron reputación 
de perfectos artífices. Ahora bien, de entre todos 
ellos, Velázquez es verdadero rey y maestro de la 
tal escuela realista y picaresca y por ello le teñe- 



128 CERVANTES 

mos hoy, pese a Carducho y a todos les idealistas 
del siglo XVI, por uno, si no por el primer pintor 
del mundo. ¿No podemos, pues, llamarle portaes- 
tandarte del realismo y distinguido pintor de esce- 
nas picarescas? 

Lo que hay es que a «Oberón» le gusta más la 
estática idealista extranjera contemporánea y no 
quisiera que a los demás nos gastase con prefe- 
rencia la realista española tradicional. Pero ¿hay 
por ese motivo para quitarnos a Velázquez, el más 
realista de los pintores? 

<Ni el arte español tiene necesariamente que 
ser realista en adelante.» Me temo que esos deseos 
no se le cumplan a «Oberón». Cierto que en nin- 
guna parte he afirmado yo que el arte español será 
siempre realista; pero, ya que se tercia, lo afirmo 
ahora, con todo el peso de la historia de la raza 
que cae sobre mi opinión dejándola tan asentada, 
que ni «Oberón» ni todos los i JeaUstas del mundo 
la arrancarán ni a tres ni a tres mil tirones. Si algo 
da de sí toda la historia del arte español, como pe- 
renne, persistente y tenaz, es el carácter fieramen. 
te realista de nuestro arte. De raza le viene al 
galgo el ser rabilargo y no es de esperar que, por 
complacer a «Oberón», sea en adelante rabicortón 

Ni el naturalismo zolesco, ni el idealismo moder- 
nista o ultraidealismo clásico septentrional, las 
dos corrientes estéticas que a la hora de ahora lu- 



CERVANTES 129 

chan en España contra el realismo sano de la raza, 
serán aquí más que modas pasajeras, que engolosi- 
nan a unos cuantos jóvenes, amigos de novedades 
y forasterías, conquistadores de la elegancia de 
última hora. 

No temo al naturalismo ni al modernismo, por- 
que tengo tanta fe en la fuerza de la raza que creo 
que esas novedades nos harán bien en vez de 
daño, que matizarán nuestro realismo, dándole por 
una parte más brío, como ya lo hemos visto en los 
últimos novelistas, que Clarín y otros creyeron 
fieles secuaces del naturalismo, sin serlo de hecho; 
y le comunicará delicadeza y finura, como lo esta- 
mos viendo en los presentes escritores modernis- 
tas, los cuales, aunque lo pretendan, no dejan el 
realismo castizo, matizándolo tan solamente con 
esas medias tintas que lo refinan y aligeran. El 
mismo Valle-Inclán es un realista de tomo y lomo 
con todos sus refinamientos misteriosos y septen- 
trionales, y lo es Martínez Sierra, aunque «Obe- 
rón» crea lo contrario. 

«Ni la valentía es, solo por emplearse en el rea- 
lismo, un valor artístico. > La valentía no sólo es 
un valor artístico, sino el único valor artístico. 
La valentía es la fuerza, y la fuerza es la seño- 
readora del mundo, la fuerza física en el mundo 
físico, la fuerza moral en el moral y la fuerza ar- 
tística en el arte, no sólo en el realismo, sino en 

9 



130 CERVANTES 

cualquier género y estilo, escuela y manera. Sólo 
se vence por la fuerza. Fuerza, valentía y valor 
son una misma cosa en el arte, como en el sentido 
etimológico de estas mismas tres palabras. Las 
obras sin fuerza, afeminadas, descoloridas, deli- 
cuescentes, decadentes, las obras lilas de mu- 
chos modernos, no dejan huella en el arte, pa- 
sarán como modas sin valor eterno, porque valor y 
fuerza y valentía son una misma cosa. 

cEl señor Martínez Sierra apenas puede ser con- 
siderado como un escritor español, en ese sentido. > 
Al alabar como realista el último cuadro de Navi- 
dad, no dije ni di a entender que Martínez Sierra 
fuese un realista robusto ni aun ni robusto; yo no 
dije nada del estilo de Martínez Sierra. Pero si, 
como parece, da a entender «Oberón» por esas 
palabras que Martínez Sierra no tiene nada del rea- 
lismo español, es demasiado afirmar. Ya estudia- 
remos a Martínez Sierra y me sospecho que «Obe- 
rón» se va a llevar otro desengaño. 

Hay quien cree que realismo español equivale a 
chabacanería y mal gusto; Martínez Sierra lo tiene 
exquisito. Hay quien confunde realismo español 
con naturalismo zolesco; Martínez Sierra no es na- 
turalista. Hay quien pudiera suponer que el rea- 
lismo es algo seco, sin jugo de sentimientos delica- 
dos; Martínez Sierra se distingue por la delicadeza 
de sentimientos. 



CERVANTES 



131 



Pero realismo español no es nada de eso. El 
Arcipreste de Hita, Fernando de Rojas, Cervan- 
tes; he ahí tres cumbres del realismo español de 
antaño, que nada tienen de zolesco, de chabacano 
ni de insensible y seco. Desde Rinconetey Corta- 
diUo o del cuadro de Los borrachos de Velázquez 
hasta una novela de Zola hay un abismo estético, 
con tratarse en todas estas obras asuntos bajos, 
cde vilísimos pensamientos», como decía Cardu- 
cho. Sin embargo, quien en Rinconete y Cortadi- 
llo halle chabacanería y no vea la suma elegancia, 
quien no sienta debajo de aquella serenidad olím- 
pica de estilo palpitar el torrente de la vida, 
quien no admire la delicadeza del sentir, toda la 
noble y delicadísima alma de Cervantes que em- 
papa aquel cuadro velazqueño (sic), puede despe- 
dirse del arte. 

Cualquiera diríi que la cbra realista a la españo- 
la la confundimos con una fotografía. La fotogra- 
fía no es realista ni idealista, no es nada en el arte. 

A la fotografía fáltale el espíritu, porque no 
toma de las cosas más que lo material muerto. Cal- 
dos y Pereda, dos realistas a la española, no hacen 
fotografías; toman toda la realidad, pero metién- 
dole dentro del espíritu que solamente los artista» 
en la realidad ven y saben meterlo en sus obras, 
como no sabe meterlo en sus fotografías el más 
fino objetivo. 



132 CERVANTES 

El espíritu de los montañeses es el que da vida 
a las novelas de Pereda, que de ellas se rezuma, 
porque lo empapó Pereda en ellas sin saber él 
mismo cómo ni de qué manera; el espíritu de la 
clase media madrileña y de los españoles del si- 
glo XIX, metió Galdós en las suyas. Eso es realis- 
mo y arte grande. Delante de eso, que vive, que 
sangra y que revienta de verdad humana, el arte 
idealista de Maeterlinck será arte, lo admiro como 
arte; pero como arte más soñado que vivo, es arte 
menor, como lo será siempre todo arte idealista. 
No pensará así cOberón» acaso. Es ya cuestión de 
gustos, de la cual no hay nada escrito por dema- 
siado que se haya escrito sobre ello. 

* 

* * 

He prometido hablar del arte idealista o realista 
de Martínez Sierra; pero antes ccnvieie tratar de 
estas dos tendencias estéticas, que cabalmente lu- 
chan hoy en España y sin cuyo deslinde es impo- 
sible entender nada del arte moderno. 

A*uella frase de Carducho, de que el artista 
debe «enmendar los desaciertos de la naturaleza», 
so pena de que su obra quede «imperfecta o indoc- 
ta», aplicada a Velázquez y al realismo español del 
siglo XVII, como Carducho la aplicó, envuelve 
como idea de un arte perfecto la selección en la 



CERVANTES 133 

naturaleza de elementos bellos, dejando aquellos 
otros que para un cierto criterio académico y aris- 
tocrático son elementos feos, como una escena de 
borrachos o de picaros, un bodegón flamenco, 
etc., etc., según el mismo Carducho. 

El naturalismo proclamado por Zola en Francia, 
no sólo se rió de semejante selección, llevando al 
arte esos elementos feos, sino que se arregostó 
casi exclusivamente en ellos. Semejante arre- 
gosto, con el consiguiente pesimismo que, cual 
vaho moral, se desprende del arte zolesco, dista 
tanto del realismo español como el aristocrático 
idealismo de Carducho. El realismo español está 
en medio de esaa dos tendencias estéticas. 

En la época del naturalismo aplaudía Clarín su 
entrada en España y se tuvieron por naturalistas 
hasta a Pereda y Galdós. Sin embargo, ni Galdós 
ni Pereda, ni Blasco Ibáñez, ni siquiera la Pardo 
Bazán, eran naturalistas. El genio de la raza no 
les dejaba serlo, aunque algunos de ellos lo pre- 
tendiesen. Admitieron como objeto del arte cual- 
quier cosa que en la naturaleza se diese, los bo- 
rrachos, los picaros, los bodegones. Pero ¿acaso 
no los admitieron todos nuestros clásicos? ¿No está 
lleno de eso Cervantes, Mateo Alemán, Quevedo, 
toda la novela picaresca, la misma mística en in- 
finidad de escenas? 

Todo lo que es puede ser objeto del arte, si se 



134 CERVANTKS 

expresa lo más conforme que se pueda a la reali- 
dad: tal es el realismo español. Todo lo que es di- 
putólo Dios por bueno, y, por consiguiente, por 
hermoso, si se sabe calar su hermosura, como por 
el contrario es malo si se emplea desviándolo para 
lo que no es de suyo. Ni la bondad moral está en 
las cosas, sino en los actos humanos al servirse de 
ellas, ni la belleza está más que en la manera de 
ver las cosas y de expresarlas, está en el alma del 
artista. 

El espíritu del artista naturalista es el que lleva 
al arte naturalista algo que se opone a la belleza, 
lo científico, lo didáctico, lo experimental: ele- 
mentos científicos, de otro campo, por consiguien- 
te, que el del puro arte. Esos elementos no artís- 
ticos disminuyen la belleza de la obra de arte, que 
quiere ser desinteresada e independiente y sólo 
mira al arte por el arte, no por el experimento útil 
a la ciencia, a la sociología o a la moral. 

Como reacción contra el naturalismo alzóse otro 
credo artístico, el del idealismo moderno, el cual, 
aunque con variedad de matices, llamóse con el 
único nombre de modernismo. Siendo el natura- 
lismo un realismo extremado, su contrario el mo- 
dernismo no pudo menos de ser un extremado 
idealismo. No tenemos más que parangonarlo con 
aquel idealismo de Carducho y de su dechado 
Miguel Ángel. Era aquél una armonía clásica de 



CERVANTES 135 

fondo y forma, pero de elementos, seleccionados 
de la naturaleza; era la idea más perfecta que el 
artista se imaginaba dentro de la especie, pero 
fraguada con elementos reales. Comunmente so- 
lían repetir lo de aquel pintor griego, que para 
pintar una mujer hermosísima recogió de todas 
cuantas mujeres hermosas halló en Grecia, de una 
este rasgo, de otra aquel, haciendo un conjunto 
de rasgos femeninos los más perfectos, y seleccio- 
nados, como mujer ideal, como la más hermosa 
figura de la especie. 

Nada de esto hay en el modernismo, en ningu- 
na de las escuelas o tendencias modernista. Todas 
convienen en una cosa, en hacer lo contrario de 
ios naturalistas, esto es, en huir de la realidad, 
séase hermosa o fea. El modernista se sube a su 
torre de marfil, cierra los ojos a cuanto cae delan- 
te de su mirada y comienza a soñar. En el sueño 
la imaginación, la loca de la casa, es la que entra 
en función: loquear, fantasear. 

El simbolista huye de expresar realidades, ex- 
presa vaguedades evocadoras de estados de alma, 
de sensaciones. El instrumentista quiere hacer 
música con las palabras, no expresiones de cosas 
reales; la música es ciega para lo real; sensaciones 
es lo que expresa, y así viene a encontrarse en su 
camino instrumental con el que anda a caza de 
símbolos evocadores de sensaciones. El místico 



136 CERVANTES 

maeterliniano só^o pretende llenar las almas de los 
espectadores de un terror trágico vago, sin que 
se funde en hechos concretos; sus personajes no se 
sabe dónde ni en qué época viven, son genéricos 
en el espacio y en el tiempo; lo que dicen son co- 
sas misteriosas; el misterioso ambiente, la vague- 
dad en todo ha de llevar a las almas hacia lo vago 
y misterioso, fuente del terror. Otros sensacionis- 
tas no pretenden más que despertar en el lector la 
sensación de un estado de alma o de otro, huyen- 
do de toda idea limitada, de toda cosa real vista u 
oída. 

¿Hay más clases de modernistas? ¿Para qué re- 
cordarlos? Todos convienen en huir de la realidad 
y en ponerse a soñar, todos tratan de expresar 
sensaciones. Hasta hoy se tenía creído que el 
habla y el arte literario lo que propiamente expre- 
saba eran ideas; de hoy más ha de expresar sen- 
saciones, cosa que solía encomendarse antes a la 
música. 

Estamos, pues, muy lejos de la realidad ideali- 
zada de lo renacentistas; el idealismo moderno o 
modernismo se va al otro extremo opuesto al na- 
turalismo, al realismo y al idealismo renacentista. 
¿Es ese el arte de Martínez Sierra? 






CERVANTES 137 

El nombre de modernismo aplicado a ese idea- 
lismo moderno que tampoco es idealismo, puesto 
que huye de expresar ideas, ideales o comunes, no 
dice nada de lo que estéticamente encierra el arte 
moderno. ¿Le llamaremos sensacionistno'} Acaso 
esta voz lleva consigo lo que todos los modernis- 
tas pretenden expresar con su arte, sensaciones, 
estados del alma, según vimos en el párrafo ante- 
rior. 

El modernismo no se ciñe a la literatura; es una 
estética que lo mismo se aplica hoy a todas las 
bellas artes. Sin ir más lejos, todos mis lectores 
conocen la revista España, en cuya cubierta luce 
una caricatura del genialísimo Bagaría. 

Bagaría ha llevado en España el modernismo a 
la caricatura. Compárese con la caricatura tradi- 
cional. Apenas hay un rasgo que reponda al natu- 
ral en las caricaturas de Bagaría; mientras que la 
tradiccional caricatura exageraba los rasgos típi- 
cos, pero sin dejar de ser rasgos reales. Diríase 
que Bigaría huye de la realidad, tanto como el 
simbolista, el decadentista, el delicuescente. No 
es que idealicen la realidad, hermoseándola con- 
forme al tipo que nos formamos de la especie; es 
que no quieren nada que suene o huela a real. Dar 
la sensación de la cosa, sin expresarla tal cual es: 
eso pretende Bagaría y pretenden los modernis- 
tas. Bagaría no pinta jamás un ojo, una nariz, una 



158 CERVANTES 

boca, fea o hermosa; pinta un trazo que nos haga 
pensar en una boca, nariz u ojo, sin ser él nada 
de esto. 

— ¿Qué pretende usted con su arte? pregunté un 
día a Valle-lnclán. 

— Despertar el mayor número de sensaciones 
que pueda y las más variadas; todo otro cualquier 
intento está fuera del arte. 

Cervantes tenía otra idea harto diferente; la de 
expresar su pensamiento con la mayor propiedad 
posible. Para eso se hizo el lenguaje, para expre- 
sar el pensamiento y por medio de pensamientos 
las cosas todas lo más propia y conformemente a 
la realidad de lo que ellas son. Tal es el realismo 
español. 

JULIO CEJADOR 



CERVANTES ^^^ 



ARTISTA 



¿Sabes qué es ser Artista? Es tener alas; 
mirar lejos la tierra, el cielo cerca, 
y ser del templo la perenne llama. 
Cuando sopla el ciclón del infortunio 
hacer sonar las arpas; 
llorar con los que sufren; de los héroes 
cincelar las estatuas; 
cantar los misereres de los muertos 
y componer las triunfadoras marchas. 
Eternizar con el pincel y un lienzo 
la emoción comprensiva que se escapa. 
De la pluma, el cincel y la paleta, 
del verso y de la nota hacer un arma. 
Gozar con un crepúsculo; 
bañarse en el f algor de una mirada; 
vibrar con un arpegio; 



140 CERVANTES 

penetrar el misterio de esa alianza 
del color, de la luz y de la línea; 
comprender el lenguaje de las almas; 
del rumor de las hojas y las fuentes 
sentir toda la gama. 
Ser nublado y ser fuego, 
ser cocuyo y ser águila. 

Tú como eres artista, sí comprendes 
lo que mis versos dicen, 
lo que mis versos callan. 

Juan IGNACIO GÁLVEZ 



CEC YANTES 141 



Oración a la palmera. 



¡Árbol del sol! jArbol de Oriente! 

¡Espíritu de árbol! jPenacho de verdor! ¡Amigo 
del desierto! ¡Guía del caminante! Bendito seas, y 
benditos los pueblos que amparas con tu sombra. 

Déjame contemplarte en la llanura, allá en el 
fondo, cerca de las rosadas nubes que se deslizan 
sobre tu copa, e ir hacia ti. Déjame reposar a tu 
sombra. 

Tú eres el único árbol que ama, sin que la im- 
pureza de los labios manche el verdor de tus ojos. 
Tú envías los besos en polen, y tu amor, como 
las canciones, las lleva el aire cupidinesco. Tú 
amas velando como los ángeles. Tú te fecundas 
en las nubes, en el viento, en todo cuanto hay de 
más puro en la tierra, y por eso es tu fruto de 
oro, y es dulce, y es ligero y cria en cuna de 
gloria. 



142 CERVANTES 

TÚ, palmera, nunca miras hacia abajo y a la 
tierra: siempre va alto tu mirar. Desovillándote 
como las flores, te vas destrenzando y subiendo 
como un minarete, siempre con la mirada abierta 
a la azulina bóveda del cielo, o a las irisaciones 
brillantes de la llanura. 

Tú, palmera, tres la amiga de los profetas; 
como ellos te elevas solemnemente y contemplas 
la planicie hasta el fondo, y como ellos presientes 
lo porvenir adivinando las tristezas que la huma- 
nidad prepara, y vas apuntando las centurias en el 
rosario de tu tronco, como el reloj de los bosques. 
íTú te apiadas de los sufrimientos de los hombres 
tejiendo las palmas de los mártires! iTú eres la 
adorada de los artistas que esperan ser coronados 
por ti y como ellos buscas la belleza! Tú eres la 
palma de la victoria, Ja hija querida del sol, y eres 
un suspiro y eres un símbolo, y allí donde encuen- 
tras la luz, allí tienes la patria. 

limitemos al árbol sagrado! ¡Tengamos la clari- 
dad por patria, el azul por dosel, y apuntando al 
sufrir de los años, miremos a lo alto: como ellal 

Santiago RÜSINOL 



CERVANTES 



143 



DE MÚSICA 

LA LABOR DE CHAPl 

A Ruperto Chapí debo lo que sé y lo quesoy. Nun- 
ca quiso sacrificar su tiempo a la enseñanza, y sin 
embargólas lecciones que obstinada y sistemática, 
mente negó á cuantos de él las solicitaron, fueron 
para mí espléndida y liberalmente prodigadas. Ante 
nadie se mostró avaro de los tesoros de su expe- 
riencia y de su genio, y a todos guió con su mano 
firmísima y cordial. Mas esa transmisión sistema- 
tizada del propio pensamiento a un pensamiento 
aieno, con que el maestro se complace en modelar 
el espíritu de su discípulo; esa relación de labor y 
de método, perpetuada día tras día en íntima co- 
munión espiritual; esa adnegación generosa que 
olvida la labor propia, de reconocido valor y em- 
prendida ya, por aquella otra que solamente se 
muestra en la esperanza incierta de lo que acaso 
no haya jamás de ser realizado; todo ese cúmulo 



144 CERVANTES 

de áridos sacrificios, sólo explicables en quien, ol- 
vidado de toda producción, siente irremediable 
vocación de pedagogo, se los impuso voluntaria y 
espontáneamente Ruperto Chapí para honra mía, 
en la época más vehemente de eu labor creadora, 
menudeando casi a diario sus lecciones, prolon- 
gándolas horas y horas sin tasa alguna y procu- 
rando infundir en mi ser, sediento de arte, un te- 
nue rayo siquiera de aquella luz con que su alma, 
en los momentos sublimes de la creación artística, 
se sentía fecundada por toda belleza. 

Entonces aprendí yo a conocer y a medir la vi- 
gorosa pujanza de una mentalidad que todo lo 
comprendía, porque sobre todo se alzaba. La ve- 
neración con que mi espíritu se ha prosternado 
siempre ante la noble figura de Ruperto Chapí, se 
convierte en culto, que tiene mucho de religioso, 
en estos instantes, cuando el conjunto de su vida 
y de sus obras se ofrece a mis ojos, emergiendo en 
el arte español como la más altiva cúspide en e! 
perfil de una ingente cordillera. Su genio rompió 
los moldes doctrinales que hasta entonces habían 
aprisionado el pensamiento de nuestros composi- 
tores, y con sus obras penetró en nuestra música 
la profundidad de sentimiento y la riqueza de forma 
que avaloran el arte clásico de Weber y de Beelho- 



CERVANTES 145 

ven. Antes que Chapí apareciese en el arte, los com- 
positores españoles tuvieron como único dechado 
las obras de los maestros italianos y tu degenera- 
ción de la e.«cuela francesa. Arrieta, con una deli- 
cadeza y una abundancia de inspiración melódica 
que fuera de E«;paña no poseyó casi ninguno de 
sus contemporáneos, logró crear obras admira- 
bles, dentro .»-i-mpre de los procedimientos que ca- 
ractírizíban entonces a toda la música teatral en 
el Mediodía de Europa. Gaztambide, de tempera- 
mento más progresivo, aunque menos atildado en 
la expresión, no logró redimirse de aquel ambien- 
te, donde la grandeza de sus ideales se sentía ani- 
quilada para volar hacia el arte wagneriano, cuya 
magnificencia adivinó entre nosotros antes que 
nadie, con instinto de verdadero precursor. En 
cuanto a Birbieri y a Fernández Ctballero, ambos 
habían hecho su profesión de artistas ante los mo- 
delos italianos más humildes y nunca intentaron 
siquiera emanciparse de sus fórmulas estereotipa- 
das en cánones inmutables, aunque en ellas con- 
siguieron moldear en ocasiones la inspiración de 
origen popular. 

Sólo al talento independiente y robusto de Cha- 
pí se debió que penetrasen en España esos proce- 
dimientos, en absoluto ajenos al arte de italianos 

10 



146 CERVANTES 

y franceses, cuyo origen c^tá en la orquesta sinfó- 
nica de Beethoven, y por los cuales la estructura 
musical de toda obra dramática llf g^ a ser inter- 
pretación idealizada de la acción poética. En eso, 
como en tantos atisbos geniales, Chapí se adelan- 
tó a los compositores de su tiempo, y mientras 
todos, aun aquellos de quienes menos pudiera es- 
perarse, renegaban con lamentable unanimidad 
dtl ideal wagneriano, Chapí lo afirmaba con indó- 
mita energía, concitando contra sí el anatema de 
los que, sin pretender seguirlo, lo veían remon- 
tarse . 

Y en tanto que Ruperto Chapí, sin abjurar de 
su personalidad ni de su inspiración, a un tiempo 
tan honda y espontánea, penetraba resueltamente 
en la nueva escuela, en España y fuera de España 
casi tcdos los compositores que aun viven confe- 
saban tristemente su impotencia de realizarla y 
proseguían aferrados a los medios de expresión 
más indigentes y caducos; o bien, desligándose 
de toda tradición, se arrojaban torpemente a un 
terreno anárquico, sólo asequible a la ignorancia 
o a la ir.consciencia. 

Chapí ha afirmado constantemente sus convic- 
ciones. La escuela por él fundada, aunque viva la 
propia virtualidad melódica de nuestra raza y de 



CERVANTES 147 

nuestro suelo, tiene sus raíces en la técnica in- 
comparable, en el elevado idealismo, en la noble 
inspiración de la escuela alemana, de la cual de- 
riva su noble abolengo. Gracias a Ruperto Cha- 
pí, nuestra música contemporánea estuvo en Es- 
paña más cerca de Mozart, Weber, Beethoven y 
Wagner que lo ha estado nunca de Rossini, Me- 
yerbeer, Donizetti o Mercadante. Así, la evolu- 
ción lógica del arte que, desde la Flauta Mágica^ 
Freischütz o Leonor, conduce a través de Spon- 
tini hasta Tannhauser y Lohengrín, ha encontra- 
do en España una derivación que arranca del arte 
de Chapí precisamente, hts.* evolución ha sido 
proseguida sin vacilación alguna, porque nuestro 
gran compositor, como todo artista '^xcelso mere- 
cedor de tal nombre, pasó su vida entera en una 
perpetua elaboración de su estilo, siempre renova- 
do, logrando alcanzar por ella esas cimas de nues- 
tro arte nacional que se llaman Curro VargaSy 
Circe y Margarita la Tornera. 

Si alguna vez el público no ha acertado a com- 
prender toda la belleza de lo que tenía ante sus 
ojos, ha sido porque el compositor, atento sólo a 
alcanzar el ideal lejano de un arte supremo, se 
distanciaba forzosamente de los que, sin iguales 
fuerzas que él, le seguían. Pasados aquellos ins- 



148 CERVANTES 

tantes de ofuscación que la muerte, siennpre jus- 
ticiera, destruyó en un trágico instante, puede ya 
asegurarse que sólo un error fundamental en el 
juicio llevó, sin duda, en ocasiones al desconoci- 
miento de la hermosura. 

El arte de Chapí fué un arte clásico, donde se 
unieron en consorcio indisoluble la belleza de las 
ideas y la maestría de la forma. Entre todos los 
compositores modernos, no existe ninguno que 
le supere en la técnica ni le iguale en inspiración 
y fecundidad. Y si ante alü;unas páginas de Ri- 
chard Strauss, o de Max Sthillings, nos deslum- 
hra la esplendente floración o el pomposo ramaje 
del procedimiento instrumental, nunca hallamos 
en ellas la sobriedad y la pureza de que el gran 
Chapí supo revestir sus maravillosas melodías, en 
las cuales palpitará eternamente el aliento de un 
artista inmortal. 

M. MANRIQUE DE LARA 
(De la R. Academia de Bellas Arfes). 



i 



CERVANTES 149 



COSAS SENCILLAS 

Esperanza. 

Esta noche, como todas las anteriores, no es 
una noche de amor. Nadie viere a llamar a la 
puerta, y en la quietud de la habitación sigue es- 
piando mi deseo los ruidos del hotel: palabras, 
puertas que se abren o cierran, pasos ligeros, roce 
de seda en la estrechez de la escalera, y la voz 
nocturna del agua, terrible voz impura, roja de 
placer... 

Yo confío al tiempo mi esperanza, porque «el 
tiempo es el padre de los prodigios», grandes pro- 
blemas de mi vida pequeña los ha resuelto sin 
violentarlo, y también resolverá este, el más gra- 
ve de todos, el de la mujer que será mía. 

Tergo algunos amigos, conozco a varias muje- 
res, hago el donativo de mi ingenio o de mi dine- 
ro; pero soy yo quien va siempre a su encuentro: 



I 50 CERVANTES 

nadie llama a la puerta silenciosa en la obscuri- 
dad fría del pasillo... 

¿Cómo se transformará esta angustia? ¿Para qué 
sirve el dolor de mi deseo...? No lo sé, y sufrien- 
do curioso, con los ojos muy abiertos, como los 
del niño que busca a su mamá, sigo hacia ade- 
lante. 

El ejemplo de los árboles. 

Aquí es, ya llegamos, en esta casa te esperé en 
vano... Pero ¿qué tienen? ¿Porqué lloras...? 

Escucha: desde las ventanas de la casa verás 
un parque; en él hay dos árboles q e han crecido 
juntos; tienen la misma luz divina, iguales nidos e 
idénticos cantares. Yo los he visto, en mis noches 
de espera, formar una sola vida a lo lejos, en el 
fondo del parque, durmiendo en paz bajo la 
luna. .. 

Te hablo así porque entiendes. Mis primeras 
palabras te las dije, ¿recuerdas?, en una hora de 
melancolía. 

Sigamos el ejemplo de los árboles, esas vidas 
cumplen su destino mejor que tú y yo; ya lo ve- 
rás en los días claros, sus troncos largos encua- 
dran pedazos húnedos de praderas, tu sacrificio 



CEttVANTeS 151 

será una mancha roja sobre el verde del pintor 
primitivo... 

En la nueva casa hay una puerta cerrada. No la 
abras, ni la temas, que no es la legendaria que 
oculta los cadáveres de las víctimas de Birba 
Azul. Guarda mi pasado, que no vale gran cosa; 
pero no preguntes, ni investigues, vive quietecita 
a mi lado y te prometo que, más tarde, abriremos 
esa puerta misteriosa. Entonces verás que ya nada 
encierra, sólo un suave perfume de oblación para 
tu cuerpo desnudo... 

Y, de las ventanas más altas de la capa, mirare- 
mos el parque y los dos árboles envejecer en paz 
bajo la luna... 

Mujercita de Francia. 

Hablaba despacio para que yo la comprendiera: 

— Tendremt s que separarnos, voy a casarme. 
Es a ti a quien amo; pero deberás partir a tu tie- 
rra lejana, y me quedaré con mi inutilidad y mi 
temor infantil... 

— Muy bien; pero ¿cómo explicarás lo ocurrido 
a tu e-^poso...? 

— Te contestaré con otra pregunta: ¿En tu país 
se casan los hombres que, como tú, conocen el 
secreto de todas las perversidades...? 



152 



CERVANTES 



— Sí, y con mujeres que ignoran iodo. 

— Pues aquí, mi marido legalizará un estado dé 
cuerpo y de espíritu que no tiene importancia; es 
el porvenir lo que nos intere-«5. 

(Caminamos silencioso?, por la calle desierta. 
La muchachita se colgó a mi cuello y con mis dos 
manos la levanté hasta mi boca. N'>s besamos 
mucho, mucho... Acarició mis cabellos ni^^gros, de 
hombre del sur, como solía decir, y después se 
marchó la muchachita mía, y no he vuelto a tener 
noticias suyas) 

Pies y manos. 

Nos encontramos en un puerto, a la orilla del 
mar, sus pies desnudos no dejaban huellas en la 
arena sutil. 

Sus ojos se abrieron azorados al verme. ¿Qué 
habrán visto sus ojos...? ¡Ah! Sí, es verdad, he 
sido infiel: pero por buscar un amor igual al suyo. 

Se acercó lentamente, en un silencio angustio- 
so, sus pies temblaban como dos rosas en el agua 
azul. Eran dos pies predestinados, los vi solo?, 
tronchados del cuerpo, olvidados en e' mar, y ve- 
nir a mi suplicantes, con vida nueva en cada mo- 
vimiento. 



i 



CERVANTES 153 

¡Oh, los pies pequeños que acaricié y besé como 
dos manos! 

Cerré los ojos para sentir la frase ligera y bre- 
ve que describiera su cuerpo, alargando hasta el 
cielo las líneas de los pies solitario?; pero sus dos 
manos suaves se posaron sobre mi pecho, recha- 
zándorre, temerosas de volver a empezar... Eran 
dos manos sin igual, las oprimí entre las mías y 
levanté en el espacio, en la eternidad, con los 
ojos Henos de lágrimas y contra el sol que moría 
en el mar. 

Su m.arido llegó, no se sorprendió, nos miró 
con tristeza y n?da nos dijo. Formábamos los tres 
un grupo miserable frente al agua infinita; pero 
los pies de ella reí^plandecían... 

Caminamos por la playa sin decirnos nada, 
¡nada! como en un entierro a la orilla del mar. 

Francisco OROZCO MUÑOZ 
París, Julio de 1917. 



164 CEttV ANTES 



Sonetos de "El Ánfora Sedienta*. 

Holocausto. 

Eres como el icono bizantino 
del Ensueño, que al ara se convierte; 
eres en los misales de la Muerte 
la mayúscula roja del Destino. 



Eres suntuoso vaso tan divino, 
el de la letanía, el que pervierte, 
el de marfil, el blanco, pero el fuerte, 
donde se escancia del Amor el vino. 



En ti la arcilla original se aclara 
y el Espíritu Santo está por eso. 
Eres el madrigal, eres el ara... 



CERVANTES 



155 



Y en tu sagrario está, de carne y hueso, 
el cáliz ideal que cincelara 

un taciturno lapidario: el Beso. 

Reina blanca. 

En tu cámara procer — , en momento 
napoleónico — , al verte recostada, 
resucitó ante mí la de-posada 
Josefina, en su tálamo opulento. 

Blanca en un resplandor de encantamiento, 
tu frente amanecía en la almohada, 
cual la estrella que anuncia en la alborada 
la primavera azul del firmamento. 

Y quise — , tal vez cuando los elijas—, 
ser el más favorito de tus pajes, 

para mirar, con las pupilas fijas, 

entre un santo blancor de cortinajes, 
a una blanca princesa sin sortijas, 
dcAperiándose en un jardín de encajes... 



156 CERVANTES 

Credo, 

Creo en la Musa todopoderosa 
que da el laurel a la melena endrina, 
y que en la Tierra Santa de la espina 
eleva su Jerusalén, la rosa. 

Y creo en la diadema diamantina 
que en la testa hietática reposa, 

y en el viento, que es de la golondrina, 
y en el jardín, que es de la mariposa. 

Y en la fatal resurrección del día 

que ha de alumbrar al ciego que lo nombra 
con su luz eternal, la Poe-ía — , 

esa luz misteriosa que en algunas 
noches del alma se une con la sombra 
del Ideal, sobre las frentes brunas... 

Sarcófago. 

Somos como dos príncipes tombales 
—cada uno en sarcófago distinto — 
que en vida vemos nue>tros funerales, 
como en su monasterio Carlos Quinto. 



CERVANTES J67 

Nos vela con sus ojos fraternales 
el ángel del Dolor, desde su plinto, 
y tiene el lampadario del recinto 
ternuras de recuerdo en sus cristales. 

Y, pues, la muerte de las ilusiones 
puso en nuestros altivos corazones 
un deádeñoáo fdo de Escoriales, 

tú, con el cetro del Amor extinto, 
yo, con la espada del Ensueño al cinto, 
somos como doá príncipes tombales. 

A una incógnita. 

En tu melancolía tramontana 
está la sensación de sol, discreta, 
que puso en los balcones de Julieta, 
cuando se entreabrían, la mañana... 

Y estás más lejos cuanto más cercana 
como todo Idea! para el poeta, 
hermana constantinopolitana, 
nefelibata y porfirogeneta. 



158 CERVANTES 

Pues tu romanticismo es un inmenso 
fulgor que baña toda lejanía 
y toda aurora y todo idilio intenso, 

y eres toda la Noche y todo el Día, 
mi Amor asciende a ti como un incienso 
y mi verso como una letanía... 

Rafael HELIODORO VALLE 

Tecrucl^alpa, 1917. 



CBRVANTES 



159 



LOS PORTUGUESES 



PENITENCIA D'AMOR 

(HISTORIA D'UMA FEIA) 

Excerpio. 

Era feia a Piedade, avélhada já aos vinte an- 

nos que o tempo passava mais devagar por 

ella, ha vintt annos cumprindo a sua pena de feal- 
dade, como se tivesse nascido predestinada para 
remir um peccado de maldi^ao. 

Os olhos eram dois fogos fatuos ora ardendo, 

ora apagando- se, n'um fu'gor bago de soffrimen- 
to... . lembravam duas fétidas negras abertas por 
duas coroas d'espinhos, grandes chagas de luz ex- 
postas, consummindo o sangue de amargura que 
Ihe fluía e refluía ñas veias, supplicio inclemente 
das esmolas de compaixao em que sobre ella se 
desíolhava o dó de quantos, lá na aldeia, Ihe re- 
paravam no corpo, larva de mulher, mal-azado e 
desgracioso. 



160 CERVANTBS 

Ñas suas palpebras, quasi sem pestañas, palpi- 
tava o bater lento-agonico dos últimos adejos de 
phalena moribundo. 

A bocea, sempre fechada, urna sepultura invio- 
lada de beijos, feria um golpe de afflic^ai, grito 
estrargulado dos labios que a trai^ao do destino 
amortalhára n'aquelle rosto de forjada, para alí 
ficarem eternamente pregados, mudos e quietos 
como dois crucificados. 

Era feia a Piedade tao feia, coitada, que 

dir-se-ia urna negajao, o e?carneo de quantos 
homens tétn votado cánticos ao sexo todo-pode- 
roso, para que a belleza da mulhet saja uma glo- 
ria esculpida em genio, celebra:3a pelos tempos 
fora na legenda das suas vozes immorredoiras, 
em cada seculo rythmando o in-memoriam de 
cada paixa-). 

Esse sexo, sentindo-se n'ella ultrajado, dava a 
toda a sua figura, a humilhajao de alguem que 
errasse pelo mundo, n'uma vadiagem ahasverica 
de cao sem dono. 

Era uma mentira, uma profanaba! como uma 

estroíe falhada n'um poema sublime. 

Por isso os rapazes Ihe nao deitavam aquelles 
olhares que ella via a tactearem, n'uma delirante 
peregrinagao de beijos, as formas das outras ra- 
parigas e as palavras em que Ihe falavam tambem 
nao vinham magoadas de desejo, para que no seu 



CEHVANTES 161 

corpo se nao concebesse a divina violagao da sua 
virgindade; esses olhares e essas palavras pisavatn 
impiamente toda a sua carne balbucíante de amor, 
parecendo excommungar n'ella a lembranga do 
gozo martyrisante da inicia Qáo. 

Para as outras, cada sorriso trazia rumores de 
segredos como urna onda que rolasse do coragao, 
para vir a quebrar nos labios o echo d'um iura- 
mento. 

Para ella nunca houvera urna promessa, nem 
um engaño sequer! 

Ensaiava eniáo todas as tenta963s do amor e em 
cada bailarico da aldeia era certa a Piedade-a 
feia-blusa de rendas e saia de fólhos, cheirando 
muito a cravo e a mangerico, sempre á espera de 
entrar para a roda, onde quería dar a alma n'uma 
cantiga, onde queria tambem ser abra9ada. 

Ser abra9ada 

Implorava aos horaens essa graga, como a en- 
demoninhada implora aos ceus a purificagáo e, a 
dois bracos que Ih'a concedessem, seria capaz de 
oíferecer depois o sacrificio das proprias cinzas. 

Mas lá ficava sempre arrumada, sósinha a um 
canto, que os rapazas parece que tinham medo da 
sua sombra, como se tem medo dos cirios que se 
accenderam para alumiar defunctos: devem dei- 
xar-se consumir até ao fim sem Ihes tocar, ai de 
quem Ihes puzer a máo, que leva comsigo a mor- 

11 



162 CERVANTES 

tel Tambem ella, a pobre, tinha de gastar-se intac- 
ta, no seu exilio de pureza, que Ihe ia queimando 
e requeimando a vida silenciosamente e oculta- 
mente, lume concentrado sem chamma e sem fu- 
mo, antes que alguem se atrevesse a exconjura- 
la do seu maleficio de esterelidade, antes que al- 
guem se atrevesse a fecundar-lhe a tumidez dos 
iseios malnascidos, sempre trémulos de supplicas, 
dois somnámbulos perdidos á procura de maos e 
boceas que os quizessem trilhar. 

A's vezes, quando a dansa seguía mais animada, 
a alegría dos outros, exacerbando-lhe o senii- 
mento da sua má-sina, dava-lhe o aspecto mystico 
d'uma imagem de martyrio, n'um torpor irreal de 
transfigurada; e entao, absorta, tinha as altitudes 
doloridas de certos troncos d'arvore de ramos de- 
cepados, que pela paysagem d'onde em onde se 
levantam do chao piadosamente, hastes de cruzes 
sem bracos assignalando a quem passa, a campa 
das suas mortas raizes. 

Na verdade, a quem a via n'aquelles momentos, 
extasiada filando a ronda, ella recordava urna es- 
tatua lumular, figura decorativa de monumento 
de cemiterio, vinda alí, a aquelle logar de prazer, 
em perseguigao de alguma sua companheira trans- 
fuga, que livesse desertado lá do seu posto fúne- 
bre e para onde era preciso fatalmente voltar, 

Ao findar a dansa, tornando a si, emquanto as 



CERVANTES 



163 



outras se repetiam e guardavam as confidencias 
que tinham escutódo, ella só se repetisse e guar- 
dasse o travo das proprias lagrimas que, penden- 
tes dos olhos, pelas faces Ihe desciam sinistramen- 
te como duas cordas d'enforcado, d'onde urna a 
urna iam cahindo estranguladas parao chSo todas 
as suas esperar 9as. 

A um tempo intrusa e expulsa do propio sexo, a 
8ua historia intima dir-se-ía urna ruinarla d'amor, 
fundido em torrentes de ternura que rolasí-em per- 
didas, malaventurada?, sem encontrarem um peito 
benigno onde langar-se. 

Femea invalida, assim vivia a Píedade, rendida 
já ao seu irexoravel sortilegio de castidade, 
quando certo dia, deante dos seus olhos, trisies 
como dois jazigos descerrados, outros olhos des- 
ceram as suas palpebra?, n'um geito de labios que 
se fechassem sobre urna confistao de palavras de 
luz e amor: desde esse instante a Piedade come- 
you a amar, como o agonisante come9a a morrer. 

E' aqui que principia esta tragedia. 

Filha de gente pobre, os proprios paes trataram- 
n*a desde crearla com uma especie de zelo su- 
persticioso porque julgavam, quasi temiam que 
ella fosse, tao feia, quem sabe se um mandamento 
divino d'exterminio para a sua castal por isso se 
arreceiaram de a por á jorna na labuta da térra e 
todas as manhans, todas as noites, á hora de pe- 



164 CERVANTES 

direm e dárem a Deus as suas gragas, tinham, pe- 
la Piedade, devogoes medrosas de afugentar pre- 
sagios. 

Nao possuindo meios para mais, mandaram en- 
sinar á filha a habilidade da costura, que com ella 
conseguiu um peculio e creou fama de rica: mais 
de trinta libras, dizia-se,uma continha capaz de vir 
a render-lhe um homem, que os rústicos tambem, 
á moderna, sabem fazer do amor um ganha-pao. 

« 

Conquistador do alto, especie de D. Tenorio 
d'aldeia, o Antonio Cantador era um aldeagante, 
farto já das femeas do logar e muito mais farto 
ainda de se ver sempre atolado em térra, de tal 
maneira os seus bragos escravos da enxada, que 
dir-se-ia trazerem-na sempre apertada entre as 
maos, que elle tinha contrahidas, enclavinhadas, 
como se estivessem attentos e promptos sempre 
para acompanharem a queda de tadiga em que o 
cavador se langq, obrigado a ferir um corpo que 
desejaría talvez beijar; e o Antonio Cantador, to- 
auta, o que queria era ver mundo; anda va lá co'ella 
ferrada de passar as aguas p'ró Brazil e, se nao 
fosse a falta do nielhor, já por cá nao era demais 
ha muito ha. 

Ora a Piedade apparecia últimamente muito as- 



i 



CERVANTES 



165 



seiada, com muito ouro: boas argolas, anneis de 
pezp, um cordao que era de luxo. 

O Cantador, mal deu fé d'esta riqueza, teve 
urna ideia e fez os seus cálculos: vinte libras, pelo 

barato, andavam bem patentes fóra ornáis que 

najhaveria ! poitanto, toca a lagar! como elle 

dizia. Aquillo foi n'um alustro: em quinze dias fa- 
zia os preparativos para embarcar clandestina- 
mente. 

A Piedade apromptava-se tambem para ir cora 
elle; as joias, que era tudo quanto possuia, para 
a compra da passagem entregára-as ao Cantador, 
que desapparecea logo, sob pretexto da ir despe- 
dir se de uns parentes a Vilaverdinho, urna alde- 
iota a quatro leguas do Villar do Monte, lá para 
traz dos cerros e fraga? é ios das serranías e sobrei- 
raes do Qaadragal; mas no dia seguinte estaría de 

volta e depois era só esperarem a resposta do 

eng^jador, com quem elle tinha contractado a pa- 
ssagem por Vigo, para saberem quando haviam de 
embarcar. 

O día seguinte passou e mais dois dias se 

passaram sem que o Cantador apparecesse ou 

mandasse novas 



* 



Era em dezembro e havia dois mezes que aque- 
llas serras de Traz-os-Montes, debaixo da inver- 



166 CERVANTES 

nía e da furia dos ceus, eram o cpectro amortalha- 
do da térra, creapSo de Deus, que oli se levantava 

agora, morta já sim ! mas ainda contra elle, 

aínda contra o seu Creador, impotente para a £a- 
zer desapparecer. 

Serras de Traz-os-Montes n'ese dezembro! 

Deus arrependido, arremettia contra a sua pro- 
pria obra, em tempestades de raí va destruidora e 
vingativa. 

Oh que temporaes dcáfeiios ! Corno chovia <* 

ceu aberto ! 

Soutos de castanheiros, sobreiraes e fragaré los, 
todas aquellas rudéscas vidas que a ac^ai genési- 
ca do Tempo gerou á for^a, no ventre refece da 
térra de Traz-os-Montes, tudo, tudo era urna pay- 
sagun de abysmos, onde a inorte e a natureza 
tinham vindo a encontrar-se, como se urna áo utra 
houvessem jurado decidir ali a sorte das suas duas 
existencias, desde a Origem primitiva, perpetuas 
inimigas perseguindo-se em todas as edades. 

Serras de Traz-os-Montes n'es>e dezembro! 

Descrevé-las?! Impossivell porque eram o sym- 
bolo do indescriptivel, e.specíaculo que os sentidos 
da creatura humana mal podiam anotar. 

A Morte e a Natureza, siml em juizo final jo- 
gando alí os seus destinos, como se urna á outra 
houvessem de excluir-se, anniquilar-se, por uma 
destruigáo que os seculos tinham sido impotentes 



CERVANTES 167 

par consummar. Na nebulose, no turbilháo inde- 
fenido, as cousas e os seres tinham perdido a in- 
dividualidade e a forma, tudo se tinha fundido e 
agora todos, tudo era a materia, em blóco, defen- 
dendo a propria eternidade amea^ada. 

O assalto, em tropel, dos elementos á monta- 
nha! Aguaceiros e trovoes, ventanías e coriseos 
tinham transformado a sua natureza de elementos, 
de forQis inconscientes e cegas e arremettiam 
como for9as animaes, pondo consciencia no deses- 
pero e dolora nos seus rugidos. 

Quem ousaría aventurar- se pelos caminhos?! 

Onde, ser humano ou bésta, que se atrevesse a 
atinar por aquellas ladeiras para chegar a um sitio 
certo. ....?! que fosse capaz de se orientar dentro 
d'aquelle cahos, onde, para a percepgao da reali- 
dade, já nem sequer a luz e a sombra podiam dar 
aos sentidos a indica9ao inicial do dia e da noite. 

Serras de Traz-os-Montes n'esse dezembrol 

« 

* 

Na aldeia do Villar do Monte queimava-se ros- 
maninho bento em todas as lareiras, havia lampa- 
das accesas e orava-se: perdida a ultima es-peran- 
9a terrestre, em toda aquella pobre gente nem 
um pensamento que nao fosse para Deus, nem 
outra ideia que nao fosse já a da salva9^o; cada 



168 CERVANTES 

rajada de vento mais ateava a chama de fervor di- 
vino em que ardiam unidos todos os 001396 es, to- 
das as almas postas em extase, encommendando- 
seao Senhor. 

Como se fosse o fim do mundo, como se rao 
contassem mais com elle, aquellas almas iam já a 
caminho do ceu. 

O fulgor de cada relámpago que se incendia pu- 
rificava-as de todas as preoccupa9oes profanas, 
dava-lhes a halucina9áo celestial que as guiava. 

Era o rebanho chrisiáo desvairado pelo senti 
mentó de supersti^ao catholica da morte; era a 
chusma de fiéis clamando, contrictos, pela remis- 
sáo dos seus peccados. 

Magnificai magníficat era o grito que 

soltavam, de pavor. 

Todas aquellas caras rusticas, rudes como se 
fossem moldadas em lodo da propria térra, que 
pareciam mascaras desincrustadas aas frontes das 
velhas fragas e como ellas tambem de lictus immu- 
taveis, todos aquelles fosseis humanos estavam 
agora hyantes de terror e devc9á). 

Todos rezavam: de ioelho^•, bra90s erguidos e 
maos postas. 

Em novena a Senhora da Guía, já S2 mao cabía 
na capella. 

A todos, todos tinha tomado urna certeza fre- 
nética de morte, era urna turba cataleptica de pe- 



CERVANTES 169 

nitentes, urna sobrevivencia deíoragidos dos sub- 
terráneos, onde cutí 'ora tinhatn soífrido os marty- 
res da fé, 

Só a Piedade, entre aquella multidao transida, 
se conservava impassivel, indifferente. 

Encontrava-se para ali, assistindo ao delirio e 
tendo oar de alheiamentocom que nos cemiterios 
se encontram os passaiólos de bronze das varan- 
das das sepulturas, assistindo ao desfile dos ente- 
rros. Emquanto os mais esperavam, ungidos, a 
morte, ella esperava, cheia de cío, as suas bodas, 
o sea íestim, como urna coruja de azas fechadas 
que tivesse pouzado entre um bando de pombas, 
para satisfazer a íua gula. 

H ivia tres días que o Cantador tinha abalado; 
mas ao cuspir-lhe no corpo as gottas latejantes da 
sua animalidade, a Piedade, como um morto se 
mette todo dentro do seu caixáo, mettera-se toda 
toda debaixo d'elle e o seu desejo fóra ficar tam- 
bem assim sempre, até um ultimo spasmo em que 
os seus olhos cegassem a vé-lo humedecidos pela 
ultima de quartas lagrimas tinham chorado, os 
seus labios se immobiliáassem no ultimo beijo e 
soltassem o ultimo gemido, o seu coragao arque- 
jasse pela ultima vez ao rythmo de quantas dores 
tinha sofrido e se extinguisse o derradeiro alentó 
da sua misérrima vida. 

Quando elle a cobrira, gozara a volupia de quem 



170 CERVANTBS 

se vinga do destino. Sentira-se apertala entre os 
abra90s que elle Ihe dera como o torráo entre as 
raizes que o repassam. 

Do amor, para ella o grande mysterio, só se Ihe 
revelou a humilclade, por isso se poz logo de ras- 
tos, nao viesse acaso a soberba denegrir a sua 
paixao. 

A^ora, as mesmas máos que Ihe tinham premido 
os seios e Ihe tinham dado o primeiro deliquio aga- 
rravam-lhe o coragao dentro do peito que ella de 
boa vontade deixára rasgar para que Ih'o arrancas- 
sem. A mesma bocea que a tinha beijado, quereria 
que Ihe bebesse tambem o sangue a bater Ihe ñas 
veias, negro, pisado, de tantas angustias e morti- 
fica foes. 

Esiava escripta a sua sorte: amar! e para ella, 
a desprezada de sempre, amar havía de ser ainda 
humilhar-se, perder-se, desgrg^ar-se. 

Entregara se, déra-se, abandonára-se todaá su- 
jeifao fatalista do seu sexo. 

Guardava a submisí-ao de momento em que fóra 
possuida como o barro molhado da estatua guarda 
o ultimo toque com que a animam as mSos febris 
que a modeláram: para sempre. O seu amor era 
egualar o seu infortunio. 



• 



CERVANTES 171 

O Cantador rao voltava e a Piedade come^ou 
entáo a pensar se Ihe teria acontecido desastre ou 
se a ida a Vilaverdinho teria sido só para se Ihe 
sumir e embarcar sem ella p'ió Brazil. 

Sem paciencia para esperar mais tempo, descon- 
fiada, ei-la a caminho, fúgida de casa, atraz d'elle. 

Nao tem medo nem aos montes nem á temporía. 

Vae absorta nao vé senao a térra que elle 

tinha pisado, poe as chagas dos seus joelhos no 
tasto das pegadas que elle deixára. 

Repassada até aos osso?, a chava e o vendaval 
afoitam-n'a como se íóra urna arvore, os cabellos 
soltos e os trapos encharcados agitam-se-lhe como 
as ramarías e tambem a tomba por vezes a ven- 
tanía. Onde a enxurrada forma torrente, sobe ás 
paredes ou trepa, como as cabras pelos barrancos. 

Atravessa brejos de silvas que Ihe laceram as fa- 
ces de rascanhoes a escorrer sangue e se Ihe en-' 
rodilham aos farrapos e ás pernas para d'ella faze- 
rem préza, como se fosse urna ovelha desgarrada, 
que depois os lobos viessem devorar. 

Mas a Piedade nao para, caminha caminha 

sempre 

Nao a detém as aguas que arrastam madeiros, 
nem o vento que vem lá de táo longe de varrer 
todas as plagas, de soprar todas as encostas, de 

derrubar todas as frondes poupam-n'a a ella 

porque váo já fartos de catastrophes. 



172 CERVANTES 

Cahe, afocinha, fére-se, ra^ga-se, mas nao se 
lembra sequer de esperar que descampe, dentro 
do tronco carcomido dos castanheiros ou debaixo 
das fragas, onde as lobas paridas deixam roer as 
tetas e morrer á íome a crea^ao a uivar. 

Só se arreceia de nao chegar a tempo. 

No seu cora^aD, como n'um bronze, come^am a 
dar signaes que lém para ella o som de dóbres. 

Vem-lhe a certeza de ter sido engañada, de que 
nunca mais o tornará a ver se nao íór depre.-sa. 

Julgando que que toma por un atálho, vae dar á 
entrada de um covíl. 

Quer gritar, correr, chorar e mal já Ihe chegam 
as forjas para se arrastar. 

Por onde ella ségue, o temporal investe sem- 
pre com mais furor: o vento toma-lhe o passo, a 
chuva arremette contra ella ás punhaladas; vae 
para dizer urna ora^ao, levanta os olhos ao ceu e 
vé que a perseguem em correrla as nuvens que o 
ceu tem mais negras e mais pesadas; ramos que 
ainda poderiam abriga-la vém á pressa bota- los 
abaixo uma lufada mais rija ou o fogo mais acceso 
dos raios; orienta-se e sabe por ondt^ vae, quando 
o clara ) dos relámpagos Ihe mostra algum alto ou 
algum fraguéio mais conhecido. 

Aísim, a Piedade, para salvar o seu anior, ia 
buscando as suas nupcias por entre despenha- 
deiros, enxurraJaj, relámpagos, nuvens, raios, 



CERVANTES 



173 



troncos derrabados, charcos, montes, ventanei- 
ras, descatipadas, lenhos despedazados, trovoes, 
caboucos, brejos, loda^aes, bátegas d'agua, des- 
trozos diluvianos por entre um fragor tumul- 
tuario de uivos, ais, gemidos, gritos, urros, ameá- 
gas, queixumes, suspiros, pragas, mugidos, desa- 
fios e blasphemias 

Desfaz-se o ceu, cahe ceu em nevo a e trombas 
d'agua, as penedías parece que perderam a attitu- 
de milenaria, a estática inmobilidade das alturasi 
em baloigos náufragos de enormes phantasticos 
navios prestes a submergirem-se. 

As correntes minam, arrojam as térras e sobre 
os fundoes dos valles que ellas cavaram, esba- 
rrondam-se flancos inteiros da montanha. 

Felizes os gados remoendo no curral os perfu- 
mados fenos, felizes as aves todas mettidas no 
aconchego dos seus ninhos, felizes os bichos do 
monte recolhidos bem no fundo dos seus antros. 
Ao deusdará do tempo, pelos caminhos, só a Pie- 
dade, mais batida do que uma vela no mar á tem- 
pestada 

Se fosse possivel andarem os pastores com aque- 
Ue tempo, haviam de toma-la por Nossa Senhora 
perdida na serra e contariam depois onde a tinham 
visto, para que Ihe fizessem uma imagem dentro 
d'uma capellinha, Ihe vestissem uma túnica, Ihe 
cobrissem um manto e a adorassem. 



174 CERVANTES 

Já passou o Ribeiral e o Escurédo, depois dos 
altos da Cernadella e dos sobreiraes do Quadra- 
9al, entra logo no termo de Vilaverdinho. 

Teriam pena d'ella os mendigos escorrafados 
com improperios de todas as portas; se algum a 
encontrasse, havia de querer dar-lhe abrigada de- 
baixo da sua manta e amparo com o seu bordSa. 

Resistiu. Mas o desalinho em que vae torna-a 
d'uma fealdade de harpía e de estardalho, de velha 
cig-ana, bruxa ou doida. 



Alberto FELIZ DE CARVALHO. 

(Cónsul de Portugal en Madrid). 



CERVANTES 176 



MOMENTOS 

La conquista de la luna. 

Después de establecer un servicio de viajes de 
ida y vuelta a la luna, de aprovechar las exce- 
lencias de su clima para la curación de los sanguí- 
neos y de publicar bajo el patronato de la Smi- 
thsonian Instituíion la poesía popular de los luná- 
ticos (Les Compiaintes de Laforgue, tal vez) los 
habitantes de la tierra emprendieron la conquista 
del satélite, polo de las más nobles y vagas displi- 
cencias. 

La guerra fué breve. Los lunático?, seres los más 
suaves, no opusieron resistencia. Sin discusiones 
en cafés, sin ediciones extraordinarias de «Ei Ma- 
tiz Imperceptible», se dejaron gobernar de los te- 
rrestres. Los cuales, a fuer de vencedores, pa- 
decieron la ilusión óptica de rigor — clásica en los 



176 CERVANTES 

tratados de Físico-Historia— y se pusieron a imi- 
tar las modas y usanzas de los vencidos. Por Fran- 
cia comenzó tal imitación, como adivinaréis. 

Todo el mundo se dio a las elegancias opacas y 
silenciosas. Los tísicos eran muy solicitados en 
sociedad, y los moribundos decían frases excelen- 
tes. Hasta las señoras conversaban intrincada- 
mente, y los reglamentos de policía y buen go- 
bierno estaban escritos en estilo tan elaborado y 
sutil que eran incomprensibles de todo punto aun 
para lo? delicuentes más ilustrados. 

Los literatos vivían en la séptima esfera de la 
insinuación vaga de la imagen torturada. Anun- 
ciaron los críticos el retorno a Mallarmé. Pero 
pronto galieron de su error. Pronto se dejó tam- 
bién de escribir, porque la literatura no había 
sido sino una imperfección terrestre anterior a la 
conquista de la luna. 

A Circe. 

iCirce, diosa venerable! He seguido puntual- 
mente tus avisos. Mas no me hice amarrar al más- 
til cuando divisamos la isla de las sirenas, porque 
iba resuelto a perderme. Enmedio del mar silen- 
cioso estaba la pradera fatal. Parecía un carga- 
mento de violetas errante por las aguas. 



CERVANTES 177 

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos 
Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perder- 
me, las sirenas no cantaron para mí. 

De una benéfica institución yanqui. 

Me agrada sobremanera la charlatanería y ad- 
miro la rara perfección que en este arte han al- 
canzado los norteameriianos. 

Y cuando topo con eruditos ignorados, con poe- 
tas sin leyenda y sin empresario, lamento de co- 
razón que no se sepa aquí de la casa comercial de 
Detroit, que por poco dinero sumii istra aventuras 
a hombres indolentes o cobardes. 

¡Cuántas veces por falta de oportunas disputas 
conyugales, de una miserable tentativa de suici- 
dio o de viajes extraordinarios por el Mar Rojo, 
perdemos nuestros mejores derechos a la gloria; y 
la flamante colección de nuestras obras completas 
padece injustamente ios rigores del tiempo en una 
doncellez inútil, como nuestras tías abuelas! 

Vieja estampa. 

Dos criados abren presurosos, a la curiosidad de 
los desocupados, las pesadas hojas de la puerta, 

12 



178 CERVANTES 

cuyos tableros de cedro ostentan en rica obra de 
talla, las armas de los Castillas, de los Mendozas, 
de los Altamiranos de Velasco» 

Tirada por piaf.intes brutos, sale la carroza, con 
muelles sacudimientos, de la penumbra del zaguán 
al deslumbramiento de la calle. 

El conde de Santiago de Calimaya se encamina 
al palacio del Virrey. Han llegado pliegos de la 
Metrópoli que tratan de asuntos graves. La Rral 
Audiencia y el Arzobispo tienen en la Corte po- 
derosos valedores. 

Y mientras pasa la carroza rebotando por el 
empedrado de la calle de Flamencos, los indios 
se descubren, los criollos se detienen curiosos. 

Indiferente a todos, tras los cristales', el señor 
conde toma rapé de una caja de oro, con sus de- 
dos descarnados y temblorosos, 

El epígrafe. 

Ei epígrafe se refiere pocas veces de manera 
clara y directa al texto que exorna; se justifica» 
pues, por la necesidad de exp'Csar relaciones su- 
tiles de las cosas. Es una liberación espiritual den- 
tro de la fealdad y pobreza de las formas literarias 
oficiales, y deriva siempre de un impulso casi mu- 



CERVANTES 179 

sical del alma. Tiene aire de familia con las alu- 
siones más remotas y su naturaleza es más sutil 
que la luz de las estrellas. 

A veces no es signo de relaciones, ni siquiera 
lejanas y quebradizas, sino mera obra del capri- 
cho, relampagueo dionisíaco, ventana hacia el 
mundo de ios instintos y de las intuiciones. 

Julio TORRI. 
México, Junio 1917. 



180 CERVANTES 



EL PRIMER LADRÓN 



Me pide usted, señora, que la cuente una histo- 
ria; se aburre en esta velada que vanamente in- 
tentamos entretener con la monotonía de una 
vulgar conversación. \o también me hastío... 
Veamos, pues, qué es lo que quiere que la cuente, 

...Tiene usted razón; dejémonos de historias de 
amor, que los amores suelen acabar casi siempre 
con llanto y, cuando el relato de un idilio acaba a 
satisfacción de los que oyen, es porque el cuen- 
tista se olvida de la segunda parte de su cuento. 
Prefiere usted escuchar aventuras de guerreros o 
bandid»)s; a mi ver, son hermanas las dos profesio- 
nes y en poco se diferencian, que si el bandido 
despoja, el guerrero conquista. Ambos tienen por 
maestros la fuerza y la astucia. Tal vez, nuestro 
buen Cid no pasaría de ser hoy salteador de ca- 
minos más o menos digno de la horca... 



CERVANTES 181 

Voy a tratar de complacerla en lo que pide. 
Oiga usted la leyenda del primer ladrón o del pri- 
mer conquistador; elija el título que más le plazca. 

,* 
« * 

Fué en la Prehistoria. 

He aquí que, el valle y la montaña, estaban 
habitados por hombres gigantescos semejantes a 
gorilas... Y eran felices los primitivos hércules. 
Iban y venían de un lado para otro buscando el 
alimento necesario a su vivir. Se lo ofrecía Na- 
turaleza fecunda. Arboles y matas les regalaban 
sus frutos y sus hojas. El río, que se deslizaba 
tranquilo sombreado por la maleza salvaje, brin- 
daba a los labios la grata frescura de sus aguas. 
La húmeda sombra de la selva les resguardaba del 
fuego solar, y de aulladores vientos y torrenciales 
lluvias, las cuevas formadas por las moles graníti- 
cas del monte. 

Iban desnudos; sus cuerpos estaban hechos a los 
días tórridos, a las noches heladas. No tení^ín ne- 
cesidad de vestido porque, su alma, era lo suficien- 
temente pura para no sentir pudor. 

El pudor fué la primera impureza del hombre. 
Antes de vestirse se adornó. Las plumas en la 
cabeza precedieron a las plumas sobre el cuerpo. 



182 CERVANTES 

El hombre cubrió sus desnudeces por coquetería. 
Sin el vestido no tendría razón de ser la absurda 
vergüf-nza del desnudo. 

Tampoco poseían estos hombres habitación fija. 
Durante el día marchaban errantes por el valle y 
la montaña. De noche hacían alcoba la primera 
covacha que a su paso se abría. Nada ambiciona- 
ban porque eran poseedores de todo. No sabían 
de la envidia porque eran iguales, porque uno no 
tenía más que otro. La tierra fué de todos, con 
sus árboles y sus matas, con sus piedras y sus ani- 
males, con sus salvajes selvas, con sus ríos que se 
deslizaban entonando la canción eterna de sus 
aguas. 

El macho caminaba con su hembra y sus crías. 
Aiín no existía la tribu, primitiva forma de la co- 
munidad. 

La comunidad es una de las equivocaciones del 
hombre que m^s han dañado a la especie. El con- 
junto ha esclavizado los componentes. Un hombre 
es uno y libre desde donde empieza su dert-cho 
hasta donde da comienzo el derecho de otro. El 
ser humano debe pertenecerse a sí solo. Cuando 
se asocia deja de pertenecerse. La comunidad so- 
cial del porvenir será, como Id tribu, una equivo- 
ción íatal. Puede existir la fraternidad sin el co- 



I 



CERVANTES 



183 



mu' ismr», haciendo cada uno para sí lo que le co- 
^re^pon'^a, sin invadir lo que corresp ^nde a los de- 
más; para llegar a esto sólo hace falta tener ver- 
dadera consciencia del deber y el derecho, sabien- 
do que éste a aba donde empieza aquél. He aquí 
todo. 

Entre los hombres del prehistórico paraje ha- 
bía uno más fu^-ríe que los demás. Cierta noche, 
este gigante buscó albergue para su crías y su 
hembra. Unas moles graníticas señalaban la en- 
trada de una cueva. Cuantas, anteriormente, le 
sirvieron de cobijo nocturno no podían comparar- 
se a aquélla. Era alta, espaciosa; no tuvo que 
arrastrarse para llegar a su interior: los riscos que 
la entechaban estaban ajustados unos a otros de 
tal forma, que no pe-rmitían la entrada de la lluvia; 
sólo allá, en el fondo, s- advertía una grieta por 
la que, durante las horas de sol, se filtraba la luz. 
El boquete que oficiaba de puerta era estrecho; 
dejaba únicamei te espacio para que un hombre 
pudiese penetrar; unas piedras bastaban a cubrir- 
lo. Cerrada así, la natural alcoba quedaba conver- 
tida en fortaleza inexpugnable para las bestias fe- 
roces. 

Allí durmió el hércules con su hembra y sus 
crías. Una claridad tenue que descendió poco a 



184 CERVANTES 

poco por la grieta que a los cielos miraba, le des- 
pertó. Era el alba Al salir de la gruta quedó ma- 
ravibado el hombre. 

Ante la cueva se extendía un trozo pequeño de 
terreno donde se hallaba lo necesario a su vivir: 
yerbas jugosas, matojos de alimenticio tallo, un 
manantial entre ellos y un árbol grande de exten- 
didas ramas y hojarasca esijesa donde los rayos del 
sol se quebraban como lanzas de oro. 

Tanto gustó del lugar, que la noche sorprendió 
a la prehisiórica familia sentada a la puerta de la 
gruta. Y varios días transcurrieron así. 

Al hércules comenzó a molestarle que otros se- 
res semejantes a él llegasen a aquel siúo para cal- 
mar su hambre, para dar alivio a los ardores de 
sol bajo las sombreadoras ramas del árbol corpu- 
lento... Pero, ¿qué derecho tenía a la protesta? La 
tierra, ¿no estaba hecha para todos? Sumiso a este 
pensamiento nada dijo. 

Una mañana, la familia ent<^ra se alejó un tan- 
to de la gruta; fueron a buscar aves muertas, a las 
que arrancaron las plumas p. ra tapizar la vivien- 
da. Cuando tornarían era noche... ¡Cuál no sería 
la sorpresa del hércules al encontrar t abierta de 
piedras la entrada de su guarida! Indudablemente 
había alguien dentro... Y, en busca de otro sitio 



CERVANTES 



185 



donde pasar la noche, echó a ardar tristemente 
seguido de su familia. Pero ¿dónde hallar albergue 
como aquél? 

No sería; aquella noche, como las anteriores, te- 
nían que dormir allí. Vanos fueron los ruegos de 
la hembra para convecer al macho de que el in- 
truso tenía tanto derecho como ellos a ocupar la 
cueva. El macho quitó las piedras de la guarida 
y penetró. Un semejante suyo dormía en los in- 
teriores. 

_Yete — le dijo el hércules con gestos y gri- 
tos. 

El advenedizo se negó y lucharon; moribun- 
do quedó a la entrada de la gruta. 

Al día siguiente, una muralla de piedras rodeaba 
el paraje. En pie en el centro del cercado espe- 
raba el hércules. Varios hombres llegaron; uno se 
dispuso a saltar al interior. 

— Aquí no se entra — gntóle nuestro héroe. 

— ¿Por qué? — interrogó sorprendido el llegado. 

El hércules frunció el ceño, cerró los puños, ex- 
tendió la vista por todo el paraje y, clavándola 
luego en su interlocutor, repuso: 

— Porque esto es mío. 

Un murmullo de sorpresa le respondió... ¡Mío...! 
¿Qué significaba aquella palabra? 



186 CERVANTES 

— Y es mío— continuó el gigante — , porque soy 
el más fuerte... 

Esta, señora, es la leyenda de la primera con- 
quista que se hizo en el mundo. Y he aquí que, 
como la tierra era de todos, el primero que con- 
quistó un pedazo de ella por la fuerza fué el prú 
mer ladrón. 

Perdóneiie, señara, si no he'logrado distraerla 
cuanto hubiese querido. Otra vez será... 

La velada toca a su fin... Hasta mañana. 

Joaquín DICENTA (hijo). 



CERVANTES 187 



UN NUEVO POETA 



Balada del Infante Don Fernando. 

A José M. Egas M, 
E' pálido Infante 
una extraña locura tenía, 
el pálido Infante 
poseer una estrella quería... 

Para curar ?u mal el Rey hizo venir 
de un imperio lejano a la Infanta más bella; 
pero el Príncipe, al ver sus ojos de zafir, 
se acordó de la estrella... 

Amarga era su vida hasta que, una mañana, 
sin criados ni mastines, 

el gerifalte al puño,le vio partir la gente cortesana; 
se dijo iba a cazar a la selva cercana; 
no reiornó jamás a sus jardines... 

Y Carmín, el buen paje que persiguió su huella, 
hallóle muerto, frente al mar sonoro: 
|en sus ojos azules se miraba la estrella 
como una lágrima de oro! 



188 CERVANTES 

La Emperatriz. 

A César E. Arroyo. 

Baten al aire rosa sus alas los pavores... 
huella la Emperatriz la escalera de jade 
y en traje de luna y áureas constelaciones 
de un aroma inefable lus jardines invade. 

Sus ojos de luz tibia y de mirada sabia 
hacen palidecer astros y pedrerías, 
su carne macerada con ungüentos de Arabia, 
de nardo ungieron ¡siete noches y siete días... 

Lagrimea una estrella en el cielo escarlata.,, 
roza el ángel del éxtasis su faz de terciopelo 
y una sed de infinito su corazón dilata .. 

(enlazan alma y cíelo pensamientos hermanos) 
y en sus diáfanos 0|os se ve pasar un vuelo 
: de vagabundos ibis hacia reinos lejanos. 

El Cazador. 

A Luis G. Urbina. 

Satán es cazador furtivo en la celeste 
selva donde divaga el místico redil; 



CERVANTES 189 

y, como un ioven sátifo en la dulzura agreste 
suena la tentación de su planta sutil. 

lAy del que oyera el canto del Malo! | Quien 
la perversa sirena del Pecado Mortal, [oyera 

ni, rasgando su carne poseída, pudiera 
cstirpar la ponzoña del hechizo fatal! 

Y b'en lo sabes tú, melodiosa alma mía, 
alondra cantarína en la clara harmonía 
del bosque donden pulsan los coros sus laudes: 

|Tú, que del Cazador en las manos lascivas, 
en las velludas manos, viste llevar cautivas 
a las siete palomas de tus siete virtudes! 

Medardo Ángel SILVA 

Santiago de Guayaquil MCMXVII. 



190 CERVANTES 



Versos del mar y de los viajes. 

El café del puertOi 

I 

Es el café de los marinos. Sobre 
la polvorienta luna de un espejo 
se refleja con tonos de áureo cobre 
de algún buque cercano el aparejo. 

Está muy cerca el muelle, y a la puerta, 
donde conversan viejos capitanes, 
llega el acre perfume de cubierta, 
mezcla de brea, yodo y alquitr..nes. 

Dentro de un tropel de náuticos celebra 
un suceso feliz, y la ginebra 
de los vasos se escapa por los bordes. 

Hay un momento de emoción. El piano 
ha dejado escapar unos acordes 
que hablan a todos del hogar lejano... 



CERVANTES 191 

II 

Es noble aquella música y sagrada; 
tiene un extraño y mágico embeleso, 
y les recuerda a la muier amada 
que espera en lueñes tierras su regreso. 

Y los rostros quí-rnados por cien soles, 
sonríen con orgullo ante la orquesta; 
alguien dice al pasar: Son españoles 
que celebran alegres una fiesta... 

Y hasta la rubia camarera linda 
la emoción general que les agobia 
siente también y balbuciente brinda. 

Choca su vaso en guisa de homenaje 
con el de un capitán; y ¡por su novia! 
— exclama — y ¡porque tengan feliz viaje! 

La primera guardia. 

¡La primer guardia! Ya la luna brilla 
sobre la inmensa superficie verde, 
y la nativa idolatrada orilla 
como una nube en el confín se pierde. 

¡Con qué emoción temblando la despido, 
viéndola en el cristal del catalejo, 
su borroso perfil desvanecido 
de la luna al nostálgico reflejo! 



1 92 CERVANTES 

Luego, cuando la gnardia se termine 
y con ávidos ojos examine 
del orizonte la cerúlea raya 

en busca de las costas españolas, 
todo montes, cantiles, faro y playa, 
habrá sido borrado por las olas. 

* 

La noche frente al mar ahora me coge 
por vez primera. Negro pesimismo 
al corazón ingenuo sobrecoge 
al verse suspendido en el abismo. 

Quizás la cosía que quedó a la espalda, 
no volvamos a ver. ¡Oh, Mouro, oh, Langre! 
El mar ríe con risa de esmeralda 
y su risa falaz hiela mi sangre. 

Pero el barco adelanta en su derrota 
y con su hélice corva el mar azota, 
con rumbo hacia el destino, hacia lo ignoto; 

y un sentimiento inexplicable y raro 
experimenta el alma cuando anoto: 
«a tantas horas, no se ve ya el faro». 

José DEL RÍO SÁINZ 



AÑO 11 NUM. XIII 

CERVANTES 

Madrid, Agosto 1917 
REVISTA MENSUAL 



Nuestro director, Luis G. Urbina, 
en Buenos Aires. 

Al mismo tiempo que Francisco Villaes- 
pesa recorre triunfalmente México, un in- 
signe hijo de esta República, nuestro otro 
Director Luis G Urbina, ha vuelto a Ma- 
drid, de donde había salido hace unos me- 
ses con dirección a Buenos Aires. Nada 
queemos poner de nuestra cosecha para 
describir los homenajes de que ha sido ob- 
jeto. Nos limitaremos, como recientemente 
hicimos con Villaespesa, a recoger algu- 
nas noticias de los periódicos argentinos. 

Dicen así: 

Una visita a Luis O. Urbina. 

Cuando se siente y se ha vivido en la obra de 
un escritor cualquiera que ha hecho de su arte un 



2 CERVANTES 

culto, y hemos divagado con sus visiones y fanta- 
sías geniales, justo es que al pisar nuestra tierra 
vayamos a él, con el alma emocionada y abierta, a 
darle la bienvenida, a observar ese espíritu in- 
quieto, febriciente, que hemos visto pasear en las 
páginas de sus libros. 

Y así, con el deseo de conocer uno de los más 
nombrados escritores americanos, hemos llegado 
hasta Luis G. Urbina, excelso cantor que desde 
hace un mes reside entre nosotros. 

Urbina es un hombre de unos cuarenta años, 
bajo, con el color de los americanos del trópico, de 
fácil expresión, de ojos obscuros y vivaces, que 
revelan un temperamento emocionable y obser- 
vador. 

Cuando nos encontramos, vi una sonrisa benévo- 
la que ros acogía y una mano pequeña que se ten- 
día hacia nosotros. Un rato después, como viejos 
camaradas, departíamos sobre arte. 

Con esa exquisita delicadeza que caracteriza a 
los hombres selectos, nos contó su llegada y la 
agradable impresión que le produjo nuestra metró- 
poli; nos habló del elemento intelectual, que le ha 
prestado admirativa acogida. Nosotros tuvimos 
frases de evocación para los poetas mejicanos, cu- 
yos versos viven en nuestro ambiente intelectual; 
escritores éstos que han despertado en nuestros 
corazones sentimientos tiernos. 



CERVANTES 3 

Urbina viene de Madrid; allí ha residido un 
tiempo, después de recorrer otras ciudades euro- 
peas. 

cHace tres años, nos dice, que partí de Méjico, 
no habiendo vuelto a él.> 

Al evocar su país natal, el poeta se ilumina, como 
si un séquito de visiones y esperanzas pasaran por 
su mente prodigiosa. 

Y al preguntarle si Méjico, la cuna de tantos 
poetas, es hermosa, nos replica: «A Méjico la re- 
cuerdo como el hijo a la madre» ...Y necesaria- 
mente ha de evocarla pues, hasta a los extranjeros, 
esta ciudad subyuga con su sol, su poesía y sus 
mujeres. 

Este poeta ha publicado obras notabilísimas, en- 
tre ellas: «Puesta de sol», cFrente al sol y junto 
al mar», etc. Sus obras son clásicas; el modernis- 
mo no ha empañado su astro, va por su senda 
inspirándose en los amaneceres otoñales, en los 
crepúsculos melancólicos, cuando todo se diluye» 
se funde o se confunde y desaparecen los contor- 
nos y surge de los paisajes esa nostalgia enervante 
que convida a meditar. 

A sus rimas galantes une esa armonía, ese sen- 
tido del ritmo, don natural que es esencia para la 
estrofa; es un idealista, un apóstol de la rima que 
honra nuestras letras en estos momentos de des- 
unión intelectual en que el modernismo empaña 



4 CERVANTES 

la musa nacional emancipada por nuestros viejos 
poetas. 

Deíspués de compartir una hora con el autor de 
cPuestas de sol», nos alejamos. Con esa amabili- 
dad que le caracteriza, nos acompañó amigable- 
mente, y salimos de allí llegando a la convicción 
de que este creador de sonoridades vive en una 
eterna embriaguez celestial. 

FÉLIX B. VISILLAC 

(De la Revista Miñan). 



Huésped ilustre: 

el poeta Luis G. Urbina. 

por Braud 

Es huésped ilustre de Buenos Aires en estos 
días una de las más representativas figuras de la 
literatura latinoamericana: el poeta mejicano Luis 
G. Urbina. 

Este escritor, que ha sabido llegar por el cami- 
no de la poeaía a convertirse, acaso, en el intér- 
prete más autóctono de la sensibilidad simple y 
sana de su pueblo, ha cruzado por todas las modas 
literarias de los últimos tiempos sin perder su 
tono personal y sencillo, cuyo secreto reside tal 
vez en el predominio del sentimiento sobre la 
idea. En efecto, el autor de «Lámparas de agonía» 



CERVANTES 5 

es ante todo un afectivo; de ahí su predilección por 
la musa popular. Uibina pertenece a la generación 
que vino inmediatamente después d^e Juan de 
Dios Peza y de Gutiérrez Nájera; a la misma que 
con él produjo a Amado Ñervo y a Salvador Díaz 
Mirón. Es grande su difusión en toda América. 

En ia actualidad la producción de Urbina es me- 
nos copiosa que en otra época. A medida que el 
éxito acompaña a los escritores y crece su res- 
ponsabilidad, es más laboriosa y lenta la produc- 
ción, por lo mismo que interviene en ella una ma- 
yor autocrítica. Urbina trabaja, sin embargo, 
constantemente, y estos son los momentos en que, 
pese a sus trajines de viajero y a la emoción de 
restaurar todos los días viejas vinculaciones espi- 
rituales, construye un poema en que canta la be- 
lleza eterna y siempre nueva del mar... 

«Glosario de la vida vulgar», que no es desde 
luego su mejor libro, ha sido el más difundido y 
elogiado en su época. Valen más, sin duda, sus 
«Lámparas de agonía» y la «Vieja lágrima», don- 
de no se sabe qué admirar más, si la ternura del 
sentimiento o la serena nitidez de la forma espon- 
tánea y libre de toda afectación. 

Los cantos de Urbina — cantos a las mujer ame- 
ricana, con su gracia, con su donaire, con sus vir- 
tudes — son tal vez la mejor nota, el acento más 
hondo que haya salido de sus rimas. 



6 CERVANTES 

El autor de «Ingenuas» y «Puestas de sol» — 
otros dos libros interesantes — ha colaborado en 
los principales periódicos y revistas literarias de 
Méjico. Fué director de El mundo ilustrado, el 
mejor periódico de arte de su tiempo; fué redactor 
de la famosa Revista Azul, que dirigiera Manuel 
Gutiérrez Najara, y de la Revista Moderna, que 
fundaron Jesús Valenzuela y el gran orador y pu- 
blicista Jesús Irueía. Fué redactor de El hnpar- 
cial, diario mejicano de la época del general Por- 
firio Díaz; ha sido profesor de literatura de la Es- 
cuela Nacional Preparatoria de la capital de Mé- 
jico, y en fin, director de la Biblioteca Nacional y 
miembro del Consejo General de Educación y del 
Ateneo de su país. Ha escrito en prosa dos libros 
de singular interés: «Bajo el sol y frente al mar» 
y una «Antología del centenario de Méjico». 

Recibió nuestra visita el poeta Urbina en su 
sencillo alojamiento de Savoy. Menos protoco- 
lar que el común de las gentes, prefirió acogernos 
en su aposento, pequeño y desordenado, re- 
nunciando así de antemano al lujo y a la solem- 
nidad de los grandes salones de recibimiento 
del hotel. Este rasgo nos dio la primera impre- 
sión de su modestia y de su sencillez. Un hombre 
que recibe a un desconocido, por el solo hecho 
de saberlo entregado a tareas de publicidad, 
en la intimidad de su haiñtación, no puede sino 



CERVANTES 7 

ser fácil a la confidencia sana y a la amistad. 

La afabilidad comunicativa y discreta es la ca- 
racterística más saliente del poeta. A poco de oír- 
le hablar nos sentimos familiarizados con él como 
si le conociéramos de mucho tiempo. 

Habla con cierta exuberancia de imágenes, lo 
que no obsta a dar la impresión de una gran es- 
pontaneidad. Su retórica verbal es una manera 
natural de expresión en él, más que una conducta 
preconcebida y calculada. Logra así la feliz vir- 
tud de encantar con su conversación amena y 
siempre sugerente. 

Pequeño de estatura, piel trigueña, rasgos fiso- 
nómicos de segura procedencia aborigen, recuer- 
da un poco, en esto último sobre todo, y en las 
particularidades de la dicción, a Rubén Darío. 
Cuando habla sonríe en una forma comunicativa y 
cordial, como invitando al que lo escucha para 
compartir sus ideas o sus sentimientos. Su palabra 
es así persuasiva y grata a la vez. 

HABLA URBINA 

La revolución mejicana — nos dijo — , tan diver- 
samente contada y juzgada por ahí, no ha sido 
sino un fenómeno natural y necesario en la vida 
de aquel país. Es una de esas crisis de la salud, 
por más que un estado enfermizo denuncian fot- 



8 CERVANTES 

taleza y plenitud de de- arrollo. La dictadura 
del general Porfirio Díaz, que pudo ser consi- 
derada buena, y acaso necesaria en cierta épo- 
ca de la vida mejicana, dio cuanto podía dar de 
sí y estaba ya agotada. El presidente había sido 
siete veces reelecto y gobernó al país durante 
cuarenta años. Eíte sistema de la dominación per- 
sonal tiene en ciertos casos sus ventajas, pero 
siempre padece un inconveniente grave e insalva- 
ble: la fuerza, el prestigio, la eficacia de la dicta- 
dura se van debilitando con la decrepitud física 
del dictador; gobierno y gobernante envejecen a 
la vez. No perciben los políticos el grave mal de 
continuar indefinidamente en el gobierno. Son 
como los actores, que prefieren olvidar sus presti- 
gios de la juventud, presentándose en escena que- 
brantados y achacosos antes que abandonar defi- 
nitiva y voluntariamente el brillo de las candi- 
lejas. 

Esta revolución — agregó — no ha sido sino la 
continuación de un fenómeno que se inició para 
Méjico con la revolución emancipadora, que con- 
tinuó con la revolución de la reforma y que cul- 
mina con este movimiento esencialmente popular. 
La primera fué un movimiento sentimental en los 
hombre- de la época; fué la imprecisa, pero domi- 
nadora idea de construir una patria libre, lo que 
impulsó a ¡a cruzada emancipadora y movió el en- 



CERVANTES V 

tusiasmo de los mejicanos de todas las clases so- 
ciales. La segunda fué una revolución de las cla- 
ses cultas, de las clases pensantes, para promover 
el establecimiento de las reformas necesarias a las 
instituciones creadas en la primera hora; fué una 
revolución intelectual. 

La de ahora ha sido una revolución esencial- 
mente económica, puesto que la ha hecho el pue-- 
blo mismo. 

La sociedad mejicana reposa, en efecto, sobre 
un desequilibrio económico marcado y evidente. 
Este desequilibrio, agravado constantemente por 
un gobierno ineficaz, había hecho cifrar en el 
ideal revolucionario todas las esperanzas popula- 
res. Se concretaba en ese ideal toda la fe y el de- 
seo de progreso y de bienestar, y la lucha en es- 
tas condiciones tuvo que ser cruel y sangrienta, 
de éxito seguro. Tal ha ocurrido en efecto. 

Asrgurado el tnunfo de la revolución, viene la 
obra seria y peligrosa de la reconstrucción nacio- 
nal. El ideal revolucionario condensa todos los 
deseos y las necesidades populares de un modo 
abstracto; pero al llegar la realidad, suele aconte- 
cer que le pedimos más de lo que ella puede dar- 
nos. Pero ella es previsora y da un poco de los 
ideales «posibles» o viables, con lo que concilia, 
hasta cierto punto, las mayores exigencias. Esto 
es lo que acaba de hacerse con las reformas cons- 



10 CERVANTES 

titucionales votadas y con la legalización del go- 
bierno revolucionario. 

Es indudable que la revolución ha movido el 
ambiente, creando un deseo común de actividad y 
de energía. Todo el mundo experimenta en Méjico 
el afán de hacer cosas nuevas. Se escribe, se pien- 
sa, se discute; y cuando las imprentas trabajan 
como hoy lo hacen en mi país, es que la vida cre- 
ce. Para un pueblo joven y fuerte como aquél, sin 
largos privilegios y sin prejuicios tradicionales, la 
reconstrucción no será difícil. 

¡Lástima grande— añadió luego con cierta com- 
pañía — que el pueblo no pueda vivir bien pared 
por medio con la casa del rico! Esa vecindad es 
nuestra constante inquietud... 

Vida literaria.— De Méjico sé decirles que allí 
se trabaja con profusión. Ven la luz todos los días 
innumerables revistas literarias, libros de literatu- 
ra y de filosofía. 

Últimamente he leído uno muy interesante so- 
bre esta última materia, original de Antonio Caro. 
En la joven literatura hemos visto imponerse a un 
gran poeta, Enrique González Martínez, a quien 
vale la pena de conocer. Pertenece a la genera- 
ción inmediata de la mía, y es tal vez lo más gran- 
de y significativo en ella. 

— ¿Sigue usted la producción literaria argen- 
tina? 



CERVANTES U 

—Sí, con especial afecto. Seque tienen ustedes 
jóvenes poetas de valer. Conozco «Melpomene>, 
de Capdevila, y he halladj cosas muy exquisitas 
en un libro titulado «El espejo de la fuente>, de 
cuyo autor no recuerdo el nombre... 

— Rafael Alberto Arrieta. 

—Efectivamente. Conozco, desde luego, a An- 
gelito Extrada. Le llamo con esta familiaridad sin 
haberle tratado personalmente, porque así ha lle- 
gado a serme familiar su nombre por referencias 
de amibos comunes. 

— Y a Lugones, ¿le conoce usted? 

— De la primera a la última letra que publica. 
Soy su admirador más fiel y entusiasta. Me asom- 
bra su poligrafía admirable y múltiple. Estoy im- 
paciente por verle. Le visitaré pronto, por la 
misma razón que no iría a Toledo sin visitar la ca- 
tedral. Para mí, en Buenos Aires, Lugones es eso. 

Conozco la producción de «Alma fuerte» y no he 
hallado en literatura mayor impresión de sinceri- 
dad que la suya. Si no hay en sus versos pulcritud 
y corrección, es porque todo lo supera la vibrante 
emoción con que están escritos. Me es también 
familiar la obra de Larreta, y a su respeto debo 
decir que en mi reciente estancia en Madrid he vis- 
to los escaparates llenos de «La gloria de D. Ra- 
miro». Los españoles leen este libro con un poco 
de fastidio, pues les molesta que un americano 



12 CERVANTES 

haya podido ir a realizar en España obra descrip- 
tiva tan concienzuda, que ellos, pudiendo hacerlo, 
no habían realizado. 

—¿Ha visto usted últimamente a Amado Ñervo? 
Nos han dicho que se encuentra enfermo... 

—En efecto, no está bien. Vengo de verle en 
Europa, y aseguro que me ha costado separárme- 
le. Amado es de esos hombres de quienes uno na 
quisiera separarse nunca. Es siempre el misma 
fraile laico, que vive en olor de santidad. Su ma- 
nera habitual es suntuosa, suave. Asomarse en su 
alma es como haceilo en un lago tranquilo. Sólo 
se diferencia ahora, de sus viejos tiempos de boga 
bulevardera en París, por el abandono de sus bar- 
bas y melenas impresionantes. Ahora está entera- 
mente rasurado... 

La guerra.— Todos los mejicanos— nos dijo — 
nacemos con un libro francés bajo el brazo. Yo amo- 
a Francia. Hombres como yo, que viven en el 
cultivo del arte, no pueden, por otra parte, dejar 
de ser espiritualmente italianos. En todos los be- 
ligerantes hay cosas admirables, y entre todos 
ellos hay uno adorable: Bélgica. 

— Pero, Alemania... 

—No hay que confundir a Beethoven con Hin- 
denburg, ni es preciso condenar al «Fausto» por- 
que un submarino hunda cuatro barco.».. . 

— En su reciente visita a España, ¿qué senti- 



CERVANTES 13 

mientos ha podido observar en materia de guerra? 
— El subsuelo social, allí, como en otras partes, 
es germanóíilo; le seduce el despliegue enorme de 
energía, e influye en él aquello de que no es ha- 
zaña ir todos contra uno. Las clases medias, la 
gente que piensa y que estudia, la gente conscien- 
te, es partidaria de los aliados. Las clases superio- 
res, dirigentes, políticos, banqueros, hombres de 
grandes negocios, son lo que las conveniencias en 
cada caso les aconsejan . 

(De La Revista.) 



En honor del poeta Urbina. 

El acto de anoche. 

En el Ateneo Hispano- Americano se efectuó 
anoche la recepción organizada en honor del poeta 
mejicano don Luis G. Ürbina. Una gran concu- 
rrencia llenaba la sala. 

Don Alvaro Melián Lafinur abrió el acto, pro- 
nunciando el siguiente discurso de bienvenida: 

«El nombre y la obra del poeta en cuyo honor 
nos hallamos aquí reunidos, por invitación del 



14 CERVANTES 

Ateneo Hispano Americano, nos eran desde hace 
mucho tiempo famihares. Junto con los de otros 
mejicanos insignes como Gutiérrez Nájera, Díaz 
Mirón, José Juan Tablada, Valenzuela, Icaza y 
Amado Ñervo, el nombre de Luis Urbina llegaba 
a nosotros envuelto en el prestigio de una cele- 
bridad continental. 

»Sus versos, difundidos en revistas selectas, con- 
tenidos en severas antologías, puestos a nuestro 
alcance en ediciones proíusas, habían acariciado 
muchas veces nuestro espíritu. Todo esto quiere 
decir que Urbina no ha menester de presentación 
ante un auditorio de Buenos Aires, y si yo he 
aceptado esta función innecesaria ha sido simple- 
mente para proporcionarme a mí mismo el placer 
de rendir en esta forma un tributo de admiración 
cordial al ilustre escritor que hoy nos visita. 

»La fisonomía literaria de Urbina — cuyos rasgos 
inútilmente pretendería fijar en esta breve lectu- 
ra — seduce con un hondo poder de simpatía. Pare- 
cería que fuera común a todo poeta este don de 
atraer y penetrar en el espíritu de los otros, hasta 
subyugarlos plenamente con el encanto de' la pala- 
bra rítmica. No es así, sin embargo. Hay poetas a 
quienes leemos con curiosidad, con admiración» 
pero que no logran absorber por completo nuestra 
sensibilidad, ni hacen perdurar en nuestra memo- 
ria, como notas de una música inolvidable, los 



CERVANTES 15 

acentos de sus poemas. Urbina pertenece a esa 
otra especie de poetas que se insinúan suavemente, 
y hacia los cuales se vuelve siempre, como a la com- 
pañía de amigos indispensables. Podrán los otros 
deslumbrar con la pompa de sus imágenes o con 
la elocuencia — tantas veces reñida con la verda- 
dera poesía — que prorrumpe en sonoras expresio- 
nes verbales. Pero el triunfo íntimo, el predomi- 
nio definitivo, la predilección perdurable en nues- 
tras almas, serán siempre para aquellos que, sin 
alardes de imaginación ni complicaciones sutiles 
de la forma, aciertan a expresar en la estrofa tem- 
blorosa de emoción, sus ideas y sentimientos. 
Oyendo, por ejemplo, decir a Urbina ese poema 
profundo y armonioso en que canta a sus manes, 
sentimos cómo el poder subyugante de su poesía 
reside en la sinceridad absoluta de su creación, en 
ese venero de riqueza emotiva, de donde fluye^ 
espontáneo y musical, el rumoreo cantante de sus 
versos. Ni un tropo rebuscado u obscuro, ni una 
sola frase alambicada entorpecen la fluidez admi- 
rable de su canción. Y, precisamente porque su 
estilo es rico de matices y opulento de vocablos, 
su idioma obtiene la expresión sencilla, adecuada, 
irreemplazable, que requiere el tono confidencial y 
tierno de esa composición exquisita. 

»Tal se presenta siempre a través de su ya co- 
piosa obra literaria, este poeta hondamente sub- 



16 CERVANTES 

jetivo; lírico, en la verdadera acepción del tér- 
jnino, por la efusión constante de su yo más ínti- 
mo, en el cual, como en un crisol maravilloso, se 
trasmutan en visiones de belleza las impresio- 
-nes del mundo externo, y son devueltas en armo- 
nías inefables las sugestiones de la naturaleza y 
de la vida. 

»Hace algunos años, señores, la poesía latino- 
americana experimentaba el influjo de ciertas es- 
cuelas exóticas. Una literatura de decadencia, re- 
finada y morbosa, natural de las viejas sociedades 
europeas, pero inexplicable en pueblos jóvenes 
como los nuestros, difundió en el continente te- 
mas, actitudes espirituales y maneras de decir ca- 
prichosas y extravagantes. No podría negarse que 
aquel movimiento favoreció entre nosotros cierta 
renovación estética; pero no es menos cierto que 
causó también numerosos estragos entre la joven 
literatura hispano-americana, por la exageración 
de teoría y preceptos que dentro de cierto límite 
constituían una influencia conveniente. El deca- 
dentismo y el simbolismo pusieron de moda la 
complejidad, el rebuscamiento, la sutilización ab- 
surda de la frase; en una palabra, la artiñciosidad. 
Este contagio se esparció por toda la América la- 
tina, desde Méjico a Buenos Aires. Y bien, entre 
otros pocos, Urbina supo mantener, ante el avan- 
ce de esa moda de suyo efímera e inconsistente, 



CERVANTES t7 

SU manera propia y personal. En todo caso, como 
otros poetas de verdadero talento, tomó de aque- 
lla escuela lo que era viable y legítimo; es decir, 
la renovación métrica, la libertad de la metáfora, 
laconcisión y el mayor sentido de los matices. Pero 
no se extravió en aquella orgía del dislate, ni pre- 
tendió, como algunos, que bastaba al verso ser mu- 
sical para ser perfecto aunque careciera de conte- 
nido, ni dejó de infundir nunca en él algún pen- 
samiento delicado o alguna gota de ternura, com- 
prendiendo que el lenguaje poético no puede te- 
ner valor sino como vehículo de sentimientos y 
de ideas. Son de aquel tiempo, entre otros, sus 
poemas titulados «Puestas de sol», y si en ellos se 
advierte que el poeta no escribe a la manera cla- 
sicista ni a la manera romántica, se advierte 
también que está lejos de ser dominado por aque- 
llas tendencias enfermizas y que mantiene ga- 
llardamente incólume una personalidad incon- 
fundible. 

«Consiste esto en que Urbina es, ante todo, un 
poeta de sn pueblo, un poeta de su raza, un poeta 
de América. Para serio, no es menester cantar en 
estrepitosa oda como Heredia a las cataratas del 
Niágara, ni cantar en estrofas heroicas, como Ol- 
medo, a la victoria de Junín. No es forzosamente 
necesario — sin que ello implique amenguar el va- 
lor respectivo de los bardos citados — , no es nece- 



18 CERVANTES 

sario, digo, elegir asuntos, hechos históricos o 
paisajes americanos. Basta con poner, en el ritmo 
espontáneo, el modo de sentir nativo, la sensibili- 
dad propia, que en cierto modo ha de ser distinta 
de la de los poetas en otras latitudes. Ya cante el 
amor, ya exprese su nostalgia por las cosas preté- 
ritas o su anhelo por las cosas venideras, nue.stro 
poeta se revela tal cual lo ha formado la herencia 
y el ambiente de su país natal. Urbina ha sinteti- 
zado, en una composición titulada «Vieja lágri- 
ma», el sedimento que en su alma dejaron sus an- 
tepasados, los hombres de la vieja estirpe mejica- 
na, de la raza azteca; aquella noble raza valerosa 
y triste de Guatemoc. Esa poesía es la mejor ex- 
presión de lo que yo intento decir aquí. El poeta 
se siente solidario con aquellos que le precedie- 
ron, permanece fiel a las grandes voces ancestra- 
les, conserva siempre algo de lo que constituye la 
autonomía de su pueblo. No quiere ello decir que 
Urbina no sea susceptible de renovación, según el 
consejo del lírico italiano: «Rinnovarse o moriré». 
Lo es en sus formas de manifestarse y en la elec- 
ción de sus asuntos; y la prueba está en que sus 
últimos versos acusan una tendencia hacia el rea- 
lismo, un poco irónico y un poco sentimental. 
Pero a través de todo ello, se ve siempre el fondo 
vernáculo, original y fuerte del poeta americano, 
que no imita cosas de París como los verlenianos 



CERVANTES 19 

I 

ambiguos, ni cosas de Inglaterra como los devo- 
tos de Osear Wilde, ni cosas de Italia como los 
d'annunzianos fervorosos. 

»Y porque Urbina es un poeta genuinamente 
americano, nos es doblemente grata su venida a 
nosotros. Por él conoceremos mejor que conoce- 
mos actualmente la espiritualidad de su país; pues, 
al par que poeta, Urbina es crítico eminente y sus 
trabajos sobre la literatura patria y su larga per- 
manencia en la dirección de la Biblioteca Nacional 
de Méjico, le capacitan para darnos una visión 
exacta de la mentalidad dt. aquel pueblo. Y es 
necesario, señores, cultivar este acercamiento mo- 
ral entre las nacionalidades hispano- americanas. 
No debemos concebir la América como un conglo- 
merado inorgánico de países diversos, sino aspirar 
a que sea un conjunto armonioso de sociedades 
solidarias en aspiraciones idénticas. Tal vez no 
está muy lejano el día en que ese movimiento se- 
cular de la civilización universal, que va de orien- 
te hacia occidente, haga pasar a manos de América 
el cetro de la cultura humana, y sea la Atlántida 
prodigiosa la tierra donde impere un orden más 
justo, más bello y verdadero que los que han re- 
gido a las sociedades del viejo mundo. Alimente- 
mes esa visión de la América futura que abrigó 
entre otros espíritus excelsos José Enrique Rodó. 
Imaginemos a la América del porvenir cerno la 



20 CERVANTES 

tierra opulenta y privilegiada donde tenga cabida 
toda noble aspiracióa humana y donde la cultura 
de las otras civilizaciones se transforme, adqui- 
riendo un sentido más hermoso y perfecto. Enton- 
ces habrá llegado también la hora de la recom- 
pensa plena para los que en estas épocas arduas 
del comienzo mantuvieron , a despecho de la 
ignorancia, de la rutina y de la inliferer cia desola- 
dora, la enseña augusta del ideal; y, entonces, el 
nombre de los que como Urbina esparcieron su 
verbo de belleza por las tierras de América, res- 
plandecerá acariciado por la luz inextinguible y 
serena de la gloria.» 

El discurso del Sr. Melián Lafinur fué larga- 
mente aplaudido. Luego, el Sr. Urbina, después 
de agradecer la demostración, recitó algunas de 
sus composiciones, que fueron ovacionadas por la 
concurrencia. 

Otras composiciones de Urbina fneron final- 
mente declamadas por el Sr. Fernández Moreno, 
y con ello terminó la fiesta, que tuvo el ambiente 
de distinción que correspondía a la personalidad 
literaria del agasajado. 

(De La Nación.) 



CERVANTES 21 



JOAQUÍN DICENTA 



(Panegírico leído por su autor, el poeta 
D. Francisco Villaespesa, en la función de 
homenaje al ilustre comediógrafo español, 
celebrada en el teatro « Virginia Fá bregas» 
de México.) 

Joaquín Dicenfa ha sido el último gran dra- 
maturgo de envergadura netamente española. 
Para buscar su geneología literaria, hay que 
remontarse hasta los más preclaros y glorio- 
sos ingenios de nuestro Siglo de Oro: Calde- 
rón de la Barca, Lope de Vega, Tirso de Mo- 
lina, Ruiz de Alarcón, Moreto, Vélez de Gue- 
vara y Rojas Zori illa. Como estos maravillosos 
creadores de nuestro teatro, fué un intérprete 
fidelísimo, no sólo de las costumbres y senti- 
mientos de su época, sino también del espíritu 
férreo e irreductiblemente rebelde de su pueblo 
y de su raza. 



22 CERVANTES 

A pesar del carácter marcadamente social y 
de la indiscutible modernidad de sus procedi- 
mientos estéticos, en el fondo de toda su obra, 
una de las más amplias y fecundas de la lite- 
raturc! universal, late conslantemeníe, con la 
violencia africana de sus pasiones y de sus 
rebeldías quijotescas, el corazón caballeresco 
y romántico de los viejos hidalgos españoles, 
de aquellos nobles y audaces aventureros des- 
facedores de entuertos y vengadores de agra- 
vios, que en Flandes y en Italia, en África y 
en América, antepusieron, a todos los ideales 
prácticos de la vida, el culto desinteresado y 
fanático del honor y de la gloria. 

En Joaquín Dicenta, se españoliza todo. Por 
eso sus mismos ideales de reivindicación so- 
cial, no persiguen, como en la mayoría de los 
apóstoles modernos, fines meramente utilita- 
rios, sino que defienden, antes que todo, la 
dignidad humana ultrajada por las imposi'^io- 
nes egoístas del medio. Su amor a la libertad, 
íiene algo de la divina locura con que don 
Alonso Quijano, el Bueno, supo transfigurar 
en la más alta y hermosa princesa de la tierra, 
a la zafia y humilde Dulcinea del Toboso, rea- 
lizando en su nombre las más arduas y for- 
midables hazañas y sufriendo por ella las más 
inauditas privaciones y los martirios más 



CERVANTES 23 

cruentos. Leed toda la prodigiosa labor de este 
gran español, y en toda ella, lo mismo en sus 
dramas históricos y en sus tragedias sociales 
que en sus comedias psicológicas, hallaréis 
siempre las huellas imborrables del león sim- 
bólico de la raza. 

Todo su teatro es sólo una exaltación pe- 
renne y augusta de los más nobles y fuertes 
derechos de la vida. 

En Luciano, proclama a los cuatro vientos, 
con una audacia que hace palidecer de espanto 
a los timoratos y a los hipócritas, la eterna e 
indiscutible supremacía del arte sobre todas 
las leyes y todos los prejuicios. 

Lorenza y Sobrevivirse, son himnos apa- 
sionados y trágicos, en los que canta la liber- 
tad suprema del amor, de ese amor fugitivo y 
pródigo, que no admite más trabas que las de 
los trémulos brazos que se enroscan, en un 
arranque de pasión, a las gargantas hinchadas 
de deseo, ni más imposiciones que las de los 
labios suspirantes que se juntan, hasta san- 
grar, en un beso renovador y fecundo. 

En sus tragedias sociales, desde Juan José 
y El Señor Feudal, hasta Daniel y El Lobo^ 
alienta el mismo espíritu de independencia y 
de rebeldía, afirmando rotundamente en todas 
ellas, el indiscutible derecho de los humildes. 



24 CERVANTES 

de los desheredados y de los parias, no sólo a 
las reivindicaciones materiales, sino también a 
defender su propia dignidad — , el honor cal- 
deroniano — , y disfrutar de todos los encantos 
de la gloria y del amor. 

Bajo las blusas de los trabajadores, palpita 
el mismo corazón bizarro y generoso que hizo 
temblar el hierro de las viejas armaduras y 
estremeció de orgullo los ricos acuchillados 
de los jubones de terciopelo. 

El Alcalde de Zalamea, Don Pedro el Justi- 
ciero, Sancho Ortiz de las Roelas, y tantos 
otros héroes legendarios de Castilla, vuelven 
a hablarnos, en conceptos nobles y dignos, 
por las bocas plebeyas, sedientas de amor y 
de justicia. 

La acción se desenvuelve rápida y sintética: 
los corazones se encogen de emoción. El diá- 
logo tiene la sobriedad de una página de Hur- 
tado de Mendoza, relampagueando las imáge- 
nes en un épico chocar de aceros toledanos. 
Los caracteres ostentan tan firmes trazos y 
tan intenso colorido, que evocan los retratos 
de Pantoja, Velázquez y Sánchez Coello, y las 
esculturas atormentadas y violentas de Alonso 
Cano y de Berrugueíe. 

¿No os recuerda el protagonista de El Se- 
ñor Feudal— áquz] hermano vengador de su 



CERVANTES 25 

honra— la figura inmortal de Pedro Crespo? 

Y la /sidra del Juan José, ¿no os hace pen- 
sar en el perfil de bruja, digno de un aquelarre 
de Goya, de la Celestina inmortal, de la más 
maravillosa novela de amor y de picardía? 

Mas si Joaquín Dicenta alcanzó el más alto 
puesto de honor en la escena contemporánea, 
dos novelas suyas — Los Bárbaros y Encar- 
nación — las únicas que le dejaron terminar las 
turbulencias y las borrascas de su vida de lu- 
chador, bastaron para colocarle también a la 
cabeza de los más grandes novelistas españo- 
les. Jamás se escribieron en castellano pági- 
nas más cálidas, más intensas y más sinceras 
que las de Los Bárbaros, esa novela cumbre 
que por sí sola vale la inmortalidad. 

Como cuentista, figurará dignamente en las 
futuras antologías, ai lado de nombres tan glo- 
riosos como Edgar Poe, Maupassant, Alfonso 
Daudet, D'Annunzio, Ruyard Kipiing, Doña 
Emilia Pardo Bazán y Silverio Lanza, ese 
otro gran escritor español, cuyo olvido es una 
de las más indiscutibles ligerezas de la crítica 
contemporánea. 

¿Qué he de deciros de Dicenta poeta? 

La Conversión de Mañana, El Duque de 
Gandía y Qamón Luí!, su obra postuma, son 
tres de los más maravillosos poemas drama- 



26 CERVANTES 

ticos de nuestra escena. Su poesía, libre de 
todo oropel retórico, es su propia vida rimada 
en gestos de dolor y angustia, de piedad y de 
ternura, y para mí, que tanto le quise y que 
compartí con el, fraternalmente, los últimos 
anos de su peregrinación por este mundo, su 
vida vale tanto como su arte, porque fué bue- 
no, generoso y sincero, porque su corazón 
-estuvo siempre abierto para todos los dolores, 
como su bolsillo para todas las miserias, y 
como su alma para todos los ideales de justi- 
cia y amor, y porque supo entrar en los mis- 
terios de la muerte, fiel a sus creencias, sin un 
ademán de pánico, sin miedo y sin tacha, 
como había vivido. 

Hoy su cuerpo de luchador, de paladín de 
la libertad, vuelve a confundirse con la arcilla 
mater, en el rincón sombreado y florido de re 
cuerdos y de ofrendas votivas, del cementerio 
civil de la bella ciudad de Alicante, donde se 
deslizó su niñez, arrullado por aquel mismo 
mar latino, a quien tanto amó, como si presin- 
tiera que algún día sus olas habían de servirle 
de responso. 

Joaquín Dicenta ha muerto; pero su pluma, 
pronta siempre, como el acero de los caba- 
lleros andantes, a proteger desvalidos, desen- 
cantar doncellas, libertar galeotes y derramar 



CERVANTES 27 

SU limosna de luz sobre todas las negruras y 
las miserias de este destierro, no ha quedado 
en la orfandad... Un conlinuador desu sangre 
y de su nombre, la ha aceptado, como la más 
gloriosa y sagrada herencia paterna, y con 
ella renovará la prodigiosa labor interrumpida 
por la muerte. 

Joaquín Dicenta, hijo, es el más fuerte y ori- 
ginal de los poetas jóvenes de España, y su 
tragedia inédita Leonor de Aquiíania, nada 
tiene que envidiar a las más famosas obras del 
acervo paterno... Permitidme, pues, que cierre 
este homenaje de desolación y de muerte, con 
broche de esperanza y de vida; y que, como 
los heraldos en las exequias reales, lance al 
aire también estas palabras del ritual: 

— ¡Joaquín Dicenta ha muerto...! jViva Joa- 
quín Dicenta! 

Francisco VILLAESPESA 



28 CERV.4NTES 



LA ENSEÑANZA EN ESPAÑA 

(Estudio postumo.) 



I 



La urgencia de reorganizar la enseñanza en 
España no requiere argumentación ni razona- 
mientos. 

Trato de reflejar en estas cuartillas las aspira- 
ciones de todos. Yo sólo soy la mano que escribe 
lo que más alios juicios dictan. ¡Ojalá sea esta 
mano fiel a una obligación y trace, si no bella, 
firme y netamente, la voluntad de sus inspira- 
dores! 

Pueblo donde el niño se educa mal o no se edu- 
ca, produce ciudadanos inútiles para el avance de 
las humanidades. En su instrucción primaria, base 
y arranque de todas las demás, pueden las nacio- 
nes leer su porvenir. A mal cimiento, edificio 
ruinoso. 

Piir obra de su mala cimentación educativa ha 
ido España desmoronándose. Viendo su presente 



CERVANTES 29 

no le será difícil, aunque le sea doloroso, augurar 
su futuro. Sólo con una radicalísima reforma en 
la enseñanza puede evitarse el derrumbamiento 
total; de otro manera, no. Cuando la raíz está 
podrida, el árbol se seca. La raíz de las naciones 
es la Escuela. 

El problema de la enseñanza, bien o mal resuel- 
to, equivale a ser o no ^er. Así lo han entendido 
todos los paí.>;es modernos. Asilo deben entender 
los municipios españoles. 

A su cargo corre la defensa de los intereses del 
común. Entre ellos, ninguno tan santo como el in- 
terés de la infancia; ningún deber más noble que 
el de conveí-tir las Escuelas de niños en semillero 
de hombres cultos y de ciudadanos viriles. 

A eso deben ir los Concejos. No les faltarán re- 
cursos, ni dirección proba e inteligente. Necesi- 
tan, sí, libertad completa de acción, autonomía en 
el desarrollo de sus planes, independencia en la 
creacción y regimiento de la Escuela. Seguro es 
que el Gobierno se los otoigará. No ha de ser él 
obstáculo, sino auxiliar eficacísimo de la obra. 
Debemos empezar por la capital de España. 

Para componer este ligero plan, me ha sido ne- 
cesario recordar unas veces, estudiar otras, el es- 
tado de la enseñanza primaria en las ciudades 
principales del mundo. He estudiado después el 
estado de la misma enseñanza en la Capital espa- 



30 CERVANTES 

ñola, y he es'^ablecido finalmente las precisas 
comparaciones a los efectos de sacar consecuen- 
cias e indicar la, en mi juicio, más acertada y de 
más posible solución. 

¡Hermoso y consolador espectáculo el que, en 
casi todas las naciones de Europa y en algunas 
de América, ofrece la enseñanza...! Contemplán- 
dolo parece que a un tiempo se ensancha el hori- 
zonte y se acorta el porvenir de las humanidades. 
Se las vé más grandes y más buenas, más amoro- 
sas y más justas. 

No he de recordaros aquí lo que en esas Escue- 
las es y significa la enseñanza. 

Mejor que yo las conocéis, mejor que yo sabéis 
cómo se educa a los niños en esas Escuelas, don- 
de la enseñanza es gradual y el respeto a la con- 
ciencia del Maestro y a la conciencia del infante^ 
indeclinable ley. 

Mejor que en la mía está en vuestra memoria la 
de aquellos edificios escolares donde la luz entra 
a torrentes y el aire pasea ancho y el agua salta 
como un noble canto de salud en fuentes y pisci- 
nas, y el jardín es a un tiempo para los niños re- 
creo de ojos, gimnasio de músculos, esparcimien- 
to de almas. 

A estas Escuelas, de modernísimo programa 
educador, van los niños sin que nadie les espolee, 
ganosos de jugar con el niño grande a quien Ha- 



C:"RV ANTES 31 

man Maestro. En ellas, el Maestro, se compenetra 
espiritual y materialmente con el discípulo, se in- 
fantiliza para llegar al cerebro de los infantes,- 
compañero suyo es. La clase alterna con el juego, 
no es la lección brutalmente metida en el cráneo 
del chicuelo a golpes de martillo; llevada es a él 
por caminos de dulzura y amor. 

¡Generosas instituciones, dentro de las cuales 
el niño aprende a pensar por sí propio! En ellas 
no se moldean los cerebros a capricho del Maes- 
tro; pero el enseñador sólo aprovecha su blandura 
para convertirlos en crisoles purísimos que, an- 
dando los años, puedan libremente fundir y con- 
trastar ideas. 

Así es la educación intelectual en los pueblos 
modernos, educación ayudada físicamente por la 
gimnasia, por los baños, por las excursiones..., 
por la higiene del cuerpo, complemento necesario 
de otra higiene: la higiene del espíritu. 

La infancia, para tales países, es una religión; 
la Escuela, el templo donde la rinden culto. 

Nada se olvida allí. Un censo escolar completo,, 
minucioso, da la cifra exacta de las criaturas en- 
señables; una vigilancia, un cuidado exquisitos, 
logran que todas esas criaturas asistan a la Es- 
cuela. 

Los niños enfermos tienen Escuelas especiales;, 
los niños anormales tienen edificios ajustados a 



32 CERVANTES 

SU tristísima condición. Las colonias escolares po- 
nen remedio a la salud; las cantinas escolares a la 
miseria... No hay por qué continuar. En Berlín 
se ha tratado de que los niños pobres, los que por 
desdicha suya y malaventura de sus padres han 
de vivir y dormir en casas antihigiénicas, en cu- 
chitriles hediondos, vivan y duerman en la Es- 
cuela. En la infancia, se dice, está en germen 
todo el porvenir nacional; cuidemos de ese por- 
venir. 

Cuando, terminado el estudio de las Escuelas 
extranjeras, he hecho el estudio de las Escuelas 
de Madrid, de la enseñanza que en Madrid reci- 
ben los niños, mi impresión ha sido de gran dolor 
y de profundo abatimiento. 

Sería renovar los vuestros, recordaros nuestras 
Escuelas. Locales, en su casi totalidad antihigié- 
nicos, sin aire bastante a la respiración, í-in luz 
suficiente a los ojos; métodos antidiluvianos; ma- 
terial educativo a compás del método; la enseñan- 
za unitaria, en rebaño, sin gradación, sin número 
racional de alumnos. Ni baño, ni jardín, ni aseo, 
ni sol; cuatro horas de martirio físico e intelectual 
por la mañana, otras cuatro horas por la tarde, y 
después a la calle el muchacho, a esperar, tem- 
blando, el día siguiente, a ver en el Maestro un 
verdugo y en la Escue'a una cárcel. 

Esta es, exponiéndola con lealtad, la situación 



CERVANTES 33 

general de las Escuelas y de la enseñanza en Ma- 
drid. 

No vale contar excepciones; hay que sujfítarse 
a la regla, y la resultante es cruel. Ni aun las pro- 
pias E<!< uetas graduadas lo son más que en el 
nombre. Puede que, examinadas escrupulosamen- 
te, no se salvaran dos. 

Y luego, ¡si aun a^í tuviéramos Escuelas bas- 
tantes para todos los niños! 

Sumando las públicas y las privadas hay próxi- 
mamente la mitad de las que son precisas a la po- 
blación infantil. 

Cierto que no poseemos un censo escolar por 
cuya virtud la inf incia madrileña esté clara y to- 
talmente ai alcance de nues'ros ojos; pero posee- 
mos un censo de población hecho por el Instituto 
Geográfico, y otro censo aproximado de los ni- 
ños de seis a doce años que concurren a las Es- 
cuelas. 

Hablen por mí las cifras, sin que yo ni nadie 
pueHa respon 1er de su completa exactitud. El 
censo del Instituto es un censo de hecho; ios 
censos escolares dejan mucho que desear. 



* 



34 CERVANTES 



Población de niños de seis a doce años, con- 
forme a datos del Instituto Geográfico. 

VARONES 

De seis a ocho años 12.933 

De nueve a once ídem IS.ObO 

De doce ídem : 4 . 456 

Tctal 30.449 

HEMBRAS 

De seis a ocho años 13 . 323 

De nueve a once ídem 13 . 451 

De doce ídem 4 . 851 

Total 31.625 

Total de varones y hembras 62.074 

Niños de seis a doce años asistentes en Ma- 
drid a las Escuelas privadas y públicas. 

ESCUELAS PRIVADAS 

NIÑOS 

Matriculados 11. 367 

Término medio de asistencia mensual.. . 10.709 

NIÑAS 

Matriculadas 13.644 

Término medio de asistencia 11 .826 

Total de niños y de niñas asistentes a 
Escuelas privadas 22.535 



CERVANTES 35 

ESCUELAS PUBLICAS 

NIÑOS 

Matriculados 6 . 623 

Término medio de asistencia 5.712 

NIÑAS 

Matriculadas b.993 

Término medio de asistencia 5.781 

Total de niños y niñas asistentes a las 
Escuelas públicas 11. 493 

RESUMEN 

Escuelas privadas 22 . 535 

Ídem públicas 11. 493 

Total de niños de seis a doce años que 
oficialmente asisten a la Escuela en 
Madrid 34.028 

Población de niños de seis a doce años, 

según el censo general 62.074 

Niños que oficialmente no asisten en Ma- 
drid a la Escuela 28, $46 

¿A qué deducir consecuencias? ;A qué detenerse 
en locales, métodos y formas de enseñanza? Una 
población donde 28.046 niños de seis a doce años 
no van a la escuela, no tienen escuela, están sin 
educar, a lo menos oficialmente, es una gran ver- 
güenza. Tolerar que siga la vergüenza, sería, no 
falta, crimen imperdonable. 



36 CERVANTES 

Debe el Municipio, administrador y procurador 
del pueblo de Madrid, ir a una inmediata reorga- 
nización de la enseñanza. 

Lo debe hacer y lo paeie hacer: ¿Cómo? En mi 
opinón, ateniéndose a la realidad, a intentar en el 
momento lo po^ible y a ir paso a pnso, sin saltar, 
pero sin detenerse, al logro de la empresa. 

Fácil seríi presentarse ante el público, ofre- 
ciendo un deslumbrante programa educador; dan- 
do por seguro que a la vuelta de cuatro a cinco 
años podríamos competir en enseñanza con las 
ciudades modernas y ser pares de París, de Bru- 
selas, de Berlín, de Bélgica, de Nueva York.... 
Fácil y aun ú^il sería eso para plataforma de va- 
nidade»!. p^ra trampolín de ambiciones, para fun- 
ción de pólvora que atronara y brillara un segun- 
do, y a los pocos no dejase rastro de su brillantesc 
y su ruido. 

De i leal, de acicate han de servirnos aqtiellas 
ciudades donde, como en París, es mayor el pre- 
supuesto de enseñanza que en toda España junto, 
A igualarlas débenos aspirar; pero debemos tam- 
bién ir acomodando las a-'piraciones a los medios. 
La tarea de hoy consiste en ponerse en pie y 
echar a andar. 

El primer paso es todo; los demás vienen solos. 



♦% 



CERVANTES 37 

Apuntadas, nada más que apuntadas, van a con- 
tinuación aquellas acciones y procedimientos in- 
dispensables, a mi juicio, para que asiente en ba- 
ses sólidas la reorganización de la enseñanza. 

Dejando aparte, por segura, la imprescindible 
condición de que el Gobierno conceda al Munici- 
pio independencia absoluta para la implantación 
y desarrollo de sus planes y la de que en la Es- 
cuela sean respetadas la conciencia del Maestro y 
la conciencia del niño, paso a exponer somera- 
mente las líneas generales para el plan de reorga- 
nización de la enseñanza. 



11 

ESCUELAS DE MADRID 

Las dos necesidades más urgentes, entre tantas 
como existen en Madrid por lo que a la enseñan- 
za se refiere, son: 

Primero. Proporcionar Escuelas a todos, abso- 
lutamente a todos los niños que hoy no asisten a 
ellas por falta de sitio y hacer, por todos los me- 
dios, efectiva la asistencia escolar. Hay que au- 
mentar en seguida el número de Maestros. Con 
ellos puede haber ya Escuelas. Mientras se bus- 
an o construyen locales y se provee al mueblaje 



38 CERVANTES 

y al material de enseñanza necesarios — y sólo 
mientras esto se va logrando— deben ensayarse en 
Madrid aquellos sistemas que en otras naciones se 
han puesto en práctica en casos análogos. 

Segundo. Organizar pedagógicamente toda la 
enseñanza que hoy existe, graduando las Escue- 
las primarias y acabando con el actual sistema de 
ia Escuela unitaria. 

Para lograrlo se necesita: 

Primero, Arbitrar grandes recursos. Todos se- 
rán insignificantes por muchos que sean y durante 
largo tiempo, dada la magnitud del mal que pa- 
decemos. 

Segundo. Poner la reforma en manos compe- 
tentes, sin duelo ni contemplaciones. El servicio 
del pueblo es lo primero de todo. Sin órganos ade- 
cuados, totia reforma, no sólo es baldía sino, con- 
traproducente. Nacerá muerta y hará imposible 
que se vuelva a intentar de nuevo en mucho 
tiempo. 

El proceso de implantación abraza los siguien- 
tes problemas: 

Primero. Saber a ciencia cierta cuántos niños 
hay en Madrid de seis a doce años que no pueden 
asistir a las Escuelas por falta de sitio; sus nom- 
bres, domicilio y condición de vida. Hay que po- 
seer un registro de ellos tan exacto, como el de 
matrícula y asistencia. Este dato es indispensable, 



CERVANTES 39 

no sólo para fijar el número de Escuelas necesa- 
rio, sino para hacer efectiva la asistencia, que es 
lo que más importa. 

Segundo. Clasificar los niños por edades y 
desarrollo y encargar a cada Maestro o Auxiliar 
de una clase homogénea, con un máximo de 
alumnos que le permita comunicar y trabajar a 
diario con todos ellos, simultáneamente, como 
pasa ya en todo el mundo civilizado. 

Tercero. Construir con urgencia nuevos edi- 
ficios escolares, pero de una edificación sencillísi- 
ma y baratísima, en el tipo de las modernas ca- 
sas de máquinas, por ejemplo, donde todo se sa- 
crifique a la pedagogía y a la higiene: sie npre en 
la periferia de Madrid y con grandes solares. Mu- 
cho gasto en espacio y muy poco en construcción. 
Pero la reforma de la enseñanza no puede aguar- 
dar a que los nuevos locales estén construidos. 
Hay que arreglar convenientemente, de un modo 
provisional, y adecentar los que hoy exiten; aban- 
donar inmediatamente los que no sirven y refor- 
mar los restantes para la mejor distribución de las 
nuevas Escuelas. 

Cuarto. Redacción de programas graduados 
para las secciones, acompañados de instrucciones 
prácticas de carácter metodológico, aplicación del 
material de enseñanza, etc. 

Inspección y dirección pedagógicas para auxi- 



40 CERVANTES 

liar a los Maestros; resolver dificultades; visitar 
casi a diario las Escuelas; enterarse a conciencia 
de la marcha de la enseñanza y de las condiciones 
de alumnos y Maestros; reunir a éstos frecuente- 
mente para tratar de todos los problemas relati- 
vos a sus clases; organizar las relaciones que las 
Escuelas deben mantener con las familias, por 
medio de conversaciones privadas, reuniones fa- 
miliares, conferencias, lecturas, etc. 

Quinto. Todo lo que anteriormente se proyec- 
ta í^erá inútil si no se consigue hacer efectiva con 
regularidad la asistencia escolar. De nada ha ser- 
vido la Ley del 57, ni los varios decretos p'^sterio- 
res, ni el Código penal; ni servirá tampoco la fla- 
mante ley Cortezo. El problema necesita recursos 
más internos, y se resolverá cuando las E.-^cuelas 
se organicen de modo que puedan se agradables 
y atractivas para el niño; cuando los padres vean 
claro y pronto que son útiles y prácticas, porque 
sus hijos aprenden y mejoran; cuando se facilite 
todo lo posible la asistencia a quienes realmente 
les sea difícil; y además de todo ello, cuando se 
ejerza cerca de las familias una constante acción 
educadora. 

Realizada la reforma, cuando Madrid pueda 
ofrecer en sus Escuelas un sitio a todo niño de 
seis a doce años, lo primero que se necesita es 
instalar en todas ellas un teléfono para que los 



CERVANTES 41 

Maestros, al comenzar las clases, avisen las faltas 
de asistencia a un delegado especial, que habrá 
en cada distrito, encargado de acudir inmediata- 
mente a las familias respectivas pata conocer la 
causa de la falta, influir moralmente en los áni- 
mos, resolver las dificultades, si es posible, o im- 
poner en el acto la sanción penal si fuera preciso. 
Este delegado es hoy absolutamente necesario e 
indispensable. Durará mientras el hábito de la 
asistencia no se regularice. La experiencia, úni- 
camente, es la que irá diciendo dónde y cuándo 
deja el delegado de hacer falta. 

Escuelas de párvulos — Convertirlas en jardi- 
nes de infancia, con verdadero jardín, donde ver- 
daderamente trabajen y jueguen los niños. Au- 
mento de personal, para que cada Maestro tenga 
un número muy reducida de niños y pueda esta- 
blecerse un régimen familiar. No me detengo en 
la Escuela de párvulos por ser esto de momento 
labor menos precisa y de más mediata ejecución. 

Escuelas de adultos. — Deben servirse con 
Maestros que no lleguen a ellas fatigados por el 
trabajo de todo el día, para que la labor no se me- 
canice y el a'umno pueda interesars-^ en vista 
del buen resultado y asistir con gusto a la Es- 
cuela. 

Programas de cultura general, y al mismo tiem- 
po de aplicaciones prácticas a los oficios de los 



42 CERVANTES 

alumnos, para que la Escuela sea de verdadero 
perfeccionamiento . 

Instituciones complementarias . 

Las más urgentes, que convendría acometer 
con mucho ¿acto y discrección, siempre por vía 
de ensayo y jamás sin contar con personal adecua- 
do, son: 

Campos de juego al aire libre, con cobertizos 
abiertos la mayor parte del día, donde los niños 
puedan ir y permanecer bajo la inspección de los 
Maestros. 

Bibliotecas para los niños durante el día y para 
los obreros durante la noche. 

Cantinas escolares. 

Baños escolares. 

Colonias escolares. 

Escuelas de bosque. 

Escuelas de anormales retrasados. 

Inspección médica: en resumen, todos aquellos 
organismos de uso en otros países; pero bien en- 
tendido que han de irse estableciendo según ello 
sea posible y las circuntancias lo permitan. 

* 
* * 

He aquí, expuestas grosso modo, las líneas ge- 
nerales en que ha de comprenderse la reorgani- 
zación escolar de Madrid que puede y debe exten- 
derse a toda España. Claro que esto no es un pro- 



CERVANTES 43 

grama ni un plan; es una orientación; programa y 
plan corresponden con su establecimiento y des- 
arrollo a las personas encargadas por los Ayunta- 
mientos de implantar y dirigir la reforma de la 
enseñanza. 

A esas personas, lo repito, ha de concedérseles 
la más completa independencia y la confianza más 
absoluta, amén de garantizarles con todo género 
de seguridades la estabilidad de sus cargos; sólo 
en tal forma podrán esas personas entregarse ple- 
na y totalmente a la misión que se les confía. 

Si la orientación indicada se aceptase, sin perjui- 
cio de aquellas modificaciones y mei'oras que se 
consideren opurtunas; si los actuales Ayuntamien- 
tos consiguen implantar la reforma; si por obra 
suya la enseñanza pública de España se regenera 
y morderniza; si los millones de niños que hoy no 
tienen escuela pueden encontrarla; si este pre- 
sente de vergüenza deja de ser, para ofrecernos 
un mejor porvenir, los Ayuntamientos y el Go- 
bierno habrán realizado una obra de justicia y de 
amor; por ella sola merecerán el respeto de sus 
conciudadanos y la gratitud de los hombres de 
bien. 

Joaquín DICENTA. 



44 CERVANTES 



JUEGO LIMPIO 



En un artículo sobre el abismo social entre In- 
glaterra y Aemania, publicado en Tlie Nineieeníh 
RevUw, y del que hemos visto un extracto en la 
revista española La Lectura, después de hablar 
su autor, sir Carlos Waldstein — un inglés de ape- 
llido alemán — de la diferencia entre las respectivas 
educaciones alemana e inglesa, de la influencia en 
esta segunda de los juegos y deportes y de lo 
esencial que es en ella jugar limpio, gánese o no 
se gane — pues el juego es un fin en sí y no medio 
para ganar y su finalidad moral es jugar limpio, — 
dice esto: 

cEste sentimiento de juego limpio no puede 
ser adquirido por un acto intelectual consciente 
de volición, adoptándolo como una fórmula para 
dirigir la conducta humana. Además, el principal 
efecto sobre la conducta y su modificación esen- 



i 



CERVANTES 45 

cial del carácter, para que puedan convertirse en 
lo que los antiguos griegos llamaron un ethos^ un 
hábito, depende del hecho de que estos luegos y 
sus leyes imp'ícitas de iuego limpio d ben ser es- 
pontáneamente desenvueltos y establecidos en 
perfecta libertad por los jugadores mismos. Toda 
interfr'rencia desde fuera, toda violencia en su 
libre desenvolvimiento y práctica tiene que con- 
trariar su efecto moral. Se robaría así al juego su 
espontaneidad, se eliminarí* el sentimiento del 
honor en los choques, se suprimiría la libertad y 
el self government de la comunidad de los gober- 
nantes. Eso no lo han comprendido nunca los ale- 
manes. La gimnasia hecha bajo la dirección de un 
maestro, los juegos establecidos por una ley o por 
edictos imperiales y sistematizados según princi- 
pios higiénicos y militaristas para servir a fines 
militares o burocráticos tienen que contrarrestar 
los efectos eminentemente morales en la produc- 
ción del carácter que hacen de los juegos ingleses 
uno de los grandes pilares de la nacionalilad. 
Ahora mismo, cuando los alemanes han querido 
imitar, después de haberlos censurado como 
mu-stra de frivolidad, los ju-^gos y deportes del 
ejército inglés del frente, no han sabido sino ela- 
borar un esquema oficial de juegos y ejercicio» 
gimnásticos, con carácter obligatorio, bajo la di- 
rección de los oficiales y con un sabio sistema de 



46 CERVANTES 

premios y castigos. La libertad y la espontaneidad 
se habrán evaporado en esos juegos. 

Lo que me recuerda esa triste deteriorización de 
los juegos, de origen sobre todo germánico, que 
consiste en pedagogizarlos. En cuanto se convier- 
te un juego en juego pedagógico, en medio de en- 
señanza de algo, pierde su valor intrínseco, su va- 
lor como juego y pierde, a la vez, por añadidura, 
su eficacia educativa. Y no digo su eficacia peda- 
gógica porque no he conocido nada tan dañoso 
a la verdadera educación, a la educación humana, 
a la humanización, que eso que llnman pedagogía. 

El juego, en efecto, el verdadero juego, el jue- 
go libre y espontáneo debe ser un fin en sí y no 
un medio para otra cosa. Se juega para jugar, 
para divertirse, para esplayar la personalidad, 
para darla juego; se juega, en fin, para vivir. Y 
todo lo demás que del juego se saca es algo que se 
le da al jugador por añadidura como los bienes 
que Dios promete al que busca su reino y su justi- 
cia. Y un juego pedagogizado es un juego conver- 
tido en medio para otra cosa. Juego del cual se 
hastían al punto los niños y le cogen aborrecimien- 
to. Y con razón sobrada. Porque da pena verlos 
tener que jugar a esos juegos prescritos y dirigi-^ 
dos por el pedagogo — que no maestro — y ejecuta- 
dos conforme a las reglas de un manualete cual- 
quiera. 



CERVANTES 47 

Tuve la fortuna de tener por maestro de prime- 
ras letras a un maestro, a un verdadero maestro, 
y no a un pedagogo, a quien no recuerdo haberle 
oído nunca pronunciar la palabra pedagogía. Y 
aquel maestro nos dejaba jugar, en ei campo los 
días bonancibles y en la escuela los de lluvia, a los 
juegos nuestros, a los que nosotros mismos había- 
mos recibido de tradición infantil, algunos de los 
cuales he oído después declarar a graves y sabios 
pedagogos que gon antipedagógicos. 

Jugar es vivir, y se vive para vivir, para más 
vivir, para acrecentar y enriquecer y prolongar y, 
si fuera posible, eternizar la vida misma. Y el fin 
moral de la vida es vivirla bien en todos y en 
cada uno de sus momentos, como el fin moral del 
juego es jugar limpio. Y el fin moral del trabajo 
es trabajar bien y no el salario, que no es masque 
su fin económico. Por lo cual ni para enriquecerse 
y enriquecer a la patria o a la familia es lícito tra- 
bajar como trabajan las máquinas organizadas. Lo 
que da la razón a los pueblos que se defienden de 
la inmigración china, v. gr., y si se les habla de 
libre competencia pueden responder: «es que no 
debemos hacernos chinos para el trabajo». Y hay 
más chinos que los chinos. 

Desde que esa hórrida pedantería que llaman 
pedagogía se metió en lo de los juegos, éstos co- 
rren riesgo de envilecerse. Y menos mal que los 



48 CERVANTES 

niños se saben defender. En cuanto veo una de 
esas cajas de algún juego instructivo me echo a 
temlilar. Quiero decir uno de esos juegos para 
aprender, v. gr., geografía jugando, lo que se re- 
duce a jugar a aprender gf'ografía y a estropear la 
enseñanza de ella y el juf-go. Hay q-.^e hacerle en- 
tender al niño que, el aprendizaje de cua'quier 
ciencia o arte, es a'go serio y hasta doloroso y no 
un jui^go, y después dejarle jugar. Y tiene razón 
sir Carlos Waldstein al con leñar esos juegos se- 
gún principios higiénicos o militaristas para servir 
a fines militares y burocráticos. 

En mis mocedades adquirí la pasión de las as- 
censiones a las cumbres de las montañas de mi na- 
tivo píís vasco, a las excursiones por valles y ci- 
mas, y aún no he perdido el gusto. Pero nuestro 
excursionismo era un iu»-go libre. Ni siquiera í^r- 
mamos sociedad alguna excursionista o alpinista 
con su lunta directiva y su reglamento. No había 
allí nada de burocrático. Y luego he visto a m's hi- 
jos aburrirse muy pronto de eso que los explora- 
dores o boys-scouis y de escuUismo — que así le 
llaman no sé porqué, y acaso menos mú eacuchis- 
VIO. Lo que no es sino la segunda edición de aque- 
llos batallones infantiles de hace unos años, que 
fracasaron a su vez como no podían men< s. 

En mis nioceiiades me dediqué mucho al alpi- 
nismo, y sieudo más niño, en plena guerra civil 



CERVANTES 49 

carlista, el juegí favorito entre nosotros, loa n'ños 
de e "tonces, eta iugar a !as purrias y a la guerra. 
Durante el ^ombarieo de Bilbao bombardr'arnos» 
en Bilbao mismo, una tienda, lullánlose algunos 
dt-n'fo de ella, coa el cascote de unos e-C'>nibros 
amontona los en la calle. Pero no nos dirigí» nin- 
gúii profesional aiul'to que hubiese estudiado po- 
liorcética. 

Lo drt los biiys scouts tiene qae fracasar como 
fracasó lo de los buallones infuitües, y es porque 
no ha h^bi'^o f\ valor de imponerlo corno una pre- 
par^ición obligatoria para U milicia, y se ha queri- 
do h^cer de el'o un juego. Y un ju^^go medianero, 
un jue^o pedagógico, un iu*^g'^ que no es un fin en 
sí, sino nn 1 preparación. Y los chicos que tienen 
espíritu libre, que se sienten ya hombres, futuros 
ciudiida» os, hombres civiles y libres, S'^ hartan 
pronto de.l unif )rme y del pilo y de la fila y del 
tambor y de los saludos y de las j-rarquías y de los 
burras y de tolas esas co-ias que no son explora- 
ci'^n ni cosa que lo valga. Y el'o acabará cotio 
acibaron aqu- líos caricaturescos batallones infan- 
tiles, que no serviin sino para aüme t ir la vanid td 
de algunos niñ >s y la mucho mayor de los bobali- 
cones de sus pa ires. ¡Pu'^^s que no iba p">co satis- 
fecho, cr^v^n lose a'go, el pobre chiquillo que ha- 
cía de coronel» Lo que menos sosp chaba es que 
el menos libre de todos allí era él. En un juego li- 

4 



50 CERVANTES 

bre, espontáneo, en un verdadero juego, en una 
pedrea armada por los chiquillos mismos, es lo 
más probable que a aquel pobre muñeco que exhi- 
bía el uniforme de coronel de juguete pagado por 
la ridicula vanidad del mentecato de su padre, le 
hubieran dejado de lado sus compañeros tomando, 
en cambio, como caudillo a otro cualquiera, a uno 
que ni figuraría en el batallón infantil. 

Sir Carlos Waldstein se pronuncia luego contra 
el profesionalismo en el juego, contra los profesio- 
nales de los deportes por espíritu mercenario. Y 
dice: «Que no haya profesionales del ocio y del 
juego ni aficionados del trabajo. El deportista así 
concebido es un parásito social. El ideal del gent- 
leman, por el contrario, es el aficionado en el jue- 
go y el profesional en el trabajo». Y se da el caso 
de que un profesional del juego de la pelota, un 
pelotari o pelotaire, acaba por convertirse en una 
especie de ruleta humana. Que es a lo |menos que 
puede descender un hombre. 

Si da pena ver qué poco juegan nuestros niños, 
da más pena verlos alguna vez jugar juegos peda- 
gógicos. Es triste cosa ver a nuestros estudiantes 
pasarse las tardes de los domingos en el café o en 
la taberna o en el cine, aun haciendo buen tiempo; 
pero sería más triste verlos disciplinados, es decir, 
disciplinados no, sino organizados o reclutados en 
un juego preparatorio para otra cosa. Que apren- 



CERVANTES ol 

dan a hacerse hombres y no que soporten el que 
les hagan piñones de las ruedas del ergranaje so- 
cial de la máquina del Estado, y para hacerse 
hombres que juagan juego verdadero, juego que 
sea fin en sí, gánese o no se gane, y hasta que se 
eduquen a perder cuando vengan mal dadas, pero 
siempre jugando limpio. Y, sobre todo, que no en- 
sucien el juego de nuestros hijos con saborra de 
pedagogía ni de táctica. 

Miguel de UNAMUNO 



52 CERVANTES 



TRES ESTUDIOS 

SOBRE 'DON QUIJOTE" 

I 

La cárcel donde se engendró el 
"Quijote". 



Porqup e»? h^rto conocida, no he de relatar una 
vez más la historia de la falsa tradi. ion, inventi^da 
en el ú timo if-nio del sglo xvill, s»gnn la cual 
Cervantes escribió la primera parre del Quijote 
estando preso en Argam;isilia de A'ba, en Id cueva 
de la cacia de Meirano. Esta fátiu'a, para la cual die- 
ron pret xto las festivas composiciones poéticas 
con que Cervantes, a nombre de unos fingidos acá- 
dénicos de Argam^isilla, terminó la mencionada 
parte de su libro, sin caerse en la cu»nta de que, 
por raz )ries muy atendibles, más parece a!u Itrse 
en tales versos a la A'gamasilla de Calatrava qiie a 
la de Alha, esta fiisa traüción — deiía — no ha 
prosperado hasta hoy, y para las personas cultas y 



CERVANTES 53 

bien enteradas, sosterer en la actualída'l q^e el 
Quijote se ideó en la casa de Medrano, destruida 
pocos años ha por un inceniiio, es dar pa'et tes 
pruebas de ignorancia o de mala fe. Asensio, Míi- 
nez, Cavia, Navarro Ledesnn, Armas, Cortejón y 
cuantos Jiros han estudiado a conciencia y sin 
prejuicios la vida de Cervantes, rechazan como 
desprovista de todo buen fundamento la ridicula 
tradición arga nasillesca, máxime cuando, por lo 
bien averiguado hasta ahora, no puede afirmarse 
que el glorioso ex cautivo de Argel lesidieae 
temporada alguna en la Man ha, región que, sin 
embargo, conocía, por 8U frecuente piso por ella 
y por su muy repetido pernoctar y hahlar con todo 
el mundo en ven'as y mesones mancht-gns, al ve- 
nir a Anlalucía des le Castilla, y al tornar allá. Así, 
con razón ha dicho ti insigne Cavia que da leyen- 
da de la Argamasilla está de cuerpo presente». 

Descartada esta superch^-ríi y otras de poco 
momento, y que asimis no se urdieron a posierio- 
rif referentes a supu-stas prisiones de Cervantes 
en el Toboso, en el Quintanar y en a'gún otro 
«lugar de la Mancha», todas inventadas a la som- 
bra de las famosas palabras «de cuyo nombre no 
quiero acordarme», he reducido a las tres pregun- 
tas siguientes la materia de esta investigación: 

1.* La historia de Don Quij.te de la Mancha, 
¿se engendró en una cárcel? 



54 CERVANTES 

2* En caso afirmativo, ¿qué cárcel hubo de ser 
la en que engendró esta incooiparable obra? 

Y 3 * El Piíncipe de nuestros ingenios, ¿quiso 
aludir con tal expresión, anfibológiía para hoy, al 
acto, más interno que externo, de idear o planear 
la primera parte del Quijote, o al externo o defini- 
tivo de escribirla, en todo o en parte? 

La primera pregunta podía parecer ociosa; pero 
no lo es, a buen seguro. Dijo el inmortal escritor, 
en el prólogo del Quijote, después de recordar 
que cada cosa engendra su semejante: «Y así, ¿que 
podia engendrar el estéril y mal cultivado ingenio 
mío sino la historia de un hijo seco, avellanado, 
antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca 
imaginados de otro alguno, bien como quien se 
engetdró en una cárcel, donde toda incomodidad 
tiene sa asiento y donde todo triste ruido hace su 
habitación?» Algunos años ha, el doctísimo hispa- 
nista inglés mister Fitzmaurice-Kelly, mi ilustre 
amigo, advirtió en su excelente Historia de la 
Literatura Española qne aquella frase bien pue- 
de ser un tropo, conjetura que ya mucho antes ha- 
bía apuntado Díaz de B^njumea, patriarca de los 
interpretas esoteristas del Quijite. En paz sea di- 
cho del sabio catedrático de Liverpool, creo con 
los m^s qae la mencionada ex,>resión debe enten- 
derse a la letra. Ved por qué opino así. Entre las 
co^as que el supuesto Avellaneda, autor del falso 



CERVANTES 55 

Quijote^ dijo en su prólogo para denigrar cobar- 
demente al infortunado escritor alcalaíno, discul- 
pó en burla, jugando del bocablo, los que tuvo a 
bien llamar yerros de la parte primera, con cha- 
berse escrito entre los de una cárcel; y así — aña- 
día—no pudo dejar de salir tiznada dellos». Si hu- 
biera de entenderse tropológicamente aquel lugar 
cervantino, si El Ingenioso Hidalgo no hubiera 
sido engendrado en una cárcel., así como suena, 
Cervantes, que rechazó con nobilísima dignidaíl 
en el prólogo de la parte segunda de su obra las 
injurias de su encubierto adversario, no habría 
dejado pasar sin contradicción ni repulsa aquel 
aserto, estampado, como los otros, con el propósi- 
to único de agraviarle. 

¿Qué cárcel, pues, fué aquella en donde se en- 
gendró el libro más deleitoso que se haya debido a 
humano entendimimiento? Hay noticias dignas de 
crédito de tres prisiones de Cervantes anteriores 
a la publicación de la primera parte del Quijo/e: 
la prisión que sufrió en la cárcel de Castro del 
Rín, por el otoño de 1592. a causa de haber enaje- 
nado sin permiso, pero a favor de las provisiones 
de las galeras, ciertas fanegas de trigo del pósito 
ecijano; la que, para ser conducido a Madrid, pa- 
deció en la Cárcel Real de Sevilla, por espacio 
casi de tres mese*?, en el último tercio del año 
1597, por no haber formalizado ni rendido ciertas 



56 CERVANTES 

cuentas, carcelería de que al cabo fué suelto, me- 
diante ñanza <ie qae iría a la C'Tte a darlas con 
pay;o, dt-ntro del lérmino de un i'ne^; y, en fin. 
Otra prisión q e i>or idéntico motivo, y también 
a vinud de manía nien'o veni lo de la Corte, su- 
irió en la misma Corcel R-al en 1601, o, más pro- 
bat'lemente, en 1602. I4nórdse cuánto tiempo es- 
tuvo preso Cervariiea esta vez; pero, por indicios 
que Sf ría pesado exponer en este lugar, parece 
que aquella prisión fué más dilatada que las ante- 
riores. A la Cárcel Real de Sevilla, y no a la de 
Castro del Rio, pueblo cercano a Córdoba, y me- 
nos a la de cu-tlqaier lugir'-jo de la M-incha, hubo 
de referirse Miguel de Cervantes en el prólogo de 
la mejor de sus obras: fué engendrada en una cár- 
cel, *en donde to lo triste ruido hace su habita- 
ción», y poco ruidosa podía ser la de villa tan pe- 
queña, que en 1587. según el antiguo censo de 
población que sacó a luz don Tomás G» nzábz no 
pasaba de mil ciento cincuenta y dos vecinos. 
Bien que mucho menos ruidosa que la cár.-el de 
Castro de! Río era, sin duda, la decan'ada cueva 
de Medrano, que seijún el autor de ios Recuerdos 
de un viaje por España^ tenia cseis varas de lon- 
gitud y cuatro de latitud». No obstante lo cual, 
agringaba candorosam^^nt'^: «Este fué el calabozo 
en que Cervantes gimió largo t e npo, y donde 
escribió la primera parte de su famosa oDra». 



CERVANTES 57 

Pero, en realidad de verdad — pregnntábame 
yo — , ¿qué quiso dar a entender el escnt- r amení- 
simo con las pa'a^irrtS ccomo quien se engendró en 
una » ár» el» ¿Q lería .-ignifi ar que U' a cárcel úleó 
el asunto de- su novela, trazó su pl-in y pensó en 
su desarrollo, o que en una cárcel la escribió, o, a 
lo menos, comienzo a escrihirla'^ D<.n Juan Euge- 
nio Hartzenbusch, que, contra vienio y marea, 
como dicen, quena sicar a flote la posibilidad, y 
aun la certeza, de que Cervantt-s estuvo preso en 
la cueva de Medrano. ponqué no probando e esto 
se patt-ntizabí ser disparata lo f\ preparar edicio- 
nes del Quijíjteen aquel escondrijo, en donde, se- 
gún el impresor Rivadeneyra, tparte del día se 
trabajó con luz artificial», el señor Hartzenbusch — 
digo — cuidaba muy mu» ho, al comentarlas consa- 
bidas palabras, de advertir que C<-rvantes dice que 
su Quíjijíe fué engendrado en una caree'; no que 
naciese en elia. Y añadió: «Pdrece que nos quiso 
dar a entender que lo ideó, lo trazó, lo inventó^ 
en fin, hallándose p^eso; no dice que lo escribiera 
durante su encarcelamiento». Y pocos renglones 
después: «Dice Avellaneda, o quiere decir, en el 
pról< go de su Qwjote que la primera parte del de 
Cervantes fué escrita entre los hit-rros de una 
cárcel; pero en tal cuestión ha de hacer más fe la 
declaración de Ccrvante- que la de otro». 
Bien pudo el insigue auior de Los Amantes de 



58 CERVANTES 

Teruel, ya que tan de veras, a lo que parece, 
buscaba la verdad, tener en memoria que Cervan- 
tes, en el prólogo de la se^junda parte de su sin 
par novela dijo que el libro de Avellaneda se en~ 
gendró en Tordesillas y nació en Tarrao;ona. Y 
como Tarragona es la ciudad en que fué impreso 
y salió a luz, es claro como la del medio día que 
por las palabras €se engendró en Tordesillas» ha 
de entenderse fué escrito^ y no solamente fué 
ideado o trozado. Y lo mismo se debe entender, 
sin duda alguna, li idéntica expresión referente a 
la primera parte del Quij' ie. Pero, amén de todo 
lo dicho, don Aureliano Fernández Guerra, en la 
segunrla de las D<is cartas literarias publicadas 
en 1867 por éi y por nuestro paisano don José Ma- 
ría Asensio, declaró que en el siglo XVI, no hubo 
cárcel en Argamasilla de Alba, y así, «cuando era 
necesario asegurar algún reo de importancia, lo 
llevaban al castillo de P^ ñirroya, distante dos le- 
guas.., remitiendo los demás a la villa de Alcázar 
de Sin Juan, cabeza del partido». 

Está, pues, enteramente demostrado que el 
libro más famoso entre to ios los de amenidad fué 
escrito, o se com^^nzó a escribir al menos, en la 
Cárcel R-sal de Seviha, especie que, ya como ra- 
zonable conjetura, ya como rotunda afirmación, 
venía leyéndose de un siglo acá en las obras de 
lOá mejores biógrafos de Cervantes. 



I 



CERVANTES 59 

iLa Cárcel Real de Sevillal ¡Qué hermosa por 
de fuera! — dije en otra ocasión — . Ved como des- 
cribía su exterior, en 1587, el historiógrafo Alonso 
de Morgado: «Véese, pues, a la boca de la calle 
de la Sierpe, por la parte de la plaza de San Fran- 
cisco, junto a ella, la Cárcel Real, que campea 
más que otra casa y se deja bien conocer aun de 
los más extranjeros, así por el concurso de la gen- 
te innumerable que sin cesar entra y sale por su 
principal puerta a todas horas del día y que la no- 
che da lugar, como también por los letreros que 
tiene en su gran portada, con las armas reales y de 
Sevilla. 

Y en lo alto, por remate, una figura de la Jus- 
ticia, con una espada levantada en la mano de- 
recha, y en la izquierda un peso enfilad'^, con las 
dos figuras, a sus lados, de la Fortaleza y la Tem- 
planza, todas tres de bulto, de cantería labrada». 
Pero por de dentro, ¡qué abominable dédalo, qué 
confusión infiescriptible! ¡Cuánto crimen, y cuán- 
ta miseria, y cuánta desgracia en aquel gran patio 
de treinta pasos en cuadro; poraquell s tres puer- 
tas, llamadas, por alusión a la codicia de los 
desalmados cancerberos, la de ero, la de plata y 
la de cobre; en aquella infinidad de ranchos, de- 
nominíidos traidor, de los bravos, de la tragedia, 
pestilencia, miserable, casa de Meca, lima sor' 
da..., y entre aquella muchedumbre copiosísima 



60 CERVANTES 

de reclusos, que de ordinario pasaban de mil ocho- 
cientos.. I 

In nortalizada y aun glorificada pnr C-^rvantf's la 
memoria de nuestra antigua Circe R al, no huel- 
ga, antes imporia mucho que la conozcamos lo 
inej'>r posible. Así, no terminaré esie deshilvanado 
discurso sin ampliar algún tanto las breves noti- 
cias que de ella liei en los curiosos La Cárcel 
Rral de Sevilla, cuya reedificación se había trrmi- 
nado en 1 J69, estaba situada, como sabe nos, cm el 
lu^ar que al presente ocupa el Circulo de Labra- 
dores y Propietarios. En el vesiíbulo, junto a la 
entrada, hibí-i, en un hueco del muro, un altar de 
Nuestra v*Neñora, que se cerraba con dos puertas, 
al exterior pintadas de verde, como dando esp-ran- 
za a los que allí oraban por los reclusos; pe^o p^r lo 
interior e>taban representados en ellas, ¡«simismo 
al óleo, y de mano menos que mediana, el marti- 
rio drt San Hermeneg 1 io y San Leandro, obispo 
de oevilla. 

En el reinado de Fr-lipe U, los ya grandes apu- 
ros «leí erario aoarr-aron, entre otros males, el de 
au neitar escandalosamente la emienación, le n- 
pcral o perpetua, de ios oficios de la Corona, A 
esto se debió q^e, en virtu 1 de cierto préstamo de 
dinero hech^al Rey por el Duque de Alcalá, esta 
casa tuvK-se en e npeño el alguicilazgo mayor de 
Sevilla; y como la alcaidía de la Cárcel Renl era 



CERVANTES 61 

dependencia del alguacil ma)'or, lo tnísmo que los 
alguacilítzgns que st' Ihn'aban df la justicia, de 
lus entregas, de ¡a tierra y de Triana, y el Du- 
que tíe Alcalá di.-c-rnía e.stos targfs a quietes 
mejor se los pagaban, vino a suceder, por lo to- 
cante a la dichi h1 -aidía. que el régim«-n interior 
de la « árcei llegóa ¡-er tal, que con muchos vi.soss de 
raz<^n se dt- cía que el alca'de y sus ministros eran 
lo> may^^'f s delincuen tch qu»- htibia de puerta a'ien- 
tro D^ la pé'Sima admini>iración de est.i cárcel dan 
noticias muy cu'iosss y circunstinciadas las a'tas 
capitulares de 1 1 Ciudad, y ya en 1590 el asistente 
de la mism^, habida cuenta de que «en la cárcel 
no ay ni puede aver la custodia que se requiere 
para el castigo de los delitos, ni nadie puede co- 
brar su hazienda au'que prenda a su deudor», 
porque salí n a la calle y vivían a sus anchas cuan- 
tos presos qne'ían y podían comprar la .-oltura, 
pidió al cabii^lo que tratase de lo conveniente que 
sería 8U(»lirar a Su Majestad que, mediante la en- 
trega del rti> ero necesarií» para desempeñar el di- 
cho oficio, lo cediera a la Ciudad, a fin de que por 
turno lo sirvi^-sí-n sus caballeros ve nticuatros. Tal 
prov»-(,to no saló ad'lante, y lejos de corregirse, 
fueron en aumento lo-< múltiples abusos carcela- 
rios, d'i los cuales deió puntualizadas not'Cias el 
pa Ke jesuiti Pedro de León, bien que ya sabít- 
moá no poco de ello por las interesantes lelacio- 



62 CERVANTES 

nes del procurador Cristóbal de Chaves y por su 
famoso entremés de La Cárcel de Sevilla, atri- 
buido a Cervantes con disculpable error. 

Haciendo caso omiso de cien particularidades, 
muy curiosas, sí, pero buenas para reseñadas en 
discurso más dilatado que el presente, me limitaré 
a decir, en orden a la variadísima multitud de 
agravios que se inferían a los pobres presos, que 
juzgando por lo que se denunció en otro cabildo 
de la Ciudad, era frecuente exigirles dinero por 
sacarlos de entre los ladrones, donde de primera 
intención los metían, sólo para este fin; y era usual 
arrebatar prendas a los que se negaban al pago de 
ese impuesto inicuo, y corriente poner estanco en 
los mantenimientos, de manera que todo lo que los 
infelices reclusos comían y bebían, con ser de ín- 
fima calidad, les costaba a precios excesivos, sin 
que se les consintiera hacerlo llevar defuera de la 
cárcel. Así escribía donosamente el padre León: 
cHay cuatro tabernas y bodegones, arrendados a 
catorce y quince reales cada día, y suele ser el 
vino del alcaide, y el agua del tabernero, porque 
nunca faltan baptismos prohibidos en toda ley». 

Algunos presos hacían en la cárcel el oficio de 
pregoneros, y vendían y remataban prendas; cy 
otros que no son presos — notaba el referido padre 
—sirven de llevar a vender a Gradas, a la Ropería 
vieia y al Baratillo las muchas que cada día se 



CERVANTES 63 

hurtan en la misma cárcel, y nunca se descubre 
quien las haya tomado, porque hay gran fidelidad 
en guardar secreto, pena de que si no, lo yrán a 
penar al otro mundo». También era muy prove- 
choso el oficio carcelario de animero: al dar el 
mayordomo, llegada la hora de medio día, las ra- 
ciones de pan a los presos pobres, entregaba para 
cada tres una hogaza de tres libras, y éstos, como 
carecían de herramienta con que partirla, habían 
de acudir para tal menester a uno de los cuatro 
presos llamados pomposamente oficiales de contar 
raciones^ quien partía con un cuchillo la hogaza, 
pero no en tres partes, sino en cuatro, tomando 
para sí, por trabajo tan exiguo, una de las de en- 
medio, a la cual llamaban el ánima. A esta ladro- 
nil costumbre, sancionada por los alcaides, que 
algo comerían del ánima de los preí^os, como co- 
mían de todo lo demás, se refirió el anónimo autor 
de dos antiguos romances descriptivos de la Cár- 
cel de Sevilla: 

«Entre tres una hogaza, 
y hay uno que va partiendo, 
y en pago de su trabajo 
saca vn peda^'i de en medio. 

A este el ánima le llamar, 
y tiene algún animero 
tan mal ánima que quiere 
llevarse del pan el medio.» 



64 CERVANTES 

Q le se iugab^ a Ins na'p'=>s en la Corcel Real dí- 
cenlc asimisTio Cistó>al de Chives y el p^<1re 
Lc^n: cH ly tabUs ie iu»*g » aiquiU<1as. y pagi<i ua 
tanto al alctidey so'aH'cai le, y sobre el ju'-go 
suelen ser muy a menudo las pe ndenciis» Y por 
lo que toca a otras distracciones de mero pasa- 
tie 'p^, t^níanl^s tan cult-is y edificantes como la 
que llamaban ju^ar a la ju-sticia: chazen un jus- 
ticiado, con su veriug-i, es ribano y alguacil, y 
también fingen uno qu-^ .«ea el ptdre Pe 1ro de 
León — dice este mism", q'ie, como paire carcele- 
ro, conf saba y ayu laba a bi^^n morir a los con le- 
ñados a la úitimapena— ; y llevando a' pres», lo 
van a juí<ti.-,iar entre dos, como si fuera en el ju- 
mento, y lí^ p isan por los corredoras altos y bajog, y 
gritan: cEsta e-í la justicia que mandan \\z^x*\ y 
luego las riáadas y ale^rí is, com > si no hubieran de 
venir a parir ei sem^j'tntes veras, y no juegos ..» 
En efecto, estas bromas se tornaban en tri-tes veras 
muv frecuentemente: habi-ndo de ser ajastici>ido 
algiin preso, iban muchos otros de noche con su 
cera encendida, ca- tando las letanías, hasta el lu- 
gar en qne estaba rec<'g'do; y si era algún valen- 
tón, todos los de la hampa enviaban a la ropería 
por lutos alquilados para llf^gar a dar e el pésame. 
Ta nbién tenían los presos uia cofradía de peni- 
tencia, la cual sicaban el Viernes Sttito p'T toda 
la cárcel, cuyo suelo regaban con su sangre, día- 



CERVANTES 65 

cipHnándose duramente, como unos padres del 
yermo. Para esta hermandad pedían en alta voz 
cada noche, poniendo con el lento y lúgubre peti- 
torio más espanto que devoción en el ánimo de los 
presos primerizos. 

No eran estas voces las únicas que por añeja 
costumbre se daban en la Cárcel Real, y bueno 
será recordar otras fórmulas de las que, gritando, 
se repetían a cada momento. El sotaalcaide, al 
entregarse de los nuevos presos, cosa que sucedía 
seis y aun ocho o diez veces cada hora, entablaba 
este diálogo con el portero que más allá guardaba 
la puerta llamada de hierro: «¡Hola!» gritaba 
aquél. Y este respondía: «¡Hola!» Volvía a gritar 
el primero: «¡Allá va un preso!» Y preguntaba el 
otro: «¿Por qué?» Y proseguía el diálogo, hasta 
decirlo el sotaalcaide y darse por enterado el por- 
tero. Aún más frecuente y de mayor ruido era el 
llamar a los reclusos: en cada una de las dos 
grandes rejas, alta y baja, sustentábanse, siete u 
ocho presos pobres, de las propinas que recibían 
por el trabajo de llamar por sus nombres a los que 
deseaban ver las personas que entraban de fuera, 
y acaecía andar todos gritando a diferentes suje- 
tos: «¡Ah, Fulano; hola!», que era aquello la ma- 
yor confusión del mundo. Dadas las diez de la no- 
che, hora en que se cerraban las puertas, andaban 
ci :\co hombres por toda la Cárcel diciendo a gri- 

5 



56 CERVANTES 

tos: «¡Ah, del patio! ¡Arriba!» «¡Arriba los déla 
Galera Nueva!> Y otro llamaba: «¡Acá los de la 
Galera Vieja!», y análogamente los demás, y ya 
que estaban encerrados los presos en sus ranchos, 
en cada uno de los cuales había un altar, todos, 
antes de acostarse, con humildad de santos, reza- 
ban de rodillas y a coro la salve y otras oraciones, 
con lo cual hacían espantable ruido, entre tanto 
que fuera de los aposentos sonaba una gran voz 
que pausadamente decía: «¡Ah de la calle, ahao! 
¿Quién sale fuera? ¡Que se llevan las llaves! ¡A la 
una..., a las dos,.., a la tercera...! ¡Este es el pos- 
trero!» Y esto dicho, cerraban con estrépito las 
puertas llamadas golpes, bástala mañana siguien- 
te. Ni durante las horas del sueño se disfrutaba 
de silencio y reposo en la Cárcel Real de Sevilla: 
«En siendo las diez de la noche — escribía el padre 
León — , el alcaide pone tres velas (centinelas) en 
lo alto y bajo de la cárcel, y, como si fuesen nao o 
fortalezas, están todos tres remudándose con otros, 
por sus cuartos, hasta después de amanecer, di- 
ciendo a voces: «¡Vela! ¡Vela! «¡Ahao!», y lo mis- 
mo responden los demás». 

En esta cárcel, donde, como en ninguna otra 
de España, «toda incomodidad tenía su -asiento y 
todo triste ruido hacía su habitación», estuvo pre- 
so dos veces, ninguna por motivos deshonrosos, 
Miguel de Cervantes Saavedra. «No hay hecho de 



CERVANTES 67 

tanta injuria — dice el doctor Suárez de Figueroa — 
como el de una cárcel indebida, por tener más 
parte de pena que de custodia. Todas las plagas 
de Egipto, todas las penas del infierno se cifran en 
aquel asqueroso albergue, donde se hallan corrom- 
pidos casi todos los elementos. Abunda la tierra 
de sabandijas; el aire de mal olor, y de mal sabor 
el agua. Apenas hay quien exercite allí acto de 
piedad. Cuesta los ojos el recado, el billete. Pues 
¿qué si el preso no tiene familia y le es for90so 
dormir en ropa del carcelero? ¡Qué hedionda! ¡Qué 
cara!... ¡La compañía, me digan que se puede 
apetecer: junta de incorregibles, mezcla de faci- 
nerosos, turba de bergantes, desalmados, blasfe- 
mos, sin modo, sin discreción, sin cristiandad!» 

Pues bien, por singular maravilla, en un infierno 
como este, entre unas gentes de esta laya, se en- 
gendró el libro más humano, más suavemente iró- 
nico y de lectura más deleitosa que la fantasía pu- 
diera imaginar. Tal, dejando su estado de crisáli- 
das, suelen salir de un muladar, limpias y gráciles, 
a hacer más alegre la primavera con los vivos co- 
lores de sus alas y con sus ágiles y revueltos giros, 
las ligeras mariposas enamoradas del sol y de las 
flores. Por Cervantes pudo decir con toda justicia 
el inolvidable maestro Menéndez y Pelayo las si- 
guientes palabras: «Perteneció a aquella familia 
de espíritus que el Renacimiento español educó a 



68 CERVANTES 

SUS pechos, nutriéndolos de savia clásica y cristia- 
na, haciéndolos invulnerables a los golpes de la 
adversa fortuna, que ellos sabían contrastar a un 
tiempo con la resignación del creyente, con la 
gravedad de los apotegmas filosóficos y con el do- 
naire y sana alegría que puede convertir en en- 
cantado palacio de la imaginación — maga más po- 
derosa que todas las Almidas y Alcinas — hasta las 
mazmorras del cautiverio y el infecto recinto de 
una cárcel». 

De la de Sevilla salió, para recrear y adoctrinar 
perdurablemente al mundo entero, que había de 
recorrer en pocos años, traducido a todas las len- 
guas. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la 
Mancha, gentilísima historia de un loco venido al 
campo de la novela para ser maestro sublime de 
la cordura. 

Francisco RODRÍGUEZ MARÍN 

(De la R. Academia Española.) 



CERVANTES 69 



n 

El alma de la humanidad 

en **Don Quijote' 



Como lago de Italia que finge el turquí del cielo; 
como espejo de obsidiana que retrata las recias y 
varoniles facciones del Águila que descendió; 
como plancha de oro bruñido que toma vida al re- 
producir la cara de bella pompeyana; como cristal 
plateado de Venecia que se anima al presentar las 
líneas nubiles de encantadora toscana; como bri- 
llante yelmo de esforzado paladín que quiebra los 
áureos rayos del sol; como arroyuelo rumoroso 
que esboza en sus linfas los verdes del follaje; 
como proceloso mar que refleja las obscuras nubes 
que huyen azotadas por el viento, o el ensordece- 
dor rayo que cae, así el Quijote finge, retrata, re- 
produce, presenta, quiebra, esboza y refleja las 
pasiones humanas. 



70 CERVANTES 

Es lago tranquilo con la pastora Marcela; espejo 
de obsidiana en la aventura de los leones; plancha 
de oro en los discursos de los cabreros, en aquél 
de las letras y las armas y en el no menos bello 
pronunciado en la casa del Caballero del Verde 
Gabán; cristal de Venecia con la Bella Quiteria y 
en el Curioso Impertinente; yelmo de esforzado 
paladín en la paliza que los yangüeses dan al bra- 
vo caballero; arroyuelo rumoroso en los monólo- 
gos de la primera salida y, mar de tempestades en 
los muchos lances en los que la virtud y la hon- 
radez son maltratadas por la infamia y la malicia. 

Don Quijote es una obra inimitable y muy alta 
porque es humana; es un libro por excelencia, por- 
que todos llevamos en nuestro ser las temeridades 
del Caballero Don Quijote y las cobardías de San- 
cho; e& una obra perfecta, porque todos nos senti- 
mos retratados en ella y porque vemos en los 
muchos sucesos que allí se narran nuestra propia 
vida; ese libro, que es un breviario de moral, de 
valor y de honestidad, es maravilloso porque en él 
se habla de lo que hay siempre en nuestras almas, 
de lo que vivimos cada día y porque las pasiones 
estin pintadas tal cual son. 

Sobra de razones tiene Cortejen al afirmar que 
Dotí Quijote es superior a los poemas griegos y a 



CERVANTES 71 

la Comedia Divina; sí, es verdad; estos libros son 
fantásticos, los dioses o sus hijos toman parte en la 
pelea, el Infierno es un antro donde los enemigos 
del divino Florentino son arrojados sin esperanza; 
en la obra de Cervantes es un pobre loco el héroe, 
es un paladín que cabalga en inservible caballo; 
su adarga y su coraza están oxidadas, su celada es 
de cartón; y ese viejo loco no es otra cosa que la 
Humanidad que se cree envejecida, que con sus 
lazos de unión con la Tierra camina y tropieza, 
cae y rueda y siempre se levanta con el pensa- 
miento en los ideales, aunque sus pies se hallen en 
el fango; sí, Don Quijote consume como lo hace- 
mos todos, tres cuartas partes de su renta en ali- 
mentar al cuerpo y sólo una cuarta parte en dar 
alimento al alma; y siempre la nutrición de ésta la 
hacemos con fábulas pueriles, con invenciones 
deformes, o lo que es peor, con razones que no 
entendemos y que sólo sirven para trastornar 
nuestro juicio. 

* 
* * 

Dice un sabio mexicano que la obra artística es 
producida por tres clases de individuos: ios arte- 
sanos, que laboran con la mano; los artífices, que 
usan de su cerebro, y los artistas, que lo hacen todo 



72 CERVANTES 

con el corazón. Sesuda y razonada la idea de este 
erudito; pero tengo para mí que hay una cuarta 
clase: la de los genios; estos hombres, muy pocos 
en el mundo, han sido, son, artesanos, artífices y 
artistas. Genio en la más amplia acepción de la 
palabra es Cervantes; sus profundos conocimientos 
en la habla castellana; su inimitable construcción 
del idioma; el conocimiento perfecto del valor de 
cada palabra, hicieron de él un obrero maravillosa 
en la fábrica de su libro; siendo sabio, como era, 
gran amigo de las ciencias y la medicina, trabajó 
intensamente con su cerebro, y al crear su Inge- 
nú'SO Hidalgo escribió el mejor y más completo 
tratado sobre la enagenación mental que los sa~ 
bios de todos los siglos hayan escrito; por esto se 
puede apellidar a este egregio hombre un artífice 
nunca igualado. Pero seguramente que su corazón 
tuvo la mayor parte en la concepción y desarrollo 
de su libro; conocemos muy poco de la vida del 
grande hombre, pero creo que es cuerdo figurár- 
noslo como de natural sensible y muy amante de 
la Humanidad; quizá por esto sintió las injusticias 
diarias de la vida, las tristezas de los pobres y la 
desigualdad de todos los que viven, y, con su 
alma estremecida, reprodujo las pasiones y las 
tristezas del desengaño, las alegrías de la espe- 



CERVANTES 73 

ranza y la satisfacción por haber hecho el bien. 
Aquel conjunto de facultades, propias únicamente 
de un genio, produjeron el libro del cual dice un 
cervantista egregio: Regalo de mi alma, en^írc- 
íenimien2o de mi vida, rico joyel del habla 
castellana... 

Cervantes, que si fuera aún el Imperio de Ate- 
nas, sería Dios y tendría templos, pintó en su Qui- 
jote las pasiones del alma humana y las suyas 
propias. 

El escritor, me refiero a los que sienten, vierte 
todo su ser, todo su espíritu en lo que narra; todo 
lo que está en su alma lo pasa al papel, sus temo- 
res, sus esperanzas, sus odios, sus recuerdos, sus 
amores. Cada uno tiene los conocimientos que ha- 
adquirido por la experiencia propia o por lo que 
inconscientemente heredamos de nuestros ances- 
trales o por lo que aprendemos; nuestros sentidos 
nos hacen conocer la vida diaria, pero nuestro ce- 
rebro, nuestras celdillas pensantes, irrigadas por 
la sangre, cuya actividad depende tan sólo de 
nuestro corazbn, modifican nuestras sensaciones 
y de ellas se forman sentimientos y pasiones que 
casi vemos independientes y distintas de la mate- 
ria misma. Es una frase decir que se trabaja, que 
se siente y que se ama con el corazón, y, sin em~ 



74 CERVANTES 

bargo, este músculo está íntimamente unido con 
lo que palpamos y con lo que pensamos. Gracias a 
él tenemos ideales y tratamos de corregir faltas; 
gracias a él quisiéramos mejorar costumbres y per- 
petuar virtudes. El escritor que es artista lleva a 
su obra las personas y las cosas tal cual él las 
siente, otras las ridiculiza, pero casi siempre, como 
dijo el divino Galileo, su reino o su vivir no es de 
este mundo. Mirad la obra de Miguel Ángel; en 
elia cada personaje es un titán, un superhombre; 
es todo solamente la creación de un cerebro y de 
un corazón que trabajaban para dar vida a un ge- 
nio; pues, ¿dónde están los modelos de aquellas 
pinturas de la capilla Sixtina? y ¿dónde las del 
Pensieroso y del Moisés...} Repasad las madonas 
de Rafael; la crónica nos cuenta que fué la Forna- 
riña su ideal vivo: y ¿creéis que en alguna parte 
del mundo viva o haya vivido una mujer que ten- 
ga la pureza de líneas, la castidad de expresión y 
todo el conjunto de santidad que tienen las vírge- 
nes del pintor de Urbino...? Contemplad a la Mon- 
na Lissa del Giocondo; ¿qué quiso decir el inmenso 
Leonardo al dibujar aquella sonrisa de esfinge...? 
Nos dicen algunos que esa sonrisa vagaba en la 
cara de ese gran Padre del Renacimiento cuando 
trataba de arrancar algún secreto al mundo o de 



CERVANTES 75 

descubrir una pasión en los hombres. Esa sonrisa 
es un enigma, es el alma misma del pintor la que 
vive allí: duda y confianza, satisfacción y tristeza; 
tal como fué la vida del egregio artista; duda por 
las penas que el santo Savonarola sufrió; confianza, 
porque terminaba la Cena) tristeza, porque aunque 
docto en la matemática, siempre los cálculos para 
descubrir la aviación le ¿alian fallidos. 

Si de las artes pictográfica y escultórica pagáis 
a la literatura, hallaréis siempre al alma del escri- 
tor o de los escritores: leed el Zend-Avesta; mirad 
en él, no las materializaciones del bien y del mal) 
mirad en ese escrito santo las penas que sufrían 
los habitantes del Irán y sus goces, los vientos fa- 
vorables y los destructores, el asolador pedrisco, 
las nutritivas mieses, los sazonados frutos. Repa- 
sad el Eclesiastés, obra que si es humana parece 
ser divina, y veréis cómo Cohelet, sabio que vivió 
las desgracias de su pueblo y que henchido de 
todo género de conocimientos y muy versado en 
honda filosofía supo decir lo que era la vida, no 
de un hombre, no de un día, sino de toda la hu- 
manidad y de todos los tiempos, y ese divino escri- 
tor pudo hallar esa fórmula que ninguno debiera 
olvidar: Vanidad de vanidades, todo vanidad. 



76 CERVANTES 

Sí, los que escriben y en su escritura ponen su 
corazón, vierten su alma en el papel; y Cervantes 
más que ninguno lo hizo de un modo tan intenso, 
que yo niego que su obra sea una burla a las cos- 
tumbres caballerescas, una crítica al Duque de 
Lerma o una sátira al reinado de Carlos V. No, 
estos son decires de eruditos indigestos, más sabios 
que pensadores, menos artistas que analizadores. 
El Quijote es el alma de la Humanidad, y en él 
Cervantes pinta al hombre tal como él quisiera que 
debiera ser, o como él mismo fué. Muchos, super- 
ficialmente, afirman que la obra no tuvo otro fin 
que el de hacer reir y entretener el tiempo; esto 
es erróneo, pues si bien es cierto que las aventu- 
ras del Ingenioso Manchego producen risa, en 
cambio siempre traen a la memoria añoranzas de 
un hecho de nuestra vida, y más de una vez, des- 
pués de la carcajada, una ardiente lágrima corre 
por nuestras mejillas. 

Don Quijote es el alma de la Humanidad, es el 
alma misma de Cervantes; esto parece un desati- 
no, y, sin embargo, no hay verdad más absoluta: 
Cervantes se valió de sus grandes conocimientos 
médicos para pintar a un loco, pero el tal loco es 
el hombre más cuerdo que los siglos han tenido. 
Me diréis que nunca un hombre equilibrado toma- 



CERVANTES 77 

ría los molinos de viento por giganteos guerreros; 
pero pensad un momento, recordad que la huma- 
nidad tuvo como verdad indiscutible que la tierra 
era plana, que los cielos eran a manera del perga- 
mino de un tambor, y que además la primera era 
centro del Universo... Cervantes pudo creer más 
de una vez que iba a luchar con descomunales 
titanes, y seguramente solamente halló a los mo- 
linos de viento; y, ¿quién en la vida no tuvo sus 
mohnos de viento...? 

El lance de Andrés, el pastorcillo, y el de los 
galeotes, son tan humanos y vividos, que cada uno 
los podríamos contar por cientos. En el primero 
se expone cuan poco útil es la intromisión de un 
tercero en ciertos asuntos; en el segundo se ense- 
ña la ingratitud humana, la tristeza de hacer el 
bien, el poco agradecimiento y el mal que pagan 
la mayor parte de aquellos a quien se beneficia. 
Es una verdad, la gratitud es el fardo más pesado 
que los humanos pueden llevar en sus hombros. 
En esta aventura se retrata claramente el alma de 
Cervantes; él, cuando era prisionero en Argel, 
cedió el dinero de su rescate para poner en liber- 
tad a su hermano y favoreció a muchos de los que 
se hallaban en condiciones semejantes a las suyas, 
y sin embargo, el gran hombre que hizo la caridad 



78 CERVANTES 

por doquier, que repartió beneficios a granel, que 
prefirió llevar cadenas para libertara un hermano 
o para aliviar a un prójimo, se arrastró miserable 
y hambriento por las calles de Sevilla, y aun fué 
encarcelado en un lugar de la Mancha por deudas 
adquiridas para consolar tristezas y satisfacer 
hambres. En estas dos aventuras el alma de Cer- 
vantes se presenta tal cual era, generosa y buena, 
con ese dejo de tristezas que abandonan en el 
pensamiento las ingratitudes; pero como no hace 
ningún comentario, podemos asegurar que a pesar 
de sus decepciones, de su pobreza y de sus desilu- 
siones, estaba siempre dispuesto a sacrificar su 
flaca hacienda y a derramar su sangre y aún más, 
a encadenar su libertad en provecho de ese ene- 
migo que llamamos prójimo. 

La aventura de los batanes es intensamente 
grande, difícilmente podrá igualarse: la noche 
obscura, ruidos siniestros, el aire murmurando en 
las frondas, el aleteo de las aves nocturnas, el 
ulular del viento en las peñas; todo ello es para 
poner pánico en el corazón del valiente entre los 
valientes. Al leer este episodio en el Gran Libro, 
reimos; y reflexionad, nadie absolutamente nadie 
escapa a los terrores, ¡cuántas veces sentimos el 
pánico por un ruido, que es el viento, por una 



CERVANTES 79 

sombra que pasa, que es ficción de nuestra retina, 
por una ave que canta tal vez sus amores...! Estas 
sensaciones se experimentan en la vida diaria, te- 
memos hallarnos frente a una fiera cruel o de- 
lante de un endriago de otros mundos, nos escon- 
demos en el último rincón de la casa, cerramos los 
ojos para no horripilarnos, y, cuando más medro- 
sos nos hallamos, se hace la luz, vemos que lo que 
ponía espanto en nuestras almas es un ridículo ra- 
tón con más miedo que nosotros mismos: Mons 
parturicns, nascctur ridículus mus. 

Es admirable, por lo humana, la aventura de los 
mercaderes de Murcia; el valiente Don Quijote 
embraza la adarga, enristra la lanza y carga; 
cuando va a matar al follón que tan mal dijo de la 
sin par Dulcinea, cae y rueda por los suelos; el 
viejo Rocinante al tropezar pone en grave aprieto 
al amo. Hay viejo adagio que dice: d alma ani- 
ma pero no siempre ayuda; y así es; el valor lo 
sentimos en diversas circunstancias, pero no siem- 
pre sirve para dar cima a nuestras empresas. El 
hombre siente ideales y desde Icaro quiere volar 
hasta el Sol, pero las alas están mal pegadas, la 
cera es fundible y el audaz es precipitado desde 
las excelsitudes del ideal, y al caer se destroza y 
muere. La Humanidad, como Don Quijote, em- 



80 CERVANTES 

prende las más valerosas aventuras, trata de hacer 
reales los más altos ensueños; temeraria, se lanza 
en las más elevadas empresas, pero, al tocar el 
ideal, cae y rueda por defectos de su rocín que no 
es otra cosa que las fuerzas materiales que la atan 
al Mundo, y como el bravo Caballero, es apaleada 
con la lanza rota de los ideales que la conducían. 
Este pasaje, tan alto y tan intenso, es todo un 
símbolo. 

Pero nada más bello y admirable que la aventu- 
ra con los desaforados yangüeses; en ella Don Qui- 
jote siente la igualdad de los hombres por una 
sensación, por el dolor. Nada hay más hermoso que 
este pasaje; los reyes sienten y sufren sus dolores 
en sus palacios lo mismo que el pobre labriego 
en su destartalada cabana- los infinitamente pe- 
queño-' h^cen presa al mismo tiempo del Papa y 
del Emperador que del modesto arcabucero y del 
olvidado maestro de escuela; la vejez, con sus 
achaques, molesta por igual al encopetado procer 
que al modesto obrero; los dolores y las enferme- 
dades, las tristezas y los pesares son regados a 
granel y sólo por ellos hay igualdad; todas las 
demás utopías y ensueños por la igualdad humana 
son quimeras bellas, y en vano es que en las cá- 
maras europeas sean numerosos los socialistas y 



CERVANTES 81 

que las escuelas estén abiertas igualmente para el 
hijo del banquero que para el del pobre; afirmo yo 
como Cervantes 1o sentía: No hay otra igualdad 
más que la del dolor. 

Admirados y suspensos quedamos en la aven- 
tura de los leones; es inconcebible hallar un valor 
y una temeridad más grandes que las del héroe 
manchego; con el oxidado coselete, con el aboya- 
do yelmo, con la espada tomada por el orín, Don 
Quijote se adelanta a desafiar en singular y nunca 
vista contienda al más bravo de los animales... 
Esta hazaña es uno de tantos pasajes que ha vivi- 
do la humanidad; ese valor sobrehumano se osten- 
tó en la vieja Grecia; los servios actuales lo de- 
muestran, los belgas lo han vivido y los franceses 
lo realizan; ello es la encarnación de todos los va- 
lores y la ambición de todos los pueblos. Napoleón 
en Arcóle, Prim en los Castillejos, Cuauhtemoc en 
Tenoxtitlán, son Don Quijotes también, encarna- 
ciones del valor sublime; Napoleón levanta la 
amada bandera tricolor, con el pecho descubierto, 
con las guedejas de su cabellera sueltas, se lanza 
en bello arranque a sembrar los gérmenes de Li- 
bertad, Igualdad y Fraternidad y a prender una 
medalla más en el constelado pecho del indomable 
Gallo; Prim, al decir la hermosa frase: honor no 

6 



82 CERVANTES 

tiene, quien morir no quiere, repite palabras 
cervantinas, y es también esforzado caudillo de la 
civilización; Cuauhtemoc al tocar su ronco cara- 
col, en los dos meses del cruento sitio, para des- 
pertar y animar a sus guerreros, es genio liberta- 
rio, es símbolo de una patria, es águila que des- 
ciende y que encarna todo el sublime heroísmo de 
un pueblo que quiere vivir libre. Estos genios de 
las luchas sangrientas, que van a la muerte sin 
medir el peligro, son Quijotes que sienten una 
chispa del valor, sólo propio de los dioses y aun 
más grande que el de éstos, puesto que su vida es 
transitoria. 

La conquista del yelmo de Mambrino es todo un 
poema: la Humanidad, como Don Quijote, va en 
busca de un ideal, de lo que cree que pueda de- 
fenderla contra encantamientos y dolores y, como 
el valiente caballero va en flaco jamelgo, que no 
es otra cosa que la materia misma, la que ata fa- 
talmente los pensamientos excelsos, corre hacia el 
país del Eldorado, ansia inventar la Piedra Filo- 
sofal, se empeña en hallar la Panacea Universal y 
no se cansa en buscar la Fuente de Juvencio; y, 
en el flaco rocín que son las carnes, las leyes na- 
turales a las que nadie escapa, corre, hurga, busca 
y al fin percibe en lontananza lo que tanto desea; 



CERVANTES 83 

y, en lugar del yelmo de Mambrino, encuentra la 
bacía de un barbero, y, a pesar de que Sancho, 
€l buen juicio, dice, cree firmemente que ha con- 
quistado el Eldorado, la Panacea, la Piedra Filo- 
sofal o la Fuente de la Juventud Eterna; esta 
creencia es tan firme, que el utensilio de azófar 
sirve para nimbar su frente, y creyéndose inven- 
cible, corre nuevamente a conquistar ideales y a 
buscar más altas empresas. 

Detened vuestras mentes en la aventura de la 
Sierra Morena; el noble caballero va a hacer peni- 
tencia por su amor, por la sin par Dulcinea, por 
aquella cuyos dedos no contaban sino perlas y 
tejían hilos de oro y todos los perfumes del Orien- 
te aromaban su cuerpo. El enamorado cree que 
sólo será correspondido cuando su amada sepa que 
está sufriendo. Don Quijote, después de vencer 
gigantes, de desencantar doncellas y de realizar 
los más altos y valerosos hechos, no se encuentra 
satisfecho de sí mismo y piensa que para lograr el 
amor de la princesa del Toboso debe sufrir mucho 
aún, y después de maltratar sus carnes, como un 
volatinero de feria hace piruetas con el cuerpo se- 
midesnudo y solicita lo que tanto ha menester» 
No hay hombre que haya amado que no sea el 
propio Don Quijote en la Sierra Morena; sí, e) 



84 CERVANTES 

amor enloquece; nadie, por talentoso que sea, 
escapa al ridículo en tal estado. Las piruetas de 
Don Quijote, la penitencia y los ayunos son cons- 
tantes en los que aman; al enamorado poco le im- 
porta estar ridículo, poco le importa sufrir, poco 
le importa poner su cuerpo a merced de las intem- 
peries, puesto que lleva dentro de su alma la cau- 
sa misma de sus dislates y el consuelo de sus ma- 
les. Cervantes en este pasaje sobrepasa a todos 
los escritores clásicos porque pinta un estado de 
enajenación que escapó a los Homeros, a los He- 
siodios y a los Ovidios. 

Pero, tened vuestra imaginación por un momen- 
to, transportaos a las desiertas y polvosas llanuras 
de la Nueva Castilla, mirad esas polvaredas que 
se acercan una a la otra, pensad con el Hidalgo 
que son ejércitos que avanzan y van a acometerse; 
oid el lejano y vago murmullo de las voces; agu- 
zad la vista y mirad a los que van a combatir: Allí 
están las banderas de todos los imperios y de todos 
los reinos del Mundo; los escudos ostentan las em- 
presas y las divisas de todos los emperadores y de 
todos los reyes; estad atentos; mirad ese estandar- 
te con franjas negras, blancas y rojas, ese otro de 
dos colores, el de más allá de fondo uniforme, 
aquel con una cruz y el de aquí con animales pin- 



CERVANTES 85 

tados, que son quimeras; leed en los escudos y en 
las adargas: las divisas son muy variadas, pero 
casi todas, joh, irrisión! invocan el nombre de 
Dios, ¿acaso todos los emperadores son los esco- 
gidos por Él que dictó todas las leyes naturales y 
todos los reyes gobiernan por el derecho divino...? 
¡quién sabe! Los esquimales también se creen los 
escogidos y los chinos afirman ser hijos del cielo. 
Mirad el desfile interminable, las vanguardias se 
hallan en contacto; entonces tomáis el partido del 
que os parece que tiene mayores derechos y más 
amplia justicia; embrazáis la rodela, enristráis el 
lanzón y vais a cargar; vuestro fiel Sancho, la pru- 
dencia, os advierte que lo que creéis tropas, y don- 
de aseguráis que hay hombres, solamente existen 
dos manadas de corderos que triscan la polvosa 
tierra y las guijas de la llanura... ¿Y qué otra cosa 
son los ejércitos de todos los tiempos, que mana- 
das inconscientes y ciegas que corren y caminan 
a la voz del pastor...? ¿Qué cosa son las falanges 
destructoras de esos cerceñadores de vidas, así 
se llamen Jerjes, Alejandros, Césares, Adolfos o 
Guillermos, que rebaños de carneros conducidos 
al matadero.,.? Si cargáis, si atacáis con esforzado 
brazo, las chusmas os arrollarán: y aunque recu- 
rráis al mismo Bálsamo, un proyectil enviado por 



86 CERVANTES 

cualquier anónimo pastor os romperá la alcuza, 
amén de algunos dientes; y cuando hayáis caído 
sentiréis los pisotones de los carneros y los golpes 
de los emperadores y de los reyes... ¿No creéis que 
en este pasaje describió el dios Cervantes toda la 
máquina de disciplinas y ordenanzas, y más que 
ello las almas de los ejércitos y de sus jefes...? 

Las letras egipcias nos han legado una bella 
carta: la de un escriba a su hijo; en ella se habla 
de la triste condición del soldado; este documento 
fué traducido en los últimos tiempos; Cervantes 
no tuvo conocimiento de él; y, sin embargo, el 
Príncipe de los Ingenios pudo escribir el inimitable 
discurso de las Armas y las Letras, oración ma- 
ravillosa que honrara, no digo a los Demóstenes y 
Cicerones, sino al mismo Apolo, si tomata carne 
sólo para orar. En esa bellísima pieza, Cervantes 
hace notar, que entonces por entonces y hoy por 
hoy, la preeminencia es de las armas sobre las 
letras; el Manco de Lepante fué soldado, y más 
que soldado excelso artista, y más que artista un 
hombre que sintió y comprendió que la vida es 
una lucha, que sólo peleando se vive y que tan 
sólo el mejor preparado y el más valiente es el 
que triunfa. El gran español fué un predecesor de 
los Lamarck y de los Darwín. 



CERVANTES 87 

Pasemos a la aventura del retablo y a las mali- 
cias de Ginés de Pasamonte: el mono adivinador 
no es otra cosa que el embuste de que se valen los 
malos para engañar a los buenos: pero es más in- 
teresante el asunto mismo que se desarrolla en el 
retablo, es todo un episodio. Aparecen moros y 
cristianos: Don Quijote, indignado por las injusti- 
cias, esgrime la tizona, carga sobre los títeres, 
despanzurra al de aquí, descabeza al de allá, parte 
en dos al de acullá y pone término al misterio re- 
presentado. Cherbuliez, insigne escritor francés, 
en una bella novela, su obra maestra quizá, dice 
que cada uno lleva en su mente un teatro de títe- 
res y que éstos trabajan a la voluntad del amo, 
representando alegres comedias o tragedias terri- 
bles; el tablado de Ginesillo de Parapilla es nues- 
tra propia imaginación; los muñecos bailan, can- 
tan, discuten, se asesinan, tienen celos y aman; y 
así es lo que crea nuestra fantasía; nos parece tan 
real como si todo lo viviéramos; con ella asistimos 
a fieras peleas, a dulces coloquios, a terribles dis- 
cusiones ; sentimos igualmente que logramos 
nuestras esperanzas o que nuestro honor, palabra 
vana pero muy hondo sentimiento, se derrumba; 
cuando los títeres nos cansan rompemos a éste, 
arrancamos la cabeza de aquél o de un solo tajo 



88 CERVANTES 

acabamos con el tablado , como lo hizo Don 
Quijote. 

El Bálsamo de Fierabrás es un medicamento 
que debiera haber sido inventado en este siglo; su 
fórmula es santa y su fabricación tiene algo de 
ocultismo; es uno de tantos potingues de fabrica- 
ción americana o alemana; de ella sólo conocieron 
los grandes sabios de la Caballería los ingredien- 
tes; aunque vulgares, son maravillas; así lo afirma- 
ban los doctos. Don Quijote tiene la seguridad de 
curar con él, lo toma, y aunque afirma Cide lía- 
mete Benengeli que el buen Hidalgo vomitó todas 
las entrañas del pecho y del vientre, se sintió cu- 
rado y muy capaz de embrazar el escudo y esgri- 
mir la espada. En este episodio, el Caballerode la 
Triste Figura es uno de ios muchos que se dejan 
llevar por los anuncios de charlatanes y acudiendo 
a éstos se creen curados: recordemos el decir del 
buen Bertoldo, la profesión de la cual todo el 
mundo conoce, es la medicina; y, no hay nada que 
cautive más que el ignorar el efecto y los compo- 
nentes de una medicina. Hipócrates dice que el 
mejor médico es la naturaleza misma. Seguramen- 
te este aforismo no es discutible, puesto que día a 
día vemos que sana el enfermo de un pie extra- 
yéndole una muela. 



CERVANTES 89 

Las aventuras que han lugar en la casa de los 
Duques, sirvieran para escribir todo un libro de 
comentarios, ¡tantas y tan sabrosas son! ¡plegué al 
cielo que lo realice alguna vez un ingenio! Pero 
no debemos olvidar una que es singularmente in- 
tensa, bella y humana: Don Quijote se halla mal 
herido, con la cara y la cabeza vendadas, el cuer- 
po dolorido y el alma no muy católica; la persecu- 
ción amorosa de Altisidora lo pusieron en tan triste 
situación. Doña Rodríguez, tan fea como vieja, 
sabe que el esforzado caballero sabrá vengar un 
entuerto y consolar a una doncella, que ya no es, 
casándola con el malandrín que en tan poco tuvo 
la castidad de una heredera, pobre, de muchos tí- 
tulos de Aragón. Don Quijote siente la angustia 
de la tentación, cree que una princesa bella, en- 
carnación del Malo, viene en persona a tentarle; 
airado se pone en pie en su cama, se envuelve en 
la colcha y sobre las vendas coloca su galocha, 
espera una belleza y en lugar de ella se encuentra 
con la fea Doña Rodríguez; ¡es una fantasma! cree 
el buen Caballero, y en tono patético la conjura; la 
buena señora afirma que es casta y que es persona 
de este mundo, aunque no lo parezca; después 
demanda auxilio, cuenta las cuitas de su hija, la 
ex-doncella; pero como la lengua se mueve fácil- 



90 CERVANTES 

mente, no tiene esqueleto óseo, dice también que 
Altisidora tiene un cierto aliento cansado y que la 
Duquesa misma lleva dos fuentes, para desaguar 
los malos humores, y por las cuales no mana pre- 
cisamente, como afirma el de la Triste Figura, 
ámbar y algali, sino pestilente pus; Altisidora y su 
señora entran, apagan el velón, y a Doña Rodrí- 
guez le dan toda una tanda de palmadas en la 
región más gorda de su gruesa humanidad y al 
pobre Caballero una serie interminable de pelliz- 
cos. Este pasaje nos pinta dos cosas profundamen- 
te reales: Don Quijote es un enamorado casto, 
ama a la bella Dulcinea; todos los que aman, antes 
se dejarían arrancar diente a diente y verterían su 
sangre gota a gota, a faltar a lo que es una ilusión 
o un ensueño; además hay en nuestro ser ciertos 
estados de misticismo que nos enloquecen y nos 
fascinan; recordad a Palemón el estileta, al buen 
Antonio y a otros muchos que en la Tebaida fue- 
ron. La segunda parte de esta aventura fué conta- 
da por los viejos griegos y romanos; la fábula de 
Heros y Psyché es intensamente bella, el alma no 
puede conocer al amor, y el día que lo conoce, éste 
vuela; pero Cervantes sintió más humanamente el 
secreto; la mujer es un misterio, su alma es un 
arcano, quien quiera conocerla perderá ciertamen- 



CERVANTES 9 1 

te mujer y amor; la Duquesa y Altisidora saben 
que alguien sabe de sus defectos, y con movimien- 
to impulsivo e inconsciente dan una tunda a Doña 
Rodríguez y ponen en estaao, que no digan due- 
ñas, al valiente Manchego, 

Otras muchas aventuras pudiéramos citar y co- 
mentar en este bello libro, pero nos sentimos débi- 
les; para ello fueran necesarias péñolas mejor cor- 
tadas que la nuestra y escribir toda una serie de 
libros; terminemos, pues, estas tiernas añoranzas 
de ese monumento que fué distracción en la juven- 
tud y consuelo en la edad madura; terminemos 
citando una ley dictada en el Sinaí y que se en- 
cuentra en toda la obra de ese genio de los genios, 
y el cual, teniéndola hondamente arraigada en su 
corazón, tal vez no sabía que la comentaba y la 
desarrollaba tan intensamente en su libro: Ama a 
iu prójimo como a tí mismo. 

Carlos BARAJAS 

(México, 1917). 



^2 CERVANTES 



III 



Discurso sobre el "Quijote." 



Ya por el mundo no andan de los de lanza en 
astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo co- 
rredor. Así que eternamente quedará sin segundo 
aquel espejo y flor de la gentileza, que debajo de 
las banderas de amor puso en olvido a los doce 
pares de Francia y a los caballeros de la Tabla 
Redonda; aquel desfacedor de entuertos que por 
soledades y despoblados jamás dejó de correr en 
ayuda de los flacos y menesterosos; aquel, digo, 
que puesto que se engendró en una cárcel, salió 
de ella glorioso, y tres siglos ha viene haciendo 
gala de su donaire por todo lo descubierto de la 
tierra. 

Hado singular el suyo, que al resucitar la orden 
de caballería, sepultó en las entrañas del silencio 
a los antiguos andantes con los muchos libros que 
de sus fazañas estaban llenos. Pues siendo cierto 



CERVANTES 93 

que entre aquellos cuya letura le dejó vacíos los 
aposentos del celebro, hubo algunos que escapa- 
ron en el donoso escrutinio, con todo eso, al fin 
royóles el corazón la polilla, en tal guisa que a la 
hora de ahora es un puñado de polvo la máquina 
de sus mentiras y disparates. 

Y si uno de los que no cayeron en manos segla- 
res ponemos aún sobre la cabeza, es porque en 
efecto la musa Caliope ayudó a tejer al divino 
Ariosto su variada y hermosa tela, en que borda- 
dos se miran los altos fechos de los paladines de 
Carlomagno con los sucesos de Rugero y Ferra- 
gús, de Agramante y Marsilio, de Atlante y Mal- 
gesí, de Bradamante y Angélica, moros, reyes, 
mágicos y doncellas guerreras, en resonantes ver- 
sos lindamente cantados. 

Que privilegio del arte y de la poesía singular- 
mente es dar tan fuerte contextura y sangre tan 
roja a sus criaturas, que el espíritu, ya de sí inco- 
rruptible, logra en tamaño vaso resistirse lo mismo 
al tiempo que al olvido. De ahí que suela dispu- 
tarse al bronce para guardar la figura de los que 
tanto pueden, y coronárseles la sien con hojas de 
laurel a quien el rayo no ofende. Esa es la causa 
de que su nombre sea grabado en piedra mármol 
y encerradas como preseas sus reliquias en el tem- 



94 CERVANTES 

pío de la Fama. Todo lo cual es gloria, y es más, 
amor, reverencia, culto, que de gente en gente y 
de siglo en siglo, va dilatándose y creciendo y lle- 
nando el infinito espacio. 

Lo que siendo así del Orlando Furioso, sube 
más altos grados en la historia del Ingenioso Hi- 
dalgo. Quítenseme delante los que osen imagi- 
nar, pensar o decir que hay otra de quien se sepa 
que los niños la manosean, los mozos la leen, los 
hombres la entienden y los viejos la celebran, y que 
es corocida nación o lengua donde no se traduz- 
ca. Enhorabuena que Roldan, Orlando o Rotolan- 
do calce las espuelas a Don Quijote; mas así como 
nadie llegará a persuadirnos que aquél no fué tal 
y como el cristiano poeta lo da a conocer en sus 
peregrinos cantos, tampoco será posible encontrar 
quien niegue verdad tan manifiesta, cual es que 
alegró los horizontes del Toboso aquel sol de her- 
mosura que mereció tener por caballero a uno tan 
valiente y esforzado como el Manchego, cuyas 
hazañas casi podemos decir que han sucedido en 
nuestros días. Ni malandrín encantador alguno 
será poderoso a defraudar de la gloria que en 
ellas cupo al saco de maldades y costal de malicias 
cuyo nombre retoza en vuestros labios. Al contra* 
rio, así en los presentes como en los pasados tiem- 



CERVANTES 95 

pos, y no hay para qué añadir que en los ventu- 
ros, de buen o de mal grado habrá de confesar 
todo el mundo que dama más hermosa que Dulci- 
nea, caballero más enamorado que Don Quijote ni 
más gracioso escudero que Sancho Panza no se 
han visto ni verán nunca; siendo la razón y causa 
desto que aunque otros les aventajaran en buenas 
partes, jamás para encarecerlas habrá péñola que 
iguale la de Cide Hamete Benengeli. 

Nadie la mueva. Colgada de la espetera donde 
la dejó su dueño, por remedar lo que solían los 
paladines con su espada y los poetas bíblicos con 
su arpa, no ludibrio del viento, antes insignia de 
nobleza y trofeo de gloria, como ha vivido tres si- 
glos allí vivirá luengos más, en tanto se hable el 
idioma español, mientras se ame la virtud, se hon- 
re al ingenio y el fuego del arte dure en el cora- 
zón humano, 

Tate, tate, Avellaneda, quier verdadero, quier 
fingido escritor tordesillesco. Hurtando a Cervan- 
tes, ya que no su pluma, el designio de su obra, 
bien habedes visto que tamaña empresa para él 
solo era guardada. Si al menos lo hubiérades he- 
cho con la visera alta, hubiera aunque de lejos pa- 
recido vuestro ardimiento el del que se aventura 
en combates sin mirar que su enemigo sea un gi- 



96 CERVANTES 

gante o sea un vestiglo; mas con haberlo hecho 
de solapa por afrentar de viejo y suelto de len- 
gua a un buen soldado de Lepanto, merecida te- 
nedes la malandanza y los baldones que sepultan- 
do sigan vuestro libro y fingido nombre y loca au- 
dacia y verdadera envidia. 

Hágase a un lado el inquirir si fué un Aliaga ú 
otro que tal el autor del falso Quijote; que nada 
añadirán a la gloria de Cervantes la calidad y cir- 
cunstancias de su émulo, ri ganará mucho la his- 
toria de las letras castellanas, sacando en claro lo 
que debiera condenarse a eterno olvido. Agradez- 
cámosle antes la merced que nos hizo de poner 
acicates al genio; pues a no ser por él, hubiera 
quedado trunca la obra del escritor arábigo, sin 
esa segunda parte cuya invención es manifiesto 
que sobrepuja a la primera. Si me dejaran mentir 
la aventura de los leones y las bodas de Camacho, 
nunca lo consintieran el encantamento de Dulci- 
nea y la visita a la cueva de Montesinos, y menos 
que otra cosa alguna, las burlas donairosas de los 
duques; siendo de notar que si de mano maestra, 
cabal y perfecto, resalta en la Primera Parte el 
tipo de Don Quijote, no así el de Dulcinea, no asi 
el de Sancho, que apenas bosquejados estaban pi- 
diendo, aquél la maliciosa travesura del Toboso 



CERVANTES 97 

con la penitencia del socarrón escudero, y éste su 
gobierno de la ínsula Barataria. 

De celebrar es también que, pretendiendo seña- 
lar los yerros de la Primera Parte del Cervan- 
tes, quisiera Avellaneda hacerla parecer quejosa, 
murmuradora, impaciente y colérica, cual lo son 
ios encarcelados. Porque aun siendo innecesario 
rechazar el oprobio, échase de ver que se dolió de 
él Cervantes en que después de haber retratado a 
su héroe más valiente que enamorado, nos le pinta 
en la Segunda Parte más enamorado que valiente. 

Para los sabidores de cosas anejas a la orden de 
caballería, hasta sin la manera que tuvo en ar- 
marse caballero y sin las finezas que hizo en las 
entrañas de Sierra Morena, las aventuras en que 
mostró el valor de su fuerte brazo son acabado 
ejemplo de las mejores hazañas andantescas, las 
cuales no despiertan por cierto ninguna de las té- 
tricas ideas que el maldiciente crítico sugiere. El 
temerario con los molinos de viento y desalmado 
con el vizcaíno y los yangüeses, sabe ser compa- 
sivo con los galeotes y discreto y galante con Do- 
rotea; por lo cual y por sus maneras desenfada- 
das, altivo talante y habla caballeresca, siquiera de 
la cima de sus conceptos se despeñe en los abismos 
de su locura, divierte siempre, admira y encanta. 

7 



98 CERVANTES 

Mal año para cuantos no gozaren con las prue- 
bas de amor que llenan la Segunda Parte. En sólo 
manifestar sus pensamientos, sus sospiros, sus lá- 
grimas, sus buenos deseos y sus acometimientos, 
pudiera hacerse un volumen mayor o tan grande 
que el que pueden hacer todas las obras del Tos- 
tado. Antes que en otra aventura se ponga, lo pri- 
mero en que piensa es ir a tomar la bendición y 
buena licencia de la sin par Dulcinea, porque nin- 
guna cosa de esta vida hace más valientes a los 
caballeros andantes que el verse favorecidos de 
sus damas. Así que por besarle las manos vuela 
derecho al Toboso; pero hallando escurecida la 
estrella de sus deseos, no es maravilla que allí 
desmaye y suelte las riendas a Rocinante. Con 
todo, Dios, su señora y su brazo le valen en la 
Vitoria que alcanza del Caballero de los Espejos; a 
Dios y a Dulcinea se encomienda en la temerosa 
aventura de los leones; y únicamente porque co- 
nociera el mundo que, acorriéndole su dama, no 
había imposible que no acometiera y acabara, baja 
a la cueva de Montesinos. ¡O lloroso Guadiana, y 
vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis 
en vuestras aguas las que lloraron vuestros her- 
mosos ojos! Ahora es bien que sigáis llorando no 
tanto por el mal ferido Durandarte y la sin ven- 



CERVANTES 99 

tura Belerma, cuanto por el cautivo Don Quijote, 
que allí conoció y habló a Dulcinea, sin tener de 
ella otra respuesta más de que le volviera la es- 
palda y se fuera huyendo de priesa. Harto sabe- 
mos empero que su amor no fué de levante y re- 
cién venido o pintura sobre pintura, sino firme y 
pintado en la tabla rasa de su alma, tal que ni bo- 
rrarle ni menguarle podían desdenes de su encan- 
tada o requiebros de Altisidora. ¡Ni cómo habían 
de poder, si para Dulcinea, la sola hermosa, la 
sola discreta, la sola honesta, la sola gallarda y 
bien nacida, era de masa y alfeñique, y de peder- 
nal para las demás, las todasTeas, las todas necias, 
las todas livianas y las de peor linaje: para ella 
miel y para las demás acíbar, como que para ser 
de ella y no de otra alguna le arrojó la naturaleza 
al mundo! 

Si este pensamiento le fatigaba antes de ser 
vencido del Caballero de la Blanca Luna, mucho 
más le acudía y picaba después de caído: con que 
no sin razón pedía más afincadamente a los cielos 
que dieran su gracia a Sancho Panza para que ca- 
yera en la cuenta y obligación de azotarse por des- 
encantar a su señora. Pero ¡guarda! que el taima- 
do escudero no podía persuadirse que tuvieran 
que ver los azotes de sus posaderas con los dese.i 



100 CERVANTES 

cantos de los encantados. Aunque, bien mirado, sí 
tenían; porque debiéndose a Sancho el encanta- 
mento, nada más conforme a naturaleza que quien 
tal hizo tal pague. Una de las dudas que la Du- 
quesa quiso que en sabrosa plática le asolviese, 
fué que pues nunca vio a Dulcinea ni 1" llevó la 
carta del Señor Don Quijote, cómo es que se atre- 
vió a fingir la respuesta; a lo que recordaréis que, 
alzándose Sancho de la silla en que se sentaba, 
con pasos quedos, el cuerpo agobiado y el dedo 
puesto sobre los labios, anduvo por toda la sala 
levantando los doseles para cuidar que nadie le 
oyera, y luego, volviéndose a sentar, dijo que te- 
nía a su señor por un loco rematado y le hacía 
creer lo que no tenía pies ni cabeza, como fué 
aquello de la carta y lo del encanto de Dulcinea, 
que le dio a entender que estaba encantada, no 
siendo más verdad que por los cerros de Ubeda. 
Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, y 
si es fantástica o no es fantástica. Ello es que Don 
Quijote no llegó a verla nunca en su prístino ser 
y entereza, aunque oía a menudo su voz, cuando 
las estrellas entablaban su misterioso coloquio, en 
la calma de los bosques y en la soledad de su alma; 
voz que a las delicias del ensueño le llamaba blan- 
da y amorosamente primero, con renaciente ve- 



CERVANTES 101 

hemencia después, con todas las ansias del anhelo, 
que le henchía de suspiros el pecho y preñaba de 
lágrimas sus ojos. Por eso pasaba las noches en 
claro, atisbando entre los árboles o siguiendo el 
curso caprichoso de las nubes. Deseábala con te- 
són, buscábala con tanto ardor, que sin haberla 
antes conocido, podía creer que la hallaba donde- 
quiera: sentía sin duda clavársele en el corazón 
los dardos de sus mir?.das y aun percibiría el cru- 
jimiento de ia hojarasca bajo la presión de sus me- 
nudos pasos; mientras que a través de las inquie- 
tas trémulas frondas acertaría a distinguir, a las 
veces prendido y aun desgarrado por las ramas, su 
amplio, flotante y luminoso velo. Mas ¡ahí que a 
las primeras claridades de la aurora, a los primeros 
gorjeos de nueva vida, se disipaba siempre la vi- 
sión encantada, como todo lo que es puro, como 
todo lo que es noble, como todo lo que es bello: 
casi de entre los brazos del sin ventura enamorado 
la mujer ideal huía, volaba, subía a la región se- 
rena, cual un rayo de luz que se recoge, cual una 
esperanza que se pierde. 

Por la profesión que he recibido y cuantos jura- 
mentos hicieron los más famosos caballeros del 
orbe, que no es el menor mérito de Cervantes lle- 
gar a convencer a sus lectores de que Dulcinea 



l02 CERVANTES 

alienta como una mujer de carne y hueso, con el 
extremo de hermosura y grandeza con que su ren- 
dido caballero la pinta; a punto que siendo ella el 
alma de Don Quijote, sin parecer en la escena de 
su libro, llena todas sus páginas, en lo que se iden- 
tifican y confunden un arte maravilloso y un amor 
eterno. 

Creando un loco que discurre cuerdamente y 
pelea y triunfa por un dechado imposible de per- 
fección y belleza, al igual de los grandes de Es- 
paña ganó Cervantes el derecho de cubrirse de- 
lante de los genios de que se ufanan otras nacio- 
nes y otras lenguas: mas en lo que nadie le iguala 
y en lo que aventaja a todos, es en haber lanzado 
a la vida del arte un Sancho Panza, donde la crí- 
tica de Avellaneda y de cuantos Avellanadas pue- 
da haber, se embota y estrella. «Sancho Panza es 
uno de los más graciosos escuderos que jamás sir- 
vió a caballero andante: tiene a veces unas sim- 
plicidades tan agudas, que el pensar si es simple o 
agudo causa no pequeño contento: tiene malicias 
que le condenan por bellaco y descuidos que le 
confirman por bobo: duda de todo y créelo todo; 
cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale 
con unas discreciones que le levantan al cielo.» 
Con sólo nombrarle hay para reír de los baldones 



CERVANTES 103 

de quejosa, murmuradora, impaciente y colérica 
que a la historia cervantina arroja el escritor tor- 
desillesco; así como a la primera comparación del 
Sancho de un Cervantes con el de un Avellaneda, 
se deja ver cuan grande es la distancia que separa 
al genio y a la envidia. 

En las pláticas y sabrosos razonamientos que pa- 
saron entre Don Quijote y su escudero, mejor que 
en las descripciones y discurso de la obra, ea 
donde florece y brilla majestuoso y gallardo el 
idioma español; donde el estilo del maestro derro- 
chó su ingenio y su gracia; donde, apartándose de 
modelos y siguiendo solamente su propio impulso, 
estampó su sello de manera que a proclamarle 
obliga único y sin rival. Allí el escollo de los tra- 
ductores, la admiración de los gramáticos, la de- 
sesperación de los imitadores; allí también la cau- 
sa de que se pasen en silencio los descuidos, los 
olvidos y los defectos, y de que, queriendo discul- 
párselos, se llegue hasta elogiarlos. 

Todavía sin embargo no es allí donde su alto va- 
ler está. Al apoderarse del libro, ha solido la filo- 
sofía presentarle como espejo de la vida humana, 
en que ve cada uno fielmente su propia imagen, 
con sus mismas aspiraciones, sus mismos hechos y 
reveses, por lo que a todos contenta y cuadra a 



104 CERVANTES 

todas las edades. Regocija en efecto al niño, ense- 
ña al mozo y hace pensar maduramente al hombre» 
Este natural afán de sobrevivirse y dilatar su nom- 
bre por el ancho espacio y el curso interminable 
de los siglos, ¿es puro desvarío? ¿El amor grande y 
leal, un imposible? Sufrir hambres, sedes y rigo- 
res, y despreciar la vida por el bien ajeno, y ne- 
garse a sí mismo por acorrer al huérfano, a la viu- 
da, al menesteroso y al oprimido, ¿será locura que 
en los palos y molimiento de costiílas encuentre 
la sola y justa recompensa? A todas estas pregun- 
tas y otras más responde Don Quijote sin decir pa- 
labra, entrando hoy en esta corte con el aparato 
que él se imaginaba: los nobles le siguen; la ju- 
ventud le aplaude; las damas por mirarle se paran 
a las finiestras de sus palacios; y los emperantes 
le acogen en medio de músicas y flores. La gloria 
no es un sueño, Dulcinea desencantada recibe en 
sus brazos al bien criado, al valiente y generoso 
caballero. 

Los autores de obras de entretenimiento suelen 
dejar en ellas su propia hi-toria. Al animar a sus 
ficciones soplan en ella la pasión que los domina, 
por encaminarlas adonde ponen el logro de sus de- 
seos, de lo que pudieran citarse infinitos ejemplos, 
a no hallarse uno tan vivo en Aliguel de Cervantes 



CERVANTES 105 

Saavedra, que, como dejó escrito, aunque parece 
padre, es padrastro de Don Quijote. Significó así 
que, viniendo el famoso Manchego por línea recta 
del linaje de los Amadises y Esplandianes, a él 
sólo debe la vida artificial de sus aventuras y nom 
brados fechos, o sea la crianza y las inclinaciones, 
lo que hace que cuanto se dice de la obra se en- 
tienda dicho de su autor. 

Sin duda que se le hace pensar y decir más de lo 
que pensó y dijo en su libro; pero cabalmente en 
eso estriba su alto y verdadero mérito. Fecunda 
labor la del que siembra y se queda corto en cal- 
cular cuántas y cuáles flores ha de producir la si- 
miente y en qué número ha de cogerse el fruto. 
Dichoso el que logra plantar un huerto en que al 
lado de Alonso Quijano el bueno, se agita un San- 
cho malicioso y sensual, y en que si también pa- 
sean dándose la mano, el interés y la licencia, la 
fraude y el engaño, dondequiera asoma para todos 
el ideal que personifica Dulcinea. Allí es donde, 
ya anciano, y pobre, guardó el manco de Lepanto, 
con el tesoro de su alma, el único de su vida: su fe 
en Dios, su amor al bien, su respeto a la verdad, 
su culto a la belleza; simiente que en flores y fru- 
tos ha sobrepujado a sus mayores y más lisonjeras 
esperanzas, como lo dicen tres siglos que ante su 



IOS CERVANTES 

memoria se inclinan y con el entusiasmo de Dante 
por Virgilio le aclaman: tu duca, tu signore e titr 
maestro. 

Primo Feliciano VELAZQUEZ 

(C. de la R. Academia Española.) 
México, 1917. 



CERVANTES 



107 



CRÓNICAS DE LA GUERRA 



I ,a risa trágica de Bcrnard Shaw. 

II 

Impresiones de una excursión al campo de 
batalla.— La técnica de la guerra. 

Mis ideas sobre la técnica de la guerra no se 
fundan en la autoridad de los peritos que he con- 
sultado, sino en mis observaciones de civil y en el 
sentido común, y deben tomarse por lo que valen. 

Lo primero que se me ocurre es pensar que si 
los grandes cañones tuvieran la precisión que se 
pretende, o algo que se aproximara a esto, la gue- 
rra terminaría en dos días. Los ejércitos podrían 
cortarse mutuamente las comunicaciones, y, con- 
siguientemente, cortarse el aprovisionamiento de 
víveres a un costo insignificante. 

En el frente del Somme, los alemanes, que 
ocuparon recientemente unas posiciones británi- 



108 CERVANTES 

cas, saben tanto acerca de ellas como nosotros. 
Nuestros aeroplanos nos han proporcionado foto- 
grafías de las posiciones alemanas. Las proyeccio- 
nes estereoscópicas e interpretaciones de estas 
fotografías han llegado a tal perfección, que ahora 
son práctica y completamente comprensibles. 

El contribuyente británico lee que los grandes 
cañones pueden alcanzar blancos invisibles más 
allá de las cumbres de las montañas, y está infor- 
mado de cómo un aviador, con un aparato radio- 
gráfico, puede desde un punto en el empíreo, 
enviar a los artilleros observaciones para co- 
rregir el tiro, a fin de asegurar la destrucción 
de todo lo que está al alcance de su vista de 
pájaro. El contribuyente británico, que sabe que 
las granadas cuestan algo que se acerca a mil 
libras esterlinas cada una, y que un pequeño pro- 
yectil puede aniquilar doce hombres, destruir una 
línea férrea y remover una carretera hasta hacerla 
intransitable, por lo menos durante dos horas, se 
inclina a pensar que cinco millones de granadas 
pueden barrer del haz de la tierra a toda la na- 
ción alemana, y que doce granadas por día y por 
camino, cortarían el aprovisionamiento de víveres 
y municiones del enemigo, obligándolo a ponerse 
de rodillas a las cuarenta y ocho horas. Cuando ve 
que no sucede nada de eso y se le pide que en- 
cuentre el dinero suficiente para cubrir los más 



CERVANTES 109 

extravagantes cálculos de gastes, conduciendo la 
guerra a un fin rápido y decisivo, diez veces en 
cada semana se siente tentado a quejarse de que 
algo debe marchar mal, que los ejércitos no hacen 
realmente lo que pueden, que los reyes y los que 
se aprovechan intrigan para hacer perpetua la 
guerra, que los generales son inútiles y debieran 
ser suspendidos, y que una más resuelta prosecu- 
ción de la lucha debería llevarse a cabo, aunque 
fuera mediante el recargo de nuevos y extraordi- 
narios inconvenientes para él y para sus vecinos, 
siempre que con ello se produjera un sensacional 
aniquilamiento de los hunos. 

Ahora bien, yo como camateur> y como civil, 
no debo aventurarme a decir que los instrumentos 
de guerra no son los instrumentos de precisión; 
pero puedo, y lo hago, decir sin riesgo de que me 
contradigan, que las cosas que debieran suceder 
si fueran instrumentos de precisión no suceden, a 
pesar de que existe, sin ningún género de duda, el 
deseo del soldado de que las cosas a que aludo se 
realicen. Si tales cosas sucedieran yo no estaría 
vivo para contar el cuento. Para hacer sobre el 
papel las correcciones necesarias para el tiro de un 
gran cañón, necesita el oficial calculador cinco mi- 
ñutos; yo necesitaría hora y media; pero cuando 
la corrección está hecha y el cañón es disparado, 
una docena de condiciones, la presión atmosférica 



lio CERVANTES 

y sólo Dios sabe cuántas cosas más, inutilizan toda 
corrección y hacen vacilar los eternos principios. 
Cada bala tiene su boleta de alojamiento. Tenéis 
que disparar cinco mil granadas para conseguir 
que una llegue al blanco; por consiguiente, si no 
estáis muy bien provistos de municiones, no dis- 
paréis en absoluto. 

Yo permanecí asombrado delante y detrás de 
las baterías británicas, mientras cañoneaban a los 
alemanes con indiferente prodigalidad. Estábamos 
a fácil alcance de los cañones alemanes y yo espe- 
raba que éstos respondieran. No hubo tal respues- 
ta. El querido «boche» evidentemente considera- 
ba que granada ahorrada es granada ganada. Como 
el romano sitiado destruía las esperanzas del sitia- 
dor arrojándole panes, nosotros hacíamos la os- 
tentación de nuestros recursos lloviendo granadas 
sobre los alemanes como si fueran huevos a 16 por 
chelín. 

La última vez que estuve con Ricardo Strauss 
nos hallábamos de pie en el patio de una casa de 
Londres escuchando una banda de extraños ins- 
trumentos procedentes de Barcelona, que hacía 
vibrar nuestros diafragmas con su terrible «fortís- 
simo»; y nuestro grito era: «¡Más fuerte!», «¡más 
fuerte!» Pero las atronadoras baterías del Somme 
eran aún mejores que la orquesta de Barcelona y 
me encontré, de repente, deseando que Strauss 



CERVANTES 111 

estuviera conmigo y las disfrutara. En el frente no 
odiáis a vuestro enemigo, aunque vuestro destino 
sea combatir con él y matarlo. El odio es una de 
esas cosas que se hacen mejor en casa, y general- 
mente permanecéis en vuestra casa para sentirlo. 
Comprobáis que el querido «boche» ya no os hace 
fuego, por la simple circunstancia de que vosotros 
lo hacéis. El dispara cuando quiere destruir algo y 
sólo entonces. Mi opinión es que, a pesar de toda 
la devastación descripta en mi artículo anterior, 
él no destruye ese algo sino por casualidad. 

Me ha quedado tan pobre opinión de los altos 
explosivos, que creo que deberíamos volver a la 
pólvora negra de Waterloo, si es que fuera posi- 
ble transportar la gran cantidad de ella que ahora 
se necesitaría. Ya he descrito cómo las casas de 
Iprés estaban todavía en pie, aunque prácticamen- 
te cada hogar había recibido el choque de una 
granada de altos explosivos. Hacen prodigiosos 
agujeros estas granadas, y lanzan grandes masas 
al cielo con volcánica energía; pero el cielo se en- 
cuentra justamente donde no lo desea ni la menos 
ardiente aspiración de los combatientes. 

Un explosivo de expansión más «terre a terre» 
sería más útil. Podría él derribar una casa rom- 
piéndole les tobillos, en vez de golpear primero el 
techo haciéndolo caer adentro para luego muy su- 
perfluamente volarlo otra vez. Energía lateral y 



1J2 CERVANTES 

no vertical es, lo que a juicio de un «amateur», se 
necesita. Ruego a los inventores tomen nota. 

La combinación de la imprecisión con la más 
estrecha localización del efecto, conduce a una 
impunidad bajo el peligro que resulta increíble 
p:.ra el hombre que se queda en casa. He visto 
una fundición de acero, una de las más grandes de 
la región, con hornos visibles durante la noche 
desde doce millas de distancia, trabajando a toda 
fuerza en las mismas narices del servicio aéreo 
alemán. Sin embargo, en todos estos meses sólo 
dos bombas han sido arrojadas a los hornos, y nin- 
guna de ellas los inutilizó o les ocasionó daños 
dignos de mención. Sus riesgos a causa de acci- 
dentes propios eran mayores que los que corría a 
causa de las máquinas de destrucción, y puestas 
en juego contra ellos por sus poderosos enemigo?. 

La escuadrilla aérea británica que me hospeda- 
ba por las noches, ha desechado las cámaras foto- 
gráficas de los observadores y las bombas. Ahora 
es simplemente un cuerpo de duelistas. Sus má- 
quinas conducen solamente un solo hombre, y 
éste, con una mano en el volante y la otra en la 
ametralladora, se arroja sobre cualquier alemán 
que encuentra en el aire y le hace comprender, 
por lo-? efectos, como el guerrero shake>peariano, 
que «para uno de nosotros o para ambos la última 
hora ha llegado». 



CERVANTFS 113 

En la estación de aviación en que me encontra- 
ba, el oficial comandante, al mostrarme el cuerno 
de alarma que anunciaba que los hunos estaban 
cerca, tocó acciientalmente un botón y se oyó un 
sonido. Antes de que se pudiera explicar que se 
trataba de una filsa alarma, un cabiUero errante 
se lanzó de un salto al espacio y pasó una hora 
buscando un enemigo imaginario. Para crédito de 
uno de mi propia profesión, permílome añadir 
que el oficial comandante era un famoso autor y 
que manejaba su escuadrilla de voladores sin ma- 
yor esfuerzo. Me era fácil comprender cómo aquel 
hombre, que ha producido comedias modernas, 
podía realizar aqae! juego de niños. Por supuesto, 
no qu'ere decir que el duelismo en el aire haya 
reemplazado a la observación, a la fotografía, al 
lanzamiento de bombas y a la dirección del tiro. 
Allí, como en otra e^'ación aérea, tuve oportuni- 
dad de ver un aeroplano de dos asientos, con to- 
dos los aparatos necesarios, incluyendo los inven- 
tos necesarios a la mira, mediante los cuales el 
arrojar una bomba puede ser un acto tan preciso 
como disparar un fusil en los campamentos de Bis- 
ley. Los duelistas me han hecho comprender de 
nuevo que el hombre es todavía el instrumento 
de precisión por excelencia No tenéis que enviar 
mil aviadores a hacer la obra de uno; pero estáis 
obligado a lanzar rail bombas para que hagan el 

8 



114 CERVANTES 

trabajo de una sola, y después de todo hay muchas 
probabilidades de que no lo hagan. Insisto en es- 
tos puntos (siempre invitándoos a que recordéis 
que no tengo autoridad y que sólo expongo las 
deducciones de las observaciones de un «ama- 
teur») pof dos razones. La primera que ello es un 
beneficio para aquellos que, teniendo sus maridos, 
hijos, hermanos o amigos en el frente o que se 
hallan bajo instrucción para someterse a las terri- 
bles pruebas de la lucha, están atormentados por 
la idea de que nada puede escapar por mucho 
tiempo a estas formidables máquinas de destruc- 
ción, que tienen ojos en el aire y cuya trayectoria 
puede ser determinada tan exactamente mediante 
sus miras perfeccionadas y sus cuidadosamente 
calculadas correcciones, que pueden matar a un 
hombre infaliblemente a 15 millas de distancia. 
Ellas pueden hacerlo en efecto, ¡oh, inquietos!; 
pero por una causa o por otra no lo hacen. El co- 
mandante en jefe, con quien pasé una muy agrada- 
ble tarde, tuvo la bondad de hacerme presenciar 
una serie de experimentos de ciertos terroríficos 
medios de destrucción que estremecerían al más 
atrevido héroe. Sin embargo, los bien templados 
guerreros que ensayan y afrontan estas cosas, 
reían y hacían ofertas con respecto a ellas, que me 
recordaban muy nítidamente las apuestas que mis 
colegas de la vieja sacristía de San Pancracio 



CERVANTES 115 

acostumbraban a hacer cuando descubrían un nue- 
vo método que revelara los gérmenes de una en- 
fermedad mortal en la leche. Ellos, por una apues- 
ta de media corona, se bebían un cuarto de litro 
de esa leche y nunca pagaron su imprudencia con 
el castigo que la ciencia declaraba inevitable. El 
peligro de estas máquinas infernales es real y 
bastante tremendo; pero ellas no pueden buscar a 
su enemigo como lo hace el hombre. 

En Iprés, cuando se lanzaban gases, los solda- 
dos de un regimiento, víctimas de sus efectos, se 
se alineaban en los caminos, tosiendo hasta des- 
pedir los pulmones, presa de horribles tormentos. 
Otro regimiento, no intimidado por el espectácu- 
lo, cargaba por enmedio de ellos y avanzaba hasta 
llegar al gas. Sin duda alguna, estos milagros no 
pueden ser explicados, pero ocurren. La moraleja 
de ello es: «No os precipitéis. Dad al diablo los 
buenos días. La vida es muy incierta en ti frente; 
pero también lo es la muerte. Lo inevitable siem- 
pre sucede». 

La segunda razón de mi insistencia es que al 
antes aludido contribuyente británico debe ense- 
ñársele que la guerra no es precisa ni económica. 
Es un derroche casi inconcebible y extravagente. 
Ella nos incendia la casa para asarnos el cerdo y 
muy raras veces lo asa. En efecto, es un juego de 
azar fen el que el ciudadano ahmán y el ciudadano 



116 CERVANTES 

británnico deben emplear la imposible martingala 
de la dobla o retirarse. El alemán economiza mu- 
niciones silo para derrocharlas locamente cuando 
36 empeña la batalla. Nosotros estamos haciendo 
gastos con indiferencia y continuando la lucha, 
porque nuestro pobre corazón encuentra en ello 
una alegría. Y además, porque hemos pensado que 
la extravagancia compensa. Sin cálculo o con 
cálculo, hay que reconocer que el derroche es la 
ley en la guerra moderna, y que nada es barato 
en el campo de batalla, si se exceptúa la vida de 
los hombres. Dad a vuestros soldados morteros de 
trinchera suficientes, y ningún enemigo podrá vi- 
vir en sus posiciones o escapar de ser enterrado 
vivo en los abrigos. Pero el kaiser puede decir 
otro tanto y con igual certeza. Por consiguiente, 
contribuyente amigo, resignaos a esto: podremos 
combatir bravamente, combatir arduamente, com- 
batir por largo tiempo, combatir con astucia, com- 
batir despreocupadamente, combatir de ciento 
cincuenta modos; pero no podemos combatir por 
poco precio. Esto significa que debemos organi- 
zamos para aumentar la producción, fc.1 simple 
ahorro no gana batallas. Si destruímos con una 
mano, debemos crear con la otra Una nueva mo- 
raleja de todo esto es que los gases, los venenos, 
los proyectores de llamas que nuestros enemigos 
pueden inventar y nosotros copiar son tquantité 



CERVANTES 117 

neglígeable» como factores de la victoria, compa- 
T»4dos con el aumento en número y precisión de las 
armas, que matan al por mayor. Podéis aumentar 
la precisión, no sólo perfeccionando el arma, sino 
manteniendo la cabeza en buenas condiciones 
cuando la empleéis. El terror o el odio son malos 
para la cabeza. El hombre que dice: «daré vueltas 
a la manivela de mi ametralladora; pero no odiaré 
a mi enemigo», tiene más probabilidades de herir- 
lo. Aquel que entierra su hacha, tiene más proba- 
bilidades de enterrarla en el cráneo de un respe- 
table enemigo que de herir sus propias espinillas. 

G. Bernard SHAW 



118 CERVANTES 



LOS CANTOS DE LA GUERRA 



Balada. 

— Dime, abuela, ¿por qué ahora, 
que son las noches galanas, 
no están las rejas floridas 
ni hay alegres serenatas? 

—Es que han partido a la guerra 
los galanes que rondaban 
y ya no ponen las novias 
sus floridas enramadas. 
— Y dígame, la mi madre, 
¿por qué en las guerras se matan? 
Yo vi pasar los guerreros 
con bellos cascos y lanzas, 
banderolas y róndelas, 
que fulgían como plata. 

-Eso que tú viste, niña, 
con tan marcial arrogancia, 



CERVANTES 119 

eran los torvos corceles 
de la muerte, que pasaban. 

— Abuela, lloran los niños 
porque el hambre les acaba, 
y van gimiendo las viudas, 
locas y desmelenadas. 
— Es que ha estallado la guerra 
y han incendiado las fábricas, 
y no hay quien labre el terruño, 
y no hay ni abrigo ni hogaza. 
— ¡La guerra es un crimen, madrel 
— Pero los reyes la mandan, 
y los rebaños humanos 
sin saber por qué. .. se matan. " 
— He visto volar los cuervos 
en fatídicas bandadas 
y los canes vagabundos 
ladraron en lontananza. 

— Eran los fieros mastines 
de la Muerte los que aullaban. 

Fulge, sangriento, Saturno; 
hilan sin cesar las barcas, 
y el crimen habla al oído 
de las testas coronadas. 
— Madre, ¿tornará aquel mozo 
que tan rendido me hablaba? 



120 CERVANTES 

— No tornará, porque es muerto 

en una tierra lejana, 

y aunque ha muerto como un héroe, 

¡su madre cómo lloraba! — 

La niña baja los ojos 

todos velados de lágrimas. 

— ¡Malhaya la guerra, madre, 

que mis amores me mata! 

— Niña, lo mandan los reyes 

por el honor de la patria, 

y diz que tienen la honra 

en la punta de las lanzas. 

En sus áureos camarines 

sueñan los fieros monarcas 

con la gloria refulgente 

que les cubre con sus alas. 

Y, de ncche, en los distantes 
campos de horror y matanza, 
bailan la Muerte y el Diablo 
una alegre zarabanda. 

Emilio CARRERE 



CERVANTES 121 



Ya se van los quintos, madre... 



Ya se van los quintos, madre; 
ya cruzan el robledal. 
Dejan la tierra f-ín brazos 
y los campos sin segar. 
Tórnase en hieno de guerra 
la herramienta de la paz. 

Ya se van los quintos, madre; 
sabe Dios si volverán. 



* 
* « 



Ya se pierden por la sombra, 
río arriba, en el pinar; 
por aquel sendero blanco 
que se borra en el canchal. 

Ya se van los quintos, madre; 
sabe Dios si volverán. 



* 
« * 



Veo el ramo de amapolas 
en su mano rojear; 
gotas de sangre cogidas 



122 CERVANTES 

al paso por un trigal. 
Dios no quiera que la suya 
vaya otro campo a regar. 

Ya se van los quintos, madre; 
sabe Dios si volverán. 



* 

* * 



Tornaron cuando las hazas 
eran promesas de pan. 
Ya anidaban las cigüeñas 
en la torre del lugar. 
La blancura de las cumbres 
era en el valle cristal. 
La pobre madre reía 
junto al fuego del hogar. 

Ya se van los quintos, madre; 
sabe Dios si volverán. 



* 



Aquel uniforme majo, 
guardado con tanto afán 
en el cofre, que aromaban 
perfumes del tomillar; 
el uniforme que hacía 
tan caballero al zagal, 



CERVANTES ^23 



vuelve la madre, con llanto, 
del arca vieja a sacar. 
Por campos y por ciudades 
resuena un aire marcial. 
Ya se pregona la guerra 
del otro lado del mar. 

Ya se van los quintos, madre; 
sabe Dios si volverán. 

* 

* * 

— Brota sangre de una herida 
que no logro restañar; 
sangre que apagó mi fuego, 
sangre que me amarga el pan. 
Que fui madre de otro mozo 
que se marchó del lugar, 
por aquel sendero blanco 
que se borra en el canchal, 
cuando el sol de las cosechas 
era un dulce sol de paz... 
Y las cigüeñas volvieron; 
pero el pulido zagal 
murió con mozos hermanos 
al otro lado del mar. 
—Es la patria quien lo pide, 
madre, cesa en tu llorar. 
— Pobre patria la que deja, 



124 



CERVANTES 

bajo un dulce sol de paz, 

la campiña sin sus brazos 

y los panes sin segar. 

¿Por marchar el hijo mozo 

cosechas se lograrán; 

habrá abundancia en las trojes 

y alegría en el lagar? 

— Es la patria quien lo pide. 

— ¿Patria que tristezas dá; 

patria que entierra a sus hijos 

al otro lado del mar? 

Ya se van los quintos, madre; 
sabe Dios si volverán. 

Enrique de MESA. 



CERVANTES 125 



LÍA Y RAQUEL 

(CUENTO) 

Eran dos hermanas, las dos hermanas de todos 
ios cuentos, y, como las dos hermanas de todos 
los cuentos, una rubia, morena la otra; sólo que 
aquí la rubia era hermosa y la morena era fea y 
contrahecha. La rubia era la guapa de la familia, 
aquella para la cual se compran las telas y las joyas, 
la que el papá y la mamá invitan con insistencia 
al teatro y a visitas, en tanto que dicen a la otra: 
«Tú no has de querer ir, verdad?; debes estar 
cansada»... 

La morena era una verdadera «Cenicienta,» la 
Cenicienta sin encanto de esta historia sin interés; 
una Cenicienta cuyo pie no iría nunca a buscar el 
príncipe maravilloso para calzarle el chapia de 
cristal hallado en el camino .. 



126 CERVANTES 

Era tímida, como lo son generalmente las mu« 
jeres contrahechas, y sus ojos parecían pedir a 
todo el mundo perdón de atreverse a brillar; per- 
dón del desacato de ver cómo los otros (los ojos 
que son bellos y amados), el jubiloso color de 
rosa de las mañanas, el oro en sazón de los 
mediodías y la austera opulencia de las tardes: la 
fiesta de las hojas y las flores en la landa y la ma- 
jestad del cedro en la montaña; el raso trémulo de 
los lagos y el azul pensativo de los cielos..; 

Sabía la fea (a la que llamaremos Lía, en memo- 
ria de aquella triste hermana de Raquel, de ojos pi- 
tañosos, que Labán puso con vergonzante cautela 
en el lecho de Jacob como premio de siete años 
de trabajo), sabía la fea ejecutar mil primores: 
era, como las augustas reinas que hilaban en la 
rueca sus telas y sus sueños^ verdadera maga de 
cuyos dedos salían prodigios: ¡cuántos tejidos, que 
parecían, tal era su finura, hechos con los propios 
«hilos de la Virgen» o con la substancia misma de 
la ilusión! ¡Cuántos manjares dignos de la mesa 
de un emperador! y, con esto, una pericia elegan- 
te y suave para tocar el piano y el arpa. 

Lía había aprendido desde temprano que era 
preciso vestir su fealdad, vestirla de algo para que 
fuese menos ingrata ante los ojos de los hombres y 



CERVANTES 1^7 

la había vestido de inteligencia, de bondad y de 
amor. Su alma era una piedra preciosa, cuyo ma- 
yor mérito consistía en un instinto incalculable de 
sacrificio. 

Era Lía uno de esos seres llenos de misericor- 
dia y de abnegación, que siempre ceden su parte 
en la vida y tornan, si es posible, más desnudos 
que los otros a la eternidad. 

Abundan por cierto tales seres en la familia 
hispano-americana: casi siempre hay en una casa 
una Cenicienta que da su parte a los demás y que 
se siente feliz por haberla dado. Almas raras que 
nacen atormentadas por una misteriosa sed de 
oblación, divinas sitibundas que jamás se sacian de 
sacrificio: Lía era como éstas. 

Si acertaba a cocinar uno de esos manjares 
sabrosos y deleitables que son la alegría de una 
mesa, todos menos ella lo gustaban, porque era 
su placer que lo gustasen todos, prometiéndose 
gustar ella lo que quedara, y por lo común nada 
quedaba. 

Siempre llegaba tarde para recibir el bien, 
semejante al poeta de la fábula, que se presentó 
después de todos ante Jove cuando ya estaba 
hecha la total repartición de las heredades del 
universo mundo. 



128 CERVANTES 

Si SU hermana, tras de haber derrochado sus 
haberes, tenía un capricho, estaban ahí los ahorros 
de Lía. Si su hermana, a la que llamaremos Ra- 
quel para apurar el símil bíblico que usamos al 
principio, cometía un yerro, Lía echaba sobre sí 
la culpa y recibía sin protestar el condigno castigo. 
Lía era quien rompía siempre los platos, quien 
perdía los dedales y las tijeras, quien acababa 
primero con los trajes, quien quemaba la leche de 
los postres, quien se dejaba robar por las criadas. 

Lía tenía siemore la culpa: era éste un princi- 
pio establecido en la casa. 

Y era Lía también quien dormía en el suelo, 
sobre una estera, a hurtadillas de sus padres, 
cuando huéspedes inesperados llegaban y faltaba 
un lecho. Lía era quien al alba estaba de pie, 
disponiéndolo todo, recorriendo la casa como una 
bendición mientras que los demás holgaban entre 
sábanas, disfrutando de esa voluptuosa e intermi- 
nente prologación matinal del sueño. 

♦% 

Pero un día aquella alma desnuda de todo, hasta 
de deseos, sintió que llamaban paso y con insis- 
tencias a su puerta, y pálida se estremeció: el 
que llamaba así era el amor. 



CERVANTES 129 

Entre el enjambre de muchachos que cortejaban 
a su hermana, bella como éxtasis, y a quienes 
Raquel correspondía con un amable y coqueto 
desdén «colectivo», uno, Carlos, guiado quizás por 
secreto instinto, había ido poco a poco alejándose 
de la hermosa para acercarse directamente a Lía, 
a la pobrecita Lía, tan callada, tan fea, tan pálida 
y tan triste, adivinando quizá la santa piedra pre- 
ciosa de su espíritu. 

Era Carlos un muchacho silencioso también y 
pensativo; probablemente un ideólogo, un poeta, 
un sentimental que empezaba por confundir el 
amor con la misericordia. 

Lía tuvo miedo al principio, un miedo terrible 
de engañarse; luego, siguiendo su avasalladora 
tendencia al sacrificio, miró hacia todos los lados 
en la zona de su vida, para ver si alguno de los 
que pasaban, necesitado de amor, le pedía el de 
Carlos, a fin de dárselo... Mas nadie apareció en 
el camino, nadie se dio cuenta de que Lía era 
poseedora de un cariño muy grande, muy grande, 
y entonces, la infeliz (como el niño mendigo que 
tropieza en la calle con un juguete, vuelve tími- 
damente la mirada en derredor por miedo de que 
algún niño rico le reclame el hallazgo y le pegue, 
y ai ver que nadie le persigue, se aleja glorioso. 

9 



130 CERVANTES 

recatando su tesoro) echó a correr con su cariño 
escondido en el más casto escondrijo de su alma» 
al rincón más apartado de su vida, y ahí se llevó 
aquel amor recién nacido a los labios, con unción 
infinita y púsose a besarlo, dulcemente, muy dul- 
cemente, primero; después como una insensata, 
en un inopinado despertar de vida, presa de una 
poderosa conflagración de anhelos y temores y 
esperanzas... 

¿La amaba Carlos? ¡Oh! sí, sin duda; no hay en 
el mundo un ser bastante malo para burlarse de 
una fea hasta el punto de sacudir con engañifas- 
la virginidad callada, hermética y pudorosa de su 
alma... ¡Carlos no era malo, y Carlos le había 
dicho que la quería así como era, morena, muy 
morena, bajita, muy bajita, contrahecha, canija, 
ñoña y mísera! Tenía, sin embargo, un miedo 
cerval de que aquello se trasluciera, miedo y ver- 
güenza, y no cesaba de suplicar a su Carlos 
generoso: 

— ¡Por Dios, no lo digas por Dios, que nadie lo 
sepa — y añadía para su coleto — : ¡Si supieran que 
poseo este tesoro y viniesen a pedírmelo... tendría 
que darlo! 

Pero nadie lo supo, por más que maguer el 
disimulo de ambos, metódico y reconcentrado, era 



CERVANTES 131 

tan fácil darse cata de ello con sólo mirar los 
pobres ojos de Lía, aquellos ojos llenos ahora de 
felicidad, y que la iban proclamando «a grito- 
herido», como si dijéramos, por toda la casa, y 
por toda la ciudad y por toda la vida... 

Lo que aconteció fué diferente y monstruoso, 
dentro de la monstruosidad consuetudinaria de la 
existencia: aconteció que Raquel empezó a ena- 
morarse de Carlos. ¿Por qué? Por una razón muy 
sencilla: porque Carlos era el único que se sustraía 
a sus encantos inefables; el único que, sin que ella 
pudiera comprender la causa, le negaba el pleito 
homenaje, y — ¡esto es y ha sido siempre tan 
humano! — nació en ella como en tantas otras en 
casos semejantes, un capricho, un capricho de 
conquistadora desdeñada, que se apercibe a luchar 
con el arsenal de todas sus gracias, que echa ma- 
no de todos sus recursos. Empero el ímpetu de la 
hermosa se estrelló ante la inconsciencia de Car- 
los. Entonces el capricho se volvió amor. 

Carlos no se dio cuenta al principio de los 
sentimientos que inspiraba. Estaba serenamente 
asomado al alma de Lía.. . Pero al fin los ojos azules 
de Raquel empezaron a turbarlo. Lía tampoco se- 
había dado cuenta de nada; amaba en pleno 
recogimiento y en absoluto éxtasis... Pero al fin fué 



132 CERVANTES 

nevando sobre su espíritu la frialdad creciente, 
lentamente creciente, imperceptiblemente invaso- 
ra de Carlos; y un día, deepués de muchos meses 
en que les ojos maravillosos y los encantos todos 
de Raquel habían hecho su obra, y en que la mis- 
ma dificultad y lentitud de esta obra había acabado 
por enamorar locamente a la bella testaruda, ésta 
dejó que saliera de sus labios un turbulento grito 
de conciencia. 

— ¡Hermana, hermana; yo sufro mucho, yo 
estoy enamorada de Carlos! 

Lía sintió al oir el grito lo que el niño del símil 
cuando le piden el juguete que habían encontrado; 
algo como un rápido y doloroso convencimiento 
que podría traducirse con estas palabras o con 
palabras semejantes a éstas: «¡Es claro! ¿Cómo 
pude yo pensar que era para mí una cosa tan 
bella? Pues qué, ¿he tenido yo algo, alguna vez 
en la vida?» 

Pregunta esta iiltima, formulada íntimamente, 
con naturalidad y sin la menor sombra de despe- 
cho; porque el instinto de sacrificio ingénito, la 
tendencia idiosincrática a la oblación, habían ido 
borrando toda idea de derecho propio y de pose- 
sión en aquella alma... casi toda idea de individua- 
lidad. 



CERVANLES 133 

Sin embargo, fuerza es confesarlo: Lía se 
defendió esta vez; tuvo un impulso, |el único de 
rebelión! No tan aínas se arranca del corazón lo 
que es ya su vida, su luz y hasta su propia subs- 
tancia: 

— No — respondió Lía;— tú no estás enamorada 
de Carlos..* 

E iba a añadir: cCarlos me quiere. ¡Me lo ha 
contado!» 

Pero no lo dijo. Raquel, abrazándola, *.omo 
siempre que quería obtener algo de ella, dejó 
escapar un torrente de palabras: 

— Sí, lo quiero, hermanita; lo adoro; es el único 
hombre que he querido en mi vida; es preciso 
que me ayudes, que me ayudes con papá, con 
mamá, con él mismo... ¿he? ¡Tú no sabes cuánto le 
quiero! 

Lía se asió a la última esperanza débily alirrota 
que pasaba: 

— Pero Carlos... ¿te ha dicho a^go? 

No; Carlos no le había dicho nada aún. Carlos 
tenía vergüonza y remordimiento. Carlos será 
bueno en el fondo (como todos los infidentes y los 
tránsfugas). Pero, en primer lugar, si se llegó 
hasta Lía fué porque, visto al principio por Raquel, 
rodeada de amadores, con cierto desdén, no cupo 



134 CERVANTES 

en el número de sus probalidades la de ser amado 
por ella; y luego, porque Lía estaba tan sola y era 
tan desvalida y tan pequeñita dentro de la existen- 
cia que la compasión se vistió de catino.,. Mas 
ahora Raquel venía hacia él desplegando todas sus 
gracias «hemosa como la luna, resplandeciente 
como el sol, terrible como un ejército ordenado en 
batalla»... ¿Cómo resistirla? 

* 
* * 

— Lo quiero mucho, hermanita, ayúdame... — 
Lía enmudeció algunos segundos... los pocos se- 
gundos que ella necesitaba para una oblación, y 
luego besó a Raquel con un beso suave, cuchi- 
cheándole al oído: 

— ¡Sí, hermanita; yo te ayudaré! 

Al día siguiente Carlos recibía estas breves 
líneas: 

«Carlos: Mi hermana le quiere a usted y usted 
quiere a mi hermana: yo, por mi parte, había ima- 
ginado quererle; pero me engañaba: le quería sólo 
en nombre de Raquel y mientras llegaba.. .¿De- 
sea usted hacerme.feliz?, pues hágala dichosa.» 






CERVANTES 135 

Esto que refiero pasó hace muchos años. Raquel 
se casó con Carlos y hoy es una venerable abuela. 
Lía, después de haber sido una verdadera madre 
para los hijos de Raquel, por los cuales se sacri- 
ficó siempre, era una segunda abuela para los nie- 
tos, por quienes también empezada a sacrificarse. 

Pero en la pasada primavera una pulmonía se la 
llevó a la tumba, y la noche en que velábamos su 
cadáver observando con pena que ni la muerte, 
que es una gran embellecedora, había logrado 
embellecerla, un viejo amigo de la casa, católico 
él, me llevó al hueco de una ventana para decirme 
con acento piadoso: 

— Ahí donde usted la ve, es muy pesible que 
esa buena de Lía esté a estas horas en el in- 
fierno... 

— ¿Por que? — le pregunto sorprendido. 

— ¡Ah! — me respondió alisándose la barba, ade- 
mán que le es peculiar— porque si encontró en el 
camino de la muerte a un pobre reprobó, es muy 
capaz de haberle cedido su bienaventuranza y de 
haberse hundido ella en su lugar en el infierno por 
toda la eternidad... 

Amado ÑERVO 



135 CERVANTES 



GUILLERMO JIMÉNEZ <" 



Acabo de leer el elegante tomito de cuentos 
Del Pasado y de releer Almas Inquietas, de 
Guillermo Jioiénez, y bajo la influencia de esa im- 
presión tomo la pluma. Todos esos cuentos son 
cortos, brevísimos, de la naturaleza de aquellos 
que casi no se escriben en nuestro país. El proce- 
dimiento de que se vale el autor para hacerlos in- 
teresantes, es muy sencillo: toma la narracif^n en 
el punto crítico del argumento, y íorma con ella 
un cuadrito de patética intensidad. Nada de ante- 
cedentes nada de consecuencias; los personajes 
aparecen de súbito, desempeñando rápida y con- 
cisamente su papel; súbese de improviso a la cul- 
minación del relato, y todo termina de golpe. 
Puédense comparar las creaciones de Jiménez a 
un hilo representado por un solo nudo; desátase 
éste, y el hilo queda roto sin más preámbulo. 



O) A continuación reproducimos dos trabajos de este escritor. 



CERVANTES 137 

Tal forma de contar podrá tener inconvenientes 
por el aislamiento en que los hechos y el escena- 
rio se exhiben; pero dispone, en cambio, de una 
ligereza embriagadora, de una actividad que se 
desenvuelve sin tardanza, libre de circunloquios, 
de desleimientos y de fatiga. Pónese a la vista el 
caso concreto, sin accesorios estorbosos, y se ases 
ta el golpe duro, rectilíneo, sin misericordia. Fi- 
gúranseme tales ficciones, consignadas en las 
blancas páginas del libro y sueltas y aisladas de 
todo contacto ambiente, rosas sanguíneas disper- 
sas sobre blanco mármol, sin tallos ni raíces. 

Hondo interés despiertan esos desenlaces ins- 
tantáneos, esas centellas vivísimas, esas ráfagas 
de cegadora luz que brillan cuando menos se es- 
pera, y se apagan apenas nacidas, como misterio- 
sas luciérnagas que fosforescen en el seno de lo 
invisible. La misma falta de preparación, la mis- 
ma carencia de antecedentes de lo que se refiere, 
rodea y aprisiona el argumento en una como at- 
mósfera de misterio, que queda vibrando más acá 
y más allá de la narración; de tal suerte, que 
puestos en movimiento los ocultos resortes de la 
fantasía, ábrense de par en par las puertas de la 
ficción personal, y échase ésta a dibujar a su pro- 
pio riesgo, arabescos y figuras en derredor del 
cuadro trazado por el artista. 

He comparado los cuentes de Jiménez con ro- 



138 CERVANTES 

sas sangrientas, y al hacerlo así he procedido con 
franca deliberación; porque todos, o casi todos 
ellos, son trágicos o al menos dolorosos, todos pun- 
zan, todos hieren, todos producen sentimientos 
de angustia. 

¿De dónde ha sacado Jiménez ese acervo de 
pesimismo y desconsuelo que constituye el fondo 
de toda su obra? No de la vida real, evidentemen- 
te, porque sus veintitantos años no le han propor- 
cionado todavía ninguna experiencia, y porque le- 
jos de ser un joven de alma gastada por las aven- 
turas mundanas, es fuerte, espiritual y equili- 
brado. Su porfiada melancolía es solamente pres- 
tada; su desencanto es nada más que artístico; es 
su libro reflejo de lecturas, no corresponde a co- 
sas vistas. Esos marqueses, esos banqueros judíos, 
■esas floristas trocadas en elegantes cocoites, esos 
cafés conciertos, esa desilusión nacida de la socie- 
dad, no son cosas de por acá, ni mucho menos de 
Jiménez, que apenas comienza a iniciarse en la 
vida; son de por allá, de muy lejos; rumores pa- 
TÍsinos, estruendo de bulevares, deslumbramien- 
to de Campos Elíseos, locuras de la Closerie des 
Lilas y del Moulin Ronge, con algo de reminis- 
cencias de La Piel de Zapa, de Madame Bovary 
y de Nana, y, sobre todo, de los cuentos compri- 
midos de Catulo Mendes. 

La novelística mejicana, a partir de nuestro f amo- 



CERVANTES 139 

SO escritor Federico Gamboa, discípulo de Zola, 
ha seguido ese camino sombrío. La vida, vista al 
través de la lente de nuestros jóvenes novelado- 
res, es un tejido de aspiraciones neuróticas, de 
refinamientos artísticos, de voluptuosidades insa- 
ciables, de prematura corrupción y de ensoñado- 
ra desdicha. Ni un rayo de alegre sol para esas 
«scenas, ni un canto de ruiseñor para esas intrin- 
cadas umbrías, ni una leve sonrisa para esas po- 
bres almas atormentadas. Los elegantes micro- 
cosmos criados por esos forjadores de ocultos y 
afiligranados ensueños, no aparecen a los ojos del 
lector bañados por las claridades solares, sino por 
los descoloridos rayos de la luna, y levantan en el 
alma ecos parecidos a plañideras elegías, canta- 
das al borde de las tumbas por fantasmas coro- 
nados de adelfas a la sombra de los cipreses. 

Admiro y aplaudo a Guillermo Jiménez, que 
hace su aparición en la arena literaria con dos li- 
bros tan bien acabados en la mano. Iniciarse así, 
significa poner los pies en el camino del triunfo. 
Estilo formado ya, fuerte, refinado, exquisito; al- 
tiva imaginación, que cría cuadros de despiadada 
potencia; descripción vertiginosa y enérgica, que 
con unas cuantas pinceladas da claro- oscuro, co- 
lorido y relieve a objetos y personajes, simpatía 
humana, honda, callada y penetrante, bajo capa 
•de crueldad escondida, y sobre todo ello, un pro- 



140 CERVANTES 

fundo sentimiento poético, difundido y como es- 
fumado en el crudelísimo encanto de esas ende- 
chas en prosa. 

Sea para bien. El público lector, al darse cuen- 
ta de la facultad creadora y de la delicadeza artís- 
tica del casi adolescente novelista, se siente con 
derecho para pedirle mucho, para pedirle abun- 
dantes obras nuevas y mejores, todos los días, que 
le encanten y deleiten, y aguarda, además, que, 
sin dejar de la mano el aguzado y sutilísimo pincel 
con que traza ahora sus elegantes miniaturas, haga 
uso de otros de mayor alcance y potencia, con los 
cuales logre enriquecer lienzos grandiosos, donde 
resplandezcan, al par de la importancia de la com- 
posición, la finura 'le los detalles y la viveza del 
colorido. Cuenta el novelista para satisfacer las 
bien fundadas exigencias de los amantes de las 
letras, primeramente, con su fresca y rica musa, 
rebosante de vida, ensueños y visiones, y, des- 
pués de eso, con el msgnífico panorama que le 
ofrece nuestra patria, salda de las manos del 
Criador con los flancos cubiertos por jirones del 
Paraíso y con las alturas empenachadas de nieve 
perpetua, y de las manos de la Historia, con una 
raza de pretasy soñidores arriba, y otra de cria- 
turas inconscientes y desventuradas abajo. Del 
es'udio y exposición de eses fuertes contrastes, 
físico el uno y social el otro, habrán de salir la» 



CERVANTES I4t 

obras maestras de nuestras futuras letras naciona- 
les. Porque no hay nada más fecundo para la ins- 
piración de poetas y artistas, que esos juegos de 
luz y sombra en los cuadros que se miran y en los 
caracteres que se observan en derredor. Así lo 
probaron no hace mucho todavía, Rembrandt con 
el pincel, y Víctor Hugo con la pluma y con la 
lira. 

José LÓPEZ PORTILLO Y ROJAS. 

(C. de la Academia Mexicana de la Lengua.) 



142 CERVANTES 



DEL DOLOR Y EL AMOR 



Las mujeres de la tropa. 



Ustedes las han visto pasar, bajo la lluvia de oro 
del crepúsculo, tras de la columna gris del bata- 
llón que se aleja. 

Pasan gritando, desenvueltas y asquerosas, con 
un gesto de cruel desencanto; parece que en sus 
almas no bulle una esperanza, que en sus pupilas 
cansadas no arde el fuego de la ilusión. 

¡Pobres mujeres! 

Son las madres, las esposas y las queridas de 
los Juanes... El amor virgen y el dolor brutal vi- 
bra en sus cuerpos; y el dolor y el amor las arras- 
tra al sacrificio: son flores de miseria y de sensua- 
lidad... y de caridad también. Ellas forman la fa- 
milia momentánea de los hombres de la tropa; no 
tienen hogar y tal vez ni religión; no les importa 
el pasado, ni les preocupa el mañana. 



CERVANTES 143 

Yo me he deleitado viéndolas reir y gozar cuan- 
do calientan el rancho para su hombre. 

Si las viera usted, en la noche, en pleno campo, 
en rededor de la hoguera que chisporretea, pare- 
ce que de sus ojos se esfuma el intenso fastidio de 
la vida y que arden cuando copian los leños encen- 
didos; las llamas locas lamen sus fuertes rostros 
de bronce y les chamuscan los pelos de la frente... 
se oye una risotada, una blasfemia, luego un beso; 
después, el idilio salvaje. 

Más tarde hinchadas de rabia, llenas de celos,, 
se acuchillan con otra hembra que pretende robar 
el corazón de su juan. 

Corren a encontrarse, vertiendo sus labios una 
tempestad de insultos; se desgreñan, se hieren y 
se matan... 

Miradlas cómo siguen el cortejo guerrero, en- 
vueltas en una nube de tierra; todas feas, disgra- 
ciosas, mugrientas y disolutas; montadas en flacos 
rocines, cargadas de mil y mil baratijas que pesan 
más que una maldición; luciendo la media azul 
eléctrico que se enrolla en el calzado pardo; lle- 
vando en los brazos un muchacho que llora y en el 
hombro una cotorra que grita. 

Llega la hora suprema, cuando millares de bo- 
cas de acero vomitan fuego sobre sus hombres; 
entonces las mujeres del batallón, sin miedo a la 
muerte, se precipitan sobre los heridos; sus manos 



144 CERVANTES 

ásperas se convierten en vendas milagrosas que 
restañan heridas y consuelan a aquellos infelices 
que se mueren... Son la esperanza de los que su- 
fren, son ángeles que cuidan de los que agonizan, 
son la Caridad materializada... 

Yo admiro a esas flores de miseria en la sensua- 
lidad enervante de su desenvoltura, en la maravi- 
lla de su caridad heroica. 

Ustedes las han visto pasar, envueltas en una 
nube de polvo, cuando de un crepúsculo de cris- 
tal caen diáfanas amapolas escarlata... 



* 

* «r 



Junto al brocal florido. 

Fué un amanecer sonrosado, fué una mañana 
olorosa y alegre cual zagala que saliera de un so- 
noro remanso, con la camisa juntada al cuerpo fra- 
gante, los pies desnudos y las trenzas húmedas al 
viento. 

El rumor de los pinares era una caricia diluida 
en el perfume de las ondas. 

Jade inte mugíi el ganado mordiscando la hierba 
mojada, y los recentales, traviesos, con ansia se 
pegaban a las ubres temblorosas y tibias. 



CERVANTES 145 

Las golondrinas, sobre el alero, cantaban su ple- 
garia matinal y las palomas tendían sus alas níti- 
das a la gloria del sol. 

En la lejanía azul vibró una voz doliente: 

— ¡Macario, Macario, devuelve la yunta, que ca- 
mina por el barbecho y va a brincar las trancas del 
sembrado...! 

El mancebo no oyó nada; junto al brocal florido 
del pozo legendario, en sus manos enredaba el 
fleco multicolor del rebozo de Catarina, de la moza 
melliza, orgullo de la hacienda, hija del mayoral y 
sobrina del señor cura. 

— Catarina, te quiero mucho, Catarina — decía el 
gandul, sonando las espuelas plateadas y colo- 
cando el jarano a los pies de la muchacha — . ¡Si 
vieras cómo te quiero! Te quiero con toda mi alma, 
porque tienes esos ojazos que parecen dos luceros; 
porque tienes la boca colorada como clavellina y 
sabrosa cual si fuera fruta madura de mi huerto... 
Dime que me quieres, Catarina, y en la cosecha te 
haré mía, muy mía, sólo mía... 

Con los ojos baj^s, la rapaza, llena de rubor, 
reía, enseñando la hilera seductora de sus dientes 
blancos, blancos como granos de tierna helóte; y 
nerviosas, sus manos, estrujaban el delantal florea- 
do; y tímidamente murmuraba: 

— Suéltame, Macario; suéltame... ¡Si te quiero 
mucho, mucho...! 

ÍO 



ÍA6 CERVANTES 

— Si me quieres, chatita, déjame probar tu boca, 
esa boca que parece amapola de cuaresma; déjame, 
Catarina... 

— ¡Macario...! 

— Mi solar y mi huerto serán tuyos; tengo para 
ti una yegua tordilla y un potro alazán, una vaca 
de tres colores y un becerro blanco que tiene una 
mancha amarilla en el testuz; en mi corral hay 
hasta seis ovejas negras, y diez cabras, y cinco ga- 
llinas ponedoras y un hermoso gallo tornasol; todo 
es para tí, lo mismo que un collar de corales y un 
brazalete de granates y tres anillos [de oro que 
traje de la feria; pero dame un beso, dale un beso 
a tu ranchero, dale un piquito a tu Macario... 

— ¡No, Macario...! 

— Así, mi chiquita; así, vida mía... 

El gallo, aleteando, cantó gallardamente; las 
gallinas cacarearon inquietas, las golondrinas alar- 
garon sus cuellos negros y temblaron las románti- 
cas palomas, y allá, en el confín candoroso, una 
voz se íundió en el dulce rumor de los pinares: 

— Macario, Macario, los bueyes brincaron las 
trancas del potrero y se comen el sembrado... 

En los tiestos del broaal, reventaron los botones 
extáticos y callademente se deshojaron las rosas 
demasiado abiertas. 

GUIILERMO JIMÉNEZ 

México, 1917. 



CERVANTES U7 



El alma de las cosas viejas. 



La tienda de Ludovico Albano se encuentra en 
una de aquellas tortuosas callejuelas de la Roma 
antigua, cercanas al Palatino, donde el viajero 
suele descubrir, entre dos pesados edificios de 
construcción relativamente moderna, las ruinas 
venerables de algún templo pagano. 

Vista desde la calle, la tienda de Ludovico po- 
dría confundirse con un almacén de vinos o con 
una de e^as múltiples tratorias ronaanas, que son 
verdaderas cuevas sub erráneas. Pero luego de 
haber descendido tres o cuatro escalones, y una 
vez que los ojos se han acostumbrado un poco a 
la semiobscuridad de aquel sitio húmedo, el visi- 
tante está seguro de hallarse en la tienda de li- 
bros viejoá y objetos antiguos de cMaesse» Lu- 
dovico Albano... 

ül principal comercio del anticuario insigne 



148 CERVANTES 

son los libros viejos, las ediciones preciosas, los 
ejemplares inapreciables que han quedado como 
restos gloriosos de una gran familia ilustre y des- 
aparecida. Pero la tienda encierra de todo; vénse 
allí los más heterogéneos y varios objetos: mue- 
bles antiguos, mármoles mutilados de autentici- 
dad dudosa, capas pluviales, joyas arcaicas, sedas 
y damascos descolorados por el tiempo, espadas 
y puñales, llaves de extraordinarias dimensiones, 
corazas, trajes femeninos, contemporáneos acaso 
del cMagnífico>, chapines de raso, crucifijos, mi- 
sales, incensarios... qué sé yo cuantas cosas más, 
todo revuelto en pintoresca confusión, sin orden, 
desclisificado, como si manos ociosas hubiesen 
ido almacenando allí los desperdicios de varias 
generaciones... 

Pero el artículo principal corresponde a los li- 
bros. Estos se hallan en todas partes; en el suelo, 
desparramados sóbrelas mesas, en los anaqueles 
que cubren las paredes, sobre los muebles anti- 
guo?, dentro de los viejos arcones chapados de 
metal... y hasta hube de encontrar uno, pequeño, 
forrado en pergamino, en el interior de un cráneo 
mutilado... un cráneo horrible, descascarado, casi 
negro. El anticuario me asegura que proviene de 
las últimas excavaciones del Palacio de Augusto... 



CERVANTES 149 

jBah, fantasías! Pero yo me digo, fantaseando 
también frivolamente: Sería curioso que este ro- 
mano de la decadencia imperial, fuerte, frío, tran- 
quilo, escéptico, que ya no creía en nada, ni si- 
quiera en la virtud de los dioses paganos, andan- 
do algunos siglos se haya metido en la cabeza, 
integro un Piadoso tratado de la penitencia.., 
llronías del tiempo...! 



El visitante se halla aquí, en la tienda, como en 
su propia casa, absolutamente libre, y puede per- 
manecer cuanto tiempo le plazca. Nadie le moles- 
tará, porque el viejo anticuario — no se concibe 
un anticuario joven — se encuentra allí como otro 
raro ejemplar de la colección. 

En el rincón más obscuro del sotabanco, silen- 
cioso, inmóvil como una de las estatuas que blan- 
quean vagamente en la penumbra, el viejo pasa 
las horas inclinado sobre sus libros antiguos, que 
anota y clasifica lentamente, con la cabeza casi 
metida entre las páginas amarillentas. 

Las horas transcurren dulces y plácidas en esta 
amable tarea de repasar libros y manuscritos an- 
tiguos, hojear viejas estampas y examinar objetos 
de otros siglos... 



150 CERVANTES 

Para el espíritu inquieto que ama el pasado y la 
leyenda misteriosa del tiempo, nada quizá ofrece 
un encanto tan singular como la tienda de un an- 
ticuario... Se diría que el pensamiento se substrae 
por algunos momentos al dominio tiránico de la 
hora presente, fuera de las pesadumbres y rebel- 
des inconformidades que llenan la vida cuotidia- 
na, y se desenvolviese en una época inexistente y 
remota, animada al influjo mágico de la fantasía 
creadora... 

¡Qué silencio! jQué paz! 

Esta mañana de Roma, un poco fría, con un 
cielo velado, lluvioso, impregna el alma de melan- 
cólicas añoranzas. Una gris claridad crepuscular 
se filtra por una ventana interior de la tienda, 
que cae sobre un patio... De cuando en cuando 
llega el rumor apagado de la calleja... 

Y en el vasto silencio de la tienda, in.sólitamen- 
te, se ha dejado oir la voz opaca y cascada del 
viejo... 

Este hecho nos pone en sobresalto... |Cómo...! 
¿El viejo habla? ¡Parece absurdo! Pero cMaesse» 
Ludovico se ha puesto de pie y se ha llegado has- 
ta nosotros con un libro entre las manos... 

— «He aquí — dice — un ejemplar que no se en- 
cuentra todos los días; de Milán, 1759, en 4<*, edi- 



CERVANTES 151 

ción agotada; la que sirvió para confrontarla edi- 
ción francesa de 1883, traducida también del 
árabe...» 

Examinamos el ejemplar: es un libro del Profe- 
ta, en pergamino, con el texto original en lengua 
árabe y la traducción al italiano. En efecto, es 
curioso. Discutimos largamente el precio, y al fin 
quedo dueño del ejemplar «único>, del libro cma- 
ravilloso...» 

El viejo cuenta el dinero minuciosamente, y 
luego añade: 

—«¿Usted sabía...? «Al Koran» se deriva del 
verbo «kara» (leer), y del artículo «al»; quiere 
decir «La Lectura»... Escribir como se ha hecho 
en malas traducciones cEl Al-Korán», es un bar- 
barismo; equivale a repetir el artículo en dos idio- 
mas distintos...» 

Yo le digo que no sabía absolutamente nada de 
aquello, pero que debe ser verdad, y le agradezco 
su erudita aclaración bibliográfica... 

¡Después prosigo en mi amable y tranquila tarea 
de examinar viejos infolios! 

Las cosas arcaicas deleitan mi espíritu y me 
proporcionan inocentes asombros, candidas me- 
lancolías y dulces ensoñaciones... 



152 CERVANTES 

Confiero que ante una tela descolorada por los 
años, la humedad de los claustros, iglesias o tien- 
das de ks mercaderes; de figuras borrosas que 
apenas se distinguen y cuyos colores parecen ha- 
berse desleído en un solo tono verde obscuro, casi 
negro, coijfleso — repito — mi espíritu experimenta 
inefables delectaciones... 

Un libro antiguo, notoria e infaliblemente anti- 
guo, cubierto en pergamino, manchado de moho, 
deteriorado por la humedad, en cuyas páginas 
amarillentas la polilla ha dejado surcos, caminos 
tortuosos, raros arabescos y señales misteriosas, 
me llena de respeto y de religiosa admiración... 

Estos libros antiguos que hojeáis lentamente, 
que acaso tienen anotaciones en una letra paleo- 
gráfica, que conservan un apellido, una fecha leja- 
na, el nombre de una ciudad desconocida, una 
dedicatoria, una señal cualquiera entre sus pági- 
nas, dejan en el alma una vaga sensación de in- 
quietud y de congoja... ¿De quién serían ..? Estos 
hbros tienen un alma. A'go quedó en ellos de la 
curiosidad intelectual de sus dueños, algo de su 
afán de saber, de su angustia frente al niisierio... 

Esta mañana, al volver las páginas de un volu- 
men de Rimas de Francesco Petrarca, ha volado 
de pronto en el aire un pétalo marchito o una hoja 



CERVANTES 153 

seca... jY el incidente trivial ha dejado suspenso 
mi espíritu de emoción...! 

|Una flor de ensueño...! ¡Una hoja de ilusión, 
puesta allí, acaso, por una pálida mano femenina 
que se desvaneció en la muerte! 

El librito tiene una fecha, algunas palabras inin- 
teligibles; luego, más abajo, dice cVenecia»... jYla 
fantasía evocadora vuela hacia la melancólica ciu- 
dad de los muertos canales, torna a ver el milagro 
oriental de la Basílica; contempla nuevamente la 
esbelta y gallarda figura de aquellas mujeres in- 
confundibles ..! ¡El cuerpo ágil y nervioso que 
cubre con gracia infinita el negro mantón flecado; 
la boca encantadora, los ojos reidores; gráciles 
y menudas como las palomas de San Marcos...! 

Como en un ramo de violetas, hundo mi pensa- 
miento en la fragancia del recuerdo... 



Alguien nos decía: «QuÍ2á parezca un ser ex- 
traño, algo espectral, si afirmara que he llorado 
una tarde, discurriendo por las calles ruinosas de 
Pompeya, frente a la tienda de una florista que 
vendía flores hace. . ¡dos mil años...! 

jAh; yo lo creo; yo lo comprendo! La flor del 
tiempo no pierde su fragancia legendaria. Ella 



154 CERVANTES 

perdura y queda flotando en los viejos monumen- 
tos, en los vetusios palacios, en las calles aparta- 
das de las ciudades muertas, en las telas de los 
pintores primitiros, en los incunables que adoran 
los bibliófilos, en los manuscritos amarillentos y 
desteñido?, redactados en raras y elegantes escri- 
turas o historiadas mayúsculas de ornato... 

De todo este pasado muerto se diría que no 
saliese más que un olor a sepultura, y no dejase 
en el espíritu sino un soplo helado de olvido y de 
tristeza... iQaé error.. ! Para el espíritu atento a 
descifrar el enigma misterioso de los siglos remo- 
tos y la sutil fragancia de la leyenda, el espec- 
táculo del pasado es como un libro en cuyas pági- 
nas palpita el alma de nuestros antecesores con 
toda la dolorosa inquietud de su época y el vano 
esfuerzo que hicieron para escapar a la muerte; es 
decir: al olvido... Porque todo vestigio del pasado 
no es más que un grito de protesta contra el olvi- 
do, contra el pavoroso e inevitable olvido que ha 
de caer un día sobre los hombres y sobre las ge- 
neraciones... 

Y cada uno de estos seres que pasaron su exis- 
tencia grabando prodigios en los pomos de las 
dagas florentiras, levantando en las p'azas monu- 
mentos y palacios como ñligranaa de piedra y ca- 



CERVANTES 155 

tedrales como flores de mármol; los que llenaron 
de frescos portentosos claustros y conventos, igle- 
sias y palacios; los que crearon estatuas a las que 
infundieron un soplo de sus vidas, y llenaron los 
misales de viñetas primorosas e hicieron florecer 
en los vitrales policromos jardines encantados... 
todos trabajaban con el afán desatinado y loco de 
prolongar su vida en esa existencia maravillosa 
del Arte y la Belleza... 

Este anhelo por substraerse a la muerte defini- 
tiva; esa lucha tenaz por imprimir en las obras 
duraderas un poco de nuestro espíritu a fin de que 
siga viviendo en el futuro todavía un poco tiempo, 
es la más patética y conmovedora tristeza de las 
almas superiores y el más doloroso grito del espí- 
ritu humano en contra de la ley inexorable del 
olvido... 

De allí que las cosas viejas tengan un alma y 
sigan viviendo en su decadencia gloriosa... ¡Ay de 
los que no aman el pasado, que es quizá la única 
cexistencia» verdadera, pjrque ella conserva la 
más pura flor de nuestra vida...! lAy de los que 
pasan fríos e indiferentes ante la obra sagrada 
que atestigua el esfuerzo del espíritu antiguo...! 

¡Ellos están definitivamente muertos para el fu- 
turo, porque carecen de la fuerza creadora que los 



156 CERVANTES 

hará sobrenadar fuera de la vida, antes de hundir- 
se para siempre en la sombra...! 



Las horas van pasando mientras la imaginación 
se pierde en este fantasear amable y triste, im- 
pregnado de la melancolía del ambiente. A través 
de los sucios cristales de la ventana, miro hacia 
el patio... 

Sobre el brocal de un pozo una maceta de ge- 
ranios de una nota aguda de color, y en el muro 
frontero el sol ha puesto una indecisa franja de 
claridad otoñal, como una sonrisa pálida de en- 
ferma,.. 

«Maese» Ludovico se ha puesto nuevamente de 
pie y ha ido hacia un gran cofre, lo ha abierto con 
chirrido de hierro oxidado, ha sacado un libro de 
cuentas y se ha puesto a hacer en él anotaciones y 
números con el rostro metido como siempre entre 
sus páginas... 

Compro el tomo de cRimas del Petrarca» y sal- 
go de la tienda. Ya fuera, respiro con voloptuo- I 
sidad el aire puro y frío de la mañana. El día ha I 
abierto un poco, como si el sol quisiera asomarse a 
través del cielo pluvioso y gris para contemplar a 



CERVANTES 157 

la ciudad divina... ¡Oh, Roma, la Roma eterna y 
querida! 

Al dar vuelta a la esquina una pareja de chiqui- 
llas me atrepella echándome al arroyo, y se ale- 
jan riendo a carcajadas, alegremente. Yo quedo 
un poco turbado y confuso... Ambas son mozas, 
frescas, llenas de gracia y de encanto. Al reir me 
lucen los dientes blanquísimos entre las encías 
rojas como heridas. Una de ellas lleva sobre el 
busto erguido y pleno, un ramo de violetas... Y al 
pasar han dejado en el ambiente una fragancia 
juvenil, de carne que tienta y de alegría que in- 
cita . . . 

Fugazmente he pensado en el pétalo marchito 
que se escapó del libro. jY he oprimido sobre mi 
corazón el volumen de versos del Petrarca...! 

Gabriel ALFARO 

(2.» Secretario de la Legación de 
México en Buenos Aires.) 



158 CERVANTES 



IMPRESIONES 



El rancho abandonado. 



Bajo la luz vesperal aparece el ranchito solita- 
rio entre sauces y ceibos seculares. 

Sombras inmensas lo protejen del sol ardiente; 
una desmantelada barquita espera amarrada al 
viejo muelle. 

. . .Ni niños, ni pájaros que canten, ni nada que 
dé indicio de vida. iTodo es pobre, triste, soli- 
tario ... 1 

Sombreado de ausencia, tiene la apacible espera 
de lo perdido para siempre. Sólo las rojas flores de 
los ceibos, como labios de hadas invisibles, se en- 
treabren en actitud de recibir un beso. 

Los espíritus de los que fueron, dentro de las 



CERVANTES 159 

pobres paredes de barro, duermen aprisionados 
su sueño interminable, sirviéndoles de cirios la luz 
que se filtra por entre las rendijas del techo y de 
las puertas, y de orquesta funeral el chirrido de 
los grillos, el rumor de las hojas y el gemir de los 
juncales. 

jCa^sita de poesía y de misterio, cuan sola estás! 

Ráfagas de tristeza estremecerán tus paredes 
abandonadas, y los sauces y ceibos que te rodean 
cantarán en las noches paradisiacas la inmortal 
canción del olvido. 

El alma hermana de las cosas te airullará en la 
dulce melodía del adiós, y las estrellas, cual ( jos 
divinos, te besarán en la sombra con sus besos 
de luz. 

El tiempo, que envejece, pondrá cada día sobre 
ti el sello de las cosas viejas, tristes y desteñidas 
que tiene un encanto invencible: 

«De pasado que perfuma los ensueños 
Con esTCias fantásticas y añejas, 
Y nos lltfva a lugares halatiüeños 
En épocas distintas y mejores.» 

' El libro viejo. 

jQué extraña impresión me causas, libro de ho- 
jas macilentas, descoloridas, impregnadas de ese 



160 CERVANTES 

vaho sutil de las cosas tocadas por el tiempol 
¡Te miro, y m's ojos le acarician e intentan pe- 
netrarte; te palpo, y siento surgir de entre mis 
manos un pasado de én?ueños, de evocaciones, de 
infinita dulzura, de poemas, de dolores y de llan- 
tos, de signos de alegría y de esperanza, como si 
todos los anhelos de la vida agitaran mi corazón, 
como si todas las fulguraciones de los astros ilu- 
minaran mi cerebro...! ¡Cuánta difencia al lado 
del libro reciente, nítido, pulido, acicalado, que 
se ostenta ufano sobre el velador de la hada gen- 
til de los salones! 

Sus páginas tersas, impecables, p^ro frfis e 
indiferentes, ignoran todavía el secreto de las al- 
mas, y no les alcanza el calor de los sentimientos, 
el impulso de las pasiones. En cambio, tus hojas 
desgarbadas, viejo amigo, han sentido las vibra- 
ciones del espíritu de tus lectores, tus cubiertas 
la presión continuada de tus poseedores, ya estre- 
cha y f fasiva, ya indolente y despreocupada, es- 
tremeciéndose tu estructura al contacto de manos 
nerviosas, enjutas, atildadas, que te transmitían 
estados del ánimo para unir sus intuiciones a tus 
pensamientos, y entretanto, aquellos que te leían 
te comunicaban sus debilidades, y sus angustias 
se exacerbaban o se aquietaban según tus propias 



CERVANTES 161 

determinaciones. |Cuántos ojos de color de cielo, 
cuántas miradas llenas de abismos dtiaron correr 
sobre tus páginas sus lágrimas de emoción! 

¡Sí, lo veo: aun conservas sus huellas entre tus 
líneas! 

¡Guardas en tu seno recuerdos de suspiros, de 
inspiraciones puntualizadas por el dolor o la espe- 
ranza, por el amor o la desesperación; y tus ex- 
tremos plegados a manera de señales, revelan to- 
davía ia caricia cruel de manos trémulas, rígidas, 
aceradas! 

iCuántos aves has proferido, libro fiel: cuántas 
torturas has callado sumiso y paciente! 

¡Has escuchado latidos tristes, acompañado co- 
razones dolientes y exhaustos! ¡Ofreciste lenitivo 
a sus tormentos, auspiciaste sus ensueños y cal- 
maste sus pasiones! 

¡Fuiste solaz en las largas horas de ansiedad y 
supiste transmitir los rumores y cánticos de ale- 
gría, precursores de la eterna ventura! 

iFuiste columna protectora para que se unieran 
en un beso dos bocas que se amaban, y reuniste 
en una página dos corazones, descifrando entre 
tus líneas el enigna misterioso de sus sueños! 

¡Cuántos episodios has penetrado, cuántas tra- 
gedias has comprendido, cuántas zozobras has 

11 



152 CERVANTES 

calmado, cuántos delirios has vencido! ¡L'evas 
contigo pedazos de almas, posees el misterio de la 
existercia de cuantos seres leyeron tus páginas y 
estás saturado de una esencia rara y voluptuosa 
que sabe a besos, a suspiros, a sonrisas y a lá- 
grimas...! 

Como todo lo creado pag^s tú también tu tribu- 
to de congojas al tiempo; y así como los hombres 
llevan esculpidas en el rostro la huella de todas 
las luchas de la vida, tienen tus hojas los pliegues, 
las arrugas, los signos de tu existencia pasada en- 
tre manos bellas y almas tiernas, expresando en 
cada página el recuerdo indeleble de sus regoci- 
jos, de sus triunfos o de sus amarguras. 

Como lo dijo el poeta: Las cosas viejas, tristes 
y desteñidas, sin voz y sin color, saben secretos 
de las épocas muertas, de las vidas que ya nadie 
conserva en la memoria. 

Rosa BAZÁN DE CÁMARA 
Buenos Aires, 1*^17. 



CERVANTES 



163 



POEMAS 

AMOR 

(tríptico) 



El Amor es la vida y la vida es Amor; 
engendra la locura y abre paso al delirio, 
purgatorio de goces y cielo de martirio 
su dolor es tan fuerte que es dicha su dolor. 

Va abriendo paraísos y cerrando ataúdes, 
con puñales y flores hace ramos dorados. . . 
Es el mayor pecado de todos los pecados, 
es la virtud más grande de todas las virtudes. 

El Amor es pcfume, y es néctar, y es veneno; 
es camino de rosas y es camino de cieno; 
es un claro de luna besando un corazón. 



164 CERVANTES 

Es débil como un niño, como un hércules fuerte. 
El Amor es la flecha que nos causa la muerte 
y tiene el privilegio de la resurrección. 



II 

Todo?, todos llevamos en el pecho dormido 
un amor puro y grande, amor inmaculado 
que no lo hemos vivido y ya lo hemos gozado, 
que no lo hemos gozado y ya lo hemos vivido. 

Y, cuando en el camino que la existencia crea 
a una mujer un día cualquica tropezamos 
la vestimos el traje de sueños que fntjimos 
y a cualquier labradora la hacemos Dulcinea.. . 

Mas la mujer es carne; materia sus pasiones 
y aquel traje de ensueños de.«gárrrse a jirones 
como mantos de luna desgarran las auroras. . . 

El desengaño surge con cru*^ldades rudas. . . 
De mentira vestimos la verdad, y, desnudas, 
todas las Dulcineas se tornan labradoras. 



III 



Y Amor no es sólo carnp; una bella pasión, 
tras la carnal belleza, de un alma necesita... 



CERVANTES 165 

Por algo pintó Dumas su triste Margarita 
con el pulmón deshecho y entero el corazón. 

Pide el deseo cuerpo; alma el amor añora. 
El deseo se acaba si le da el placer muerte, 
pero el amor subsiste más poderoso y fuerte 
cuanto más tierrpo el alma goza el alma que adora. 

¿Qué espíritu amoroso no conserva guardada 
en las hojas de un libro cierta rosa olvidada 
y convierte sus pétalos en cuentas de rosario? 

¡Si una Venus tenía la religión helena, 
la relig'ón cristiana tuvo una Magdalena 
que se quedó sin lágrimas llorando en el calvario! 



TITIRITERO... 



¡Sf, sin duda, yo no soy más que 
un violero, un peregrino sobre la 
tierra! ¿Eres tú algo más? 

WERTER-GOBTHB. 



¿Dónde vamos, alma mía 
siempre andando? 
¿Dónde vam* s caminando 
noche y día? 



166 CERVANTES 

Si yo cruzo la existencia 
triste Tiente, tristemente, 
la dada bajo mi frente, 
sin una fe en la conciencia. 

Si no comprendo este mundo 
tan pequeño, 
si cual la de Segismundo, 
también mi vida es un sueño. . . 

Soñando siempre, FOilando 
con cosas q"e nunca vivo, 
sin saber por qué motivo 
siempre vivo caminando. . . 

Dime cuándo 
podré detenerme y dónde. . . 
— y mi alma sólo responde: 
«¡Sigue andando! ¡Sigue andando!» 

«No detengas tu camino, 
marcha por ese sendero 
que te marcó tu destino. . . 
¡Tú eres sólo un peregriao 
titiriterol» 



♦** 



CERVANTES 



107 



Estoy sediento de amor, 
aunque en no lejanos años 
mataron los desengaños 
mis ilusiones en flor. 

De amores estoy sediento, 
no sé si son añoranzas 
o es que aún quedan esperanzas 
en mi triste pensamiento. 

Deseo curar mi mal 
y el anor quiero beber. . . 
Los labi03 de una mujer 
me ofrecen su manantial. 

¡Alma mía, la alegría 
llena mi pecho anhelante! 
Y al detenerme, un instante, 
gritar oigo al alma mía 

mientras me arrastra al camino: 
«¡Sigue andando en el sendero! 
¡Sigue siempre, peregrino 
titiritero!» 



« 
* * 



168 CERVANTES 

Aquella senda que arranca 
de esta otra senda que piso 
porque el destino lo quiso. . . 
Aquella senda tan blanca, 

lleva a espléndidos vergeles 
donde las palmas dan sombra, 
donde se extiende una alfombra 
de mirtos y de laureles 

y de flores que desvien 
perfumes de maravilla. . . 

¿No ves un rubí que brilla? 
Son dos labios que sonríen. 

Es una diosa ilusoria, 
que mi ambición t)usca y ama. . 
¿No escuchas cómo me l'ama? 
Pues esa diosa es La Gloria, 

Deja que llegue hasta donde 
su bello cuerpo aparece 
mientras sus besos me ofrece. , 
Y el alma míi responde 
desde mi eterno camino: 
cjSigue andando en tu sendero! 



CERVANTES 169 

jSigue siempre, peregrino 
titiritero! 



* 

* * 



Pues déjame descansar 
que ya no puedo seguir; 
déjame un poco dormir; 
ya volveré a despertar... 

Ya seguiré andando luego, 
¿dónde conducirme intentas? 
Que voy caminando a tientas 
como si estuviese ciego! 

¿Dónde vamos, alma mía? 
¿Dónde vamos? 
Dime ¿por qué caminamos 
noche y día? 

Dime ¿dónde estás dispuesta 
a que se acabe el camino? 
Y mi alma sólo contesta: 
Sigue andando en el sendero... 
Sigue siempre, peregrino 
titiritero! 



* 
* * 



170 CERVANTES 

Que es muy doloroso advierte 
tan inútil caminar... 
Déjame, pues, descansar 
en los brazos de la muerte... 

¿Ves esa zinja sombría, 
solitaria y pavorosa? 
Esa zanja es una fosa 
que bien puede ser la mía. 

Junto a ella me está mirando 
la diosa pá ida y hueca... 
¿No ves que su mano seca 
la fosa está señalando? 

¿No oyes que un acero araña 
mientras su ojo sin pupila 
en mí se clava? Es que afila 
cruelmente su guadaña. 

Mi existencia es un infierno; 
caminar no me divierte .. 
¡En los brazos de la mueite 
me espera el descanso eierno! 

Ahora me grita el destino 
señalando mi sendero: 
«S gue siempre lu cammo... 



CERVANTES 171 

iSigue siempre, peregrino 
titiritero!» 

* 

Y yo sigo caminando, 
caminando sin saber 

dónde voy; 
sigo aterí amenté andando 
y es el camino de ayer 

el de hoy. 

Van quedando 
detrás de mí, en el camino, 
la hembra de rostro divino, 
la bella diosa ilusoria 
que me pareció La Gloria 
y el robtro pálido, inerte 
de la muerte. 

Las tres me están contemplando 
como ven que voy llorando, 
que de andar me desespero, 
las tres ríen exclamando: 
cjTitiritero..;!» 

Y el eco que me persigue 
de mí ríe en el sendero 
y, a gritos, diciendo sigue: 
c¡Titiritero...! ¡Titiritero...! ¡Titiritero...!» 



172 CERVANTES 



INCE«TIDUMBRE 

Como rítmica campana 
de notas graves, sonoras, 
que está contando las horas 
en una torre lejana, 

en mi cerebro palpita 
un péndulo que se agita 
preguntando: 
«¿Dónde? ¿Cuándo...?» 

Y parece que responde: 
«¿Cuándo...? ¿Dónde?> 



* 
* * 



Yo he soñado una mujer 
que ignoro cómo se llama, 
a quien mi corazón ama 
sin poderla conocer. 

Sé que tiene que existir 
y que a mi amor corresponde; 
sé que debe de vivir... 
Pero, ¿dónde? 



CERVANTES 173 

Sé que, algún día, he de hallarla 
en esta existencia mía 
puesto que, día tras día, 
no me canso de buscarla. 



y al fin de tanto esperar, 
cuando esté desesperando, 
sé que la voy a encontrar. . . 
Pero, ¿cuándo? 



* 
* * 



Yo vivo con la esperanza 
de ser por la gloria amado 
en el reino consagrado 
de la bienaventuranza. 

Sé que otorga su favor, 
sé que en un sitio se esconde 
de la senda del dolor... 
Pero, ¿dónde? 



Creo que podré lograr 
de la diosa los amores, 
y que en su lecho de flores 
podré su cuerpo gozar. 



174 CERVANTES 

que he de obtener las delicias 
con las que vivo soñando, 
que he de sentir sus caricias... 
Pero, ¿cuándo? 



* * 



Mas ¡ay de mí.,.! Peregrino 
que tantas cosas espero 
hallar en este sendero 
que va trazando el destino, 

más que la esperanza fuerte... 
En la senda de mi vida, 
¿no estará, acaso, escondida, 
antes que todo, la muerte? 



¡Con qué violencia palpita 
el péndulo que se agita 
preguntando: 
«¿Dónde...? ¿Cuándo?»! 

jY tan sólo me responde: 
«^Cuándo...? ¿Dónde?»! 

JOAQUÍN DICENTA (hijo) 



CERVANTES 175 



El enciclopedismo 

y la revolución de Mayo. 

/. La política liberal de Carlos 11 1. — 77. Mani- 
festaciones iniciales del espíritu argentino. — 
777 Fundación del colegio Carolino. — IV. 7n- 
troducción de las doctrinas ftói' eróticas. — 
V. El partido liberal argentino.— VI. El pen- 
samiento dentocr ático de la Revolución. 

I.— La política liberal de Carlos iii 

/. — El enciclopedismo y la renovación españo- 
la. — A mediados del siglo XVIJI ^e acentuaron en 
Europa Irs síntomas precursores de la Revolución 
que debía oponer al mundo feudal el mundo mo- 
derno, iniciando una palingenesia de creencias, 
costumbres e instituciones. Un gobierno miope 
luchaba en Francia contra la oposición de todos 
los hombres de pensc miento, que, sin acuerdo 
previo, convergían a engendrar un ruevo modo 
de plantear los problemas y de juzgar los hechos. 



176 CERVANTES 

Tres grandes corrientes de ideas se sumaron en 
ese esfuerzo común. 

Locke y Condillac tuvieron la hegemonía filo- 
sófica: Quesnay creó la economía social; Montes- 
quieu y Rousseau renovaron el derecho político. 
En torno de esas tres direcciones fundamentales 
se constituyó un pensamiento nuevo, r*;. ejado, en 
cierta medida, en la «Enciclopedia», por ii flujo 
principal de Diderot; todo ese movimiento de 
ideas ha pasado a la historia con el nombre de 
enciclopedismo y fué el hontanar del espíritu ar- 
gentino, netamente caracterizado en horas prodró- 
micas de la emancipación americana. 

A pesar de su ex gua coherencia, había en su 
contenido básico cierta unidad incontestable; su 
hostilidad contra todo lo que tenía sus raíces en el 
pasado medioeval y su aspiración definioa hacia 
un orden de cosas más consonante con los ideales 
que fueron, muy luego, el programa de la revolu- 
ción francesa. El movimiento era liberal en fiíoso- 
íía, en religión, en política, en economía. 

Estos caracteres, no disimulables, motivaron 
alguna hostilidad de las autoridades, que eran dé- 
biles, y una resistencia violenta del alto clero y 
de los jesuítas, que eran poderosos. La cp nión 
píiblica, representada por las mmorías cultas de 
las ciudades, se pronunció por los que anunciaban 
el porvenir; de pequenez en pequeiitz, llegóse al 



CERVANTES 177 

desorden callejero que terminó en la toma de la 
Bastilla, menudo suceso al que los historiadores 
asignaron el valor mítico necesario para legar su 
memoria a la posteridad. 

Toda la Europa civilizada sintió, en alguna me- 
dida, la influencia de este segundo renacimiento. 
En los países que habían sido beneficiados por el 
primero, se ensancharon los horizontes; en los que 
le habían sido hostiles constituyó una amenaza de 
subversión. La misma España, con la suí,titución 
dinástica de los Habsburgos por los Borbones, en 
el siglo XVIII, encontróse mejor preparada para 
entreabrir algún surco a las nuevas simientes de 
libertad y de progreso. 

Por obra de Carlos IIÍ, y de los estadistas emi- 
nentes que le rodearon, ese espíritu de libertad y 
de progreso penetró a España y trascendió a Amé- 
rica. Para su desgracia, España reaccionó, aferrán- 
dose a su tradicionalismo medioeval del que aun 
luchan por salir algunas de sus academias; Amé- 
rica se apartó del espíritu peninsular y puso el 
rumbo hacia los nuevos ideales, en que aun no ha 
podido consolidarse. «Las mejoras de Carlos III — 
dice Groussac — no le sobrevivieron sino en Amé 
rica, donde las semillas germinaron y dieron fruto;- 
y cuando el inepto y despreciable reinado del su- 
cesor vino a acelerar la ruina de la monarquía, 
acentuó el desequilibrio de la fuerza creciente de 

12 



178 CERVANTES 

la colonia: ésta llegaba a la mayoría cuando aqué- 
lla a la decrepitud> (1). 

Sin Carlos III no se habrían emancipado a prin- 
cipios del siglo XIX las colonias españolas de Amé- 
rica. La invasión de los ejércitos napoleónicos y el 
cautiverio de Fernando VII no hubieran desperta- 
do en los americanos el celo de la libertad. La po- 
lítica liberal de aquél permitió la formación de un 
estado de espíritus que, en hora oportuna, pudo 
aprovechar de los acontecimientos que costaron a 
Fernando la pérdida de su vasto imperio colonial (2) 

Fuera de las Universidades, sujetas a secular 
dogmatismo, los pensadores españoles que osaban 
mirar a Europa y aprender de ella, estaban dis- 
puestos a apartarse del pensamiento escolástico y 
de la política absolutista. «No es extraño — dice 
Altamira — que los hombres, ávidos de saber, aco- 
giesen con afán las nuevas teorías que en España 
gozaban de gran crédito y que, para ellos, tenían 
el doble incentivo de lo que aparece coronado 
por el asentimiento general de las naciones consi- 
deradas como más cultas, y de lo que brinda con 
horizontes desconocidos antes, que rompe la es- 
trechez de la ciencia oficial. En las mismas filas 



(1) P. Groussac: cSanfiago de Linicrs>, pág:. 3<). 

(2) Ver Vicente G. Quesada: «La vida intelectual en la Américn 
Española».— bn «Rev.de la Universidad», Buenos Aires, vol. XI, 
pég. 373, etc. 



CERVANTES 179 

de los escritores católicos sopló un viento de liber- 
tad que los llevó a acoger sistemas filosóficos más 
o menos exentos de peligros para la ortodoxia, 
tales como el cartesianismo, la filosofía de Gassen- 
di, el experimentalismo de Bacón y Newton, el 
sensacionismo de Locke y Condillac, y hasta cier- 
tas influencias enciclopedistas, más radicales, de 
sabor materialista» (1). Esa «infiltración del enci- 
clopedismo en las letras y la política, y la del sen- 
sacionismo y experimentalismo en la filosofía, des 
pertó la reacción de los ortodoxos, y así se pro- 
dujo una literatura relativamente abundante, la 
mayoría de cuyos libros son de polémica», siendo 
curioso que algunos de éstos aparecen contagia- 
dos por las propias doctrinas que combatían (2). 

Conviene advertir que la influencia francesa, en 
España y en América, toma desde el principio dos 
direcciones divergentes. La una, más o menos 
compatible con las doctrinas tradicionales, corres- 
ponde a la filosofía del siglo xvii y prepondera en 
ellas Descartes; la otra, netamente antagónica, 
corresponde a la del siglo xviii y tiene sus repre • 
sentantes en los enciclopedistas y en Condillac, 
rematando a fin del siglo en la escuela ideologista 
de Cabanis y Destutt de Tracy. Hacia la corriente 
cartesiana se inclinan los conservadores, obligados 

(1) Altamira: cHistoria de España», IV, 362. 

(2) Altamjba: ídem, IV, 363. 



180 CERVANTES 

a renovar su filosofía; hacia la corriente de los 
enciclopedistas se orientan los espíritus liberales, 
que se ajustaron al ritmo pujante de la Revolución 
francesa. 

El cambio de la política española favoreció, di- 
recta e indirectamente, la formación de un espíri- 
tu nuevo en las colonias, cada vez más acentuada- 
mente americano, hasta convertirse en inquietud 
revolucionaria. Cierta liberalidad en las cuestio- 
nes económicas e intelectuales, despertó en los 
blancos nativos un deseo de progreso; y cuando 
la metrópoli no pudo condescender a tan peligro- 
sos anhelos, comenzóse, lógicamente, a pensar en 
la libertad. 

2.— La expulsión de la Compañía de Jesús. — 
Un hecho, sin embargo, en el Rio de la Plata, es- 
timuló el nacimiento del espíritu liberal, que lue- 
go se fué transformando en espíritu argentino: 
la expulsión de los jesuítas. Tal dictadura ejer- 
cían ellos en la sociedad criolla, en connivencia 
frecuente con las autoridades españolas, que fué 
general la división de opiniones consecutiva al 
inesperado suceso. No nos incumbe examinar las 
causas que motivaron la expulsión; fueron ajenas 
a nuestra historia colonial, donde el episodio apa- 
rece como simple reflejo de acontecimientos eu- 
ropeos, aunque subrayado, por existir dentro del 
Virreynato la vasta empresa industrial de las Mi- 



CERVANTES 181 

sienes. La posición de la Compañía en el movi- 
miento social de la época fué juzgada en un pá- 
rrafo preciso por Vicente Fidel López: «los jesuí- 
tas — dice — cuya elevación y primacía sobre la 
tierra había sido exclusivamente debida a la acu- 
mulación asombrosa que habían hecho en su Or- 
den, de todas las ciencias y de todo el saber en el 
siglo XVI, pretendían ahora paralizar a su antojo 
el movimiento de que ellos mismos habían sacado 
su influjo y prestigio. Y al ver que las ciencias se 
secularizaban, individualizándose en las clases 
medias; que el pensamiento se emancipaba; que 
el estudio y la razón tomaban nota en su propio 
derecho para seguir el orden de las ideas en su 
libre desarrollo; que la imprenta y la publicidad 
derrumbaban el monopolio de su ciencia claustral, 
y se lanzaban a investigaciones que ellos no per- 
mitían; que el saber lego reclamaba el derecho 
de enseñar sin límites convencionales, se pusie- 
ron de frente contra ese torrente que era la ley 
misma de la 'civilización moderna. Procuraron 
entonces retrotraer los tiempos, por el influjo del 
altar y de la confesión, convertidos en instrumen- 
tos de coacción, de intriga política y de sugestión 
doméstica, y aspiraron a poner las naciones bajo 
la férula del despotismo regio y del <clericalis- 
mo», que son cosas muy diversas de la religión y 
del misterio sacerdotal. Ni pensamiento libre, ni 



183 CERVANTES 

trabajo libre: fué la divisa que levantaron con la 
pasión y el brío de una milicia guerrera, y con la 
abnegación también del martirio; porque todas 
las causas, aun las más perjudiciales y erróneas, 
cuentan sectarios, fanáticos y mártires» (1), 

Los motivos generales de la expulsión, comu- 
nicados al Papa en un sesudo memorial, son no- 
torios, así como las razones inmediatas que la im- 
pusieron al monarca español. Por su espíritu de 
progreso — agrega López — «y por sus ideas acen- 
tuadas contra la influencia política del clero, con- 
tra los jesuítas sobre todo, a quienes reprochaba 
la decadencia de la Francia, y manejos de todo 
género para anarquizar las cortes, mistificar a las 
mujeres, y hacer grandes y fraudulentas especu- 
laciones como las del Paire Lavalette, Esquila- 
che había comenzado a ser para los PP. jesuítas 
un segundo Pombal, y era menester impedir que 
gobernase a la España» (2). Carlos III, con me- 
morable firmeza, despejó su camino en la forma 
conocida. Las consecuencias, en Buenos Aires, 
fueron del mayor interés político y cultural. 

El gobernador don Pedro Ceballos gozaba en la 
colonia de merecido prestigio militar; en su pri- 

(1) V. F. López: «Historia Argentina», 1,308. Ver: Miguel Las- 
tarria: «Colonias orientales del Río Paraguay o de la Plata» (vo- 
lumen III de los Documentos para la Historia Argentina, editados 
por la Pacultid de Filo.ioffa y Letras). 

(2) López: «Historia Argentina», vol. I, pág. J44. 



CERVANTES 183 

mera campaña contra los portugueses, había lo- 
grado rendir por capitulación la Colonia del Sa- 
cramento y reconquistar el territorio del Río Gran- 
de. La Paz de París (1763), había, empero, este- 
rilizado su obra, devolviendo la Colonia a los ven- 
cidos. De regreso a Buenos Aires, «la misma 
amargura de la inútil proeza le hizo buscar la so- 
ledad, y, en vez de instalarse en el Fuerte, pre- 
textando el ruinoso estado de su habitación, co- 
rrió a esconderse en una quinta — la de Santos 
Valente, camino de Flores — en la que abando- 
nóse a su furor reconcentrado, hizo la vida de un 
católico, terrible y ofendido señor de otros tiem- 
pos. Únicamente amigo de los jesuítas, ya no 
hubo ley, ni pensamiento, ni consideración para 
los otros; y si no se alzó contra el monarca mismo, 
que había inutilizado el fruto de sus victorias, más 
que a su ánimo se debió probablemente a la sutil 
política de sus consejeros». Su fe «asumió las pro- 
porciones de una morbosa e impolítica adhesión a 
la Compañía de Jesús». Por servirá ésta — declaró 
una vez — «haría frente a todo el infierno». Era 
«capaz de arrasarlo todo... ad majoren dei glo- 
riain*. Ello no le impedía, sin embargo, ser un 
administrador deshonesto de la cosa pública, pues 
«en Julio de 1766, cuando ya llegaba su sucesor 
Bucarelli, todo su afán era remitir, por intermedio 
de los jesuítas, dinero a Europa. Más de 200.000 



184 CERVANTES 

pesos fuertes envió en dos años, quien apenas 
ganaba 4.000 pesos ensayados» (1). El héroe de la 
Colonia era, simplemente, en lo administrativo, 
un heroico sinvergüenza. 

Loa jesuítas, entonces y aquí, como en todo 
tiempo y lugar, actuaban como un verdadero par- 
tido político, procurando atraer a su propia órbi- 
ta todas las fuerzas e intereses sociales. No eran 
sus menores víctimas las autoridades eclesiásticas 
y las demás órdenes rivales, pues a unas y a otras 
hacían sentir la coyunda de su poderosa organiza- 
ción y de su actividad disciplinada. El goberna- 
dor Ceballos era su instrumento y, en servir a la 
Compañía, no le arredraban escrúpulos. 

Un conflicto ruidoso, entre el gobernador y el 
obispo Manuel Antonio de Latorre (2) dio ocasión 
a que este último increpara al primero, acusán- 
dole sin ambajes de ser un instrumento ciego de 
los intereses jesuíticos. Y no parecen exageradas 
las palabras que él catolicísimo prelado dirigió más 
tarde (1767) al Conde de Aranda, «dándole cuenta 
de los buenos efectos producidos en su diócesis 
por el extrañamiento de los jesuítas y de los abu- 
sos que éstos cometían»: «no acertando todos los 
de estas provincias a explicar la pesada carga (in- 



(1) Carlos Correa Luna: «D. Baltasar de Arandia», cap. III. 

(2) Ver: Rómulo D. Carbia: «Historia Eclesiástica del Río de la 
Plata*, vol. 11. 



CERVANTES 185 

soportable en el Gobierno pasado), de que se ha- 
llan aligerados viéndose libres de aquellas subor- 
dinaciones y abatimientos que estaban y han esta- 
do por muchos años tributando a dichos padres, 
mediante el despótico poderío con que a todos in- 
sultaban, sacando lágrimas de muchos pobres 
abatidos y avasallados con sus persecuciones y 
demandas, sin hallar abrigo en la )usticia de Go- 
bernador y Alcaldes, por estar igualmente domi- 
nados, como es constante» (1). En esta reyerta, 
poco anterior a la expulsión, pálido reflejo de otras 
cien que los jesuítas encendían en todo el conti- 
nente, el Gobernador Ceballos, tenía en apoyo del 
Cabildo, compuesto de españolistas a quienes se 
llamaba «chapetones», y el Obispo veíase rodeado 
por el clero secular y las órdenes antijesuíticas, 
además de algunos elementos populares que em- 
pezaban a darse el nombre de cliberales», imitan- 
do las denominaciones peninsulares. 

Don Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa entró 
a gobernar el 15 de Agosto, con instrucciones re- 
servadas para ejecutar los proyectos del monarca. 
El grupo ceballista le recibió con visibles muestras 
de hostilidad, habiéndose adelantado aviso de que 
no era adicto a los de Loyola; moviéronle guerra 
subterránea primero, despachando contra él cartas 

(1) «Carta del obispo de Buenos Aires al Conde de Aranda>, en 
Revista del Río de ¡a Plata, vol. VIH, pág 575 y sig. 



185 CERVANTES 

hasta el Perú, siendo después «repetidos y paten- 
tes los desaires que sufrí y dis¡mulé>. Marchó 
Ceballos, dejando «en el estado más infeliz» a es- 
tas provincias, «y sólo opulentos, absolutos y tam- 
bién insufribles a los PP., y a ellos y sus adictos 
el consuelo de que le llamase el Rey para Secre- 
tario de Indias y Marina, porque habiéndose des- 
vanecido el engaño de que iba a Virrey de Lima, 
con el que tuvo aun el mismo actual en continua 
inquietud le sucediese éste, con que intimidaba 
las gentes para que nadie se quejase y me tratasen 
(como lo han hecho) los predichos PP., con el 
mayor desprecio. Dios sólo sabe lo que mi espíritu 
ha padecido en los diez meses que han corri- 
do...» (1). En efecto, «el presunto desalojado, sino 
temible por la fuerza, lo era por la habilidad. Sin 
discusión, nada había que intelectualmente supe- 
rara a los jesuítas en el Río de la Plata. Dueños, 
además, de la voluntad de las famijias, casi no se 
contaba una de cierta figuración que no repudiara 
el famoso decreto, y que no viera en Bucarelli el 
servil ejecutor de una medida criminal» (2). 

La expulsión, decretada en España el 27 de Fe- 
brero de 1767, se efectuó en Buenos Aires en la 
noche del 2 de Julio del mismo año. Sorprendidos, 



(1) cCarta de Bucarelli al Conde de Aranda» en Revista del Rio 
de la Plata, vo!. VIII, pág. S69 y slg. 

(2) CORRB.V Luna: Ob. clt. 



CERVANTES 187 

no opusieron resistencia. «Al siguiente día, la po- 
blación se encontró con la increíble noticia». No 
hubo protestas, no podía haberlas; pero la proce- 
sión andaba por dentro, «Es muy raro aquél de 
quien puedo fiarme>, decía Bucarelli en la misma 
carta; y dos días después: «El poder de la Compa- 
ñía ha sido absoluto, manejando a su arbitrio a 
mis antecesores, en particular al último, por cuyo 
medio dieron los principales empleos a sujetos de 
su facción, ni dignos, ni con méritos para obte- 
nerlos». Las resistencias, aunque sordas, eran for- 
midables; fué necesario desterrar a Chile a varios 
personajes de valía, quienes, a lo que parece, ma- 
taban el tiempo formando «juntas nocturnas» y 
escribiendo «papeles ciegos y pasquines infama- 
torios* (1). 

_?. — Partido jesuítico de Ceballos y partido li- 
beral de Bucarelli. — Los espíritus no se pacifica- 
ron. Otras causas, de m.ayor raigambre, contri- 
buían a alimentar las pasiones públicas, ahondan- 
do la separación que el incidente jesuítico había 
provocado en el hasta entonces pacífico vecinda- 
rio de Buenos Aires. Siguiendo a Bucarelli, el cle- 
ro, nativo en su casi totalidad, se daba la mano 



(1; Cartas de Bucarelli y otros «Documentos» sobre el mismo 
asunto, en la Revista citada; ver Francisco Javier Bravo: «Colec- 
ción de documentos ralativos a la expulsión de ios jesuítas, etc», de 
donde los cita Correa Luna. 



188 CERVANTES 

con un pequeño núcleo de jóvenes informados, 
criollos también, y los dos grupos se respaldaban 
en el escaso elemento descontentadizo y amigo de 
novedades que, no obstante su origen español, 
deleitábase hablando mal de las pasadas autorida- 
des coloniales. En otra facción, los partidarios de 
Ceballos y de los jesuítas se apuntalaban en las 
autoridades y eran apoyados por los tenderos en- 
riquecidos, que se miraban a si mismos como una 
suerte de casta ariotocrática. Se distinguían co- 
rrientemente con los nombres de liberales y cha- 
petones, aunque despectivamente solía tratarse a 
estos últimos át jesuíticos. Don Manuel de Basa- 
vilbaso y D. Juan Baltasar Maciel, naturales ambos 
del país y adictos a Bucarrelli, eran, por sus luces 
y rangos, los cabecillas visibles de los liberales. 

En 1769, con motivo de llenarse la vacante de 
la canonjía magistral, fué Maciel candidato de su 
grupo; los jesuíticos no ahorraron intrigas para 
evitar el triunf j de la candidatura liberal, a punto 
de que Basavilbaso, con no disimulado encono, 
escribió a Bucarelli una carta violenta, comentan- 
do la actitud del arcediano Riglos. 

«Adjunta encontrará usted la nómina que des- 
pués de la oposición a la canonjía magistral ha 
hecho el Cabildo eclesiástico: el primer lugar lo 
ha sacado, como se le debía de justicia y esperá- 
bamos, mi amigo Maciel, con lo que, y más que 



CERVANTES 189 

todo, fundados en la protección y empeño de 
V. E., esperamos que se colocará y tendremos por 
fin el gusto de ver distinguido como merece su ta- 
lento y bellas circunstancias. El arcediano Riglos, 
animado de aquel espíritu jesuítico y ceballistaque 
perseguía a Maciel, no ha tenido rubor de separar- 
se del ilustrísimo señor obispo y demás canóni- 
gos para dar su voto no sólo excluyendo a Maciel 
de todo lugar, cosa que es el último escándalo, 
sino aplicándolo a aquellos sujetos que no tenían 
otro mérito que el ser jesuítas y haber sido la 
mofa y vergüenza de la función. Su pandilla com- 
puesta de los Riglos, los Lerdos y Escaladas, et- 
cétera, se lisonjean de que, no obstante la protec- 
ción de V. E., suponen no se llevará Maciel la 
prebenda, porque el señor Ceballos hará se la den 
a alguno de los que eligió Riglos, y probablemen- 
te a Crespo, que tiene el mérito de haber hecho 
la causa del cura de Corrientes al gasto de los je- 
suítas y señor Ceballos; lo cierto es que cada día 
me admira más la ceguedad de estas gentes y las 
espantosas raíces de las semillas que han dejado 
estos malditos, que no se exterminará sino por la 
muerte de estos fanáticos» (1). 



(i; J. M. Gutiérrez «El Doctor D. Juan Baltasar MacicN (Rev. de 
Buenos Aires, VI, 408); incluido en «Origen y desarrollo de la En- 
señanza Pública Superior», donde el texto de la carta aparece 
con ligeras variantes (nota de la pág. 460, en la reedición de 1915), 



190 CERVANTES 

No puede sorprender que en esta lucha contra 
ia Compañía cooperaran muy eficazmente los de- 
más elementos religiosos de la colonia. Todos es- 
taban hartos de soportar su dictadura social y po- 
lítica, cada cual ponía en cuenta algún agravio 
que vengar. Recuérdese, entre los motivos que 
hizo valer Carlos líl para justificar ante el papa 
la expulsión, el texto del 8.°: «Que los individuos 
de la Compañía han perseguido en las Indias a los 
religiosos de otras (frdenes y hasta a los mismos 
Obispos>. No había, en esas palabras, la menor 
exageración; era, por tanto, legítimo que el clero 
secular, los franciscanos, los dominicos y los mer- 
cedarios arrimaran sus respectivas astillas a la 
hoguera antijesuíta, sin perjuicio de tirarse al alma 
cuando viniese la hora de repartir su herencia. 

La guerra de intrigas subterráneas recrudecía 
en torno del gobernador. Hastiado Bucarelli de 
continuar ocupando un cargo lleno, para él, de 
sinsabores, pidió su relevo del puesto. En 1770 le 
sucedió don Juan José de Vértiz, que había llega- 
do a estas provincias un año antes, con el cargo 
de subinspector de las tropas y acaso, cree Gu- 
tiérrez, con el de Gobernador Interino. 

Substituido Bucarelli por Vértiz, el matiz de la 
lucha municipal se acentuó más profundamente. 
Estos primeros conflictos entre el partido liberal 
y el partido jesuítico contienen ya, en germen. 






CERVANTES 191 

las dos graneles corrientes de ideas civiles y filo- 
sóficas que dan colorido a toda la evolución del 
pensamiento argentino. Los liberales, que co- 
mienzan a actuar con Bucarelli, conservan y au- 
mentan su influencia durante la gobernación de 
Vértiz. La pierden pasajeramente en el virreinato 
de Ceballos, que era jesuítico intransigente. Vuel- 
ven a recuperarla con el virreinato de Vértiz, 
perdiéndola bajo los siguientes virreyes hasta las 
invasiones inglesas. En estos memorables sucesos 
se acentúa el carácter criollo y patricio de los 
grupos liberales que rodean a Liniers, frente a los 
elementos reaccionarios y pelucones, que se res- 
paldan en el Cabildo. En el último acto de los su- 
cesos, las fuerzas argentinas encuentran su após- 
tol en Moreno, mientras las coloniales se agostan 
en la conspiración de Alzaga. 

JOSÉ INGENIEROS 
(Se contimiará). 



índice 

Págs^ 
Nuestro director, Luis G. Urbina en Buenos 

Aires 1 

Joaquín Dicenta, por F. Villae.'-pesa 21 

La enseñanza en España (estudio postumo), 

por J. Dicenta 29 

Juego limpio, por M. de Unamuno 44 

Tres estudios sobre «Don Quijote>: 
L — La cárcel donde se engendró el «Qui- 
jote», por F. Rodríguez Marín 53 

n. — El alma de la humanidad en «Don 

Quijote», por Carlos Barajas 63 

III. — Discurso sobre el «Quijote», por Primo 

Feliciano Velázquez 92 

Crónicas de la guerra: 

La risa trágica de Bernard Shaw, por B. 

Shaw 107 

Los cantos de la guerra: 

Balada, por E. Carrere 113 

Ya se van los quintos madre.... por E. Mesa. 121 

Lía y Raquel (cuento), por A. Ñervo 125 

Guillermo Jiménez, por José López Portillo 

y Rojas 136 

Del dolor y el amor, per G. Jiménez. .. . 142 
El alma de las cosas viejas, por Gabriel 

Alfaro 147 

Impresiones, por Rosa Bazán v Cámarf .... 138 

Poemas, por J. Dicenta (hij( ) 163 

El enciclopedismo y la revolución de Mayo, 

por J. Ingeniemos .... 1 75 



AÑO 11 


NÚM. XIV 


C 


ERVANTiS 




Madrid, Septiembre 1917 




REVISTA MENSUAL 



El enciclopedismo 

y la revolución de Mayo. 

(continuación) 

4. —La expulsión de los jesuítas y la revolu- 
ción argeníi na.— Esta, formación de partidos, 
en Bueaos Aires, difiere esenciaimente de los 
anteriores conflictos y desórdenes tan frecuen- 
tes en todos los municipios coloniales que ha 
podido, con razón, verse en aquéllos los oríge- 
nes de la democracia argentina (1) y en los ca- 



0) Ricardo Levene: «Los orígenes de la Democracia Ar- 
geniina » 



2 CERVANTES 

bildos los orígenes del federalismo (1). Pero 
ellos habían sido locales, sin consecuencias di- 
rectas más allá de su momento y lugar; la di- 
visión de liberales y jesuíticos tuvo, en cambio, 
una estricta continuidad con los partidos que 
actuaron en el conflicto municipal de Mayo de 
1810, que trascendió a los otros municipios del 
virreinato y evolucionó hacia la emancipación 
política del conjunto. 

La expulsión de los jesuítas puede mirarse, 
pues, como el prolegómeno espiritual de la re- 
volución argentina . En esa hora aparece en la 
histora rioplatense un nuevo factor moral; dé- 
bil tacto de codos en su comienzo, solidaridad 
para un esfuerzo, anhelo de progreso y de li- 
bertad, afirmación de ideales e intereses comu- 
nes; todo ello acumulándose en un cuarto de 
siglo, desenvolviendo una mentalidad colecti- 
va, germen indefinido de algo nuevo que entra 
en escena, se afirma, y crece, y puja, sin dete- 
nerse hasta la hora en que se torna torrente y 
rompe los diques del espíritu colonial: la ar- 
gentinidad... 



(1) Fbancisco Ramos Mejía: «El Federalismo Argenfino», y Ni- 
colás ConoNADO «Infroducción» a la reedición de esa mismo obra, 
1918; José Nicolás Matibnz»: €EI Gobierno representativo federa' 
•n la Argentino». 



CERVANTES 8 

La reacción de Carlos III contra la política 
subterránea de la Compañía, además de encen- 
der esa chispa espiritual en Buenos Aires, fué 
condición esencialísima para el triunfo ulterior 
de la Independencia Argentina. Su presencia 
en el virreinato habría impedido la formación 
del pensamiento revolucionario y trabado los 
esfuerzos de sus ejecutores. Así lo afirman to- 
dos los escritores católicos españoles, como un 
reproche a Carlos ÍÍI, sosteniendo, con razón, 
que el lema de los jesuítas en América era y 
sigue siendo en nuestros días, "por la Religión 
y por España" (1). No escapó ese hecho a la 
penetración de los grandes argentinos; el ilus- 
tre don Vicente Fidel López, que alcanzó a re- 
coger la tradición oral de los hombres de Mayo, 
expresó la misma creencia. "El gobierno espa- 
ñol no debía haber permitido que la Compañía 
de Jesús tomara el carácter que tomó. No hay 
duda que el gobierno tiene el derecho de expul- 
sar del seno de su nación una secta^ una com- 
pañía, o una orden religiosa cualquiera que 
pretenda convertirse en máquina política, y 
que se haga agente de intereses materiales 



(1) Severino Aznar: «Las grandes instituciones del cafolicla- 
ino>, Madrid, 1913. 



4 CERVANTES 

para propagar doctrinas sociales en provecho 
propio. Eso es predicar partidos y tender a 
formar dos cuerpos de guerra dentro de una 
misma sociedad. Por más disimulo que se pon- 
ga, lo que se pretende con eso es llevar al go- 
bierno sus adeptos, cosa muy distinta de mora- 
lizar con las doctrinas del evangelio. Así 
sucede siempre con las cosas mal consentidas y 
mal hechas. A lo que se llega es a una alternati- 
va dolorosa entre dos grandes males; hay que 
elegir el menor. Y la verdad es también que si 
la Compañía de Jesús no hubiera sido expulsada 
en 1767, nuestra Revolución de Mayo de 1810 
hubiera encontrado en ella su más formidable 
enemigo. Quince o veinte mil indios bravos dis- 
ciplinados y fanatizados por los PP., que eran 
todos "realistas" y "papistas", hubieran tenido 
un influjo tremendo; y sabe Dios si hubiéramos 
podido ser independientes, ni tomar sobre nues- 
tros hombros nuestros propios destinos con un 
enemigo interior de esa importancia" (1). 

Sarmiento expresó muchas veces el mismo 
parecer, oponiéndose a su restauración legal 
que miraba como un peligro; opinión que com- 



(1) López: «Mistoríd .\rgentina», I, 540. 



CERVANTES 5 

partieron, en esa ocasión, Mitre y Gutiérrez, 
para citar solamente a los mayores. Y Alberdi, 
aunque menos ocasionado a fallar pleitos en 
materia religiosa, se limita a decirnos que "los 
reverendos padres jesuítas hubieran eternizado 
nuestra sujeción a la España si no se van ' (1). 
En cuanto a la formación de un espíritu nuevo 
.y al desenvolvimiento eficaz de una educación 
propiamente argentina, Alcorta no es menos 
explícito: 'Fué necesario que la expulsión de 
los jesuítas se operara y que Vértiz gobernara 
la colonia, para que se manifestase el primer 
movimiento serio y de importancia en favor de 
estudios generales" (2). Los que entienden de 
historia eclesiástica saben que el nombre de 
"Colegio", con que la Compañía designara a 
algunas de sus casas, no implicaba en esa épo- 
ca, y menos en América, una condición forzo- 
sa de establecimiento educacional (3). El nom- 
bre de entonces no corresponde a la cosa de hoy. 
Es seguro, en cambio, que un intenso anhelo 



(1) J. B. ALbERDi: «Cartas Quillolanas», Carfa III. 
• (2) Amancio Alcorta: «La I.TStnicción Secundaria», pág. 184 
(reedición de 1916). 

(3) Ver cartas de MoNSEÑon Federico Aneiros y V. F. López, 
en el apéndice del libro «Retratos y Recuerdos», de Lucio V, Man- 
siLLA, pág. 279 y sig. 



o CERVANTES 

de reforma educacional agitó a los gobiernos 
coloniales después del extrañamiento de la 
Compañía: "Estas ideas, que se exponían por 
las autoridades en muchas de las capitales, 
después de la expulsión de los jesuítas, para 
secundar la resolución del rey, de que los bie- 
nes llamados de temporalidades se empleasen 
en crear establecimientos de enseñanza, seña- 
lan el comienzo de una verdadera revolución, 
porque la necesidad de instruirse, la sed de sa- 
ber, haría inevitable la reforma de los viejos y 
atrasados sistemas de enseñanza" (1). 

II,— Manifestaciones iniciales del 

ESPÍRITU argentino 

1.— Gobernación del americano Vértis.— Car 
los III, agente inicial de la emancipación ame- 
ricana, promovió en estas colonias los tres 
cambios radicales implicados indirectamente 
por el enciclopedismo: ideas nuevas, economía 
nueva, política nueva. 

Mientras el pensamiento colonial se amodo- 
rraba en el claustro de Trejo, sin que el traspa- 
so de jesuítas a franciscanos le hiciera ir a más, 

(1) V. o. QutBADA: lug. cil., p/g. J'^*. 



CERVANTES 7 

intentábase en Buenos Aires encender otras lu- 
ces, más o menos consentidas por el movimien- 
to progresista que se amparaba del partido "li- 
beral''. Las ideas, como la civilización, siguen 
los caminos naturales; el puerto oceánico favo- 
recíase de cierto intercambio del pensamiento, 
por su contacto con Europa. Y cuando llegó la 
ocasión de constituir en Buenos Aires institu- 
tos de enseñanza, la circunstancia de tener me- 
nos pasado intelectual que Córdoba permitió 
curiosear más libremente, buscando la vía se- 
gura del porvenir. 

Razones geográficas, históricas y políticas 
habían determinado una profunda diferencia 
sociológica entre el litoral rioplatense y la al- 
tiplanicie que fué— de hecho— peruana hasta 
la víspera de la emancipación. La constitución 
del virreinato como entidad política y admi- 
nistrativa, modificó las apariencias sin alterar 
la realidad: "regiones apartadas como las del 
Alto Perú y Norte y Oeste de lo que es hoy la 
República Argentina, estuvieron muy lejos de 
verse sometidas a la llamada autoridad absor- 
bente del virrey" (1). Las ideas, la cultura, la 



(1) Emilio Pavignani: «Creación y permaniincia del virreinato 
del Río de la Plata» (notas preliminares), pág. 99. 



8 CERVANTES 

enseñanza misma, distinguiéronse a fines de la 
época colonial por el espíritu de las corrientes 
originarias que influenciaron su desarrollo y 
sus desenvolvimientos posteriores. Es un he- 
cho bien conocido: "La corriente del Norte 
tiene su origen en el Perú, cruza los territorios 
del Norte de la República, establece sus prime- 
ros fundamentos en Santiago del Estero y lle- 
gando a Córdoba, hace allí el centro de sus 
operaciones, ramificándose más tarde a Co- 
rrientes y al Paraguay, hasta los límites con el 
Brasil. La corriente del Litoral nace con los 
movimientos del reinado de Carlos III, al im- 
pulso de las autoridades españolas en el Río 
de la Plata y se radica en Buenos Aires para 
influir desde aquí ea las transformaciones su- 
cesivas. La una es puramente religiosa desde 
sus primeras manifestaciones, 3^ tomando por 
base la enseñanza de la Compañía de Jesús, 
fomenta sus colegios y hace de su enseñanza 
la enseñanza pública. La otra, aunque religio- 
sa en su fondo, por el espíritu dominante de la 
época, aparece cuando la Compañía de Jesús 
ha desaparecido y se sirve de sus despojos 
para fundar sus primeros establecimientos de 
importancia relativa. La una se radica por la 



CERVANTES 9 

acción directa y eficaz del clero con sus pri- 
meras autoridades a la cabeza; la otra por los 
funcionarios civiles de la colonia y de la me- 
trópoli y con un espíritu de instrucción gene- 
ral; y ambas se dividen el predominio y la in- 
fluencia en las luchas sucesivas, hasta que la 
reconstrucción definitiva de la nación viene a 
dar a la enseñanza pública un centro común 
a cuyo impulso obedecen todos sus movimien- 
tos más importantes" (1). 

La influencia liberal de las ideas enciclope- 
distas, que engendró el espíritu argentino, 
como antítesis del hispano-colonial, penetró 
por el Río de la Plata. Las provincias que te- 
nían su centro histórico y su aA^anzada meri- 
dional en Córdoba (2), en el linde de las dos 
civilizaciones, permanecieron adictas al espí- 
ritu colonial. 

Al anunciarse en Buenos Aires la salida de 
Bucarelli (1770) aumentó la inquietud en las 
facciones que durante siete años se habían dis- 



(1) Amancio Alcorta: «La Instrucción Secundaria», pág. 179. 
Reedición de 1916). 

(2) V por mucho tiempo 'a Aduana seca entre el Perú y el Río 
de la Plata. Ver Vicente G. Quesada: «Historia Colonial Argenti- 
na», y Ricardo Levene: «La moneda colonial del Plata» (pág. 22 
y sig.), y otroK estudios de histeria colonia!. 



10 CERVANTES 

putado la preeminencia en la colonia: pues si 
los "liberales" tenían de su parte al goberna- 
dor y a la juventud ilustrada, los "jesuíticos" 
tenían de la suya a las mujeres y a los viejos 
monopolistas enriquecidos. No era posible que 
Carlos III entregara a manos enemigas la go- 
bernación de América más vinculada con el 
extinguido imperio jesuítico; en medio de tan- 
tas dudas a nadie se le ocurría pensar que el 
nuevo gobernador vivía desde un afto antes en 
la ciudad, en la persona del subinspector de 
las tropas, don Juan José de Vértiz y Salcedo, 
que, a la sazón, frisaba los cincuenta, y había 
venido a conocer el país para prepararse a su 
gobierno. 

Aunque liberal firmísimo, la Corte le había 
elegido para reemplazar a Bucarelli por sus 
cualidades de discreción y de tolerancia; era 
necesario aplacar la hostilidad de los jesuíti- 
cos, que tanto habían amargado la goberna- 
ción anterior (1). Para ello, además del varón 
discreto, convenía el hombre informado; pare- 
ce evidente que Vértiz vino en 1769 a Buenos 



(}) Ver los «Documeiifos relativos a la ejecución del decreto de 
exfronamicnto de ios jesuítas, eíc », en la fíevista del Rio de la 
Plata, vol. VIII, pé». 368 y oig. 



CERVANTES 11 

Aires, con su puesto subalterno, para observar 
y conocer el terreno. Era ya gobernador defi- 
nitivo, por ocho años, sin que lo sospechara 
ninguno de cuantos se le acercaban a hacerle 
confidencias. 

Esta sencillísima circunstancia de conocer 
el medio político y social, contribuye a expli- 
carnos la memorable actuación del último de 
los gobernadores (1770-1777), en cuyo período 
se afirma la política liberal en la administra- 
ción del Río de la Plata. "Por excepción poco 
común en el régimen colonial", hijo de Améri- 
ca y natural de Méjico, cúpole en suerte unir 
su nombre a los dos acontecimientos magnos 
de la historia cultural de Buenos Aires. Como 
gobernador inició el Real Colegio de San Car- 
los (1773); nueve años después— siguiendo al 
breve interregno militar de Ceballos (1777-1778) 
—fué nombrado segundo virrey del Río de la 
Plata (1778-1784), y en tal carácter introdujo la 
imprenta en Buenos Aires (1781) y dio carác- 
ter definitivo a la fundación del Colegio Caro- 
lino (1783). 

Vértiz fué intérprete feliz de las ideas que 
animaban al progresista monarca. La gober- 
nación del Río de la Plata sintió su influencia 



12 CERVANTES 

en todos los órdenes de la vida pública: comen- 
zaba una era nueva. Con Ceballos habían te- 
nido vara alta los funcionarios 3^ los comer- 
ciantes españoles, que medían su propia im- 
portancia por el monto de los caudales acumu- 
lados ejerciendo el contrabando. Otra cosa 
ocurrió cuando Vértiz tomó el gobierno. "A su 
lado no eran los enriquecidos los que debían 
gozar de más influjo político, sino los hombres 
de iniciativa intelectual a quienes generalmen- 
te se llama hombres ilustrados. Labardén y 
Basavilbaso eran los directores de ese grupo, 
que, aunque pequeño por el momento, estaba 
destinado a ir ensanchando sus filas hasta que 
los sucesos viniesen a darles en la generación 
subsiguiente el carácter de un verdadero par- 
tido político, con jefes más jóvenes y con 
adeptos mejor preparados para hacer la evo- 
lución definitiva de la sociedad colonial, y po- 
ner en receso las categorías de la aristocracia 
municipal, que, aunque extensa ya, pertenecía 
a los enriquecidos y tenía poco peso en la opi- 
nión pública". 

"Hombre de nociones abiertas y de princi- 
pios elevadísimos, tan liberal como bueno y 
prudente, Vértiz comprendió al momento cuál 



CERVANTES 13 

era el " programa ", como diríamos ahora, con 
cuya ejecución debía ilustrar la historia del 
período de su mando" (1). 

Su tarea no era cómoda ni sencilla. Vicios y 
rutinas, de hondo arraigo, perturbaban la 
buena marcha de la administración. Bucarelli 
habíase contraído a evitar la tempestad que 
cada día amenazaban desencadenar los ele- 
mentos ceballistas y jesuíticos; otra cosa era 
emprender innovaciones liberales que esos 
mismos conservadores debían resistir, dada la 
imposibilidad de remover ciertos vicios de ad- 
ministración sin perjudicar intereses creados, 
no siempre respetables (2). 

En el primer tiempo que le dejaron libre las 
desavenencias con los portugueses, se contra- 
jo a asuntos de mera administración civil. 
"Entre otros dio preferencia al arreglo de los 
pueblos de Misiones, que, a consecuencia de la 
expulsión de sus tutores, ardían en la anar- 
quía, suscitada a la vez por curas, neófitos y 
administradores, mal avenidos entre sí. Aque- 



(1) V. F. López: «Hist. Argentina», I, 4233 

(2) Para justipreciar la obra moral y administrativa del goberna- 
dor Vértiz. véase su Bando de 20 Septiembre de 1770. («Documen- 
tos para la Historia del Virreynato», 1, 1.— Facultad de Filosofía y 
Letras). 



14 CERVANTES 

líos pobres indios, tan candidamente avenidos 
por los crédulos del "cristianismo feliz" a las 
misteriosas márgenes del Uruguay, eran víc- 
timas de la inmoralidad de los curas y de la 
avidez de lucro de sus administradores, me- 
nos hábiles que los jesuítas para vendimiar 
paulatinamente la viña del Señor. 

"El ánimo recto y generoso de Vértiz debió 
quedar bien atormentado, cuando acudieron a 
su justificación varios de aquellos pueblos sin 
ventura, acusando a más de setenta curas que, 
olvidados completamente de la santidad de su 
ministerio, se armaban de puñales y excitaban 
a la embriaguez y los tumultos a las ovejas de 
sus rebaños espirituales". Palabras ilustradas 
por la siguiente nota: 'De los misioneros o cu- 
ras franciscanos del x\lto Perú, decía el natu- 
ralista Haenke en 1799: El amor a las rique- 
zas los hace olvidar todas las plausibles reglas 
de pobreza que prescribe su instituto. Ellos sa- 
can increíbles ventajas de la rusticidad e in- 
menso trabajo de los neófitos a quienes reatan 
con tareas que no podrían llenarlas aun cuan- 
do fuesen bestias de carga" (1). 



U) I- M. GuTiÉnBEz: ob. cif., biografía del Vlrrc/ Vérllz. 



CERVANTES 15 

En su hipotiposis del gobernador, refiere 
Gutiérrez— copia dísimo biógrafo— cuan poco 
favorecían los españoles el desenvolvimiento 
intelectual de los nativos, con excepción de la 
carrera eclesiástica, que era prácticamente la 
única permitida. Se ponían trabas de bulto a 
que los criollos se graduasen de abogados. El 
gobernador Ando naegui malquería tanto esta 
profesión que, dando cuenta al Virrey del 
Perú del repentino derrumbamiento de la cate- 
dral antigua, atribuyó la catástrofe a castigo 
del cielo por los continuos pleitos, odios y ren- 
cores que fomentaban los abogados entre los 
vecinos. En el fondo, el gobierno y el clero te- 
mían que los abogados les alborotasen sus res- 
pectivos rebaños de subditos y feligreses. Más 
tarde, agrega, los obispos "procuraron mante- 
ner la superioridad de la sotana sobre la toga 
y de la teología sobre el derecho civir', apar- 
tando a la juventud de esta disciplina. El de 
Buenos Aires, que lo era en 1769 el doctor Ma- 
nuel Antonio de la Torre, natural de Falencia, 
dirigióse al Conde de Aranda oponiéndose a la 
creación de la Universidad de Buenos Aires, 
pues bastaba con un seminario para elaborar 
clérigos y "porque de la cátedra de Leyes no 



16 CERVANTES 

se sacarían más que mayores enredos, pues 
habiéndolos hoy con cuatro abogados, qué fue- 
ra con muchos más que se crearían faltos de 
práctica y de aplicación, que en mi tierra di- 
cen abogados de a legua". Tenía razón el 
Obispo; pero no en lo que decía, sino en lo que 
callaba; antes de ser pocas docenas, los abo- 
gados criollos que se criaron "faltos de prácti- 
ca j de aplicación", introdujeron las herejías 
del enciclopedismo y de la democracia, eman- 
cipando un continente, tal como lo preveían, 
sin decirlo, todos los obispos españoles. 

Vértiz procuró desde el primer momento re- 
solver el problema que tenía interesadísima a 
la minoría culta de Buenos Aires: la fundación 
de un Colegio y universidad. Su permanencia 
de incógnito habíale servido para comprender 
que esa era la única cuestión sobre la que po- 
dían estar contestes las camarillas ilustradas 
de los diversos partidos, con lo que, al mismo 
tiempo, liquidábase definitivamente la testa- 
mentaría espiritual y material de los jesuítas. 
Le apoyaron los elementos liberales y nativos; 
Gutiérrez dice que ilustres argentinos lo ro- 
deaban de cerca, colocados en posiciones in- 
fluyentes: así "lograron cambiar aquel orden 



CERVANTES 17 

de cosas, aprovechándose de una coyuntura fe- 
liz para dotar al país de estudios públicos, in- 
dependientes de los claustros y de las celdas". 

Previniendo la imputación de que el objeto 
perseguido al expulsar a los jesuítas fuera in- 
cautarse de sus bienes, había dispuesto el mo- 
narca que ellos se destinaran íntegramente a 
objetos de beneficencia y utilidad pública, con 
especial indicación de sostener y mejorar la 
educación de la juventud. En consonancia con 
esas miras del ilustre soberano, Vértiz se apre- 
suró a manifestar al Procurador de la ciudad y 
a los Cabildos secular y eclesiástico el ren- 
dimiento de las temporalidades, requiriendo su 
opinión sobre el mejor destino que pudiera 
dárseles, en vista de fundar escuelas y estable- 
cer estudios g-enerales. Las consultas fueron 
absueltas con bien prevista solicitud y con cri- 
terios liberalísimos para su tiempo, siendo uná- 
nime su concordancia con los propósitos del 
gobernador. 

El procedimiento fué simple. El Cabildo se- 
cular de Buenos Aires había propuesto se tras- 
ladase a esta ciudad la Universidad de Córdo- 
ba; en cambio, el Obispo de Buenos Aires se 
contentaba con que se estableciesen tres Semi- 

2 



18 CERVANTES 

narios: dos preparatorios y el tercero "para pro- 
bación de aquellos que tuvieran verdadera vo- 
cación de cursar y ascender a los órdenes sa- 
gradas,,. El Conde de Aranda, el 9 de Enero de 
1772, se dirigió a Vértiz encargándole dar eje- 
cución al segundo proyecto, no privando al 
vecindario de Córdoba del honor de tener su 
Universidad. 

Es seguro que en 1773 funcionaban algunas 
clases del Real Colegio de San Carlos, aunque 
su instalación oficial sólo tuvo lugar el 3 de 
Noviembre de 1783, siendo ya Virrey su inicia- 
dor. En cuanto a la Universidad, no pudo crear- 
se, a pesar de las Reales Ordenes de Carlos III 
que mandaron su instalación. 

2. — Creación del virreinato y empresa militar 
de Ceballos.— Esta, labor progresista sufrió un 
paréntesis. En 1776 renació la guerra con los 
portugueses, viéndose España en la obligación 
de ensayar un esfuerzo definitivo que liquidara 
para siempre el pleito. El ex gobernador Ceba- 
llos, además de ser un militar estimable, tenía 
prestigios adquiridos en la anterior campaña 
contra el mismo enemigo; fué enviado al Río 
de la Plata con el título de primer Virrey, al 
frente de una escuadra de ciento diez y seis 



CERVANTES 19 

naves y con diez mil hombres de desembarco. 
Para aliviarle de fatigas y de gloria, rindiéron- 
se los portugueses al tener noticia de su arribo. 
Al poco tiempo el conflicto fué zanjado por el 
tratado de San Ildefonso (1877). 

Durante la breve estancia de Ceballos en el 
Río de la Plata, recrudeció la lucha entre jesuí- 
ticos y liberales. Los primeros, que otrora ha- 
bían tenido en el flamante Virrey su apoyo más 
firme, procuraron suplantar a los segundos en 
la administración y en la influencia política; 
las entrigas contra Vértiz, bien acogidas por 
Ceballos, que tenía celos del gobernador ame- 
ricano, obtuvieron que fuera excluido de toda 
participación en las tareas administrativas y 
militares. Ceballos monopolizó todos los laure- 
les de su guerra sin batallas (1). 

El partido de los monopolistas enriquecidos 
tuvo ocasión de obtener un sonado éxito por 
intermedio del triunfador Virrey. Por sí, y a 
petición del Cabildo, dio Ceballos un auto de- 
clarando "libre con España y las demás colo- 
nias" el comercio del Río de la Plata. Era, 
pues, un triunfo para el comercio español de 



(1) Véase el exagerado paralelo entra Ceballos y Vértiz, ea 
FuNBS, «Ensayo, etcétera». 



20 CERVANTES 

Buenos Aires, aunque la libertad de comerciar 
se limitaba a las relaciones con la metrópoli y 
sus dominios, especialmente con el Perú (1). 
Ese auto fué aprobado y ampliado muy luego 
por la Corte, que más tarde, por una real cédu- 
la de 1795 permitió algún comercio con extran- 
jeros, no sin limitaciones. 

Pronto cercaron a Ceballos los elementos 
reaccionarios, pretendiendo restaurar el régi- 
men anterior a Bucarelli 3^ detener la inquietud 
reformista de que parecían poseídos Vértiz, 
Maciel, Basavilbaso, Labardén y sus amigos. 
Estos escribieron a Bucarelli, alarmados; ter- 
minada la expedición y recibida la Colonia del 
Sacramento, Ceballos fué llamado a España: 
"la razón que algunos dan de su retiro- dice 
D. V. F. López— es que se le consideraba de- 
masiado adicto a la Compañía de Jesús para 
que pudiera ser oportuna su permanencia a la 
cabeza del Virreinato". 

Una Real Cédula de 27 de Octubre de 1777 
nombró Virrey de Buenos Aires al ex gober- 
nador Vértiz, quien prestó juramento a media- 
dos del año siguiente y entró al mando "en una 



(1) Ver Lbvbnb, escrito» citados. 



Cc-RVANTES 21 

época en que estaban como a la moda en el ga- 
binete español las reformas y lo que hoy llama- 
ríamos el espíritu de progreso". 

3.— Virreinato de Vertid. —Tiene ya el ilustre 
Virrey sus historiadores; ellos han puesto de 
relieve su progresista labor administrativa. 
Aquí sólo diremos que sus iniciativas cultura- 
les—teatro, imprenta, colegio, etc.— le confie- 
ren el más honroso rango en los orígenes de la 
historia argentina. 

Fué su preocupación más constante el cam- 
bio de las costumbres, siguiendo en ello el 
ejemplo de los liberales de la península. Modi- 
ficó en lo posible el físico urbano, con obras de 
adelanto municipal que mejoraban la vialidad, 
la higiene y la estética; pero más se preocupó 
de cambiar el espíritu de la ciudad, quitando a 
las iglesias el monopolio de la vida pública. 
Bien comprendieron los agraviados que las re- 
formas de Vértiz acabarían por reducirles la 
clientela; además de trabajar contra él bajo 
cuerda, agredieron violentamente algunas de 
sus más sonadas innovaciones. 

Un franciscano, natural de Logroño, come- 
tió la imprudencia de intentar contra Vértiz lo 
que en España había ensayado el clero reac- 



22 CERVANTES 

cionario contra Carlos III: fomentar desde el 
pulpito el desacato al poder civil. Desde la 
cátedra sagrada tronó José Acosta contra el 
establecimiento de la Casa de Comedias y de 
los bailes públicos, "declarando, en nombre del 
Espíritu Santo, que los que asistieran a esas di- 
versiones públicas fomentadas por el Virrey, 
incurrirían en condenación eterna". Más tardó 
Vértiz en conocer la insolencia que en ordenar 
al guardián que expulsase de su convento, para 
otro del interior, al fraile atrevido que osaba 
censurarle en cosas que no atañían a la iglesia; 
y mandó también que desde el mismo pulpito 
fuesen desautorizadas sus palabras por otro 
predicador (1). Nuestro primer teatro fué ins- 
talado en la Ranchería, así llamada porque era 
el corral donde tenían sus "ranchos" las nume- 
rosas negradas de los jesuítas, cuyo Colegio 
estaba al frente (2); Vértiz veía en él un medio 
de cultura social, una escuela de gusto literario 
y de historia clásica. 

El Obispo no se arredró por el percance del 
franciscano Acosta y continuó oponiéndose al 
funcionamiento del teatro, que tildaba de inmo- 



(1) V. F. López: cH. A.», I. 438, J. M. GuxiéRREZ, Ob. cit. 

(2) V. F. López: «H. A.», I, 605, nota. 



CERVANTES 23 

ral y contrario al recogimiento nocturno que 
deseaba imponer a su feligresía; pero, más que 
eso, le incomodaría, sin duda, como prelado y 
como español, la ocasión que el teatro daba a 
que la juventud se reuniese, despertando en 
ella sentimientos comunes que suelen ser peli- 
grosos para los que viven de la ignorancia o de 
la opresión. 

Con el propósito de allegar rentas a la casa 
de Expósitos, hizo traer Vértiz a Buenos Aires 
los restos de una imprenta que se había intro- 
ducido en Córdoba para imprimir oraciones y 
catecismos, en el Colegio de Monserrat. Dice 
la Memoria del Virrey que, además de los di- 
chos ingresos, la imprenta proporcionaría al 
público "los útiles efectos de la prensa". Las 
primeras publicaciones conocidas son de 1781, 
aunque es de 1783 la Real Cédula que aprueba 
la fundación de la Casa de Expósitos (1); para 
Vértiz y el partido liberal, las cosas andaban 
más de prisa que los expedientes. Una tras 
otra, efectuó mejoras que cambiaron la faz 
social y moral de la ciudad: alumbrado público, 



(1) Ver José Toribio Medina: «La imprenta en el antiguo Virrei- 
nato del Río de la Plata», La Plata, 1883; y Mitre, Quesada, Gu- 
TiÉRRBZ, LÓPBZ, obras citadas. 



24 CERVANTES 

empedrado de las calles, tribunal del protome- 
dicato, construcción de edificios para el servi- 
cio público, paseo de la Alameda, hospicio de 
mendigos, casa correccional de mujeres, alcal- 
días de barrio, levantamiento del primer cen- 
so, etc. 

Había, con todo ello, sobrado motivo para 
que los conservadores ensayaran aquí una pa- 
rodia del motín de Esquiladle. Les faltó un 
elemento esencial, el que sobraba en España; 
el clero secular, criollo en su totalidad, simpa- 
tizaba aquí con los amigos de Vértiz y no tenía 
espíritu de cuerpo con los obispos y dignata- 
rios eclesiásticos inmigrados casi todos de la 
metrópoli. 

Vértiz puso fin a sus útiles iniciativas en 
1783, solicitando se le eximiese del cargo, pre- 
vio juicio de residencia; de este último le exone- 
ró el rey, declarando que le tenía por superior 
a todo reproche. En 1784 vino a reemplazarle 
el marqués de Loreto. 

III.— Fundación del colegio carolino 

i.— Algunos antecedentes.— Expu]sados los 
jesuítas, pareció propicia la ocasión para fun- 
dar el Seminario, que de tiempo atrás reclama- 



CERVANTES 25 

ban en Buenos Aires los obispos, y la Univer- 
dad, que habían proyectado más de una vez las 
órdenes rivales de la formidable Compañía. 
Digamos, de paso, que el propósito habitual de 
g-anar influencia en la sociedad educando al 
clero, aparece algunas veces complicado por 
el anhelo de asegurar, con la aparente bondad 
de su aplicación, algunas herencias visiblemen- 
te mal captadas y expuestas a pleitos. No dejan 
por ello de ser curiosos los antecedentes de una 
época anterior a la que estudió Gutiérrez en su 
obra meritísima. 

En los documentos del Archivo de Sevilla (1) 
se encuentran la "información de como biolen- 
tamente El Governador de Buenos Aires que- 
brantó y rompió El Seminario aque havía dado 
principio El Obispo". Dicho Seminario se ins- 
taló el 26 de Febrero de 1647, con alguna irre- 
gularidad, pues el obispo dispuso con ese fin de 
una casa y bienes que el capitán Pedro Sánchez 
legara en herencia a los padres de la Compañía 
de Jesús, y que el gobernador entendió corrían 



(1) Roberto Levillier, voI. I, pág. 454: clnformación Icnvanta- 
da por el Obist o de las provincias del Río de la Plata, Fr. Cristo- 
bal de la Mancha y Velazco, contra el Gobernador, D. Jacinto de 
Láriz, denunciando cómo éste violó la inmunidad eclesiástica ex- 
pulsando a los colegiales de un seminario, etc.» (Año 1647-1649). 



26 CERVANTES 

por cuenta de la justicia real. Tuviera o na 
razón, el gobernador Láriz, sin preceder autos 
ni requerimientos, se presentó con una tropa 
de milicianos del presidio, puso en la calle clé- 
rigos, diáconos y seminaristas, con sus camas 
y baúles, y les intimó se alejaran muy luego, 
"porque botaba por christo que traya determi- 
nación de matarlos a puñaladas". En 1649 el 
consejo, de acuerdo con el fiscal, denegó al 
obispo lo que reclamaba, por cuanto esas fun- 
daciones no podían hacerse sin preceder licen- 
cia, ni era decoroso alegarlas para quedarse 
con bienes de difuntos. 

En 1695 el obispo Antonio de Ascona Imber- 
to representó la suma necesidad que tenía la 
iglesia catedral de un seminario, "por no tener 
Acólitos ni Monacillos" que ayudaran los ofi- 
cios divinos y dieran realce a las ceremonias 
religiosas. La gestión no tuvo éxito, pero no 
se desistió del propósito; el obispo fray Ga- 
briel de Arregui, volvió a representar repe- 
tidas veces, en 1714, por "la indecencia con 
que (en la Catedral) se celebran las festivi- 
dades por falta de Acólitos" (1). El 8 de Di- 

(1) Enriqub Peña: Colección de cDocumcnfos y Planos... de 
la Ciudad de Buenos Aires», vol. VI, pág. 142, 145, etc. 



CERVANTES 27 

ciembre de 1729, el obispo fray Pedro Faxar- 
do, de la orden Trinitaria, legó sus bienes a la 
iglesia catedral con el mismo fin; ratificó su 
donación el día 13 del mismo mes y año, falle- 
ció el 14, y el 16 el Cabildo Eclesiástico se apre- 
suró a poner el hecho en conocimiento del 
Rey, para entrar en posesión de la herencia. 
Pleito, como de costumbre; pleito de muchos 
años, riña entre civiles y eclesiásticos por in- 
cautarse los dineros de Faxardo, y el Semina- 
rio no pasa del papel (1). Entre los inventarios 
merece leerse el de la biblioteca del obispo, que 
permite apreciar la cultura de la época (2). 
Diez años más tarde, en 1739, aparece el mis- 
mo Cabildo reclamando el caudal y consiguien- 
do opinión favorable del fiscal para que "si sa- 
tisfechas las deudas... resultasen líquidas al- 
gunas cantidades" le fuesen entregadas a la 
brevedad posible. 

La Orden de Predicadores no permaneció 
inactiva, por su parte. Su provincial fray Do- 
mingo de Neyra representó en un Memorial 
"suplicando que el referido Combento de Bue- 
nos Ayres, pueda conferir grados según lo 



(1) Ídem, voI. IV, pág. 5 a 156. 

(2) Ídem, voI. IV, pág. 104. 



28 CERVANTES 

executa el de Chile, y en caso necesario esten- 
der la facultad mandándose que los Títulos, 
Grados, Certificaciones y otros grados de el 
referido Combento tengan la misma validación 
que si fueran de cualquiera otra Universidad 
concediéndose para ello los mismos privilegios 
que obtienen" (1); del expediente resulta claro 
el propósito de conseguir una Universidad que 
no tenían en Buenos Aires los jesuítas, la que, 
en cierto modo, les permitiría competir con la 
de Córdoba en la formación del clero criollo. 
Una donación del padre Juan Bautista Alqui- 
lazete para fundar un colegio convictorio, sir- 
vió a los jesuítas para oponerse a la maniobra 
de los predicadores; la apoyó, en 1762, el go- 
bernador Ceballos, adicto a los de Loyola, 
aconsejando "que la piedad del Rey se digne 
condeder licencia para su erección al cuidado 
de los Padres de la Compañía vajo las mismas 
constituciones que el de Córdova" (2). Bastan 
esos antecedentes para afirmar que antes de la 
expulsión de los jesuítas habíase intentado 
crear seminarios clericales en Buenos Aires, 
pretendiendo varias órdenes, sin éxito, dar 

(1) Ídem, pág. 157 y sigs. 

(2) Ídem, pág. 171. 



CERVANTES 29 

a los estudios el rango de Universidad. 

Después del suceso de 1767 fué g-rande el 
fermento de los interesados por atrapar el "Co- 
legio de San Ignacio" y captar los estudios 
que se decidió organizar. 

Ordenando los datos y documentos reunidos 
dor Gutiérrez es fácil advertir que hubo mu- 
chos planes diversos, antes de que Vértiz fun- 
dara oficialmente (1783) el Real Colegio de San 
Carlos. 

El obispo José Basurco había iniciado la 
construcción de un edificio para Seminario, 
que se continuaba bajo la dirección del maes- 
trescuela Pedro Ignacio de Picazarri; éste pi- 
dió (1773) facultades extraordinarias para ma- 
nejar los fondos, lo que se le negó por enten- 
der el fiscal, que "debe despreciarse del todo 
la instancia del aquel Maestrescuela, como di- 
rigida al fin de quererse subrogar ambiciosa- 
mente en lugar del Reverendo Obispo,,, que lo 
era Manuel Antonio de la Torre^ quien acaba- 
ba de acusarle (1772) de malversación de fon- 
dos y pedía se le obligase a rendir cuentas 
de los fondos percibidos y gastados sin con- 
tralor. 

Prolongóse durante años la rencilla; la fá- 



30 CERVANTES 

brica.se concluyó, pero en 1777 el Seminario no 
funcionaba (1). 

El interés público vióse pronto distraído por 
más latos proyectos, movidos, como se ha di- 
cho, por el gobernador Vértiz y sus amigos li- 
berales. El obispo (1768) pidió se fundaran se- 
minarios, oponiéndose al proyecto de Univer- 
sidad; el Cabildo Secular pidió se trasladara a 
Buenos Aires la de Córdoba (1771); el Cabildo 
Eclesiástico sugirió se fundara una Universi- 
dad propia (1771; el conde de Aranda, antes de 
recibir estos dos informes, ordenó (Enero 1772) 
se estableciesen los seminarios solamente, y 
después de recibirlos, se opuso a la traslación 
de la de Córdoba (1773); el Procurador Gene- 
ral, Manuel Basabilbaso, en vista de ello, se 
aparta de lo pedido por el Cabildo secular y se 
aviene a lo reclamado por el eclesiástico (1773); 
la Junta Superior de Aplicaciones adhiere a las 
conclusiones del Procurador e insiste en que 
"todo el pueblo aclama principalmente por la 
erección de la Universidad'' (1773). Carlos III, 
en 1778, previa consulta del Consejo Extraor- 



(1) Ídem. Documentos del «Rxped¡e«tc formado en el Consejo 
de indias relativo al eslablecimieiito en Buenos Aires de un Cole- 
gio Seml.iario., vol. IV. Páy. 175 a 19». 



CERVANTES 31 

dinario, resolvió "el establecimiento de la Uni- 
versidad o estudios generales en una de las 
casas ocupadas en esta ciudad a los Regula- 
res de la extinta compañía" (1), 

De todo este dilatado papelismo tuvo efecto 
la creación de un Seminario, conforme a lo 
ordenado en 1772 por el de Aranda, aunque 
su fundación oficial se produje 11 años des- 
pués. 

2.— Juan Baltasar Maciel. — Wi Real Colegio 
abrió sus aulas bajo la direción del virtuoso 
canónigo criollo don Juan Baltasar Maciel 
(1727-1788), de probadas tendencias liberales; 
como se ha dicho, en su favor, y contra el can- 
didato "ceballista y jesuítico,,, había movido 
Bucarelli una verdadera campaña de influen- 
cias, que le valió (1768) la canongía magis- 
tral (2). Bucarelli siguió protegiéndole desde 
Madrid: en 1872 escribía a Basavilbaso que 
obraban en su poder las cartas de Maciel y que 
"le he servido y le he de ver mitrado antes que 
su compañero Riglos,, (3). Es natural, pues, 
que Vértiz, en ese mismo año, nombrase Can- 
il) VerdocuTientos en Gutiérrez, ob. cií. 

(2) Caria de Basavilbaso a Bucarelli, ciíida. 

(3) Carta de Bucarelli a Basavilbaso, ídem. (En J. M. Gutiérrez: 
Ob, cit., 431, nota.) 



32 CERVANTES 

celario y Director de los estudios públicos a su 
c ompetencia en los trabajos preparatorios de 
los Cabildos. 

Había nacido en Santa Fe, el 8 de Septiem- 
bre de 1727; en Córdoba se doctoró en teología, 
emprendiendo luego un viaje a Chile para gra- 
duarse en Derecho Civil, que en la casa de 
Trejo no se cursaba todavía. Tenía, además, 
gran afición por los escritos de historia y lite- 
ratura, sin excluir los profanos. En 1754 re- 
gresó a Buenos Aires desempeñando, entre 
otros cargos, el de "comisario del Santo Oficio 
de la Inquisición"; dióle ello motivo para leer 
libros heréticos y es seguro que acabó por to- 
marles tal afición que, de haber cumplido se- 
veramente su ministerio, habría comenzado 
por condenarse a sí mismo. Su cultura, pareja 
con su bondad, le tornó tolerante y liberal; 
no sabemos que persiguiera nunca a lectores 
de libros prohibidos, maguer comenzaran a 
pulular en Buenos Aires y los hubiese en su 
misma biblioteca. Agreguemos, para comple- 
tar la figura, que Maciel—hivita Minerva— 
no resistió a la tentación de menudear versos 
inocentes. 

En la época de Bucarelli fué él caudillo del 



CERVANTES 3á 

clero criollo contra el partido jesuítico, actuan- 
do siempre en combinación con el partido libe- 
ral. 

Poco después, debiendo Vértiz informar a 
la corte sobre las aplicaciones que pudieran 
darse en esta parte de América a los bienes de 
la Compañía, oyó oficialmente a los cabildos 
eclesiástico y secular. Ambos informes concor- 
daron en que su casa principal y sus rentas se 
aplicasen a la creación de una Universidad 
pública y de un Colegio convictorio. El ecle- 
siástico, redactado por Maciel (1771), revela 
cierta novedad cuando se refiere a la enseñan- 
za que darán los profesores de filosofía: "No 
tendrán obligación de seguir sistema alguno 
determinado, especialmente en la física, en 
que se podrán apartar de Aristóteles y en- 
señar, o por los principios de Cartesio, o de 
Gasendo, o de Newton, o alguno de los otros 
sistemáticos; o arreglando todo sistema para 
la explicación de los efectos naturales, seguir 
sólo a la lu3 de la experiencia por las observa- 
ciones y los experimentos en que tan utilmen- 
te trabajan las academias modernas". Estas 
palabras se dirían inspiradas por el repetido 
lema del renacentista Pedro Pomponacio: la 

5 



34 CERVANTEá 

observación y el experimento son la balanza 
de la Verdad. 

"Esta liberalidad para abrir el entendimien- 
to de los jóvenes americanos a la mejor luz de 
aquella época, es sumamente meritoria si se 
recuerda cuál era el modo de pensar en Espa- 
ña a este respecto y la resistencia que opusie- 
ron las universidades a las mejoras que en su 
doctrina quiso introducir la administración da 
Carlos III. 

"En el mismo año en que el doctor Maciel 
se emancipaba de Aristóteles, del "maestro" 
por excelencia, en el estudio de la natura- 
leza, la Universidad de Salamanca, excitada 
por el Consejo de Castilla a la reforma de 
los estudios, en el año 1771, dijo ''que no se 
podía apartar del sistema del peripato; que los 
de Newton, Gasendo y Cartesio no simbolizan 
tanto con las verdades reveladas, como los de 
Aristóteles"; y que "ni sus antepasados quisie- 
ron ser legisladores literarios introduciendo 
gustos más exquisitos en las ciencias, ni la 
Universidad se atrevía a ser autora de nuevos 
métodos", 

"¡Qué contraste entre la fuerza de iner- 
cia salamanquesa y el arranque innovador del 



CERVANTES 3á 

discípulo americano del Colegio de Monse- 
rrat!-' (1). 

Conviene advertir que la discreta liberalidad 
del canónigo Maciel se refiere a Descartes, Ga- 
sendo y Locke, sin mencionar a Condillac y 
los enciclopedistas, en cuyo caso su indepen- 
dencia habría rayado en franca herejía. Con 
Descartes la filosofía se completaba por las 
ciencias matemáticas, siempre bien avenidas 
con los sistemas prudentes; en cambio, por la 
ruta de Condillac, la filosofía encaminábase 
hacia las ciencias naturales y tendía a cimen- 
tar los problemas del alma, del conocimiento y 
de la moral sobre una psicología fundada en la 
experiencia. Siendo, en suma, avanzadas, con 
relación a la teología de los escolásticos espa- 
ñoles, las ideas de Maciel podrían parecer tí- 
midas si se comparasen indebidamente con las 
agitadas ya en Europa y particularmente en 
Francia. 

En 1777 promovió ante el Cabildo Eclesiásti- 
co la organización definitiva del Seminario 
Conciliar, para formar el clero, acólitos y can- 
tores, de maner a que en el porvenir pudiera 



(1) J. M. Gutiérrez: Ob. clf. 



36 CERVANTES 

darse a las ceremonias de la iglesia aquel de- 
coro y decencia de que hasta entonces carecían 
por falta de dicho personal (1). 

En su biblioteca, una de las más considera- 
bles de ese tiempo, figuraban obras francesas 
del siglo xviii, y no pocas de los enciclopedis- 
tas, que constituían su lectura favorita, no obs- 
tante hallarse incluidas en el Index. En los 
anaqueles no eran sospechosas, pues todas es- 
taban rotuladas como libros de teología orto- 
dosa. La influencia de este hombre cultísimo 
fué grande; su casa era el centro de reunión de 
la exigua minoría que se interesaba por los 
problemas sociales y filosóficos, tan febrilmen- 
te removidos por los adeptos de Quesnay, de 
Voltaire y de Rousseau. Sin apartarse de su 
religión, 3" manteniendo una vida ejemplarísi- 
ma, no desdeñó asomarse a las "peligrosas no- 
vedades" del pensamiento moderno. 

La última página de la vida de Maciel termi- 
na con una clamorosa vergüenza del partido 
jesuítico. El 12 de Abril de 1784 el virrey Vér- 
tiz se había embarcado para España, quedando 
en su reemplazo el Marqués de Loreto. Fuera 

íl) cDocumenfos para la historia del Virraynalo», II, 144 (Fa»ul- 
tdd de Filosofía y letras). 



CERVANTES 37 

el temor despertado por la insurrección de Tu- 
pac-Amarü, o que trayese instrucciones de po- 
ner trabas a la influencia adquirida por los 
criollos durante el gobierno del mejicano Vér- 
tiz, cierto es que el sucesor se entregó a la fac- 
ción reaccionaria, contra el grupo liberal. 

Los amigos de Maciel fueron perseguidos; 
sus adversarios ensalzados, aun los más asnos, 
como aquel deán Picazarri, a quien nadie ex- 
cedía en presunción, aunque a todos aventaja- 
ba en ignorancia. Lo mismo que en tiempo de 
Bucarelli, recrudeció la guerra de pasquines y 
anónimos; pero esta vez los liberales estaban 
desamparados contra la influencia de los jesuí- 
ticos. El virrey Loreto le separó de su puesto y 
le desterró a Montevideo (1787), con asombro y 
escándalo de los vecinos ajenos a la intriga. 
Una tramitación humillante para Loreto, se 
terminó rehabilitando a Maciel; pero éste había 
fallecido, de pena y de privaciones, en Monte- 
video, el 2 de Enero de 1788, mientras estaba 
en viaje una Real Orden que le reponía en su 
cargo. 

3. — La enseñatuea filosófica en el Real Cole- 
gio de San Carlos. —Antes de su fundación 
oficial funcionaron en San Carlos varias aulas, 



38 CERVANTES 

especialmente las de gramática, retórica, teo- 
logía, filosofía, y cánones. El 24 de Febrero 
de 1773 inauguró el primer curso de filosofía el 
doctor Carlos José Montero (1), sin apartarse 
de la consuetudinaria escolástica. En los con- 
ventos de San Francisco y de Santo Domingo 
enseñábase también filosofía, y eran admiti- 
dos, como oyentes, estudiantes seglares; las 
tendencias eran las mismas, y es oportuno te- 
ner presente que los tales cursos de filosofía 
eran ejercicios de dialéctica palabrista, desti- 
nada principalmente a adiestrar para las dispu- 
tas en defensa del dogmatismo religioso y de 
la primacía eclesiástica. En 1776, a los dos cur- 
sos de filosofía del San Carlos agregáronse dos 
más de teología escolástico-dogmática y un 
tercero de teología moral, que a poco fué re- 
emplazado por uno de cánones. Durante los 
diez años de su existencia extraoficial, los cur- 
sos filosóficos estuvieron a cargo de Vicente 
Juanzaraz, Carlos García Posse, Pantaleón Ri- 
varola y Juan José Paso Estos doctores en teo- 
logía, casi todos educados en la época menos 
afortunada del claustro de Córdoba, no pudie- 



(1) Ver BtLisABto J Monfebo *£I doctor Carlos Joaepb Mon- 
tero», &u«na5 Airea. 1915. 



CERVANTES 39 

ron sino repetir lo que habían mamujado en la 
ubre espiritual del Monserrat, con escaso pro- 
vecho para sus alumnos. 

En 1783, fecha de la fundación, ocupó la cá- 
tedra de filosofía Luis Chorroarín, sucediéndo- 
le Pedro Miguel Aráoz, Juan José Andrade, 
Melchor Fernández, Francisco Sebastiani, Ma- 
riano Medrano, Diego Estanislao Zabaleta, 
Manuel Gregorio Alvarez, Valentín Gómez, 
Gregorio Gómez, José Joaquín Ruiz, Juan Ma- 
nuel Fernández Agüero y Narciso Agote, cada 
uno por dos años, hasta 1809. 

Estos beneméritos teólogos no fueron mejo- 
res, como catedráticos, que los de Córdoba. 
Por una singular coincidencia toda la literatu- 
ra apologética porteña concuerda en que la en- 
señanza en Córdoba era detestable, pero todo 
asegura que la de Buenos Aires era luminosa; 
y por otra coincidencia, no menos singular, la 
literatura apologética cordobesa afirma exac- 
tamente lo contrario. La verdad está en lo que 
cada una dice de la otra: en los colegios de 
Córdoba y de Buenos Aires, hasta 1810, la re- 
gla fué enseñar las mismas tonterías filosóficas 
que es enseñaban en la península. Las excep- 
ciones, si las hubo, fueron individuales, y muy 



40 CERVANTES 

raras; no las conocemos. Es seguro, en cam- 
bio, que se estudiaba latín como no ha vuelto a 
estudiarse en América, siendo evidente que 
ello daba ocasión para conocer en sus fuentes 
la literatura clásica, que era el ornato predi- 
lecto de los intelectuales de la época. 

Ni se pretenda que el de Buenos Aires era 
muy superior en organización y disciplina; se- 
ría burlarse de la historia con el propósito ino- 
cente de falsear el pasado para mostrarlo me- 
jor que el porvenir. Refiriéndose al espíritu 
inquieto y revolucionario de la juventud porte- 
ña, narra V. F. López el audacísimo motín de 
los colegiales del San Carlos, acaecido en 1796. 
"Después de haber reunido cautelosamente 
muchas armas de fuego, se proclamaron due- 
ños de la casa y tomaron todas las alturas, re- 
sueltos, por pura calaverada, a dar batalla y 
sostener el sitio a todo trance. Prendieron y 
castigaron con golpes a los superiores de quie- 
nes tenían quejas. Arrojaron todas las bocas 
inútiles, es decir, a los niños y a los pusiláni- 
mes. Contestaron a balazos y pusieron en fuga 
a la Audiencia que como parlamentaria venía 
en nombre del Virrey a reducirlos; y agotados 
todos los medios de conciliación, fué indispen- 



CERVANTES 41 

sable echar sobre ellos el cuerpo veterano del 
"Fijo", y dar un salto en toda forma que pro- 
dujo algunas crueles desgracias; pero en el que 
los Colegiales hicieron prodigios de valor y de 
tenacidad" (1). 

Este suceso, sin embargo, permite señalar la 
diferencia absoluta entre las causas y el espí- 
ritu de la indisciplina en ambos Colegios. En 
Córdoba ella revelaba intrigas de administra- 
ción, en las que se veían complicados por sus 
profesores los que allí se educaban; en Buenos 
Aires era un alzamiento de los estudiantes 
contra el espíritu colonial: los frailes apalea- 
dos en la casa y las autoridades recibidas con 
fusilería en plena calle. Calcúlese lo que haría 
diez años después, envalentonada en las inva- 
siones inglesas, esta generación que con sus 
actos parecía adelantarse a la fórmula: ni Dios 
ni amo... 

Los dominicos y los franciscos enseñaban en 
sus conventos; los jesuítas no estaban. Las cá- 
tedras eran "apetecidas por los eclesiásticos, 
que por lo general son pobres en el país"; los 
tales pobres eran jóvenes clérigos criollos que 



(1) V. F. López: €Hist. Arg.., III, 157 y sig. 



^2 CERVANTES 

no se resignaban a ocupar misérrimos curatos 
en lejanas rancherías, pues los empleos mejor 
rentados del gobierno eclesiástico eran distri- 
buidos en España o rudamente disputados 
aquí: "los pocos clérigos que encuentro en 
Buenos Aires están tan hallados con la Ciudad 
que si los obligara a salir a los curatos del 
campo, o se alterarían, o aunque obedeciesen 
estarían violentos en ellos" (1). 

El clero joven procuró llenar las cátedras 
que en Buenos Aires no heredaron los francis- 
canos. Ese clero fué antiespañol y demócrata 
en política, dio muchos hombres a la Revolu- 
ción y algunos muy eminentes a la política 
liberal de Rivadavia; pero no tengamos la 
pueril ilusión de que podía enseñar lo que nun- 
ca había aprendido. Las ciencias no se intu- 
yen, se estudian; nadie sabe por arte de adivi- 
nación las materias y las doctrinas que no ha 
estudiado. En las aulas no se usó de la libertad 
que Maciel entendía dejar a los que enseñaran 
las materias filosóñcas; no fueron profesores, 
sino modestísimos empleados que ganaban más 
o menos bien su módico sueldo. 



(1) «Rcprcscnfación del obispo de Buenos Aires», en coleccidn 
de documentos de Peí.a, IV', 195. 



CERVANTES 43 

El mismo obispo que pedía se pusiera en 
su diócesis Universidad, informa al Rey, en 
1780, "que por sus reales resoluciones sobre las 
temporalidades se han fundado seis cátedras 
en el Colegio de San Ignacio que actualmente 
existen seis maestros enseñando y percibiendo 
sus salarios de los fondos de ella"*; pero, agre- 
ga, "el método de enseñar es raro y diverso 
del que se practica en España. Escriben los dis- 
cípulos tanto en Filosofía como la Teología, y 
V. M. reconoce que en esto se desperdicia mu- 
cho tiempo y no se instruye a la juventud tan 
bien como si estudiasen por determinados li- 
bros". Basta ver los que aconseja para inferir 
que el obispo no era exigente ni revolucio- 
nario (1). 

Han llegado hasta nosotros las "lecciones'' 
de muchos de ellos, recogidas en el aula por 
los alumnos; revelan más esmero caligráfico 
que buen sentido. Las hay en muchas bibliote- 
cas públicas y privadas; rivalizan todas por su 
amorfa insignificancia: las de Sebastiani, Me- 
drano, Zavaleta, Gómez, Agüero, etc. La Uni- 
versidad de La Plata ha hecho público un mo- 



(1) «Representación», cüada. 



44 CERVANTES 

délo definitivo de esta oquedad y zoncería do- 
minantes en la escolástica del Carolino: "Lógi- 
ca y Física General", lecciones profesadas por 
el dignísimo Chorroarín, en 1783, y reeditadas 
en la "Biblioteca Centenaria" (1). No siendo 
peor ese concurso que sus congéneres, basta 
para juzgarlos a todos. 

El único testimonio leal de esa época es el de 
D. Manuel Moreno, que describe el Colegio en 
párrafos verídicos, anteriores a la época en 
que nació la literatura apologética, preocupa- 
da de orificar las caries de la época colonial. 

Los colegiales —dice— llevan "una vida ente- 
ramente de comunidad y en un todo monástica, 
segiín el gusto del que la preside: son educados 
para frailes y clérigos, y no para ciudadanos... 
Son alojados de tres en tres, o más en cada 
cuarto, faltando a la decencia y decoro, por la 
errada máxima de humillarlos, o diríase me- 
jor, envilecerlos, antes que salgan al mundo... 
Este número de estudiantes (los que siguen los 
cursos sin estar en el Colegio) es siempre al 
menos doble con respecto al de los colegiales y 
siempre el más aventajado, por más que la va 



(1) Edición de la Universidad de \ a Pif ir 



CERVANTES 46 

nidad de los padres haya querido acreditar el 
establecimiento más costoso... Baste decir que 
aun los (colegios) de España, que sin duda no 
es el pais en donde más se ha adelantado en la 
materia, son todavía muy superiores al de 
Buenos Aires. En cuanto a la utilidad que de- 
bía esperarse de promover los conocimientos y 
las ciencias, estando reducidas sus lecciones a 
formar de los alumnos unos teólogos intoleran- 
tes, que gastan su tiempo en agitar y defender 
cuestiones abstractas sobre la divinidad, los 
ángeles, etc., y consumen su vida en averiguar 
las opiniones de autores antiguos que han es, 
tablecido sistemas extravagantes y arbitrarios 
sobre puntos que nadie es capaz de conocer- 
debemos decir que es absolutamente ninguna. 
Este principio de extravío de ideas para la 
juventud estudiosa, podría ser compensado por 
las ventajas de instruirse en los ramos de lógi- 
ca, física natural y experimental, ética y meta- 
física, que se enseñan a los alumnos por el 
espacio de tres años, antes de pasar a la Teolo- 
gía, que como lo más necesario y lo que deben 
sacar más fresco en sus cabezas, se deja para 
lo último. Pero es doloroso añadir que en estos 
ramos se advierte todavía el escolasticismo en 



46 Cervantes 

todo su rigor, y que aun se defienden con calor 
las tesis que han sido abandonadas en Europa 
hace cincuenta años, o se ignoran los descu- 
brimientos hechos por los modernos en esta 
parte tan provechosa de los conocimientos hu- 
manos... 

"Este vergonzoso estado debe atribuirse en 
primer lugar al sistema de despotismo y de 
ignorancia seguido constantemente por la cor- 
te de España en todos sus dominios y princi- 
palmente en sus colonias, y en segundo a la 
general posesión en que se han mantenido los 
eclesiásticos desde el tiempo de los monjes, de 
presidir a todo establecimiento literario. A pre- 
texto de la pretensión de virtud que debían in- 
fundir en sus discípulos, los clérigos y frailes 
se han señoreado de todas las cátedras y han 
cultivado con destreza este poderoso medio de 
aumentar su crédito y su poder. Sin embargo, 
como sus miras principales son los asuntos de 
religión, no cuidan instruirse en las ciencias 
naturales, y asi mal pueden comunicar a sus 
discípulos esos conocimientos que ellos no po- 
seen"". (1). 



(1) Manuel Moreno: «Vida y Memorias del Dr. Mariano Mo- 
reno». 



Cervantes 47 

Nunca cesaron los proyectos de elevar el Co- 
legio al rango de Universidad. En 1780 pidió el 
Obispo al Rey que se concediesen esas atribu- 
ciones al "Colegio de San Ignacio,, (1); en 1784, 
por un sendero oblicuo, quiso Maciel que los es- 
tudios del San Carlos se reconociesen equiva- 
lentes a los de Córdoba y permitiesen obtener 
sus grados universitarios (2); en 1794 el virrey 
Arredondo insistió sobre la urgencia de fundar 
la Universidad, al elevar dos nuevas represen- 
taciones de ambos Cabildos, a lo que se alude 
en una Real Cédula de 1798 (3). 

En las postrimerías del coloniaje se inició en 
Buenos Aires alguna enseñanza del derecho, 
de las ciencias fisicomatemáticas y de la medi- 
cina, aunque sin alcanzar mucho desenvolvi- 
miento, ni influir de manera sensible sobre la 
orientación general del pensamiento porteño. 

Si hubo en el Colegio algunos estudiosos que 
comprendían la necesidad de apartarse del mal 
aristotelismo escolástico y se inclinaban a se- 
guir las huellas de Newton y Descartes, fuerza 
es confesar que esa intención anduvo siempre 



(1) Peña, ob. cit , IV, 194. 

(2) Zenón Bustos, lug. cit. 
(d) GuTiÉERüz, ob. cif., 296, 



48 CERVANTES 

más adelantada que la práctica docente. Algu- 
na luz, sin embargo, comenzaba a penetrar en 
el húmedo claustro del San Carlos. Manuel 
José de Labardén, al regreso de su viaje doc- 
toral a Chuquisaca, ya en 1777, osó decir en la 
cátedra de filosofía del doctor Carlos García 
Posse, "que las ciencias, en otro tiempo encar- 
celadas en un rincón del Oriente, viajaban por 
el mundo en libertad y al llegar a este suelo 
habían encontrado la acogida que merecían„. 
Y años después, en una loa en verso que pre- 
cedió a la representación de su drama Siripo 
(1789), las influencias del enciclopedismo fran- 
cés eran ya bien acentuadas; el indocto oidor 
español las advirtió e hizo constar que en esas 
páginas había 'mucho de la impiedad y liberti- 
naje de los filósofos de esta era, entregada a su 
capricho y corrupción. Se ve derramado, ade- 
más, el espíritu de Ruso...", que así el buen 
tradicionalista creía amenguar ortográfica- 
mente la importancia de Juan Jacobo. 

José INGENIEROS 

(Continuará). 



CERVANTES 49 



EL "HERNÁN CORTÉS" 

DE VILLAESPESA O 



Es un acontecimiento en París la lectura de 
un drama, cuando su autor es de los de nom- 
bradía; en Madrid no tanto, porque los madri- 
leños, que están saturados de literatura, huyen 
de los literatos. Admiran al autor en los libros 
y en los estrenos; pero... no se acercan al au- 
tor, y éste, por famoso que sea, siempre, cuan- 
do no hace su poco de política, se encuentra 
aislado. París mima la producción y la obra de 
sus autores predilectos; Madrid no, y el fenó- 



(1) En México, ante el Presidente de la República y otras distin- 
guidas personalidades, ha leído F. .Villaespesa su nuevo drama 
ir.éd'ito Hernán Cortés. Reproducimos una crítica de la obra hecha 
por el prestigioso escritor Ruy de Lugo-Viña, y a c«nlinuación 
damos a conocer un bellísimo fragmento de la obra. 

4 



50 CERVANTES 

meno no deja de ser curioso. Así Villaespesa, 
gran poeta, tiene su cenáculo en Madrid; pero 
gira no más que dentro de él, como Bena vente 
en el suyo de dramatizantes, como Valle Inclán 
en el suyo de maldicientes. 

En México, a lo que parece, trátase de seguir 
el amable ejemplo de París. 

Aquí se agasaja por igual a la obra y al 
autor, y buena prueba fué de ello, ya que me 
es imposible hacer historia local, el ''five o clock 
tea" literario (preferible a otros sin literatura, 
donde el ingenio se esconde en los pasteles), 
que el director de El Universal ofreció a un 
grupo de intelectuales, escritores y artistas los 
más de ellos, en el "hall" del gran diario mexi- 
cano (mi predilecto, como lo es igualmente de 
todos los extranjeros que por esta ciudad deam- 
bulamos). Fué una fiesta íntima, de selección, 
y, por supuesto, que un tanto cenacular. Todos 
se conocían y todos eran capaces, limpios de 
frivolidades mundanas, de apreciar en su justo 
valimiento una bella obra de arte, de esas que 
no se producen todos los días. 

Tratábase de oir leer a Villaespesa su última 
producción. Y la oyó un auditorio que, sabien- 
do oir, oyó entusiasmado. 



CERVANTES 51 

Y bien: he aquí mi impresión de esa lectura, 
hecha al margen de un "tea". 



II 



El poeta, recitador fácil y de voz sonora, 
apréstase a leer su poema. No titubea ni escu- 
driña receloso los rostros de aquellos que ya 
tienen ansias de escuchar; tiene la seguridad 
de lo que ha hecho, que no es una baratija al 
menudeo y, sin preámbulo, seguro del triunfo 
antes de alcanzarlo, ante la espectación que lo 
acosa, deja vibrar, claro y suadente, su recita- 
do, que es como el del D'Argento de Daudet... 
pero con algo que al de D'Argento le faltaba: 
dentro de la rima ideas y en el desgrane de las 
rimas música. No se puede decir que Villaespe- 
sa estuviera nervioso, porque los meridionales 
no son lentos ni para concebir ni para decir; y 
es por eso que, sin tregua, los versos brotan tin- 
tineantes de sus labios, como si los troquelara 
en metales preciosos de dicción, un maestro en 
fonética. Es fama que de Zorrilla para acá, 
son pocos los poetas españoles que saben decir 
sus versos. Villaespesa desmiente el dicho, 



52 CERVANTES 

porque aunque no sea él un recitador primoro- 
so, dado a la rebusca del detalle y al latiguillo 
efectista, sabe interpretar el alma y dar vuelo 
al fuego de que rebosa pródiga su versifica- 
ción. 1 ( 

La emoción cenacular se acentúa cuando el 
poeta deja sentir el castellanísimo lenguaje- 
limpio de esos ripios de que tanto abusan los 
autores dramáticos para provocar el deslum- 
bramiento ingenuo del público—, de las prime- 
ras estrofas de su poema romancesco. Poema 
puede decirse que sea ésta su última obra de 
teatro, porque drama no se le puede llamar, 
puesto que el engranaje de su acción no se 
ajusta a una intriga o a un conflicto que sea 
médula de la obra, y porque a tragedia, si bien 
se le estima, no llega. No porque a Villaespesa 
falte aliento para tal empeño, sino porque él se 
ha propuesto, más que nada, llevar al teatro el 
poema de la conquista, no en drama de enredo 
ni en tragedia irrepresentable, sino en poema, 
en poema esta vez épico, y tal como el poema 
moderno es: vario en el metro de la versifica- 
ción, de acción emotiva, aunque resulte un tan- 
to desligada y sin apretado nexo, sin hojaras- 
cas declamatorias que arranquen fáciles aplau- 



CERVANTES j53 

SOS, pero sí abundantes en estados de alma que 
hagan un vigoroso retrato de cada personaje 
romancesco sin romanticismos. Para vistos en 
la escena y para leídos en el libro son los 
poemas teatrales de Villaespesa; y es así que 
su triunfo no será efímero y ocasional, sino 
perdurable y efectivo. La gloria de Villaespesa 
no acaba cuando el último aplauso suena, sino 
cuando el lector, al doblar la última página, de 
una de sus creaciones, está seguro de haber 
gustado una ficción escénica que puede ser 
también un libro. 

El primer acto de Hernán Cortés, ocurre en 
el puerto de Carenas, y tiene la decoración 
como fondo el cuadro épico de las naos que 
van a zarpar. Aparecen en escena los conquis- 
tadores, declamando, en versos fáciles, decires 
ingeniosos: es altiva y sonora su habla, y la 
reconstrucción literaria, sin agarbanzamientos 
amanerados, es castiza y pura, como si don 
Francisco Villaespesa fuera un Bernal Díaz 
del Castillo redivivo, cronista a más de sol- 
dado. 

La fábula se inspira en una intriga que con- 
tra el rebelde Hernán Cortés le hicieron los 
traidores de su tropa, que quieren a su vez 



54 CERVANTES 

dárselas de rebeldes; revélase el carácter no- 
ble de los hidalgos castellanos, junto a las res- 
trerías de los villanos, y no son bellacos sin fe 
y sin honor los que atraen la atención del 
oyente, sino bravos caballeros que, con Cortés 
el osado, irán donde haya que ir y harán lo que 
haya que hacer. La fábula se pierde tras de la 
rima, y es el propio Hernán Cortés quien dice, 
exaltado y gallardo, más visionario que ama- 
dor y más aventurero que galán, al responder 
a Bartomé de Olmedo, que su pasión 

"es amor del cielo 

iporque esa dama (la de su sueño), es la glo- 
ria!" 

Por esa su dama, él se lanza a la epopej^a de 
la conquista; por ella va hacia el "bello jardín 
florido donde espera su llegada"; y ella es quien 
le hace decir, mientras resuena jubiloso a lo 
lejos el esquilón de la hermita: 

"Su amor temblará a mis pies, 
y eternos hará la historia 
los amores de la gloria 
con don Hernando Cortés." 

El momento es de una trágica intensidad, 
porque junto a Cortés, poeta de un sueño estu- 



CERVANTES 55 

pendo, la envidia verdea j la traición se arras- 
tra. Sueña él con la gloria, y los otros con el 
oro; para él es el oro canto triunfal en el tinti- 
neo de la espuela y en el deslumbramiento de 
los uniformes y en la cruz de la espada; para 
los otros, la gloria es el oro y el oro el ideal de 
la empresa, sólo por el oro y no por lo que el 
oro encumbre y magnifique. Altivo, recio, con- 
fiado, capitán aguerrido y audaz muéstrase 
Hernán Cortés junto a los suyos; tiene fe en su 
espada y en la cruz, y más que en la cruz y la 
espada en el temple de su carácter y en el 
arrojo de su espíritu. Es entonces cuando lanza 
al aire, ante la misma visión que cantara el 
viejo poeta argonauta en otras edades, su 
himno de conquista. Culmina en este fragmen- 
to el merífico verbo del poeta. 

El viento hincha el velamen de las naos, y 
cuando no se ha apagado aún el fuego que el 
conquistador supo encender en los corazones 
intrépidos, el acto finaliza; y se oyen en labios 
del vil escudero, del santo fray y del capitán 
que al frente de tal legión emprende, confiado 
y temerario, la conquista de lo desconocido, 
misterioso y adverso: 

—¡Por el oro! 



56 CERVANTES 

— ¡Por la cruz! 

— ¡Por la cruz y por la gloria! 

Estallan los aplausos, y el poeta es triunfa- 
dor una vez más por la gallardía de sus rimas 
y el señorial lirismo de ideaciones. 

Una pausa se hace, no más que de minutos. 
No recurre a la copa de agua el recitador, cuya 
voz sigue siendo fresca y sonora. Adivino que 
él se complace en hacer alarde de esta fluidez, 
como hecho a la práctica de decir versos sin 
cansancio. En vano Palavicini le muestra el 
vaso. Continúa el poeta, seguido de una 
atención que no altera ni una tos importuna. 

El segundo acto es dividido en dos cuadros, 
y el primero, que ocurre en una selva lujurian- 
te de frondosidad, ya en tierras de conquista, 
completa en el auditorio el convencimiento 
de que esta obra de Villaespesa, hecha en Mé- 
xico en sólo unos cuantos días, es un reflejo 
fidelísimo de aquella otra edad que nos resulta 
sorprendente y de aquellos otros hombres que 
nos parecen irreales. Traído por Pedro de Al- 
varado ante Cortés se presenta, arrogante 
como el conquistador y tan dero como él, Ti- 
zooc el indígena. Y la escena, magnífica por 
teatralidad y por la versificación, termina así— 



CERVANTES 57 

acaso si no fiel a una verdad que nunca se ha 
puesto en claro, si hermosísima por la recons- 
trucción que de ella hace el poeta: 

Tizooc: 

¡Vuestro cautivo soy! Sacrificadme 
a vuestros torpes dioses, hombres blancos, 
que sin miedo a las sombras de la muerte 
en el suplicio sonreirán mis labios. 

Cortés: 

¡Devolvedle el carcaj y la macana! 
De esas cadenas libertad sus manos, 
que si me precio de valor, me precio 
mucho más, vive Dios, de ser magnánimo. 
¡Regresa a la ciudad y di a los tuyos 
cómo trata al vencido el hombre blanco! 

Villaespesa: quien así habla y a tales pala- 
bras acompaña tal gesto no parece ser aquel 
mismo Hernán Cortés de que hablan las cróni- 
cas, ya usted sabe... cuando lo de Cuauhte- 
moc. Pero... la poesía hace olvidar tantas co- 
sas. ¡Y, entre otras, la historia! Después de 
todo, vale más un bello verso que una patraba 
histórica. Por eso, dejemos que el poema ma- 
ravilloso nos deleite. Y he aquí que los del au- 
ditorio y yo logramos tal deseo en la lectura 



58 CERVANTES 

del segundo cuadro, que es, aparte el final del 
primer acto, desde el momento que Cortés 
se dirige en himno de gloria a los suyos hasta 
que cae el telón, lo más hermoso de este poe- 
ma. En cuanto al criterio histórico conque esté 
hecho, allá los historiadores. 

Pasa la escena de este segundo cuadro en el 
atrio de uii oratorio indígena, y la india Malin- 
che habla de un hombre blanco que vio en sue- 
ños y del que habla en apasionado desvarío a 
Xochiquetzal y a las esclavas: 

"¡Hombre blanco, hombre blanco! Quién 
ser en tu cáliz gota de rocío, [pudiera 

para que me bebieses toda entera. 
Temblar, en un divino escalofrío, 
a tu cuerpo y tus brazos enroscada, 
como liana indestructible, y luego 
morir, bajo tu boca y tu mirada, 
deshaciendo tu nieve con mi fuego. 
¡Yo he visto un hombre blanco, y de tal suer- 
le adoro, que vivir sin él no puedo! [te 

Condenada a muerte está la india que llora 
por el que vio en sueños; su amor es de la vi- 
sión blanca y barbada, y por ella se estremece 
de placer y se muere de ansias. Sobre la piedra 
del sacrificio va a pagar con su vida el sacrile- 



CERVANTES 59 

gio de su descastado anhelo; ya va a morir. 
Pero el "hombre blanco" del sueño, hecho rae- 
lidad como por encantamiento, se presenta y 
lo liberta. La escena es de una dramaticidad 
intensísima, y el libro de Villaespesa, sensual 
y ardoroso, lo aprovecha con peregrino acier- 
to para que el conquistador que libera y la 
liberta conquistada, unidos los cuerpos "como 
ofrenda floral de un mismo ramo", se confun- 
dan en un beso ardiente sobre la misma piedra 
del sacrificio donde iba a morir la que entonces 
vive para adorar en el fiero capitán, ya enso- 
berbecido por sus triunfos, al hombre blanco 
de su sueño. En los brazos de la Malinche Her- 
nán Cortés vence, ya que no puede dominar y 
transformar a toda una raza. No sé si Villaes- 
pesa habrá querido interpretar tal símbolo. 
Pero cierto es que el símbolo existe. 

Cuando el poeta dice las últimas estrofas, el 
auditorio estalla en un frenesí de aplausos cor- 
diales, donde el entusiasmo no se oculta ni la 
admiración se regatea. Y hubiera sido pleno el 
triunfo del poeta, de aquellos que los creado- 
res de belleza recuerdan siempre con emoción, 
si su lectura hubiera alcanzado hasta el final 
mismo de la obra. Pero un maldito copista no 



60 CERVANTES 

estuvo a tiempo y faltaron las últimas cuarti- 
llas. En la escena las veremos interpretadas, 
los que no tuvimos la fortuna de oírselas al 
creador de este poema: poema que es, por par- 
tes iguales, español y mexicano; porque una 
parte de él es española y fué creado por un es- 
pañol, y porque otra parte es mexicana, acaso 
si la más hermosa, siendo escritas tanto la una 
como la otra en México, con documentación 
que sólo aquí se encuentra. Tal epopeya no 
podía tener su homérida sino en un español 
que viviera, aunque sólo fuera haciendo un alto 
en sus andanzas, en la tierra de la Malinche. 
Ningún poeta mejor que Villaespesa, y ningu- 
na otra ocasión mejor que ésta de su estancia 
cerca de Coyoacán, el mismo Coyohuacán 
donde diz que Hernán Cortés... 

Nada se debe adelantar hasta que el poeta no 
nos dé a conocer la segunda parte de su Trilo- 
gía de la Conquista. 

Se llamará Suauhtémoc. Y en ella vencerá 
Villaespesa aquellos recelos que abrigaba el 
argentino Ricardo Rojas, para hacer una obra 
de teatro donde hablaran en tragedia los indí- 
genas. Todo puede y debe esperarse de su ta- 
lento. 



CERVANTES 61 



III 



Luego, a la mesa enguirnaldada. En nombre 
de El Universal habla con elocuencia ese Soiza 
Reilly mexicano que firma sus sugestivas cró- 
nicas con el pseudónimo de Hipólito Seijas; la 
voz de contralto de la señorita María Luisa 
Ross, que recita tan bien como escribe, dice 
algo de Ñervo; otras voces se oyen; y de nuevo 
el poeta deja oir los claros metales de su reci- 
tación diciendo uno de sus más celebrados poe- 
mas. La charla es ingeniosa y alegre, y entre 
todos los concurrentes establecen el arte y la 
belleza sus ligaduras cordiales. El poeta en- 
cantado entre el agasajo de todos, se siente sa- 
tisfecho. Y es que los aplausos que oyera, ba- 
tidos por palmas conscientes, valen más para 
su orgullo de esteta, que cualquiera ovación 
delirante en aquellos teatros donde El Alcázar 
de las Perlas le habla al mundo de un poeta 
español que es una gloria española. 

Ruy de LUGO-VIÑA 



52 CERVANTES 



Fragmento del nuevo 

drama de Villaespesa. 

HERNÁN-CORTÉS 

Tierra de encanto y maravilla, 
en donde todo fulge y brilla, 
y al mismo tiempo aroma y canta; 
donde es suave y muelle el suelo, 
y se desliza nuestra planta 
ingrávida, como en un vuelo, 
sobre el ensueño floreciente 
de una alcatifa del Oriente 
bordada en verde terciopelo!... 
Altas montañas de oro y plata, 
donde la aurora se retrata, 
en la ilusión de mil espejos, 
y en cuyas cimas, los volcanes, 
no son cual fraguas de titanes 
que en colosales llamaradas 
nublan el sol, con los reflejos 



CERVANTES 63 

de ardientes gemas irisadas, 
sino humeantes surtidores, 
cuyos penachos deslumbrantes 
abren quiméricas huríes, 
para esmaltar huertos de flores 
con tenues lluvias de diamantes 
y aljofaradas de rubíes! 
Esbeltas, pródigas colinas 
que tienen curvas femeninas 
de adolescencia, en cuyas faldas 
dormitan selvas de esmeraldas 
que dan, al sol, todo un tesoro 
de frutos de ámbar y de oro; 
y en cuyos fúlgidos ramajes, 
profusamente perfumados, 
aves de extrañas harmonías, 
abren, al viento, sus plumajes, 
como abanicos constelados 
de fabulosas pedrerías! 
Ríos de paz, cuyas corrientes 
musicalmente sosegadas, 
son de zafiros transparentes, 
como las húmedas miradas 
de las pupilas de las Hadas, 
en las leyendas de las fuentes! 
Regando valles sobrehumanos, 
saltan arroyos de albas perlas, 
sin más trabajo que cogerlas 
entre los huecos de las manos! 
Entre jardines de áureas rosas 



64 CERVANTES 

blancas ciudades fabulosas, 

que en pesadillas luminosas 

apenas fueron entrevistas, 

de altivos templos, y palacios 

con muros de ópalo y topacios 

y minaretes de amatistas!... 

Y en medio de este Paraíso, 

como en el bíblico, Dios quiso 

sintetizar toda grandeza 

y fundir todos los placeres, 

en los tesoros de belleza 

y amor que encierran las mujeres!... 

Mujeres pálidas, morenas, 

hechas de nardos y azucenas, 

carne en lujurias encendida, 

en cuyos labios se convierte 

el beso en algo que da vida 

al mismo tiempo que da muerte!... 

El Oro!... El Oro!... En todo arde!... 

En los rosales de la aurora, 

y en las cenizas de la tarde!... 

Oro la lluvia también llora; 

oro, en su cauce, arrastra el río; 

oro despiden los volvanes, 

y hasta oro en polvo es el rocío 

que en luz desbórdase, en los vasos 

de los dorados tulipanes!... 

De oro es la clara polvareda 

que se levanta a nuestros pasos; 

perfuma el oro la arboleda; 



CERVANTES 65 

oro respirase en la brisa, 
y oro se bebe en la sonrisa 
de las doncellas, que batallan 
de amor, ceñidas de diamantes, 
y, con los senos palpitantes, 
en nuestros brazos se desmayan, 
mientras el fúlgido tesoro 
de los collares, los aretes 
y los joyantes brazaletes, 
se apaga en músicas de oro!... 
¡Nobles y altivas carabelas; 
izad, al viento, vuestras velas, 
y zarpad, para ese lejano 
reino, en mitad del océano, 
que ebrio de amor y primavera, 
todo de oro y luz vestido, 
nuestro soñado arribo espera, 
como la esposa al prometido!... 
¡Tended, amigos, los pendones 
de los simbólicos leones 
y de los castillos de oro!... 
¡Surcad, el nuevo mar sonoro, 
a los augurios de la aurora, 
para plantar, en la sonora 
tierra de encanto y maravilla 
sobre la cumbre que más brilla, 
la gloria eterna y triunfadora 
del estandarte de Castilla...! 

Francisco VILLAESPESA 

5 






66 CERVANTES 



CRÓNICAS DE LA GUERRA 

Con el ejército ausíriaco 

en campaña. 

La lucha en el Carso. 

La meseta del Carso es una serie de alturas 
formadas por bloques de piedra calcárea. Pie- 
dra es el armazón y piedras puntiagudas de 
todos los tamaños son su corteza. Entre esta 
puntiagudas, redondas, triangulares como gra- 
va, crecen sólo zarzas hoscas y matorrales. 
Algunas de estas alturas ostentan en sus ci- 
mas penachos de pinares que aprovechan la 
poca tierra para crecer. En ninguno de los 
teatros de guerra que hemos visitado hasta 
ahora, los soldados han de luchar contra los 
obstáculos que amontonó la Naturaleza como 
aquí. 



CERVANTES 67 

En Francia, en Rusia, en Servia o en Ruma- 
nia, la infantería encontraba la tierra protec- 
tora en donde cavar sus trincheras y los refu- 
gios para descansar en los breves altos del 
combate. Aquí, los hombres se encontraron 
con la roca que se niega a protegerlos. Las 
trincheras han de hacerse con barrenos, con un 
trabajo terrible, bajo la lluvia de granadas que 
caen en derredor multiplicando su eficacia 
mortífera porque a los trozos de metralla se 
unen los pedazos de roca. 

Aquí no queda un proyectil sin estallar como 
suele ocurrir en las tierras blandas de Polonia 
o de Champagna: el choque contra las peñas 
bastaría, aunque no vinieran cargados de ex- 
plosivos. Y la artillería italiana puede compa- 
rarse con la francesa y con la alemana, en la 
precisión del tiro, en abundancia de municio- 
nes, en el número de piezas de todos los cali- 
bres, desde el famoso 75 de Creusot, hasta el 
monstruo de marina. Y luego los observadores 
italianos son gente que ha adquirido en poco 
tiempo la gran ciencia de descubrir al enemigo 
por muy disimulado que esté entre las peñas. 
Pero, la artillería austríaca en el momento 
actual puede responderle. Al principio, los 



68 CERVANTES 

austrohúngaros estaban equilibrados con res- 
pecto a su adversario en número de cañones ; 
ahora, a medida que el desenlace de operacio- 
nes en otros frentes ha permitido acumular 
aquí medios de combate, los ejércitos de Aus- 
tria disponen de una artillería formidable en la 
que figura el terrible mortero de 42 y el cañón 
de aire comprimido empleado en la lucha de 
trincheras. Los adversarios han realizado pro- 
digios de actividad, maravillas de fuerza y de 
trabajo para traer hasta aquí esos monstruos 
de acero que asoman sus bocazas por debajo 
de los disfraces de ramas secas que les cubren. 

Aquí no había caminos y ha sido preciso ta- 
llarlos en las rocas para los cañones que pesan 
muchas toneladas. 

Por senderos de cabras han escalado los 
montes las piezas artilleras, y luego les siguie- 
ron las municiones. 

El trabajo que han hecho los combatientes, 
empequeñece a las obras ciclópeas que nos le- 
garon los pueblos de la antigüedad, tales como 
las Pirámides de Egipto y los templos faraóni- 
cos. Y diríase que la Naturaleza, tras de some- 
terles a tan dura prueba, ahora se entregó a 
ellos y les concedió un poco de protección. 



CERVANTES 69 

Ahora los abrigos cavados en la roca para re- 
fugio y acuartelamiento de la tropa, desafían 
a los proyectiles de mayor potencia destructo- 
ra. En el Carso se encuentran muchas caver- 
nas profundas que los austrohúngaros acondi- 
cionaron y convirtieron en seguros cuarteles 
para sus reservas. Sobre sus bóvedas de roca 
pueden caer impunemente toneladas de hierro 
y de dinamita: los hombres que cobijan no han 
de temer nada. Sólo pueden algo las granadas 
con gases asfixiantes de efectos terribles y que 
de cuando en cuando suelen estallar a la entra- 
da de una de esas cavernas refugio de miles de 
hombres. Entonces el peligro es grande; el gas 
entra a bocanadas en la caverna, y si los hom- 
bres no usaron a tiempo la máscara, perecen. 
¡En una de esas cavernas murieron así más de 
trescientos soldados! El gas produce la gan- 
grena en los pulmones a las pocas horas de 
haber penetrado. 

En otros frentes, los ejércitos encontraron 
tierras de cultivo que les dieron legumbres, 
frutas, forraje para el ganado. Aquí en el Car- 
so no hallaron nada, ni agua. Se ven intermi- 
nables filas de borriquitos cargados con cubas 
de madera que traen el agua para los soldados. 



70 CERVANTES 

Cuando llueve no es posible aprovechar la que 
envía el cielo, porque las piedras la evaporan 
y no llega a formarse el más pequeño arroyo. 
Todo ha sido improvisado, hospitales de san- 
gre, depósitos de municiones, casas para oficia- 
les, porque en el Carso no había pueblos, ni 
aldeas, ni caseríos. Primero fueron barracas 
hechas con piedras y ramas de pino, y luego 
llegaron los materiales para construir barracas 
de hierro, cemento, con madera. A las prime- 
ras trincheras que no eran sino parapetos de ' 
piedras amontonadas, han sustituido las zanjas 
abiertas en la roca a fuerza de dinamita, con 
perforadoras movidas por electricidad, con bu- 
riles y herramientas de picapedrero. Estas 
trincheras costaron un trabajo tenaz de mu- 
chos meses, pero ahora desafían a la artillería 
más poderosa. De uno y otro lado sigue la ac- 
tividad, y mientras aquí los bosnianos duros y 
silenciosos hacen en. la roca una galería para 
la mina que volará la trinchera adversaria, los 
piamonteses, tan hábiles obreros de cantera 
perforan otra con el mismo objeto. Y todas las 
noches las patrullas salen, se buscan y luchan 
en los pedregales. Las patrullas no encuentran 
un árbol que las esconda, no pueden cavar un 



CERVANTES 71 

hoyo para ocultarse, han de desafiar a las ba- 
las y a las granadas de mano, pudiendo ser 
vistos por el enemigo, porque las piedras cal- 
cáreas, blanqueadas por la luz de la luna, los 

delatan. 

Javier BUENO 



Males necesarios. 

Si recorremos la historia humana podremos 
apreciar que todos los grandes acontecimien- 
tos, aun aquellos que al principio parecieron 
irrazonables, irrazonados y dañinos para el 
bien y el avance social, fueron siempre precur- 
sores de alguna evolución progresiva. Por eso, 
esta guerra moderna, trágica, brutal, incali- 
ficable en sí, es, con relación al porvenir hu- 
mano, lo que esas auroras rojas que preceden 
al sol de primavera: el amanecer sangriento de 
un nuevo día radiante en el camino, siempre 
variado y constantemente renovado, de la eter- 
nidad. 

Si yo fuese cristiano, o deísta por lo menos, 

me explicaría esta marcha del mundo, siempre 



!72 CERVANTES 

adelante y contra los mismos hombres que le 
rigen, con la intervención divina en la histo- 
ria; no creo en el ser supremo, y, sin embargo, 
me es preciso confesar que la vida de la comu- 
nidad social mejora continuamente sin que nos 
demos cuenta de ello y que, los sucesos que 
nos'iparecen más extraños y más ilógicos, tie- 
nen tanta razón de ser, están tan bien medidos 
y tan profundamente meditados que parece que 
son seres vivientes, sublimes e informes, po- 
seedores de un corazón que late, de una con- 
ciencia que siente y de un cerebro propio y 
director. La humanidad semeja una máquina 
que se desliza por unos carriles trazados de 
antemano; inútilmente los hombres la detienen, 
en vano tratan de empujarla para que vaya 
más deprisa; ella se para todo el tiempo que la 
es necesario para tomar fuerzas; luego rompe 
nuevamente su marcha pasando por encima de 
los que tratan de impedir su paso: he aquí la 
guerra. La fuerza del sino es la base de una 
filosofía increada y conste que, al hablar del 
sino, me refiero a algo más extenso, más huma- 
no, menos ilusorio que el Dios lo quiere de los 
católicos y el Estaba escrito de los árabes. 
Este sino que lleva a Don Alvaro a arrojarse 



CERVANTES 73 

desde la peña de su desesperación, que condu- 
ce a Werther frente la casa de Carlota, que 
decreta la caída de Napoleón en Waterloo, que 
suele ser nefacto a las personas, pesa sobre 
todo el universo y lo dirige, mejorándolo, pu- 
rificándolo, ante los ojos sorprendidos de los 
hombres que, por no darse a pensar, por no 
sufrir las incomodidades de la filosofía, crean 
religiones más o menos absurdas para que des- 
canse en ellas su inquietud; los que piensan, 
los que trabajan por llevar claridad a tales mis- 
terios, no han logrado definir esta fuerza mo- 
triz falta de personalidad material. Hamlet 
sigue en pie como una gigantesca interro- 
gación. 

Hasta ahora han dedicado los hombres su 
atención a un problema inquietante y tortura- 
dor: el por qué de la vida en relación con el 
más allá de la muerte; a solucionarlo han ten- 
dido todos los pensadores que han pasado por 
la tierra, los espíritus analíticos llevándolo a 
la ciencia filosófica, los soñadores nombrándo- 
se profetas y echándose en brazos de la fe. 
Capital es el problema, pero, al lado de él, y 
quizás unido a él por un cercano parentesco, 
existe este otro problema de la imperturbable 



74 CERVANTES 

marcha de la humanidad a través de la histo- 
ria, contra los hombres y sobres los hombres, 
salpicada de acontecimientos que ellos provo- 
can con fines utilitarios y particulares del mo- 
mento, sin preveer sus consecuencias univer- 
sales y eternas. 

No sé si me he explicado claramente, pero 
fácil de comprender es este preámbulo ajus- 
tándolo al hecho concreto de la guerra mo- 
derna. 

Deseos de conquista, de ensanchamiento de 
fronteras o de lógicas ambiciones comerciales 
provocaron esta catástrofe: sea lo que fuere 
no puede dudarse de que solo para el bien par- 
ticular de una nación, con razón o sin ella, 
estalló el conflicto; al imaginarlo no se pensó 
para nada en la necesidad de una convulsión 
que preparase a la humanidad a dar un nuevo 
paso progresivo; sin embargo, este paso se ha 
iniciado ya. 

Francia, el corazón, el cerebro del mundo 
moderno, cansada de pensar para todos y tra- 
bajar para todos desde su revolución hasta 
nuestros días, se había echado en brazos de 
uno frivolidad lamentable que amenazaba aca- 
bar con su grandeza; al propio tiempo, toda 



CERVANTES 75 

una caduca organización social, se sobrevivía 
en todas partes, tomando las sabias y nuevas 
imposiciones del progreso poco a poco, teme- 
rosa acaso de hacerlo de una vez, como si el 
espíritu de conservación la dijese que allí esta- 
ba el peligro de su vida. Y por una pequeña 
necesidad particular surge la guerra; gracias 
a ella despiertan en Francia todos los grandes 
sentimientos que ya empezaban a dormirse, 
muere la frivolidad asesina y renacen los gran- 
des ideales; Francia se renueva y vuelve a 
encontrarse en condiciones de seguir represen- 
tando su papel de eje universal; ella es la úni- 
ca nación que puede cumplir hoy este cometi- 
do; las demás son demasiado viejas o demasia- 
do jóvenes; las unas, por modernizarse extre- 
madamente, no tienen más que sentido práctico 
y están exentas de estética, como les pasa a 
Inglaterra y los Estados Unidos; las otras han 
seguido al progreso, pero sin deshacerse de 
atavismos imperiales y fanatismos religiosos: 
he ahí a Austria y Alemania. Al mundo le ha- 
cía falta Francia la intelectual y Francia iba 
enfermando lentamente; los hombres no eran 
capaces a curarla y, entonces, alguien, cre- 
yendo buscar su bienestar individual, incons- 



76 CERVANTES 

cíente del favor que hacía a la República lati- 
na y al universo, deja rugir los cañones: Fran- 
cia despierta, se enardece }'• se dispone a la 
lucha: Francia está curada; la venenosa víbo- 
ra de su frivolidad ha muerto para siempre. 
Para el bien humano era de todo punto nece- 
sario que sucediese así y ha sucedido irreme- 
diablemente. 

A la sociedad entera le hacía falta que una 
potente cuchilla cortase el cáncer donde las 
ideas viejas, ya podridas, germinaban aún; el 
cirujano es la guerra y fríamente, inevitable- 
mente, comienza a cortar este mal de raíz: el 
mutilamiento comienza en Rusia. ¿Dónde aca- 
bará? En España se han sentido ya estremeci- 
mientos alarmantes. 

La humanidad sigue caminando por sus ca- 
rriles progresivamente; los hombres provocan 
todos los acontecimientos que son necesarios 
a su marcha sin darse cuenta de que lo hacen. 
Ahora bien, ¿cual es la mano invisible que di- 
rige todo esto? ¿Un ser supremo? No; es nece- 
sario pensar más seriamente. ¿Una ley natural 
desconocida? Acaso. La ciencia filosófica tiene 
la palabra. 

Joaquín DICENTA (hijo). 



CERVANTES 77 



LOS CANTOS DE LA GUERRA 



PARlS EN EL MARNE 

<rLa decisión del comando alemán de- 
muestra que ignoraba la formación del 
sexto ejército francés, efeciuado sigilo- 
samente al amparo de la fortaleza de 
París. . Durante las batallas que se su- 
cedieron en los días 7, 8 y 9 de Septiem- 
bre, el sexto eiército francés, reforzado 
por parle de la guarnición de París...» 

Revelaciones sobre la batalla del 
Mame, por el general argentino José 
Uriburu. 

¡Cuando cruzan dos pueblos sus caminos 
En el vasto palenque de la tierra, 
Como dos encontrados torbellinos, 
Son a la vez salvajes y divinos. 
Pero más nos sacude y nos aterra, 
Ver jugar en el choque los destidos 
De un pueblo y de una máquina de guerra! 

Músculos de Sajonia y Mecklemburgo 
Restirados en muelles de camiones; 
Sangre de la que fuera libre Hamburgo 



78 CERVANTES 

Lubricando resortes y cadenas; 
Nervios de Wurtemberg-, fibras lorenas, 
Corazón de Strasburgo 
Hecho fuerte, ¡oh, dolor! contra sí mismo; 
Entrañas de Silesia y Pomerania 
Reunidas en monstruoso mecanismo, 
Toda la carne roja de Alemania 
Hecha un solo organismo 

Y obediente a la voz y a los conjuros 
Que salen de Berlín o del abismo! 

Fué un otoño sangriento; 
La máquina de muerte dio un silbido 
Que en el mundo se oyó como un lamento. 
Adelantó un tentáculo 
Con toda su armazón en movimiento, 

Y al sentir la aspereza de un obstáculo, 
Cayó sobre la Bélgica su empuje 
Como en un colosal derrumbamiento. 
El humo brota y el acero cruje; 

Lie ja, Verhaeren, Maeterlinck, Bruselas, 
Son trigo de oro bajo, rudas muelas! 

Después... un salto y al galope, al vuelo. 
El tumulto de carros invasores 
Se dirige a París. Manchan el cielo 
Sombras largas de pájaros raptores. 
¡A París! ¡A París! Los reflectores 



CERVANTES 79 

Ya lo alcanzan con brusca refulgencia. 
¿Qué podrá la exquisita decadencia 
De un pueblo que arde con la triple llama 
Del amor, del trabajo y de la ciencia? 
Toman las masas grises apariencias 
De animales prehistóricos en brama, 
De Saint-Gond y Vitry, de los rescates 

Y todo el mecanismo, de repente 
Sujeta frenos, comba la coraza. 
Extiende un brazo como enorme puente 
Por encima del Marne, con la amenaza 
De herir a Francia en su divina frente! 

Pero la gran ciudad resplandeciente, 
Sintiendo la inminencia del castigo, 
Se incorporó en silencio, bruscamente. 

Y avanzó desafiando a su enemigo! 
No; no es juego de ansiosa fantasía 

La aparición de una ciudad que avanza; 
Era que el sexto ejército salía^ 
Vibrante de valor y de esperanza 
Para tomar su puesto en la porfía, 

Y era también, como visión más cierta, 
La guarnición de la ciudad, alerta. 
Arma al brazo, los ojos avizores 

Y enarbolando en los fusiles flores. 
Así, adornado, juvenil y fuerte, 
Rojo y azul, cubierto de fragancia, 



80 CERVANTES 

Se enderezó París con elegancia 
Contra la obscura máquina de muerte 

Y cuando el viejo Mariscal de Francia 
Juntó ^ sus hijos al abrir la aurora, 

Y en la Champaña convocó a revista, 
Toda la Galia, con su voz sonora 
Fué contestando a la suprema Hsta. 
Se oyeron entre sombras matinales 
Acentos ange vinos y bretones, 
Normandos, loreneses, borgoñones, 
Flamencos, girondinos, pro vénzales... 
La voz de Alsacia, con el viento alado 
Mandó un ¡Quand méme! como señal de guerra, 

Y respondieron al viril llamado, 

Con tres cuerpos de ejército Inglaterra 

Y una promesa fraternal Italia. 
El simbólico gallo de la Galia 
Anuncia que las sombras matutinas 
Se pierden bajo el sol, como neblinas. 
¡Rojo sol de Septiembre! Toda Francia 
Se dispone a luchar con la penumbra 
Bajo tu luminosa vigilancia. 

Eres el mismo de Austerlitz. ¡Alumbra! 

Cuatro veces el sol prendió su lumbre 

Y cuatro veces apagó su llama, 
Sobre la exasperada muchedumbre 

Que mejor muere mientras más se inflama, 



CERVANTES 81 

Pero al fin, el incendio de sus lampos 
Pudo lucir su redondez ustoria, 

Y asomarse, en la ruina de los campos, 
Como el sol de Austerlitz, a la victoria. 
Los poetas futuros y la Historia 
Dirán la magnitud de estos combates, 
Su inmenso horror y su tremenda gloria. 
Hablarán del furor de los embates 
Sobre Fére-Campenoise, del rojo espanto 
De Mondement, enormes para un canto. 
Para Foch y el ejército noveno 
Levantarán un pórtico sereno 

Como el de Maratón y el de Lepanto. 
Tendrá el Marne, como tiene Salamina. 
El mismo aspecto desigual de choque 
En que pugnan las manos contra el bloque 

Y se atreve el rosal contra la encina. 
Será como Vercelli: Cayo Mario 
Detuvo con la égida latina 

El impulso del cimbrio sanguinario, 

Y a los teutones que buscaban tierra. 
Les dio tierra en un campo funerario... 

¡No triunfará la máquina de guerra! 

Alfonso TEJA ZABRE 

México. 



g2 CERVANTES 



SOLILOQUIO 

DE UN NEUTRO 

Pequefio ensayo de filosofía cínica. 

In interiori hominis habitat servitas. 

¿Y a mí quién me manda meterme en eso? 
¿Qué me va ni me viene en ello? Dicen que una 
señora, inglesa o norteamericana, no lo sé 
bien, pero sí que era teósofa o cosa por el esti- 
lo, Annie Besant, solía decir que entre este 
dicho, "alguien tiene que hacerlo, pero ¿por 
qué he de ser y o? „, y este otro: "alguien tiene 
que hacerlo, ¿por qué no yo?„, median siglos 
enteros de evolución moral. ¡Pataratas! El que 
se mete en un fregado o barrido es para que se 
lo digan, por vanagloria, para presumir y dar 
que hablar. Cuando no para algo peor. ¡Títe- 
res, nada más que títeres! 

Ahora están dando en querernos presentar 



CERVANTES 83 

como una especie de santo civil y un profeta 
de civilidad a aquel Abraham Lincoln que sos- 
tuvo a los Estados Unidos del Norte, a los an. 
tiesclavistas, en los días acerbos y duros de su 
lucha contra los del Sur, los esclavistas. Y fué, 
sin embargo, ese Lincoln quien, cuando aún no 
pensaba llegar a ser Presidente de la Repúbli- 
ca de su patria, declarando que la ambición de 
llegar a serlo no es de hombres de la familia 
del león o de la casta del águila, y hablando de 
los que arden por distinción y tienen sed de 
ella, añadía que han de obtenerla a costa de 
emancipar esclavos o de esclavizar hombres 
libres. Y a mí Dios no me ha llamado ni a una 
cosa ni a otra. ¿A qué me ha llamado, pues, 
Dios? 

Sí, veámoslo, ¿a qué me ha llamado Dios? Y 
en primer lugar, ¿me ha llamado a algo? Me 
parece que no. Me trajeron, que yo no vine, a 
vivir, y vivo. Y no es poco. ¡Se vive! 

Esos faroleros dicen que no vivo y hasta que 
no existo. Añaden que no soy persona, sino 
cosa; carne de esclavo. ¿Y qué es persona? ¿Y 
qué es cosa? Persona es careta, máscara; cosa 
es causa. Es más positivo, sin duda, ser causa 
que no laáscara. I^ causa obra, la máscara 



84 CERVANTES 

representa. Y todo eso de la representación y 
lo representativo 3' la ciudadanía y la liber- 
tad... jBah, bah, pataratas! Teatro, puro tea- 
tro. Es mejor ser espectador que cómico, y 
mejor que ser espectador, estarse en la cama 
durmiendo la cena. Porque lo que se duerme 
es lo que se gana. 

¿Ciudadano? ¿Ciudadano yo? ¿Y eso con qué 
se come? ¿Con qué se come la ciudadanía? Por- 
que todo eso acaba en que sube el pan. Eso 
que llaman libertad es quisicosa muy cara, y si 
la compro al precio de la vida y luego me mue- 
ro, ¿quién será libre? No yo. Y bien dijo quien 
dijo que vale más ser perro vivo que león 
muerto. Y si la compro al precio de mi salud, 
¿para qué quiero quedarme libre y a la par en- 
fermo? Y si a costa de mi fortuna, ¿para qué 
libre y pobre? Ningún pobre es libre. 

Ese fantástico don Miguel me hablaba el 
otro día de la codorniz que enjaulada empieza 
a dar saltos en la jaula, golpeándose la cabeza 
contra el techo de la jaula, que así ensangrien- 
ta, hasta que a las veces sucumbe a esos es- 
fuerzos por libertarse. Y sacaba yo no sé qué 
metafóricas consecuencias de ello. Sí; sí; hay 
hombres que pegan saltos y se creen, ¡pobreci- 



CERVANTES 85 

tos! que dan con la cabeza en el cielo azul y 
que lo ensangrientan con la sangre de sus se- 
sos. Y luego resulta que ni es cielo, ni es azul, 
ni es techo alguno, ni ellos están enjaulados, ni 
hay jaula, ni libertad, ni servidumbre, ni cosas 
que lo valgan. Ganas de pasar el tiempo. Y es 
mejor pasarlo como yo lo paso. Es decir, me 
pasa él. 

Me llamó luego vil y abyecto, y recordando 
aquello de Maquiavelo de que para quien desea 
engañar siempre habrá quien busque ser en- 
gañado, me dijo que la servidumbre no proce- 
de del instinto de señorío del amo, sino del de 
servilidad del siervo, y que para quien quiera 
domeñar a otro y hasta para quien no lo quie- 
ra, habrá siempre quien busque y pida y supli- 
que ser domeñado. ¡Puede ser...! Y después de 
todo, ¿qué mejor se puede apetecer que un 
buen amo? Porque el buen amo es el que quie- 
re aparecer siéndolo, aunque no lo sea. Y no 
hay hombre más libre que el esclavo, pues que 
no tiene que pensar en el pan de mañana. 

"¡Ser o no ser!.., exclamó aquel pedante de 
Hamlet. Y como eso no quiere decir nada, se 
quedan boquiabiertos todos los papamoscas al 
oírlo. "¡Pienso, luego soy,,, dijo otro pedante. 



86 CERVANTES 

Y un tercer pedante, acordándose a la vez de 
ambas sentencias, exclamó: "¡pensar o no pen- 
sar!,, Y luego: "¡ser o no ser libre!,, Pero de lo 
que hay que estar libre es de tener que pensar, 
y es la única positiva libertad de pensamiento. 

¿Existo o no existo? ¿Soy libre o esclavo? 
¡Logogrifos! ¡Metafísica! Lo que sé es que 
como y sigo durando. Y esta es la fija: ¡comer 
y durar! El que no come no dura. Aunque lo 
malo es ¡ay! que hasta comiendo se deja de du- 
rar. Pero los duelos con pan son menos. 

Don Miguel me decía que también los muer- 
tos duran, duran como muertos, y que no se 
debe durar, sino vivir, y que yo no vivo, sino 
que duro, y qué sé yo que más. ¡Pataratas y 
juegos de palabras! Pero qué afición tienen, 
Dios mío, a jugar con las palabras estos... 
¿como los llamaré? estos que mi amigo Juan 
Lanas llama hombres dinámicos. Pues yo me 
quedo en estático. Estar es lo supremo. 

Ante todo, la división del trabajo. Es el gran 
principio de toda organización y de todo bien- 
estar social. Sin la división del trabajo nada 
marcha bien. ¡Zapatero, a tus zapatos! El que 
nació para mandar, a mandar, y los demás, a 
ser mandados. ¿Para qué quiero yo saber 



CERVANTES 87 

dónde tengo el brazo y para qué sirve y cómo 
se cura si enferma? Ahí está el médico. Y todo 
el que no siéndolo se mete a escudriñar cómo 
tiene las cosas del bandujo y los entresijos, 
acaba en enfermo imaginario y en neurastenia 
segura. Los médicos curan mejor a los enfer- 
mos cuanto menos saben éstos de su enferme- 
dad. Y una cosa así sucede con los curas. 
¡Cualquier día me pongo yo a devanarme los 
sesos por eso del pecado original y la reden- 
ción y la gracia y el libre albedrío! No debe 
uno meterse en lo que no le atañe. 

Sí, sí, ya conozco las doctrinas de los hom- 
bres de excepción; pero como los más, la casi 
totalidad, somos de regla general del montón 
del vil rebaño, pues... 

¿Que todos debemos aspirar a ser excepcio- 
nales...? ¡Medrados estaríamos! Sí, ya me 
acuerdo, cuando hablando de un pobre maja- 
dero me dijo que su deber era romperse la 
crisma y estudiar, violentar su majadería, y al 
decirle yo que eso equivaldría de su parte a un 
suicidio, me contestó: "¡Pues que se suicide, 
que tal es su deber!,, 

Por más vueltas que le den siempre quedará 
en fijo que el fin de un pueblo es el bienestar. 



88 CERVANTES 

El bienestar y no el bien andar. No, no, nada 
de bienandanzas, sino bienestancias, 

jA otra cosa nos ganarán, pero lo que es a 
felices!... Para felices, para contentos, para 
bien hallados nosotros, y todo lo demás son 
paparruchas y ganas de hablar por no callar- 
se. Porque hay que ser optimista. ¡Pues no 
faltaba más...! 

Sí, voy a apuntarme para optimista. Pero... 
¿No sería mejor no apuntarme para nada? ¿A 
qué comprometerme? No, dejémosle estar. 
Porque son capaces de constituir el partido op- 
timista, con su reglamento, y su Comité, y su 
programa, y sus demás zarandajas, y enton- 
ces... ¡adiós mi dinero! No, nada de eso. Y el 
día en que se les ocurra fundar el partido de 
los neutros, dejo de serlo. Pero, ¿y qué me 
hago entonces? 

Porque aquí está el busilis. Si me hostigan en 
mi neutralidad, ¿adonde me voy? ¿Me declararé 
epiceno? ¿O común de dos? ¿O ambiguo? Am- 
biguo sería lo mejor. ¿Y nihilista? Pero esto de 
nihilista tiene un sentido desde que esos ru- 
sos... Huele a dinamita. Y es menester que no 
huela a nada. Nihilista... ¡Claro!, de "nihil„, 
palabra latina... Eso no es castizo. ¡Lo castizo 



CERVANTES 89 

es nada! ¡NADA! ¡Qué castizo es esto! Tam- 
bién la nada es cosa, esto es, causa. Me decla- 
raré, pues, nadista. 

¿Pero... declararme? ¿Qué es eso de declarar- 
me? ¡Pues no se reirán poco de mí! ¡Y de mí no 
se ríe nadie! Y menos yo mismo. Paso por todo 
menos por ponerme en evidencia, que es po- 
nerse en ridículo. De modo que lo derecho es 
no ponerse. 

Digan lo que quieran, se vive bien. ¡Vaya si 
se vive bien! Lo primero, vivir; es decir, du- 
rar. Y después... seguir durando. 

Se vive bien, sí, se vive bien. Y esos que 
emigran es porque tienen hormiguillo y mal 
asiento. ¡Sí, van los pobres a que los exploten 
y a morirse de hambre! Y de morirse es me- 
jor morirse donde se ha nacido; se muere más 
descansado. ¡Buena gana dar media vuelta en 
la cama antes de lanzar la última boqueada! 

¿Para qué trabaja el hombre? Para no tener 
que trabajar. ¿Para qué corre? Para poder 
pararse. 

Y luego que me llamen siervo. Vale más ser 
siervo de otros que siervo de sí mismo. Y esos 
que se creen libres son siervos, siervos de sí 
mismos, siervos del sentimiento fantástico de 



90 CERVANTES 

SU libertad. ¡De cuántas cosas se privan por no 
renunciar a esa libertad tan decantada! El que 
quiera mantener incólume su libertad desco- 
nocerá las más delicadas dulcedumbres de la 
existencia. Cómo se ríe del lobo la oveja cuan- 
do aquel la está devorando. Y se dice: "¡no 
volverás a devorarme otra vez!" Porque el 
lobo volverá a tener hambre de oveja; pero la 
oveja no será devorada"" más que una vez. Y 
quién sabe... acaso le causa al lobo una indi- 
gestión que le cueste la vida. 

Lo mejor será cultivar la envidia, que es 
nuestro veneno espiritual, envenenarnos la 
obediencia y la sumisión y así le amargaremos 
su señorío al majadero del amo que nos mane- 
je. Lo que al cabo tendrá que sufrir al leer en 
nuestra sumisión nuestro desprecio! Reventará 
de indigestión de dominio. Le crucificaremos 
con nuestras miradas, miradas de clavo em- 
ponzoñado. 

¿Neutro, eh? ¿Neutro? ¡Vuelve por otra! 

* 
* * 

Y el hombre sintió en la boca el amargor de 

la bilis. 

Miguel de UNAMUNO 



CERVANTES Ql 



España como posibilidad. 



"Un viaje por España y Portugal — dice 
Meier-Graeffe en el prólogo de su nuevo libro 
Vt'a fe de España -proporcionó a los venturo- 
sos participantes variadísimas impresiones. Lo 
que de ello pudo ser anotado en las pocas ho- 
ras exentas de mejor ocupación va copiado 
aquí. Si hubiera sido más, habría yo sacado 
menos. Quien visitó aquel país comprenderá 
que prefiriera yo vivir a escribir. A quien no 
estuvo allí, le aumentarán mis someras suges- 
tiones el ansia de ir, mejor que la descripción 
detallada de cosas que quieren ser vistas. 
Para conocer la Península pirenaica son me- 
nester, mal contados, diez años, dándoles buen 
empleo. Yo disponía sólo de seis meses, y ca- 
recía por completo del impulso a tanta aplica- 
ción. Nos hemos encontrado a placer en Espa- 
ña. Europa se hace poco a poco tan pequeña, 



^ CERYANTES 

que merece gratitud la indicación de espacios 
libres donde agitar el cuerpo y el espíritu. Esto 
constituye el único orgullo del autor. „ 

He de hablar largamente de este libro en 
otro lugar. Ahora solo me interesa comentar 
esa interpretación general de España como 
posibilidad para la inmigración de sensibilida- 
des europeas. ¿Cómo, los europeos necesitan 
de emociones españolas? ¿Será un error consi- 
guientemente nuestro europeísmo? 

—Europa se hace angosta— clama Meier- 
Graeffe desde Alemania—. ¡Y nosotros, que 
buscábamos en el germanismo una introduc- 
ción a regiones infinitamente extensas! Per- 
dón; ¿dónde está el horizonte, dónde está real- 
mente la rotunda línea, magnífica, de la am- 
plia visión? ¿Es la tierra quien hace ancho el 
horizonte? ¿No es más bien el pimto de vista? 

Meier-Graeffe trae en su retina a Europa; 
Europa no es una expresión geográfica. Cuan- 
do se ha combatido la tendencia de esta revis- 
ta, se ha cometido la gedeonada de confundir 
a Europa con el extranjero. ¿Qué nos importa 
el extranjero, la serie de formas étnicas, his- 
tóricas, que pueda tomar la cultura en otras 
partes? Precisamente, cuando postulamos la 
europeización de España, no queremos otra 
cosa que la obtención de una nueva forma de 



CERVANTES 93 

cultura distinta de la francesa, la alemana... 
Queremos la interpretación española del mun- 
do. Mas, para esto, nos hace falta la substan- 
cia, nos hace falta la materia que hemos de 
adobar, nos hace falta la cultura. 

Una secular tradición y ejercicio de lo hu- 
mano ha ido sedimentando densas secreciones 
espirituales: Filosofía, Física, Filología. La 
enorme acumulación se eleva como un monte 
asiático; desde lo alto se dominan espacios ili- 
mitados. Esa altura ideal es Europa: un punto 
de vista. 

No solicitamos más que esto: clávese sobre 
España el punto de vista europea. La sórdida 
realidad ibérica se ensanchará hasta el infini- 
to; nuestras realidades, sin valor, cobrarán un 
sentido denso de símbolos humanos. Y las pa- 
labras europeas que durante tres siglos hemos 
callado, surgirán de una vez, cristalizadas en 
un canto. Europa, cansada en Francia, agota- 
da en Alemania, débil en Inglaterra, tendrá 
una nueva junventud bajo el sol poderoso de 
nuestra tierra. 

España es una posibilidad europea. 

Sólo mirada desde Europa, es posible Es- 
paña. 

I. ORTEGA Y GASSET 



94 CERVANTES 



POESÍAS NOVECENTISTAS 

Proclama y Manifiesto ('^ 

(fragmento) 



(A los poetas.) 



Oid poetas del presente siglo 
y de los siglos venideros... 
Un gran renacimiento ya se inicia, 
una renovación, tras de esta guerra 
que ha sacudido al mundo 
agitando sus aguas estancadas, 
que una inercia malsana corrompía... 
¡Guerra de redención!... 
Rompamos trabas... 
Rompamos viejos moldes 
y cadenas. . . 



(I) Del libro de poesfas €Rosa de los VIeníos» que publicará 
«B breve la «Büíltoícca aMInervn*. 



CERVANTES 96 

Que nuestras naves abran nuevas rutas 

hacia horizontes nuevos. .. 

playas desconocidas.. . 

¡Aún hay tierras de ensueño, 

inexploradas, 

que reservan al Hombre tesoros de sorpresas! 

¡Oid poetas! 
Prometeos eternos del fuego de la Idea,- 
que robasteis al cielo su más bello tesoro 
para llenar de luz la tierra ensombrecida 
y dar alas al Hombre, 
alas de pensamiento . . . 
estáis encadenados 
a la terrena roca rutinaria, 
por las férreas cadenas de las rimas antiguas, 
y torturados siempre 

por el pico protervo del consonante alado, 
castigo de los dioses... 
¡Libertaos!... 

Haced como el Oce'ano, poeta de las olas, 
sus versos no simétricos, 

sin cauce ni medida, • 

cantan diversamente a la Naturaleza, 
ya en las serenas playas, 
ya en el mar sin orillas, 
o al pie de las ciudades, 
o en las abruptas costas, 

mirando siempre al cielo, cantor de las estrellas.-. 
¡No hay verso más hermoso que el de las libres olas, 
o el vuelo de las aves en caprichosos giros!... 



96 CERVANTES 

Dejad al pensamiento que vuele libremente, 
con alas de belleza. 
La idea y la imagen ante todo, 
antes que el consonante y la medida... 
¡Subid! 

no por la escala de guías paralelas 
y peldaños iguales, 

monótona, cansada, aunque llegue a los cielos. 
¡Subid por la elegancia de la espiral aguda, 
en ei ritmo del círculo flexible y multiforme. . . 
La Idea, 

que en la mente es una estrella, 
es un punto de luz sobre el Espacio Negro, 
se ensancha en leves ondas luminosas 
hasta el terreno límite 
donde se hace palabra el pensamiento. 
Así pasa en el agua y en el aire 
y en la luz intangible 
cuando rompen, la piedra el sonido, 
y la chispa, 

la gran serenidad donde describen 
el poema infinito de los círculos... 
El verso en línea recta y uniforme 
que el consonante ajusta y tiraniza 
es juego de palabras, no de ¡deas. 
La idea musical y luminosa 
es onda y no renglón... 

Para llevar mi idea 

¡adonde sea! 

aunque se oponga el consonante al paso, 



CERVANTES 97 

yo haré saltar, sin freno, a mi pegaso. 
¡Si el consonante llega, a mi deseo, 
yo lo utilizare', más como esclavo, 
y daré libertad a Prometeo!... (I) 



Maestra de maestros. 

(Anfe ¡a estatua de Emilia, 
condesa de Pardo Bazán) . 

A ti, oh Maestra de Maestros, 
sapientísima como la «Docta Simpatía» del Islam, 
a ti, cuya áurea péñola 
es la llave, sin duda, 
del iPnrterre florido del Ingenio» 
y del «Jardín de la Galantería», 
dedico este canto laudatorio, 
inspirado, en la hora meridiana, 
a la sombra de tu estatua de piedra 
que la admiración, justa y devota, 
erigió sabiamente entre jardines, 
donde cantan los niños, 
y frente al mar Atlántico 
lleno, en todos momentos. 



(1) En el núm. XII de Curvantes hemos publicado por primera 
vez algrunas de estas poesías origlnalfaimas, de Qcy de Silva. 

7 



98 CERVANTES 

de naves extranjeras 

y de velas latinas... 

¡Oh tú, musa fecunda 

de la inspirada trinidad galaica, 

que has merecido en vida la imagen de ía gloria! 

haz en el seno de tu estatua un nido 

que sirva de morada a un ruiseñor. . . 

Un ruiseñor que canteen las noches futuras 

todas las alegrías de tu alma, 

cuando ya sólo exista sobre la tierra viva 

tu imagen inmortal... 

Tu imagen inmortal a cuya sombra 

los jóvenes poetas 

vengan a meditar sobre tus libros 

y los de Concepción y Rosalía, 

y sueñen 

dulcemente arrullados 

por el canto del ruiseñor eterno 

que anidará en tu corazón... 



CERVANTES 99 



Agua rítmica. 

(A mí primo-hermano. Emi' 
liano Balas de Silva, poeta soli- 
tari o). 

Agua rítmica, 
poesía sin cauce, musical y armoniosa, 
ve, yo te envío, 

desde el manalial puro del alto pensamiento, 
a través de la vida 

como esos padres ríos que desde una moniaña 
pasan sobre la tierra en caudal sin medida 
ya angostos, como arroyos, 
ya extensos, como mares, 
ya mansos, como lagos... 
o formando aluvión, torrente y catarata, 
ya al borde de las selvas, 
que sirven de morada 
a las fieras 

y a las tribus salvajes; 
o a la sombra profunda de los acantilados 
en cuyas alfas rocas las águilas caudales, 
condores y milanos, 
y los cuervos protervos 
construyeron sus nidos, 
o a orilla de los campos donde pacen ganados 
y donde el labrador trazó surcos fecundos; 



100 CERVANTES 

O al margen uniforme de las bellas ciudades 
bajo puentes de piedra, 
y atrave's de canales... 
Así, oh agua rítmica, 
correrás como un río, por cauce, o desbordante, 
según sea el caudal del alto pensamiento, 
y en rápida corriente 
irás hacia la mar de la común Idea, 
llena de navegantes, 
en rápida corriente por la vida... 
¡pero tendrás también dulces remansos. ..! 



Ultima hoja. 

(En la última hoja del álbum 
de Caridad Madam, duquesa de 
Dúrcal, después de su muer/e.) 

Cuando tu hijo 
me contó entre sollozos, 
tu último viaje hacia la tumba 
en un país lejano de tu tierra natal, 
allá en Berlín, 

una ráfaga helada hizo temblar mi alma... 
¡Yo también acababa de dejar a mi madre 
en su pequeña fosa...! 
Pero tú fuiste sola, 
sola, en la soledad de las horas nocturnas 



CERVANTES 10] 

en que Berlín dormía, 

desde la fría cámara mortuoria 

de un hospital extraño, 

liasía la gran necrópolis, palacio de la Muerte, 

al trole acompasado de seis caballos negros, 

con gualdrapas de luto, 

que arrastraban ligeros tu carroza de gala, 

la de la úllima fiesta, 

semejante a aquella otra blasonada, 

en que ibas al alcázar de los reyes, tus primos, 

en las solemnidades palatinas 

a recibir, como una reina, el homenaje de la Corte, 

¡por qae tu fuiste la más bella de las duquesas...! 

¡Cuando tu hijo 

me contó entre sollozos...! 



Un ave alegre. 

{Para Amado Ñervo, cantor 
de ¡a esperanza. ..) 

Todos los días un ave alegre 
canta en mi corazón, 
sobre la rama fuerte de la vida ... 
Canta, al despertar mi alma, 
de sus ensueños compensadores... 



102 CERVANTES 

Todas las mañanas 
la alondra de la ilusión 
dice su alegre canto de esperanza... 
(Algún día 

llegará su dulce compañera 
y el corazón, 
mi corazón, 
les servirá de nido...! 

¡Dios quiera que al final de mi existencia 
cste'n todas las ramas 
del corazón 
llenas de aves canoras 
que acojan a la Muerte 
con cantos de alegría.. .! 



Corazones solifarios. 

(A Gabriela Mistral, heimana en 
poesía, lejana y cercana, descono- 
cida, pero no ignorada. . .) 

¡Oh, corazones de las soledades infinitas..,! 
Sois como águilas solitarias, 
en medio de los cielos; 
o como leones heridos 
en medio de) desierto. . . 



CERVANTES 103 

¡Oh, corazones de las soledades infinitas... 
Como alondras viudas, 
en medio del invierno; 
o como gamos huérfanos, 
perdidos en la selva... 

¡Oh, corazones de las soledades infinitas...! 
golondrinas errantes, 
sin pareja y sin nido; 
más solos en la vida 
que la luna en la noche... 

¡Oh, corazones de las soledades infinitas...! 
cálices vacíos, 
agotados por las pasiones; 
lámparas donde tiembla 
una llama votiva y melancólica... 
¡infinitamente melancólica...! 

¡Oh, corazones de las soledades infinitas... 
Náufragos sedientos, 
en medio de los mares; 
albatros de alas rotas... 
¡Oh, corazones de las soledades infinitas... 



104 CERVANTES 



Tus ojos. 

(A una mujer que ha muerto, 
para mí...) 

jAh, no hay nada... 
nada más cruelmente engañador 
que tus ojos...! 
Parecen contener el cielo... 
Parecen contener el mar... 
Parecen contener la imagen de la dicha... 
;Y no son, sino espejos vacíos 
que sólo reflejan las cosas lejanas...! 
El cielo está en el cielo... 
El mar está en la mar... 
La dicha está solo en mi ilusión... 

y, 

sin embargo, 

parece que todo está en tus ojos, 

¡cofres vacíos, 

más fríos y más vanos 

que las piedras preciosas.. ! 



CERVANTES 105 



Rosas nuevas. 

(A Francisco Villaespesa, 
jardinero mayor de la Belleza.) 

iQué hermosa mañana! 
El jardín esíá lleno de rosas nuevas 
que danzan en la brisa, 
snjoyadas de irisado rocío... 
¿Me llamáis, queridas rosas? 
¡Ah, teméis que saiga el sol 
y os lleve vuestros tesoros...! 
Voy a cogeros en ramos 
y os colocaré en mi mesa 
donde leo y escribo, medito y sueño 
y estoy, como un pescador paciente, ante el papel, 
con la pluma por anzuelo, 
para extraer la belleza del fondo de mi tintero... 
¡Yo sé que guardáis para mí solo, 
amadas rosas, 

vuestros besos perfumados...! 
Mis dedos acarician vuestras mejillas blancas 
y morenas, más tarde, (besadas por el sol) 
a depecho de las espinas 
que celosas os guardan... 
Ya veréis cómo las mariposas 
y las abejas 
vienen a disputarme vuestros besos; 



106 CERVANTES 

pero yo las dejaré 
porque, en camljio, me prometen 
unas la seda y otras la miel, 
para vestirme y alimentarme, 
¡oh, ilusiones mías...! 

¡Mis delirios de rosas..,! 
¡Oh, delirio de nardos y azucenas...! 
¡Yo sé, ay! que a la noche os perderé, 
os veré dormir, bajo la luna, 
para no despertar... huyendo en vuestro sueño. 
¡Pero mañana bajaré a mi jardín 
y encontraré más rosas, 
nuevas rosas...! 



E) mar. 

(A Luis G. de Urhina, guarda 
faro en el mar de ideas y armonías.) 

Para las gentes de Ids tierras interiores, 
para los habitantes de los pueblos 
lejanos de las costas, 
el mar, 

el mar desde una playa, 
o desde la \entana de la casa de un puerto, 
les causa una impresión de triste lejanui. 
una imi resión de soledad, desierlo o islamicnfo, 
corrro si sfc 'S'í\'tera a un extremo del mundo. 



CERVANTES 107 

casi fuera del mundo, al margen de la vida 

ante e! abismo inmenso de lo desconocido, 

lo profundo y lejano, 

lo insondable, 

todo horizonte incierto, 

iodo gris, 

todo como un misterio entre dos soledades, 

las del cielo y del agua, 

entre las cuales 

las esleías fugaces de los barcos, 

¡signos de blanca espuma!, 

son interrogaciones que se borran 

sin obtener respuesta... 

Pero a los habitantes de las costas, 

a aquellos que nacieron junto al puerto 

y jugaron de niños en las playas 

y conocen el canto de las olas, 

sus risas y sonrisas, sus calmas y furores 

el mar, 

el mar movible y vario. 

les da la sensación del alma misma 

de la vida... 

El mar lleno de naves que recorren el mundo 

desde un puerto a otro puerto... 

El mar, patria común, 

poblado de navios de todos los países. . 

El mar cosmopolita, 

imperio universal, lleno de seres: 

aves, peces, anfibios, 

viajeros... 



108 CFRVANTES 

tesoros... 

(donde las perlas son mezquina escoria..,) 

de selvas y montañas submarinas, 

de ciudades ocultas y países de encanto... 

El mar de los senderos infinitos... 

El mar de las sorpresas incontables... 

y de las aventuras... 

El mar de los naufragios, 

de las tormentas y de los combates... 

El mar de los piratas de bajel 

y de los sumergib'ea... 

de los «superdreadnoughs» y las ballenas... 

El mar de las sirenas y de las asechanzas... 

El mar de los caminos de piala de la luna... 

El mar lleno de redes... 

El mar Ucno de estelas.,. 

El mar lleno de islas y de escollos, y faros avizores. 

El mar lleno de adioses y lleno de esperanzas... 

El mar, el mar, en fm, que ata lodos los ríos 

y une todas las tierras... 

No da la sensación de soledad, 

tristeza, alejamiento, 

olvido... 

Sino, por el contrario, 

¡de vida y corazón de todas las pasiones...! 



CERVANTES 



109 



¡Viaja, corazón...! 

(A la memoria de Joaquín Dicen- 
ta, viajero evangelizador, aquí y 
en la Eternidad ..7) 

jEstancarse, en la vidd, es corromperse...! 
¡Viajar, viajar, viajar...! 
¡Siempre moverse, 
como el río y la mar...! 

Viaja, oh corazón, 
como la nave 
como el viento y el ave 
y la ilusión... 

Audaz corazón mío, 
sé prora del navio. 
Sé roda de la quilla, 
¡tajamar...! 

¡Viajar, viajar...! ¡Sin cesar...! 
de una orilla a otra orilla... 

¡Vuela alma viajera, 
hacia los claros cielos 
con las alas rojas de las rebeldías. .! 

Sé el arcángel bermejo 
entre los rubios ángeles... 
Sé la trompa de bronce 
al frente de las trompas argentinas... 



lio CERVANTES 

Sé el águila ligera entre las blandas nubes, 
El rayo entre las sombras 
y la estrella fugaz entre los astros fijos... 

Apaga el Tenebrario de los cielos 
con tu soplo rebelde... 

Cuando tú hables, 
haz 

que calle aquel que apaga 
los soles, con las noches; 
las lunas, con los días... 

Sé el corazón de juventud perenne... 
Sé lámpara de llama inextinguible... 

Sé la flecha en el arco y la cuerda en la lira... 
Entre los eslabones de oro y plata 
sé el engarce de hierro 
y sé la cuenta negra del rosario 
entre las cuentas blancas... 

En el reino de astros de luz propia, 
prefiere ser satélite... 
y sol entre los mundos habitados, 
que tu luz necesiten... 

Sé enano entre gigantes, 
y gigante entre enanos... 

Para ser sólo y fuerte, 
uno y omnipotente, 
¡oh, corazón! 
Sé negro entre lo blanco 
y blanco entre lo negro... 



CERVANTES 111 

¡Si Dios fuese visible a los mortales, 
ya no sería Dios...! 

Mas tú, para ser dios 
hazte visible entre los invisibles, 
¡te lo mando...! 



MOLDES CLÁSICOS 

Canto postumo ^^^ 

(A la memoria de María Josefa, 
última condesa de Berberana) 

Cuando esfos versos eran leídos 
con voz doliente, 

en una tarde de triunfo y de consagración 
para el cantor, 
tú. oh dulce amiga, 
dormida en tu ataúd lleno de rosas, 
tenías el oído atento sólo 
al canio misterioso de la Muerte 
que deshojó tu corazón en plena primavera, 
¡cuando aún la esperanza y la ilusión 
eran las alas de tu alma!... 

En mi jardín, las aves ya no forman su nido. 
El viento en los rosales, no ha dejado una flor. 
Pesa sobre mi alma la lo.sa del olvido, 
en la cual ha grabado su epitafio el amor. 



(1) Leído en la solemne sesión inaugural de la Academia de la 
Poesía, verificada en el Ateneo de Madrid el 5 de Noviembre 
delQll, presidida por SS. MM. y AA. RR., y con la asistencia del 
Gobierno de S. M. y la plana mayor de los poetas castellanos. 

(N. dclaR.) 



112 CERVANTES 

¡Oh, días venturosos de un estío lejano...! 
jOh juventud, divina edad de la ilusión...! 
Cerrada está la puerta de un corazón hermano 
y mendigo ante ella llora mi corazón. .. 

Abandono esta noche mi triste hogar sombrío. 
¿Que' nuevos horizontes veré' al amanecer...? 
La luna ya no sigue su marcha sobre el río 
que a las aguas amargas del mar va a perecer. 

A través de los negros paisajes del olvido 
va mi espíritu errante sin pena ni inquietud. 
¡Va no viven los seres amados...! ¿Dónde han ¡do...? 
¡Ya no tengo ilusiones, ni tengo juventud...! 

jNi una estrella en la noche, ni una estrella en mi 

[alma...! 
¡Qué frío, qué silencio! ¡No existe ya el dolor...! 
En esta paz profunda y esta profunda calma 
sólo hay sombras. ¿Palabras?... ¡Ni un nombre, ni un 

[rumor...! 

Pasan las horas, pasa la noche en el misterio... 
Nuevas luces de un alba lejana. ¿Anunciación.. .? 
Pregunto: ¿Habré dejado mi antiguo cautiverio 
para ser libre o para llegar a otra prisión...? 

Oigo música, encanto de un recuerdo lejano. 
¿Qué dicen esas notas que alguna vez oí...? 
¿Chopin, Becthoven...? ¿Lloran en el jardín cercano...? 
¿l'uí vecino de seres que nunca conocí...? 



CERVANTES 113 

Nadie llora. La aurora se enciende en lontananza. 
¿Qué importa un nuevo día generoso en promesas 
si en el mar de mi espíritu no reina la bonanza 
ni la vida reserva para mí sus sorpresas...? 

Estoy solo, cansado de vivir y es la muerte 
una luz, en mi ocaso, de esperanza postrera... 
¡Oh amante misteriosa, quiero pertenecerte...! 
¡Quizás en nuestro lecho nazca la primavera...! 



El campo estaba alegre.^. 

(A ¡Remedios Cabezas de Mon- 
tenegro, ángel tutelar de mi infan- 
cia aventurera). 

Llamaron al cristal de mi ventana; 
serían al pasar las golondrinas. 
La primavera ha vuelto. 

Esta mañana 
cogí un ramo de flores campesinas. 



El campo estaba alegre 

y mi alma era 
como una alondra que dejase el nido 
para ver despertar la primavera. 
¡Todo a la luz del alba era florido! 



114 CERVANTKS 

Llegaban blancas nubes del Oriente, 
como cisnes cargados de azucenas 
o navios de plata, bajo el puente 
de la Aurora, 

llevados por sirenas. 



El campo estaba slegre 

y mi alma era 
como una mariposa entre las flores. 
La tierra parecía una pradera 
poblada de rebaños y pastores. 



Era un paisaje helénico. 

Las aves 
alegraban la vida con su canto, 
y en la flauta de Pan, dulces, suaves, 
mil notas tocó Amor, para mi encanto. 



El campo estaba alegre 

y mi alma era 
como una oveja libre del redil, 
donde pasó el invierno prisionera. 
¡Vuélvela vida cuando nace Abril! 



Hoy cantaron alegres las campanas 
y vi llegar por todos los senderos 



CERVANTES ll5 

del mundo a los pacíficos romeros 
en extrañas y largas caravanas... 



El campo estaba alegre 

y mí alma era, 
entre las plantas del Abril florido, 
como una alondra que dejase el nido 
para ver despertar la primavera... 



Abril y primavera, 

(A María y Fernando, hijoB de 
María y Fernando , en sus des- 
posorios,) 



Bajo el arco celeste de los siete colores, 
pasa Abril en la prora de su nave velera. 
Argonauta del tiempo lleva la primavera 
con su corte de Gracias coronadas de flore». 

Alza su arco de triunfo la Alborada a su paso, 
y en los antiguos nidos cantan las nuevas aves 
un himno de alegrías, al paso de las nave» 
que van hacia las playas de oro del Ocaso. 

Riegan los verdes campos las Horas jardinera», 
desde ¡as grandes nubes, celestes regaderas 
que han cogido en la fuente del Iris su tesoro. 



116 CERVANTES 

Cada gota de lluvia será una flor de oro. . . 
Abril y primavera se van a desposar 
y eligieron la Tierra por tálamo y altar... 



Mi barca aventurera. 

(A Julio Noé , argonauta del 
Ideal...) 

Mi barca aventurera, con su vela latina 
cuya grácil silueta el agua, al reflejar, 
convierte en dos, parece como un ave marina 
tendida un ala al viento y otra hundida en el mar. 

Así en mi pensamiento dos alas, o dos velas, 
creadas por mi ensueño, en un raro espejismo, 
trazan en mi camino dos sombras paralelas, 
una bajo los cielos y otra sobre el abismo. 

Mi barca silenciosa navega velozmente 
por el ignoto mar del Destino, al acaso, 
como un audaz albatros con alas de quimera. 

De este viaje incierto sólo sé que un Oriente 
fue el punto de partida, y el fin será un Ocaso... 
¡No se hundirá en la duda mi barca aventurera! 



CERVANTFS 117 



]¥ pensar que algún día...! 

(A Elvira Leyva ¡a pesar de loo 
pesares. . .!) 



¡y pensar que algún día podremos separarnos, 
dejando que csle amor naufrague en z\ olvido... I 
¡y pensar que algún día podremos encontrarnos 
como dos que jamás se hubiesen conocido. . .! 

¡Pensar que tantas horas de fiebre y emoción, 
tantos anhelos, tantos felices juramentos 
que avivan el incendio de esta loca pasión 
serán, tal vez mañana, cenizas a los vientos...! 

Cenizas a los vientos de implacables hastíos 
que nuestra santa hoguera de amor apagarán, 
y en nuestros corazones, dos altares vacíos, 
otras nuevas hogueras de amcr se encenderán... 



118 CERVANTES 



iHutr, huir!... ¿Adonde? 

(Para Victoria Malino wsl<a, alma 
viajera...) 

Mi alma está ante el mar sedienta de viajes, 
mirando a los navios qu2 despliegan sus velas; 
con las proas altivas hendiendo el oleaje, 
arados que en las aguas abren surcos de estelas. 

iHuír, huir, huir...! ¿Adonde, en qué navio. ..? 
¿Abandonar un puerto para ir... hacia que' puerto...? 
jTus alas de quimera, pobre corazón mío, 
son demasido frágiles para el viaje incierto...! 

iHuir, huir...! ¡Huir cuando vuelven las aves 
marinas a la playa en que estoy solitario..! 
jCuando todas las olas, heridas por las naves, 
vienen a refugiarse al puerto hospitalario...! 

Mi sombra está rendida sobre la fulva arena, 
mi sombra agigantada por la luz de la luna. 
y desde el fondo negro de la noche serena 
llegan, llenas de lirios, las olas una a una... 

Como amantes celosas, en dolientes delirios, 
me dicen: «¡No te vayas, viajero, no te vayas...!» 
y besando mi sombra la cubren con sus lirios... 
jPero mi alma anhela volar hacia otras playas...! 



CERVANTES 119 



Plor de añoranza. 

(A Elena, condesa de Aneéis, 
dulce amiga de mi juventud, hada 
benéfíca que hizo fíorecer en e¡ jar- 
dín de mi alma mis primeras ilu- 
siones.) 

Noche tranquila v vaga de añoranza y ensueño. 
El jardín está envuelto en sombras misteriosas... 
En medio dei estanque la luna es un pequeño 
surtidor de reflejos de estrellas silenciosas... 

Llega a mi corazón, como un dulce beleño, 
el alma áz\ jardín, en ondas olorosas... 
La primavera duerme feliz su primer sueño 
esta noche de Abril, en su lecho de rosas. 

Vela sobre el silencio la flor de la añoranza, 
incensario en la noche, de perfumes lejanos 
mecido por la brisa de la melancolía. 

Albo lirio de ensueño, recuerdo y esperanza. 
Cáliz de mi consuelo, le elevarán mis manos 
cuando se alce la aurora que anuncie el nuevo día. 



120 CERVANTES 



Lazarillos mudos. 

(AI ciego Lázaro, que tiene un 
lazarillo mudo.). 

¿Visteis nada más Irislc que las tristes miradas 
de esos perros que guían a su dueño al azar? 
Las almas de los ciegos parecen asomadas 
o esos ojos tan tristes que no pueden llorar. 

Los ciegos, encerrados en su mundo interior, 
no pueden ver la pena del mudo lazarillo 
que los guía arrastrando un ajeno dolor 
que hace esclavos sus ojos de otros ojos sin brillo. 

;Oh miradas sumisas, mendigas, ignoradas, 
como estrellas caídas entre la indiferencia 
del mundo, os ven mis ojos con profunda clemencia! 

¿Visteis nada más triste que las tristes miradas 
de esos ojos tan tristes que no pueden llorar...? 
iQué dirían los perros si pudieran hablar...! 



CERVANTES 121 



Un gran scfior. 

(Al duque de Ta mames, leído en 
el banquete íntimo con que este 
procer obsequió al poeta con mo- 
tivo de su primer triunfo escénico 
con el estreno de su drama «El 
Ecot^, en el Teatro Español, hace 
cuatro años.) 

Semejante a un retrato del Greco o del Tiziano, 
yo os imagino, duque, en época pasada 
cubierto con la férrea coraza cincelada 
y apoyada en el pomo de una espada la mano. 

Tenéis la majestad del gesto, el soberano 
porte de gran señor, nobleza en la mirada, 
la palabra, galana y sutil, apasionada 
cuando evoca grandezas del solar castellano. 

Rendís culto a las Artes y a las nobles hazañas, 
sois grande por derechos de raza y de talento 
y guardáis cien trofeos de gloriosas campanas. 

¡Digno sois de aquel «Siglo de oro» maravilla 
de la historia del mundo, fénix del pensamiento, 
que dio a Italia la Grecia, y América a Casulla! 



122 CERVANTES 



Almas mudas. 



(A una mujer humilde, tal vez 
una mendiga . .) 



Cuando veo esas tristes miradas pensativas 
contemplando un paisaje detrás de una ventana, 
me pregunto con pena: «¿Que quimera lejana 
esperan vanamente esas almas cautivas ..?» 

y esas tristes mujeres que os miran al pasar, 
llevándose una mano pálida al corazón. 
Pesa sobre sus almas la dura prohibición 
de hablaros ¡almas mudas que no pueden caTtar! 

¡Os dirían tan dulces palabras al oído, 
tantos anhelos, tantos secretos pensamientos, 
que vuestro corazón jamás ha conocido...! 

¡Existen infinitas dulzuras ignoradas 
(fuentes de amor ocultas, en tierra de sedientos) 
en esc misterioso mundo de las miradas. .! 



CERVANTES 123 



En un baile palatino. 

(AI oído de María Leticia, segun- 
da duquesa de Durcal, mientras la 
orquesta toca un minué de Gluck.) 

Tenéis el gesto amable, la gracia y la arrogancia 
de aquellas nobles damas que usaron guardainfanle 
y formaron la corte esple'ndida y galante 
deí Rey Sol, el divino Luis Catorce de Francia. 

Vuestro lenguaje evoca la suave fragancia 
de Versalles y eclipsa vuestro bello semblante 
al de aquella marquesa que tuvo por amante 
al Rey, y fué en la Corte reina de la elegancia. 

Se rendiría al veros la altiva Montespán, 
Voltaire, en epigramas de triunfo, os cantaría 
y por vos lucharían Cyrano y D'Artagnan. 

y estáis en nuestro siglo como una encantadora 
duquesa de aquel siglo de arnor y poesía. 
Pone el vate su ofrenda a vuestros pies, señora... 



124 CERVANTES 



Vida subterránea. 

(A Ja memoria de mi madre y de 
todas las madres que han ido a 
mejor vida.) 

Un día llegará, hombre soberbio y vano, 
en que has de ser hermano del fopo y del gusano... 

Yo desprecié del topo la subferránea vida 
hasla el día en que he visto a mi madre querida 
ir en un ataúd al subterráneo mundo. . . 
Mi corazón, entonces amó al gusano inmundo 
y quiso, como el topo, bucear en la tierra 
para hallar el tesoro que allí la Muerte encierra... 

Viaje celeste, 

Un día, oh dulcft-madre, partiste silenciosa 
dejando envuelto en sombras de duelo nuestro hogar* 
Por el mar de los llantos, en ruta misteriosa, 
fuiste en la «Negra Barca» que no ha de retornar... 
¿Adonde van las madres que abandonan la vida? 
(La mía no fué sola, otras iban con ella). 
¿A qué puerto celeste, a que lejana estretla 
las llevará la barca de la eterna partida...? 
Si este lugar de tránsito hemos de abandonar, 
dejando para siempre la tierra lamentable, 
¡oh, madres previsoras, iréis a preparar 
el Hogar de la vida feliz y perdurable...! 

GOY DE SILVA 



CERVANTES 125 



ESPAÑA Y AMÉRICA 



Reconquista espiritual. 

Un gran maestro del periodismo contempo- 
ráneo, Francisco Grandmontag-ne, imploró de 
la Providencia la resurrección de Faustino 
Sarmiento, en España, y pidió a los intelectua- 
les españoles que implorasen ellos también. Al- 
gunos, los que conocen su obra de pedagogo 
infatigable y de político estupendo, los que han 
visto el producto real de su obra en la República 
Argentina, imploraron, con Grandmontagne, 
su resurrección en nuestro pueblo, solar de sus 
ascendientes; pero la mayoría, antes de implo- 
rar, debió de hacerse esta pregunta, en lo más 
hondo del fuero interno: Sarmiento, Sarmien- 
to, ¿quién fué Sarmiento? 

El gran hombre público de la Argentina, 



126 CERVANTES 

para nuestra desgracia, es un extranjero en 
los reinos de la intelectualidad española. En 
los centros culturales no hay huella de su es- 
píritu; en las Bibliotecas, al menos en una que 
se tiene por la más escogida de España, no 
hay un libro de Sarmiento. En nuestros alma- 
cenes intelectuales no falta el último figurín de 
la literatura francesa, pero que nadie sueñe 
con hallar en ellos las grandes figuras de la 
mentalidad americana. América signe siendo— 
a excepción de algunos de sus colibrís sin plu- 
mas, que nos visitan periódicamente con un 
libro de versos— un continente desconocido 
para los españoles. Ignoramos todos sus fuen- 
tes de información, desde Sarmiento, educador, 
político y biógrafo del gaucho Facundo Quiro- 
ga, hasta Mitre, gran escritor, gobernante y 
guerrero, y Lugones, poderoso historiador de 
las guerras gauchas. 

Y esto ha ocurrido siempre. Indudablemente, 
en la zona de nuestra psicología étnica, debe 
ocultarse alguna particularidad que explique 
nuestra refracción al conocimiento. La incom- 
prensión de las cosas nos pierde. Todo el pro- 
ceso de nuestra decadencia no está representa- 
do más que por una serie de incomprensiones. 



CERVANTES 127 

Comprender los fenómenos de la vida, en su 
aspecto social, equivale a dominarlos. No com- 
prenderlos, equivale a ser víctimas de ellos. 
Nosotros no hemos sabido comprenderlos en el 
transcurso de algunos siglos, y la realidad nos 
ha arrollado despiadadamente. Por no com- 
prender los anhelos liberales de América, la 
perdimos, Pero la pérdida, ante todo, fué mate- 
rial; el desgarramiento fué solamente de políti- 
ca y administración. En espíritu seguía siendo 
nuestra aún. Dentro de poco, la República Ar- 
gentina celebrará el centenario de su Indepen- 
cia política. ¡Quiera Dios que no celebre tam- 
bién, conjuntamente con el centenario de su 
Independencia política, la proclamación de su 
Independencia espiritual! 

No hemos hecho nada por mantener en Amé- 
rica la influencia dominante de nuestro espíri- 
tu. No hemos ahondado en su historia, en el 
carácter de sus gestos, en el desarrollo de sus 
actividades, en el impulso ideal de su engran- 
decimiento. 

Todo lo americano nos ha parecido siempre 
menospreciable. A sus hombres les hemos visto 
en un plano de mentalidad mediocre, como fa- 
bricantes de falsos valores de la inteligencia. 



128 CERVANTES 

En las aduanas de nuestro comercio espiritual, 
hemos analizado las procedencias americanas 
con desdén ostensible, 5'- las hemos sellado con 
una marca de vilipendio. 

Pero, de pronto, de importadores nos con- 
vertimos en exportadores, y nuestras energías 
van, en caravana, a América. Nuestros pro- 
ductos no se aceptan, en parte, por deficientes, 
y en parte por un justo sentimiento de hostili- 
dad. A nosotros, que desdeñamos lo americano, 
se nos desdeña por ley recíproca. Desde Espa- 
ña, no ponemos ningún empeño en comprender 
a América, por pereza mental y viejos prejui- 
cios de ex-colonizadores. Al mismo tiempo, 
América, que ha heredado los vicios y virtudes 
de sus ascendientes, es rencorosa— como debe 
ser— y no se esfuerza en la comprensión de 
España. De ese alejamiento mutuo y progresi- 
vo, si no se remedia a tiempo, sobrevendría 
para América la absoluta independencia de su 
espíritu, o, al menos, su subordinación a una 
influencia espiritual extraña a la nuestra. Se 
nos cerrarán, poco a poco, todas las entradas. 
Puesto que aquí apenas se lee nada de Améri- 
ca, en América rehusarán leer lo nuestro— 
como empieza ya a observarse—, porque no 



CERVANTES 129 

comprenden nuestras inquietudes ni nuestros 
anhelos, del mismo modo que nosotros no com- 
prendemos los suyos. El castellano de América 
se irá desviando del castizo tronco español, y 
si algún día se desmembrara hasta hacérsenos 
ininteligible, ese sería el desastre más bochor- 
noso de nuestra historia. 

Hay que reconquistar el espíritu de América, 
estudiándola fervientemente, en sus idealismos 
y sus positivismos. Aquí se habla mucho de la 
confraternidad hispano-americana, de las ca- 
rabelas de Colón y de todos los lugares comu- 
nes echados a circular a los postres de algunos 
banquetes diplomáticos. Pero la verdad es que 
no hay derecho a hablar de eso mientras en los 
reinos de la intelectualidad española no se na- 
cionalice a una figura tan extraordinaria como 
Faustino Sarmiento. 

Luís ARAQUISTAIN 



9 



130 CERVANTES 



COLOMBIA 



Don Marco Fidel Suárez. 

En uno de los mu}'^ raros puntos en que he 
estado de acuerdo con la ma3'oría de mis com- 
patriotas, ha sido en la admiración y aprecio 
por D. Marcos Fidel Suárez.— Desde que lo 
conocí, cuaudo el era profesor de Derecho In- 
ternacional en El Rosario y 5' o su discípulo, 
he conservado ese respetuoso aprecio, que no 
he olvidado ni aun en momentos en que mi ac- 
titud de periodista de oposición me colocaba 
en desacuerdo con su actuación política. 

Y es porque el señor Suárez, que ocupa la 
más alta categoría intelectual y política en 
Colombia, ha subido a ella por su propio es- 
fuerzo, por sus virtudes y méritos, 3" ayudado 
únicamente de su inteligencia, de su capaci- 
dad ilustrativa y de un carácter severamente 



CERVANTES 131 

tenaz, a la manera de Lloyd George, de Ke- 
renski, de Painlevé, quienes desde la más hu- 
milde etapa, padeciendo las inclemencias de la 
pobreza, y en lucha contra los prejuicios socia- 
les y privileg-ios, han llegado a la altura, no 
sin dejar en las alambradas del camino el ve- 
llón de juveniles ilusiones y de sentir el rostro 
curtido por el sol de las amargas realidades. 

En mi hondo sentimiento demócrata y mi 
amor a la cultura, admiro sin restricciones el 
tronco que se convierte en mástil, el esferzo 
inteligente que transforma el bloque de már- 
mol en estatua, todo lo que se perfecciona ele- 
vándose; como miro con desprecio la estatua 
que se transmuta en escalón y el madero que 
se convierte en cepo, todo lo que fué y se des- 
grada. 

Por eso mi elogio a D. Marco Fidel Suá- 
rez— de quien me separan opiniones y creen- 
cias—es consecuente y es sincero. 

La candidatura de don Marco Fidel Suárez 
para la Presidencia de Colombia, proclamada 
por el Congreso, es un hecho que no ha de 
sorprender. Hace cuatro años, si el señor Suá- 
rez lo hubiera querido, la proclamación hubie- 
ra tenido lugar, en la elección habría triun- 
fado y hoy estaría rigiendo el timón de aque- 
lla nave. 



132 CERVANTES 

¿Por qué no aceptó entonces? Entre otras ra- 
zones que yo me sé y diré a su tiempo, porque 
el señor Suárez es el único colombiano que no 
ha ambicionado la primera Mag"istratura, que 
no la desea y que ha rehusado encarg"arse del 
Poder (1). 

La candidatura del señor Suárez es un hecho 
lógico y consecuente en la vida política de Co- 
lombia: 

Colombia es un país esencialmente conser- 
vador. (Es un palimsesto español); pero dentro 
de ese régimen, hoy conservador imperante, 
alimentan fuerzas que tienden al progreso, a 
la tolerancia y a la educación política. Y don 
Marco Fidel Suárez, conservador probado y 
firme, es el jefe de esa tendencia. En su mag- 
nífico estudio sobre El Progreso, publicado en 
1882, campean los siguientes párrafos, que bien 
pudieran hacer parte de un programa de go- 
bierno: 

"Trabajo significa esfuerzo, y en efecto, el 
trabajo es el viaje hacia la civilización, es la 
ley de la actividad realizada en el hombre, 
es el progreso mismo; la ociosidad, al contra- 
rio, es la negación de esa ley y la causa de 
toda ruina; es arroyo que estancado se torna 
en laguna de aguas impuras. 

(\) . . «Numerosa parabaf. Exce'sa lurris tabulafa, undc alfior 
eseef Casus...' Jiiyena/Síii. X. 



CERVANTES 



133 



"La industria ayudada por la ciencia consti- 
tuye el progreso material, que en nuestro tiem- 
po está alcanzando un grado asombroso, y al 
cual se dirigen las miradas de todos los pue- 
blos; la industria hace correr sobre la tierra el 
carro de fuego que la imaginación apenas 
soñó para los dioses; la industria realiza las 
fábulas antiguas, derribando los montes y 
uniendo los mares, arrebata la luz al sol y es- 
tampa con ella la más fiel imagen, recorre los 
hemisferios de la tierra, da la vuelta al orbe, 
y como si ya el suelo no fuera bastante a con- 
tener su poder, ha buscado expansión en los 
cielos. La industria modifica hasta las condi- 
ciones físicas de la tierra, transformando los 
yermos en lagos de mieses o en colinas cubier- 
tas de frutos: así como la indolencia del oto- 
mano ha convertido en 'mustios collados" los 
campos que llevaban en otros tiempos los ce- 
dros gigantescos y los arroyos de abundancia, 
así la actividad sajónica ha tornado en verge- 
les el suelo de los bretones y los pantanos de 
Alemania. 

"íY qué decir de los efectos sociales del pro- 
greso industrial, de su influencia sobre la paz 
de las naciones, de los servicios que presta a 
la difusión de los conocimientos y del auxilio 
que ofrece a los adelantos intelectuales? El 



134 CERVANTES 

tráfico que cambia los productos de remotos 
pueblos, cambia también los conocimientos 
y pone frente a frente las opiniones y creen- 
cias, de donde resulta la victoria de la ver- 
dad; la ayuda que tienen que prestarse to- 
dos los hombres, naturalmente los debe unir 
en vez de hacerlos enemigos, como pretenden 
ciertos filósofos; y cuanto más se multiplica la 
riqueza, deben multiplicarse los medios con 
que la beneficencia cura los males necesarios 
de la sociedad. 

"Acelerar el progreso industrial de los pue- 
blos, es indispensable en una época como la 
presente en que la civilización no llega o llega 
tarde a las naciones que se sustraen al comer- 
cio universal de las otras. El progreso tiene 
que ser solidario, y la conquista y el aisla- 
tniento, reprobados, primero por la moral cris- 
tiana, se miran ya también como hostiles a los 
intereses generales y particulares de la huma- 
nidad (1).„ 

Colombia es un país profundamente religio- 
so, católico, y el elemento sacerdotal domina. 
[Ita diis plaíuii) en todos los órdenes sin opo- 
sición apreciable. Y el señor Suárez, creyente 
sincero, católico observante, docto expositor 



(1) Narco Fidel Suárez ip5cr//o«. Primera serle, págs 48 y 46. 



CERVANTES 135 

de temas religiosos y filosóficos y político to- 
lerante y justiciero, es, entre los candidatos 
que podría apoyar el clero, el que más garan- 
tías de respeto le ofrece, y, al propio tiempo, 
quien tiene más elevado y republicano concep- 
to de los derechos que al partido liberal asis- 
ten a partipar de las funciones gubernativas. 
(Como lo demostró defendiendo el derecho de 
la minoría liberal, cuando siendo candidato a 
la Cámara el autor de estas líneas, los conser- 
vadores se apercollaron mayoría minoría). 

Colombia es una república en donde el con- 
cepto jurídico de la autoridad está más ínti- 
mamente arraigado, y vivo siempre está el 
recuerdo de aquella enérgica y razonada pro- 
testa que dejó el señor Suárez en su despacho 
de Ministro, cuando sus copartidarios los con- 
servadores dieron el golpe de cuartel del 31 de 
Julio de 1900, para derrocar violentamente y 
aprisionar al venerable Presidente constitu- 
cional doctor Manuel Antonio Sanclemente . 

Colombia es una nación que se ha distingui- 
do en Hispano-América por su amor al estudio, 
su consagración al cultivo de las letras, su cul- 
tura social y su inteligente civilismo. Y nadie 
a negar se atreve que el seficr Suárez es hoy 
el más alto exponente de esa cultura, el inte- 
lectual de mayor vigor, el escritor de más cas- 



136 CERVANTES 

tiza y elegante manera y el político que, en un 
país en donde los gobernantes han sido escri- 
tores, periodistas o poetas de la categoría de 
Camilo Torres, Nariño, Santander, Murillo 
Toro, Santiago Pérez, Núñez, Holguín, Caro, 
Marroquín y Restrepo, tiene hoy mejores títu- 
los a la primacía literaria. 

Entre los departamentos en que está dividi- 
da Colombia descuella el de Antioquía por su 
orientación prácticamente progresista, su ener- 
gía, su laboriosidad, su riqueza y su orga- 
nización administrativa. Antoquía no ha dado 
sino un mandatario a Colombia; pero ese go- 
bernante, el doctor Carlos E. Restrepo, que 
llegó al solio sin opinión popolar (fué elegido 
por el Congreso), es el mejor Presidente que 
hemos tenido en treinta años (1). El prestigio 
político de Antioquía se impone de manera tal, 
que dos de los candidatos que figuran en el 
actual debate electoral son antioqueños o "an- 
tioquianos" como dice Unamuno y es lo cas- 
tizo. Y el señor Suárez, además de ser antio- 
quiano raizal, tiene la cualidad muy aprecia- 
ble para un mandatario: no tiene sobrinos, ni 
yernos, ni cuñados a quienes dar, por derecho 



(1) Nofa del autor. -No debo al ex-Presidentc Rcslrcpo ningún 
favor, no ocupé cargo alguno en su adminisíración, ni milllo en su 

partido. 



CERVANTES 137 

consuetudinario, los puestos públicos de pre- 
ferencia, y creo que ni aun paisanos tiene, pues 
hace más de treinta y cinco años que abando- 
nó la tierruca para establecerse en la capital. 

Colombia es un país demócrata por excelen- 
cia, en donde el desdén por los títulos, perga- 
minos y condecoraciones es tan natural, que 
no se comprende el amor asiático y europeo 
por esas zarandajas. Por encima de la dege- 
nerada aristocracia de estirpe y del arrivismo 
de los adinerados está el éxito del talento y la 
ilustración, y la admiración por el esfuerzo 
personal, por la sencillez y la modestia, es es- 
pontánea. ¿Y quién mejor que el señor Suárez 
encarna ese sentimiento demócrata, esa senci- 
llez filosóñca y esa modestia severa fruto del 
propio valer probado en lucha sin tregua? 

En cuanto a que don Marco Fidel Suárez, 
una vez elegido, sea un gobernante superior o 
inferior a las aspiraciones de la nación, que 
sepa rodearse de colaboradores hábiles, dili- 
gentes, patriotas y peritos en su labor respec- 
tiva, o que por continuar una tradición, sus 
relevantes méritos propios se ahoguen en el 
océano de los compromisos y el favoritismo, 
eso el tiempo lo dirá. Yo creo lo primero, pero 
podré equivocarme, como se ha equivocado 
una parte de la opinión pública al juzgar anti- 



138 CERVANTES 

cipadamente la labor gubernativa de otros 
candidatos. 

Lo que sí puedo afirmar es que si el triunfo 
electoral en los próximos comicios lo alcanza 
el señor Suárez, las libertades adquiridas no 
sufrirán menoscabo durante su administración 
y los caudales públicos serán manejados con 
prudencia y honradez. 

Y si hubiera ocasión para darle un consejo 
de amigo desinteresado, le diría que ponga en 
práctica la oportuna frase de Gustavo Hervé: 
"Paso a los jóvenes y paso a las aptitudes.» 

Juan Ignacio CALVEZ 



Madrid, 1911 



CERVANTES 139 



CUENTOS ESPAÑOLES 



EL OSO 

En pesados carros de ruedas chirriantes, 
arrastrados perezosamente por mulos y caba- 
llos viejos y algún borriquillo delantero, que 
puesto allí para alegrar al ganado cansino, lle- 
gaba a creerse que él solo tiraba del carro, que 
esto suele traer el colocar borricos en lugar 
preferente...— iba de lugar en lugar, a donde 
hubiera feria o romería, la colección de fieras 
de unos húngaros, que en ella tenían su Arca 
de Noé; con hombres y animales, si no de todas 
las especies, los bastantes a ser pasmo de luga- 
reños, y tocante a la especie humana, los bas- 
tantes a que no se acabara el mundo, aunque 
ellos solos se salvaran de un nuevo diluvio, 
pues con no haber más de cuatro hombres y 
tres mujeres en la tribu, los chiquillos eran en- 
jambre..., y sus llanteras y sus verraqueos, so- 



140 CERVANTES 

bresalían sobre el rugido de los leones, el bufar 
de tigres y panteras, el chirriar de los carros 
y el jurar de hombres y mujeres... 

Las fieras de la colección eran hasta una do- 
cena, si se contaba como fieras, a un mulillo 
enano rayado en blanco, para figurar como ze- 
bra... y al hombre más viejo de la tropa, que so- 
lía figurar el oso blanco, con unos pellejos de 
borrego y una cabeza de cartón , revestida de 
algodón en rama. Pero no podía darse nada 
más propio. 

Los leones eran dos, apolillados y flaquísi- 
simos. Daban muy triste idea del Rey de los 
animales. Como suele decirse, no podían ni con 
el rabo. Pero si les faltaba fuerza les sobraba 
pereza. Y esto era milagro del hombre, que los 
tenía siempre de un humor de perros... de pe- 
rros hambrientos, que es mucho peor que el de 
leones hartos. Que si un perro con hambre pa- 
rece una fiera, una fiera bien alimentada puede 
parecer un perro. Cosa que no debieran olvi- 
dar nunca los que gobiernan pueblos. 

La mejor persona de la colección era un oso 
pardo. No parecía un oso; parecía senador 
vitalicio con gabán de pieles. A todo el mundo 
hacía buena cara; en cuanto se paraba la gen- 



CERVANTES 141 

te ante su jaula, se ponía a bailar y a dar vol- 
teretas. Era el payaso de la compañía. 

Una vez llegaron a la feria de un pueblecito 
muy lindo. Instalaron su barraca en un prado 
cerca de un bosque, al pie de unas montañas. 

Las tablas carcomidas que cerraban el jau- 
lón permitían al oso ver desde su encierro la 
alegría del campo, los árboles del bosque y 
las montañas culminantes. Veía también la 
animación de la feria, el ir y venir de la gente 
alborozada, los niños sobre todo. Al oso le gus- 
taban mucho los niños. No para comérselos, 
no seáis mal pensados. Ya os he dicho que el 
oso era una buena persona; ahora os diré que 
era un buen animal, y os parecerá mejor dicho, 
cuando hayáis conocido a muchas personas 
que pasan por buenas. 

Pero lo que más encantaba al oso, era un 
puesto de confitería, con rosquillas, mazapa- 
nes, frutas confitadas, almendras, anises y 
¡unos pasteles de crema! ¡Oh, aquella crema 
que él veía desbordar de hojaldre, al hincar 
los dientes en algunos de aquellos pasteles un 
chicuelo goloso! El hocico se le hacía agua. 
Lamía y relamía las tablas de su jaula como si 
fueran de palo dulce. 



142 CERVANTES 

¡Oh! Gruñía el pobre oso. ¡Si yo pudiera sa- 
lir de esta jaula un ratito, nada más que un ra- 
tito, darme un paseo por ese prado verde, re- 
volverme sobre la yerba fresca, hacer cuatro 
payasadas a los niños con estas manos mías de 
terciopelo y que me regalaran unas cuantas de 
esas golosinas ricas que no he de probar nun- 
ca! Aquí, pan duro y unas cuantas patatas co- 
cidas, i Qué triste es nacer oso! IMucho más 
triste que hacerlo. 

Tanto lamió las tablas de la jaula, que un día 
una de ellas cedió ablandada al apoyar el oso 
sus manazas— ¡ah! ¡Si él pudiera pasar la cabe- 
za! Aquella cabezota suya. ¡Dichosa cabeza, 
siempre ha de ser un estorbo en la vida! 

De pronto ¡oh, felicidad! sin saber cómo se 
halló libre, en el campo, en el prado verde, 
a dos pasos de la confitería, entre la gente que 
reía y los niños que jugaban. 

De contento se puso a bailar, acompañándo- 
se con unos berridos que a él le parecían mu}' 
dulces. 

Pronto fué un grito de espanto a su alrede- 
dor. La gente huía despavorida, hombres y 
mujeres alzaban a los niños en sus brazos. 
Otros, ni de sus hijos se acordaban en la huida. 



CERVANTES 143 

¿Por qué se asustan?— se decía el oso—. ¡Yo 
creía que iban a divertirse tanto! 

Vio llegar hacia él unos hombres terribles, 
con armas, sables y escopetas. El oso, de un 
salto, retrocedió hacia su jaula... Vio avanzar 
a los hombres terribles. Había que defenderse. 
Sonó una descarga. El oso cayó acribillado, 
panza arriba, y al mirar al cielo azul, sobre los 
árboles y las montañas, pensó al morir— ¡Qué 
brutos son los hombres! Han creído que yo era 
una fiera y se han asustado al verme. ¡Y yo 
sólo quería revolearme en la yerba, comer go- 
losinas y jugar con los niños! 

JACINTO BENA VENTE 



144 CERVANTES 



CUENTOS AMERICANOS 



IDILIO BÁRBARO 

Mis días pasaban, iguales, lentos, magníficos 
en su ilustre fasto ecuatorial. El aire sutil de 
las sierras afinaba el brío del sol fogoso. La 
delicia continua de ese clima elisio me tenía 
hundido en un fluido 3^ blanco reposo, y como 
postrado de bienestar en la hamaca. Era cual 
si me dejase horas enteras flotar en un reman- 
so leteo, fuera del tiempo. La sedante caricia 
del viento, que pasaba lleno de aromas y de 
rumores silvestres, refrescaba mis pensares, 
adormecía mis recuerdos tanto tiempo desvela- 
dos. Una dulce cobardía de convaleciente me 
impedía urgar en mi mal, para ver si de veras 
estaba cicatrizado. 

Traje toda una biblioteca para engañar a mi 
único pensamiento: pero los libros me hostiga- 
ban antes de hojearlos. Prefería divagar y 



CERVANTFS l45 

como vaciándome insensiblemente del alma 
antigua, en ese comienzo de tregna y suspen- 
sión, hasta tener la fuerza de asentar mi nueva 
vida sobre un tranquilo sentimiento de posesión 
de mí mismo. Vagos los ojos y el espíritu en 
suave estupor, seguía como un incierto deva- 
neo el vuelo de los gallinazos o de las nubes. 
En bandadas, los pájaros tristes, de irónico 
aspecto jesuítico, surcaban infatigables por el 
alto cielo, felices de hender el aire y de alzarse 
a la frescura del azul desde la soporosa pesan- 
tez de los valles bajos, aplastados por el sol. 
En el silencio y la calma de la hora tórrida, 
devanaban sin fin la espira de su vuelo sobera- 
no, mientras los trabajadores sudaban sobre el 
surco duro, y los viajeros jadeaban. Yo compa- 
decía a todos los esclavos de una tarea. Dila- 
taba seme el espíritu aligerado, y parecíame 
que ese estrecho marco de lomas iba a ser para 
siempre bastante a contener mis deseos. 

Tras tantos años de andar errando entre ex- 
traña gente, yo que nací soledoso y fatigado, 
poco curioso del mundo externo, sentía ya la 
voluptuosidad de no tener que moverme más, 
de no tener que hacer amistades nuevas, de no 
conversar ya más tan inútilmente. Y sin pensar 
en nada, en una increíble y dulce atonía, me de- 
jaba estar, olvidado en el espectáculo agreste. 

10 



146 CERVANTES 

El dolor que conmigo vino no era un dolor 
de esos que consuelan de haber perdido la fe- 
licidad. Mi mal enturbiaba la limpidez de esa 
soledad. Yo hubiera querido ver abrirse, en 
esa quietud dorada, el árbol de una tristeza 
frondosa a cuya sombra soñar. En muchas 
horas miserables procuré alzarme a la consi- 
deración del misterio humano para anonadar 
mi pena despreciable en un sentimiento más 
vasto del universal destino. Aquí, en este repo- 
so meditativo, habría podido ennoblecerse mi 
resignación inspirándome una alta y despren- 
dida melancolía; mas la ansiedad que me desa- 
zonaba era tal, que sólo me volvía contra mí 
mismo: la causa estaba únicamente en mí. ¡Por 
eso me dejaba estar con el alma queda, cuidan- 
do sólo de no excitar el avispero de los recuer- 
dos, que de suyo, a ratos, seexasperaban y ve- 
nían a clavarme, de repente, su aguijón tenaz! 

Casi todos los días, después de sestear en la 
hamaca, iba a charlar con mama Chana. Sen- 
tada en un sillón bajo y antiguo que había, al 
peso del hábito, desposado tan bien sus contor- 
nos, que repelía, con su incómoda fidelidad, a 
toda otra persona—, pasaba el día en la des- 
pensa- , una pieza alta y muy clara, impreg- 
nada de olor a especias, dirigiendo los cotidia- 
nos menesteres de repostería, preparando ella 



CERVANTES 147 

misma sus golosinas, o haciendo modestq^ cos- 
turas. Yo solía sentarme en un viejo cofre fo- 
rrado, a oirle historias del tiempo de sus moce- 
dades. La vieja doncella había llenado su me- 
moria, virgen de secretos propios, de cosas de 
otros. Nacida y criada en casa de mis abuelos, 
sabía de corrido todos los cuentos de la familia. 
Contábame de mis padres las abolidas intimi- 
dades caseras, haciéndolos revivir a mis ojos 
en la fácil o enojosa monotonía doméstica. 
Contábame también de otros antepasados, y a 
medida que repitiendo lo que sabía de oídas, se 
perdía en las lejanías del coloniaje; su ingenua 
y crédula ignorancia magnificaba el pasado. 
Su relato impreciso, algo fabuloso, conservaba 
a esos abuelos desconocidos su aspecto de 
irrealidad que era acaso su único prestigio. Yo 
le escuchaba esas confusas, inciertas genealo- 
gías tan sólo por sentir las raíces de mi ser más 
honda en el tiempo oscuro, nutridas de viejos 
jugos en el suelo patrio. De ese pasado subte- 
rráneo me venía así más fuerte apego al lugar 
natal, donde habían ya caído tantos de mi sus- 
tancia perecedera, donde me esperaban. No, no 
había brotado yo ahí al azar, por el capricho 
de un antepasado errante, en la aventura sin 
rumbo. Arraigaba en surco cavado, fecundado, 
mantenido, por generaciones fieles. Mi destino 



V4S CERVANTES 

gravitaba en torno, en la atracción secular, no 
habían de aventarlo lejos mis vicisitudes. 

La buena vieja gustaba de desempolvar sus 
historias; se remozaba al recuerdo de cosas de 
juventud. Cuando quise que me contase la de 
mi madre, un pudor me retenía; parecíame 
profanar el silencio en que se envolvió su vida. 
Mas el filial recelo se convirtió pronto en una 
especie de amistad comprensiva y férvida. Y 
preg^unté, pregunté, hasta dar con las lágrimas 
y el secreto. ¡Dulce madre, santa mujer, que 
extenuada de inteligencia y de melancolía, 
arrastraba con su paso pensativo y lánguido 
aquella red de fervores muertos! 

* * 

Una tarde fui a dar mi paseo por el alfalfar. 
Allí vivían los más viejos árboles del fundo, y 
yo gustaba de ver sangrar el sol en poniente 
al través de sus viejas ramas sensibles. Su fo- 
llaje algo desmav'ado tamizaba la luz con una 
melancolía antigua, y la penumbra de la ave- 
nida se aclaraba como la de una nave a través 
de sus vidrieras . 

Por allí había una vertiente. Era una gruta 
sombría, de encanto crepuscular a toda hora, 
llena de verde misterio y de reflejos tembloro- 
sos. La roca, socavada por el gotear milenario 



CERVANTES 149 

del agua que dimanaba de sus entrañas, for- 
maba una hoya poco profunda, sobre la cual 
se enarcaba el peñón, negro y rielante. De la 
ceja de piedra colgaban musgos y péndulos he- 
lechos. A la entrada, las raíces en el agua cris- 
talina, velaba un sauce anciano. Ganado por 
advenedizo matapalo, parásito tenaz que le chu- 
paba la medula vistiéndole irrisoriamente los 
ateridos miembros con la pompa falsa y presta; 
da de sus frondas, se alzaba ascético y doliente. 

Me encontré allí con \sl serviúin, la indiecita 
de quince abriles repletos, recién vejiida, en 
turno a iniciarse en el servicio de la casa del 
amo. Asentando los pies desnudos en las pie^ 
dras a flor de agua había avanzado al interior 
de la gruta a poner su Vasija de barro bajo el 
chorrillo principal de la vertiente. Cuando me 
acerqué, esperaba todavía que el cántaro se 
llenase. Recogido el anaco y apretado contra 
las ^rodillas para evitar las salpicaduras, ce- 
ñía la redondez de sus muslos, duros, plenos 
y lisos como troncos de guayabo. Se oía el 
glugluteo del agua en la hoquedad del reci- 
piente como una risa sofocada. 

—¿Qué haces, Mariucha, a esta hora? 

De ordinario, las servicias iban por agua 
para la tinaja en la maíiana; pero, novicia aún, 
la longuiía lo había olvidado. 



150 CERVANTES 

— Llivando agna para mesa, niñu — dijo, 
como si la hubiese reprendido, coloreando. 

Salió, evitando pasar bajo las estalactitas, en 
cuya punta cuajaba gota a gota el rezumo de 
la peña, y se irizaba antes de caer. La esperé 
sentándome en una piedra, a la vera del húme- 
do sendero. 

—Oh, Rebeca de mi tierra, le dije riendo, 
dame de beber, que tengo sed. 

La inocente canéfora no entendió; se presta- 
ba mal a la bíblica reminiscencia. Como yo 
insistiera, me tendió el rústico jarro a fin de 
que bebiese tomándolo con mis manos. Pedíle 
que lo empinase ella misma, como en caridad 
a un fatigado peregrino . Cohibíala la extrañe- 
za de la escena, y temblaba su hurañería bajo 
su obediencia. Respondiendo a mi empeño con 
sonrisa constreñida, su gracia sumisa, primiti- 
va, inhábil, dio a mi sed ficticia el agua de la 
fuente buena. 

Bebí algunos sorbos, y un hilillo se escurrió 
mojándome la barba. Busqué en mis bolsillos 
un pañuelo que no hallé; y esta vez sí, casi 
riendo conmigo, ofrecióme la extremidad del 
lienzo inmaculado que llevaba a la espalda, 
anudado en la garganta. Cerca de ella sentí el 
olor de su piel tostada, su olor agreste, salva- 
je, esencial. Se enturbió mi risa... La tarde. La 



CERVANTES 151 

soledad. Y era un murmullo marrullero el de 
las frondas. El alfalfar ondeó a modo de'un te- 
clado recorrido, preludió el viento de súbito. 
De escuchar aquel silencio que me pareció lú- 
cido, atento y como suspenso, pronto oyera la 
flauta del Pan indígena. 

Mariucha iba a retirarse instintivamente 
cuando la tomé del brazo para besarla. Se es- 
quivó con presteza de salvaje, y antes que yo 
la aprehendiese, huyó furtiva, flexible, sin de- 
rramar una gota del cántaro. Atalanta no huyó 
más ligera. Inmemore de su origen, ¿no era 
aquella instintiva criatura la primogénita de 
esa tierra casi virgen todavía? Había brotado, 
vivía, moriría, fuera del tiempo, fuera de la 
historia, bárbara e incólume. Seguirla hubiera 
querido, poner mis manos en su cabellera sel- 
vática, plegarla como una rama cargada de 
frescos frutos. Huyó impelida por el movi- 
miento hereditario, por el recuerdo inconscien- 
te del amo violador y brutal, por el obscuro 
resto de rebeldía, trasmitido de generación en 
generación como un depósito secreto, por un 
pudor del alma mal domada. El español de los 
primeros cien aftos de la conquista no conoció 
otra mujer que la india vencida a la orilla del 
bosque, en el recodo del camino, en la zanja 
del sembrado, ni tuvo otra manceba que la es- 



152 CERVANTES 

clava. El hacendado de la colonia propagó en 
los campos el mestizaje, plegando asimismo a 
la india con el miedo. La religión impuesta 
añadió por fin a las barreras naturales de raza, 
de mente, de destino, el terror del pecado in- 
comprensible. Todo ahondó entre la india v el 
blanco la desconfianza de los sexos, el abismo 
de alma a alma. 

Cuantas veces la vi vivir, mirándola sin 
comprenderla, su vida aparte, junto a la nues- 
tra. Mientras mama Chana y 3-0 charlábamos 
en la despensa, la longuita se ocupaba en los 
humildes quehaceres manuales. Comprendía la 
lengua española tan sólo en lo que concernía 
al uso diario y doméstico. Ni en su lengua ha- 
bría tal vez entendido de las cosas en que diva- 
gábamos. Era como si no oyese, con su aire 
abstraído. No me miraba de vergüenza, si de 
vez en cuando le preguntaba alguna cosa. 
A menudo, mientras Chana chocheaba, yo ob- 
servaba el misterio de esa criatura arisca de 
alma y sumisa de actos, que vivía entre nos- 
otros, asidua e impenetrable como un animali- 
to familiar, A veces la interrogaba acerca de 
sus gustos y sus costumbres-—. ¿Te gusta la 
villa?— No sabía en qué sentido—. ¿Te gusta sa- 
lir a la villa?— No, niñu, bulla de gente—. ¿Te 
gusta pastar las ovejas? -Sí, niñu. Pero nunca 



CERVANTES 153 

la conversación iba lejos; parábase a cada paso 
en sus monosílabos; todo se resolvía para ella 
en una u otra de las palabras esenciales, sí o 
no, suavizadas por aquel niñu a. que las junta- 
ba con el respeto hereditario. 

¿Qué quería? Volver a su choza, allá arriba, 
en un cuello áspero de la sierra. La abundan- 
cia y molicie de la hacienda no la cautivaban. 
Eran la casa ajena, la casa del amo; tenía que 
servir aplicando su simplicidad de hábitos y 
de espíritu a las complicadas exigencias del 
blanco. Su vida se hace con tan poco, su 
mundo tan sencillo, que los aparejos de nues- 
tra civilización todavía patriarcal le parecían 
excesivos, sin duda. 

Tal vez un longo la requería ya, para el 
amaño. Era todavía muy jovenzuela y de na- 
tural muy blando, para sentir ya en su pecho 
el rencor al amo, acendrado en tres siglos de 
obediencia. Pero, a pesar de la convivencia y 
el buen trato, su alma era j^a hermética para 
los de la raza enemiga. 

A Mariucha, hasta Chana la mimaba con 
esa su brusquedad afectuosa y cordial. Dejaba 
los servicios más bastos para las demás, y la 
tenía casi siempre en el repostero, enseñándo- 
le a aderezar postres y primores. Molía la ca- 
nela, clarificaba el almíbar, maceraba las ho- 



154 CERVANTES 

jas, lustraba la vajilla para los platos de más 
regalo. Yo la veía hacer, entretenido, estor- 
bando a veces con mi presencia ociosa la fae- 
na. Así iba acostumbrándose a mí la huraña, 
y se dejaba mirar, a ratos, olvidada de sus re- 
celos de sierva esquiva. Y yo sentía fluir hacia 
ella más dulce mi compasiva simpatía por su 
raza. Nada sabía de su corazoncillo, de sus as- 
piraciones, de sus instintos de criatura primiti- 
va, plegados a la vida del blanco. Ella misma 
discernía mal sin duda, en su alma de salvaje 
domesticada. ¿Sentía, acaso, subir a mí, desde 
sus adentros, un cariño obscuro como un 
agüero, secreto como una traición a los de su 
sangre? 

El día siguiente, al encuentro en la vertien- 
te, fui a verla en la despensa. Chana no esta- 
ba. Mariucha, de rodillas en el suelo, molía 
maíz morocho. El torso inclinado hacia ade- 
lante, se arqueaba sostenido por las dos manos 
regordetas puestas sobre la piedra moledora. 
Todo el busto seguía el vaivén de los brazos 
sobre el mortero, una piedra baja, ancha y 
lisa, de toscos bordes. Los perlados granos pa- 
saban y repasaban requebrándose bajo la pie- 
dra oblonga que iba y venía sobre los añicos 
hasta pulverizarlos. El impulso imprimía cada 
vez a sus pechos duros, frescos y lozanos 



CERVANTES 155 

como frutos, una sacudida que hacía titilar, 
debajo de la camisa descotada (que henchida 
por su peso los cubría apenas con una ingenua 
franja bordada de azul y rojo), su botón pri- 
maveral. Adheridos con firmeza al seno púber, 
abroquelábanlo con su temprana plenitud, pro- 
mesa de fecundidad, fuente del vigor de la 
fuerte raza. Aventadas por el balanceo, las 
tres guaicas de mullos desiguales que colga- 
ban de su cuello, golpeaban sobre la piel des- 
nuda. 

Sus pantorrillas, que aparecen desnudas 
desde la corva cuando está en pie, las ocultaba 
ahora el anaco, tendido hacia atrás sobre 
los talones levantados, la punta de los dedos 
contra el suelo. Veíanse los juanetes encalle- 
cidos de los pies, siempre descalzos. 

Por debajo del pañizuelo de blanco lienzo 
echado sobre los hombros y la espalda, aso- 
maba la extremidad de la trenza envuelta des- 
de la nuca por una faja tan ceñida que la tor- 
naba tiesa: el haz de pelo negro y lacio, torci- 
do y apretado como un cable, yacía rígido en 
su vaina de cinta arro liada a manera de ven- 
daje de momia. Sólo un corto mechón quedaba 
libre, aumentando la semejanza de guango 
así entesado con la cola de un toro. 

Tentado por la extraña rigidez de tal peina- 



156 CERVANTES 

do y aderezo, me acerqué a tocar la apretura 
del singular envoltorio, mas la longa esquivó 
la cabeza con un movimiento de asustada se- 
riedad. Recordé entonces la abusión de los in- 
dígenas, entre quienes sólo al marido es dado 
poner la mano sobre la cabellera de la mujer, 
porque es signo de dominación, y porque no 
hay injuria como la de cortársela. 

—¿Por qué huíste ayer, Mariucha?— le dije 
riendo. 

Ruborizóse y no me contestó. Mas su silen- 
cio no parecía de rencor. 

Su rostro, dulce y basto, sólo tenía de fino 
las cejas, el mentó y el arranque del cuello 
bronceado. Los ojos almendrados revelaban, 
remotamente, el prehistórico origen de la 
raza. Entre los párpados sin resalto, de corte 
exiguo, las pupilas aterciopeladas, nunca mo- 
vidas por ninguna inquietud espiritual, guar- 
daban su luz en reposo, con mansedumbre 
ovejuna. 

Como toda conversación con ella era difícil 
o inútil cuando no imposible, me quedo calla- 
do, sonriendo, viéndola. 

Entre mí pensaba: amar a esta criatura con 
un amor parecido a ella, elemental, primitivo, 
inconsciente, ser amado por ella a su modo, 
¡cómo me reposaría, cómo me despojaría del 



CERVANTES 157 

alma antigua, en qué dulce olvido animal obs- 
curamente me sumiría! 

Pero pocas veces vi como entonces lo impe- 
netrable de esotra alma, las lejanías de su si- 
lencio, lo extraño de su secreto familiar y co- 
tidiano. Desesperé de comprenderla, y más 
que nunca sentí la imposibilidad de que ella 
llegase a salir de su penumbra interior para 
venir a mí. Diferencia de razas, agravada por 
la dominación secular que todavía nos mante- 
nía en la relación de amo a esclava, costum- 
bres del país, en donde ni la convivencia do- 
méstica del señor y el siervo, ni la igualdad 
ante la ley escrita, han establecido aún ningu- 
na paridad; desigualdades de nacimiento, de 
educación, de residencia, que confieren al 
blanco el libro, la pluma o la espada, y atan al 
indio a la esteva; fatalidades históricas ya ina- 
movibles del fondo, mientras el diario contac- 
to ha mecanizado el hábito exterior, utilitario 
de la servidumbre. 

Vi, digo, más inalcanzable toda intimidad 
espiritual que nos igualase en el amor. 

Y sin embargo, algo en ella me atraía. Hu- 
biera querido hallar el camino a su corazón, el 
lenguaje natural, ya olvidado, para hablarle 
de cosas simples y aclarar con la luz de una 
mutua simpatía su virgen pensamiento, son- 



158 CERVANTES 

dear en ella hasta dar con el fondo humano, 
con la obscura fraternidad esencial. ¿Cómo en- 
trar en su alma hermética? 

Ella estaba ahí, sumisa en todos sus actos a 
mi mandar. Pero el santuario interior, que ella 
misma ignoraba en ella, reservado estaba 
para otro, para un igual, de su sangre, por 
fuerzas antiguas, guardianas de instintos 
irreductibles. Secreto rencor de raza vencida, 
desemejanza fundamental que ningún descas- 
tamiento, ningún olvido, era bastante a abolir, 
herencia preservada, informuladas voces que 
ahogó un silencio de cautela y asechanza, son- 
risa constreñida, modelada en siglos, fata- 
lidad... 

Pero, a pesar de las distancias y las diferen- 
cias, ella estaba ahí con su sexo suave, con el 
dulce calor de su seno, con su ternura animal, 
capaz de borrar en el abrazo breve, las dife- 
rencias y las distancias. 

Y cargando mis manos de toda esa terneza 
humana que de repente sentimos afluir de no 
se sabe dónde, de esa bondad un poco triste y 
lasa de quien ha esperado mucho y luego se 
abandona casi vergonzante al placer pobre y 
herido que le ofrecen una sonrisa, una simpa- 
tía, un halago cualquiera, fácil y sin mañana, 
hallando en su opaco encanto la dulzura de un 



CERVANTES 159 

vulgar consuelo a su renunciación, levanté 
sin brusquedad el rostro de la india humilde, 
cogiéndole por el mentó con una mano, acari- 
ciándole con la otra la mejilla en flote. 

... Su raza bronca y sumaria conoce la ciega 
lujuria, conoce tal vez el amor y sus incidias 
y sus urgencias. Pero ignora las caricias, 
adorno inútil, rodeo superflúo, elegancia. El 
hombre se llega a la hembra, con su deseo 
taimado o descubierto, tortuoso o súbito; la 
hembra pronta y sumisa cede, y el amor pasa. 
Desatado el abrazo avasallador, ignorándose 
después como antes. 

* 

Ella sintió, sin duda, el magnetismo de mis 
pases, la tensión plena y tranquila de mi ser 
junto al suyo. Entrecerró los ojos dejóse pal- 
mear como inhibida por una inercia, cálida, 
densa, obscura, a modo de un sueño. Pero tras 
el breve eclipse, reapareció en ella el senti- 
miento de su servidumbre, y no vio en mí sino 
al amo que quería abusar de ella. 

Sacudió el fugaz aletargamiento, despejó el 
vaho de voluptuosidad que le empañó la cons- 
ciencia, esfumó las distancias, abolió por un 
instante las diferencias. Y Mariucha a^oIvíó a 
su huraño instinto de defensa. 



160 CERVANTES 

No insistí, por no echar a perder el leve in- 
flujo, persuasivo y silencioso, de una mano 
que acaricia sin premura. Y salí al jardín. 

A la noche, conversando con el ma5'-ordomo, 
bromeamos acerca de lo ariscas que eran las 
longas y lo difíciles de seducir. 

—Se hacen no más, patroncito. 

Y sentenció luego, experimentado. Cono- 
cedor: 

— H ay que forzarlas, niño. De buenas, no se 
dejan nunca. Por darles gusto, hay que hacer 
la farsa de violentarlas. 

* 
* * 

Fué un domingo de sol . 

Era la hora desierta sobre los campos. Sal- 
tando de piedra en piedra, sin pensamiento, 
como un salvaje , fui por el cauce mismo de la 
quebrada, hacia el estanque, cuyo muro de re- 
presa se levantaba entre las peñas abruptas 
de las dos orillas. La atención de escoger las 
piedras donde asentar el pie sin mojarlo, me 
absorbía el espíritu reposándolo. Cuando quise 
descansar, busqué una enramada a cuya som- 
bra sentarme. Entonces a cierta distancia, en 
un recodo por donde pasaba, bajo follajes pro- 
fusos, la acequia en que se vertía el agua del 
estanque, vi un torso de mujer, una cabellera 



CERVANTES 161 

de azabache destrenzada sobre una espalda de» 
piel cobriza. Observé inmóvil un rato. Era la 
longa servicia que tomaba su baño, al aire li- 
bre. Estaba casi desnuda, al amparo del tupi- 
do matorral que la resguardaba mejor del lado 
del sendero solitario. Cauteloso, el corazón ya 
latiéndome, me acerqué a mirar. De pies en 
medio del raudal, cogía el agua en un mate 
grande y, enderezándose, lo volcaba sobre su 
cabeza. Al inclinarse a llenar la rústica aljo- 
faina, la escotada camisa de lienzo que le ser- 
vía de traje de baño, dejaba resbalar una hom- 
brera, y aparecían los pechos plenos, estallan- 
do de lozanía, de inocente voluptuosidad. El 
agua rebotaba en pequeñas cascadas de la ca- 
beza a los hombros, por la espalda y los mus- 
los fuertes; y en la piel lisa rielaba el sol. Ha- 
bía acabado de enjuagarse, y apretando en un 
haz el cabello, lo escurrió, echándolo de nuevo 
atrás. La camisa mojada adhería al cuerpo: 
antes de hacerla, con ambas manos, deslizar 
hacia los pies, se echó sobre los hombros la 
pañoleta de blanco lienzo que iba a servirle de 
toalla y salió a secarse en el césped de la ori- 
lla. Estaba ahí, desnuda, inocente, feliz como 
un animal. 

El baño en la onda clara, la color de esas 
breñas, la desnudez de la virgen broncínea, 

11 



162 CERVANTES 

componían una visión fresca y simple que ha- 
bría dado a un pintor la imagen de nemorosa 
soledad sorprendida por el atisbo del eterno 
fauno. Demasiado ignorante de sus encantos 
era esa Eva rústica para que sintiera a solas 
el voluptuoso halago. Prendió en mi sangre la 
llama, y salvaje, rápido, inflamado, fui hacia 
ella. Volvió, azorada, la vista, y al reconocer- 
me, se internó en un rincón, donde las ramas 
se entreveraban más protectoras. Se ocultaba 
acaso más por respeto que por pudor. Avancé 
resueltamente, dando una voz de taimada jo 
vialidad. 

— Hola, Mariucha . ¿Por qué te escondes? 

Se veía su cuerpo bajo la enramada, tara- 
ceado de sol y sombra. Tenía cogido el lienzo 
sobre sus pechos y entre las piernas. Sus de- 
dos cuajados de sortijas bárbaras se agitaban 
por asegurar el paño. Así desnuda y enalaja- 
da, parecía un ídolo indígena. ¡Era la virgen 
América! 

Me dirigí a su refugio. Miróme asustada en- 
tre sus pestañas tenebrosas, con la cabeza aga- 
chada, todo el cuerpo encogido 3'a en defensa. 
Y no hubo en mí otro hombre que el primitivo, 
el dal rapto y la acre violencia, el del alegre 
y feroz botín. 

Riendo, riendo ardientemente, me llegué a 



CERVANTES 163 

ella que sintiendo el poder del hombre, retro- 
cedía. La lucha fué breve y ficticia. 

Cuando me alejé, persistía en mis labios el 
temblor del beso rápido como un mordisco, y 
en el alma, una emoción antiquísima. Fué cual 
si en mí se hubiese despertado el español an- 
cestral, al choque de aquella escena idéntica 
sin duda a los encuentros del guerrero blanco 
con la hembra de la raza mal subyugada, al 
margen de la selva ignota, en el ardor de la 
conquista heroica, 

Gonzalo ZALDUMBIDE 



164 CERVANTES 



El tesoro de Scheherezada. 



Después que la elocuente princesa hubo sal- 
vado su vida con sus historias en aquellas fa- 
mosas mil y una noches de esplendor y de pe- 
ligro, las cascadas de oro y de pedrería, de se- 
das y de perfumes, las adolescentes bellas 
como lunas, los jardines milagrosos, las ciuda- 
des extraordinarias, los animales estupendos, 
los duendes de la tierra, del agua y del aire, 
las aventuras que trama el destino para hacer 
un rey de un gañán, y un asno o un gamo sil- 
vestre del gallardo caballero hechizado; todo 
ese poema absolutamente único, porque agotó 
los prodigios de la imaginación a los pies del 
sultán magnífico y celoso, constituyó la heren- 
cia de la princesa: la herencia con que la prin- 
cesa Scheherezada dotó a su pueblo, fundien- 
do todos aquellos tesoros en la maravilla divi- 



CERVANTES 165 

ñámente impar de una esmeralda de esperanza. 
Los que sólo ven en aquellos cuentos el colo- 
rido pintoresco, el ingenuo entusiasmo de ima- 
ginar el goce ilimitado de engendrar quimeras 
que embellezcan y encanten la vida, tal como 
el sol no acaba nunca de tallar su pedrería en 
el agua corriente, ignoran el beneficio inapre- 
ciable de esas leyendas en el alma popular. 
Para los pueblos imaginativos y sociales como 
aquellos de las arabias, tales narraciones son 
el consuelo de la vida. Bajo su renovada im- 
presión, que acaba por constituir un estado 
mental, el más ínfimo labrador despiértase 
creyendo que ese su nuevo día puede ser el día 
del destino, cuando la reja de su arado encaja- 
rá el anillo de bronce de tai cuál lápida, con- 
ducente al inagotable tesoro inscripto bajo su 
nombre por las potencias desconocidas; el úl- 
timo mendigo engañará su hambre soñando 
con el azar nunca imposible del hada que sue- 
le venir; la pobre mujer que pare un hijo, en 
la miseria y en el dolor, puede imaginar sin 
exceso— vale decir, con satisfacción positiva— 
un destino de rey para tan triste criatura. 
Tanto mejor si el prodigio no llega. Los díaS 
sucédense hasta el fin, constantemente ilumi- 



166 CERVANTES 

nados por la esperanza, tan inmediata como la 
hora que va a venir, como el próximo minuto; 
y de este modo el pobre humano consume sus 
días como quien los caminara sobre un mag-ní- 
fico tapiz. ¿Qué importa no llegar? La muerte 
es la única verdadera llegada. La vida es bella 
por la ilusión que la encanta, como el paisaje 
por el cielo de su horizonte. ¿Acaso nos parece 
menos hermoso aquel cielo porque no haya- 
mos de alcanzarlo jamás? 

Para los hombres que viven reunidos, todo 
mal proviene de la desigualdad. La leyenda 
iguala. ¿Sabe ese potentado si el destino le re- 
serva la más miserable condición en el sello 
del anillo que un mísero pescador saca a la 
hora de éstas del vfentre de un pescado, o en 
la palabra que posee y podría emplear contra 
él el sabio de un país remoto; o si ese remen- 
dón de babuchas será mañana el re}^ o si, to- 
davía, en ese perro hambriento que a su puer- 
ta se arrima, está encarnado por la magia un 
hijo de sultán?... ¿Y qué si no la belleza, la 
gracia, el espíritu, hacen de la esclava una 
reina en el corazón generoso y en la casa hon- 
rada del verdadero emir? 

Cuando los hombres creen que la vida es 



CERVANTES l67 

bella, reina en sus corazones la fe. Cuando sa- 
ben que su lote de felicidad está llegando, mi- 
nuto por minuto, anima sus almas la esperan- 
za. Cuando se sienten iguales, la caridad es la 
norma de su conducta. 

La leyenda es fe, esperanza y caridad. Los 
hombres duros de corazón que desprecian la 
leyenda, diciendo: es mentira, son indignos de 
la belleza y la gracia. Querrían que las perlas, 
los diamantes, las esmeraldas, los rubíes, los 
topacios de la leyenda, existieran realmente. 
No ven que, así, tendrían ya dueño, y serían 
motivos de opresión, de orgullo, de rencor, de 
envidia. Mientras en la leyenda son de todos y 
a todos los mejoran. 

El hombre verdaderamente generoso, dicen 
los poemas, es aquel que, enriquecido por el 
trabajo o por la suerte, considérase un mero 
depositario de Alah, y con ello, el ejecutor de 
su infinita munificencia. 

De este modo es cómo, llenos de caridad, de 
esperanza y de fe, alcanzamos a ver el rostro 
de la verdad en la esmeralda de Scheherezada. 

Leopoldo LUGONES 



168 CERVANTES 



EL PRIMER BESO 



Fué una viejecita blanca, una viejecita de 
nieve, encorvada y temblona, de esas que en 
los cuentos del divino Perrault regalan a Ceni- 
cienta su chapín de cristal y ofrecen al princi- 
pe enamorado para que, de rodillas, ante el 
lecho de púrpura, pueda despertar a la hermo- 
sa durmiente. Figúrate que al entrar en el 
templo, junto a la tallada cancela, a la hora de 
la primera misa, me la encontré con un rosario 
de cuentas colgado en su vestido de pliegues 
rectos, y su mantón negro, triangularmente er- 
guido sobre la cabeza como la capucha de un 
hábito. 

Era una mañana fría, color de azucena. En- 
tré con unción, levante la pesada cortina verde 
cuando en el mismo instante en que me herían 
los reflejos de los cirios que desde larga distan- 



CERVANTES 169 

cia picaban la sombra, sentí la primera caricia 
dada en la mejilla por una mano de seda olien- 
te a incienso. Jambas en mi niñez solitaria y 
huraña, en mis ocho años de candidez medita- 
tiva se había pasado así una mano con tan 
blanda finura sobre mi rostro. No recordaba 
haber sido arrullado con la canción maternal, 
ni había sentido el aleteo de los ósculos entre 
los labios que entreabrió el primer suspiro del 
ensueño. 

Conservo esta impresión como una reliquia. 
Está guardada en la sacristía de la pequeña 
iglesia, de la iglesia que levanté a la castidad 
de mis días blancos, para que algún día entren 
a rezar mis recuerdos y tengan donde escon- 
derse mis maldades. 

' No sé con precisión cuánto duró aquella ca- 
ricia ni lo que me dijo la anciana— algo muy 
suave y muy alado que se evaporó como una 
nube - lo que sí sé, es que apareció en la sole- 
dad de mi espíritu un ángel hecho de ráfagas 
azules, y que cuando evoco mis memorias in- 
fantiles miro a la viejecita de nieve, encorbada 
y temblona, junto a la cancela tallada, a la 
hora de la primera misa. 

Luis G. URBINA. 



170 CERVANTES 



POESÍAS 



Pobre caballejo 
derrengado y viejo... 



Me impresiona verte 
bajo los arreos 
sufrir las injurias 
del látigo adverso. 

Si te caes, un golpe 
te levanta presto 
y trotas lo mismo 
con el frío intenso 
que insensibiliza 
tus flácidos miembros, 
que en verano, cuando 
sobre tu pellejo 
y en tus mataduras 
hierve un sol de fuego. 



CERVANTES 171 

Reclama tu frágil 
armazón de huesos 
la aguda cuchilla 
de los mataderos. 

Pero antes es justo 
sacarte provecho, 
y aunque en tus heridas 
pululan insectos, 
derrengado y triste, 
mal cuidado y viejo, 
no hallarás piedades, 
y por mucho tiempo, 
tirarás del carro 
pobre caballejo... 



EN LA NOCHE... 

En la noche clara 
fragante de Mayo, 
el cielo semeja 
un límpido lago... 

Quién fuera un remero 
lírico y romántico 
para no mancharse 
con el lodo humano 



172 CERVANTES 

y pasar la vida 
remando, remando 
en lugar de góndolas 
los serenos astros... 



. ESTRELLA... 

Estrella diminuta que allá lejos 
vagamente titilas, 

y que al lado de todas tus brillantes 
y doradas amigas, 
con tus medrosos y confusos rayos 
pasas inadvertida... 

Ruedan los astros milenarios. Vierten 
sus destellos de regia pedrería. 
Son como mariposas de alas de oro; 
torrente de monedas; encendidas 
y originales flechas; prodigiosas 
agujas de la esfera azul y limpia. 

Y tú brumosa estrella 
que tan poco iluminas, 
¿serás acaso algún fanal lejano 
de una aldea sencilla? 



CERVANTES 173 

En el rostro celeste, eres reflejo 
de una triste sonrisa 
y como la luciérnaga a intervalos 
tu opaca luz nos brindas. 

Mi espíritu dialoga con el tuyo 
y por la escala de la fantasía 
asciende hasta perderse entre las nubes 
que tu lumbre cobijan. 

Yo sé de tu existencia. Me pareces 
la violeta escondida 
que no ve el caminante, y sin embargo, 
perfuma el torpe pie que la castiga. 

En ti no ha de fijarse el peregrino 
de miradas altivas, 
porque en esta existencia 
tus rayos simbolizan, 
lo humilde y todo aquello 
que apenas brilla... 

1917. Julio J. CASAL 



174 CERVANTES 



El cabailero, la muerte y el diablo. 

APUNTE DRAMÁTICO 

Dramatis personal: 

La Princesa Yolanda. ~E1 Príncipe Ataúlfo. 

La acción en Hielandia.— Época actual. 

Antecámara nupcial ae los Principes de Hie- 
landia. 

El Príncipe.— En estos días he notado en ti un 
cambio profundo. ¿Qué tienes? Dímelo. ¿No eres 
feliz? 

La Princesa.— Es verdad; no sé lo que tengo. 
Pero, soy feliz, mejor dicho, quiero ser feliz. 

El Príncipe.— ¿No lo eres en realidad, como 
yo lo soy, con tu amor, con nuestro amor? 

La Princesa. - Con nuestro amor, sí. Sólo que, 
ya te lo he dicho: no sé lo que tengo. 



CERVANTES 175 

El Príncipe.— ¿Qué puede ser? 

La Princesa.— No sé. Miedo, terror, un vago y 
faíal preseníimiento. 

El Príncipe. Miedo, ter-ror, fatalismo. Me es- 
pantas. Habla. 

La Princesa. — No puedo explicarte. ¿Tú no lo 
comprendes? ¿Tú no lo adivinas? 

El Príncipe.— Imposible; al contrario, creo que 
iodo nos sonríe, todo. Nuestros sueños más glo- 
riosos, aquellos inasequibles y lejanos, como un 
miraje alucinante, se han cumplido. Casado con- 
tra mi voluntad y por razones políticas con una 
Princesa de regia estirpe, la Muerte libertadora 
vino a desatar el lazo estrecho y fatal que a ella 
me ligaba. Entonces libre, completamente libre, 
pude a la faz de la Corte y del mundo, consagrar 
ia pasión que me ha unido a ti toda la vida. Vencí 
la resistencia de los Reyes que se oponían a mi 
enlace con una persona que no era de sangre 
real; me impuse a la Corte; y ahora tú, la amante 
adorada de las citas pasionales, eres la Princesa, 
la Princesa Yolanda de Hielandia. Los mismos 
labios cortesanos que murmuraban de ti, besan 
tu mano, respetuosos; las mismas frentes que se 
erguían altivas ante ti, cuando no eras sino una 
dama de Palacio, se inclinan cuando pasas ante 



176 CERVANTES 

ellas; los mismos ojos que inquisidores te mira- 
ban, ahora se bajan, ante los tuyos, reverentes. 
Los Reyes mismos apadrinaron nuestra boda; te 
llaman hermana, te concedieron tratamiento de 
Alteza^ y regalo de ellos fué la diadema de bri 
liantes que, en el día de nuestros deposorios, ful- 
gía sobre tu frente, como un sol. 

La Princesa.— Es verdad. ¡Cuánto te debo! ¡Tú 
me has alzado hasta ti! 

El Príncipe.— Tú me alzaste más alio todavía: 
más excelso que un trono es el cielo de tu amor. 

La Princesa (en voz baja).-- ¿Nadie nos escu- 
cha detrás de ese tapiz? (Seña/ando un tapiz del 
foro). 

El Príncipe (alzando el íapizj.— Nadie, Yo 
landa. 

La Princesa.— Aquí todos nos escuchan, nos 
avisoran. En este palacio, donde no hay niños, 
se hielan las sonrisas y se siente frío en el alma. 
Siéntate a mi lado, muy juntos los dos. (El Prín 
cipe se sienta). Mírame bien. ¿Qué ves en mi 
rostro? 

El Príncipe.— Pero, Yolanda... 

La Princesa. -No vaciles. ¿Qué ves? 

El Príncipe. -Ya te lo he dicho, un cambio, un 
no sé qué... 



CERVANTES 177 

La Princesa. --¿Nada más? 

El Príncipe. -Nada más, y así estás más inte- 
resante, más adorable. 

La Princesa (7.3? manos en las manos del Prín- 
cipe; sus ojos, en ¡os ojos, casi besándose los 
labios).— ¿No ves nada mas? ¿En mis ojos, en 
mi rostro, más adentro?. , . 

En Príncipe. -Algo de palidez y un cierto mis- 
terio que, como no puedo explicar, ruego, exijo 
me lo releves. 

La Princesa.— Un misterio, sí, un misterio de 
muerte (a un gesto inquietante de! Príncipe). Es 
lo que yo veo hace días, más que en mi rostro, 
en mi alma. La muerte, a la que tengo terror, no 
por ser muerto, sino porque me separará de ti. 

El Príncipe (calmándola).— l'xzms el espíritu 
fatigado; los nervios, irritados y en tensión. Tan- 
tas emociones de estos últimos días. Pero, ésto 
debe terminar. Mañana saldremos para la Real 
posesión de Monte Claro, donde es primavera 
perpetua y todo está florecido; donde tuvo lugar, 
hace ya tiempo, aquella fiesta versallesca... ¿La 
recuerdas? ¡Que divina estabas tú de damita pom- 
padur, en el cortejo de la Reina Sol! Necesitas 
descansar. 
La Princesa, -Lo que yo necesito es vivir, 

12 



178 CERVANTES 

ivivirl Pero contigo siempre, más allá de la vida, 
más allá de la muerte. 

El Príncipe. — Hoy como nunca, nuestra vida 
es nuestra; hoy más que nunca somos el uno del 
otro. jTenemos juventud, poder, riquezas, amor! 

La Princesa.— ¡Amor! Cinco años hoce que 
nos amamos. Si se pudiera volver atrás el tiempo 
que huye. Volver a adorarnos en secreto. ¿Te 
acuerdas? 

El Príncipe. - ¿Y me lo preguntas...? ¡Oh 
nuestras citas nocturnas en tu castillo de la Um- 
bría! Caballero en mi caballo negro, en alas de 
un viento de pasión, llegaba al bosque que rodea 
tu morada. El bosque estaba negro, negro de 
fronda y de noche. De e^e fondo de tinieblas, 
surgía la visión tuya, blanca, rubia y resplande- 
ciente, como una diosa de la mitología germana. 
Nos confundíamos en un abrazo enorme; en un 
beso nos sorbíamos las almas. Cautelosamente 
subíamos a tu cámara. Allí to lo parecía espe- 
rarnos... ¡Oh, tu cuerpo vibrante y escultural ex 
tendido sobre un tapiz de Smirna! A la luz velada 
de una lámpara de bronce tomaba coloraciones 
ambarinas, nacaradas, del color de las venus del 
Tiziano. Sobre paños y almohadones de seda, 
sobrecogida y tremante, eras la maja de Coya; 



CERVANTES l7í> 

de pie, enguirnaldada de flores, bañada de una 
luz rosácea, eras una diosa escapada de un des- 
lumbrador lienzo de Rubens... Yo, de hinojos, 
trastornado con tu esencia, te cubría de besos y, 
en el ara de tu escultura palpitante, decía mi misa 
negra... ¿Y aquel vino espumoso que bebíamos 
en una misma copa de bohemia cincelada? ¡Cómo 
nos encendía la sangre, cómo nos embriagaba! 
Después he bebido absintio, hachich, éter, y nada 
he sentido. Una noche, tanto habíamos apurado 
de aquel vino, que perdimos el conocimiento. Un 
rayo de sol, atravesando una alta ojiva pollero 
mada, vino a herirnos, como la lanza de un ar- 
cángel exterminador. Nos levantamos sobresal- 
tados. Un cuerno de caza sonaba, cada vez más 
cerca; un rumor de cabalgata se percibía, cada 
vez más distinto. Era el Duque tu padre que re- 
gresaba de montería con su séquito. Podían sor- 
prendernos. ¡Qué trance! No sé como pude salir 
del castillo esa mañana; pero por la noche volví. 
El misterio, el temor, lo prohibido nos enardecía 
más. Tienes razón. El minuto de pecado debe ser 
eterno. Losamantes nodeben dejar de serlonunca. 
La Princesa.— Ahora, en cambio, todos los 
instantes, toda la vida es nuestra, Y estoy triste y 
temo más que nunca. 



180 CERVANTES 

El Príncipe. — Pero ¿qué puedes temer? Si 
cuando éramos amantes nada nos sucedió, a pe- 
sar de que nuestros amores no eran un secreto 
para nadie. Los que todo lo sabían eran cortesa- 
nos; nosotros, poderosos. Todos callaron: te- 
nían miedo al escándalo y se contentaban con 
murmurar en silencio. Ahora, esos mismos se 
curvan, cuando nosotros pasamos enlazados. 

La Princesa.— Sólo que hoy que eres más mío 
es cuando más temo perderte, y siento 'celos, 
unos celos diabólicos y terribles, sí, terribles. 

El Príncipe. —¿Qué dices? ¿Celos? ¿Pero de 
quién? 

La Princesa. -De ella. 

El Príncipe. -¿ ? 

La Princesa. — De ella, siempre de ella, de la 
Princesa Piedad, que acabará por robarte a mi 
amor. 

El Príncipe. ¿Has enloquecido, Yolanda? Tú 
deliras. No hables de ella: está muerta y fué una 
santa. 

La Princesa. Fué una sania; es verdad. Aun- 
que lo supo todo, siempre calló y murió callando. 
Esa fué su venganza, callar, porque sabía que, al 
fin, serías de ella y sólo de ella... 

El Príncipe. — Es extraño, es absurdo lo que 



CERVANTES 181 

dices. Tú no estás bien, Yolanda mía. Vuelve 
en íi. 

La Princesa. --Estoy más lúcida que nunca lo 
estuve; lo estoy de tal manera, que no quisiera 
estarlo tanto, para no ver más allá de todo, más 
allá de! tiempo y de la realidad. Veo más allá del 
presente, veo más allá de la vida, y por esto te 
he hablado como te he hablado. Me explicaré. 
Escúchame. Hace tres días que, como tengo por 
costumbre desde que nos instalamos en este pa- 
lacio, entré en tu despacho particular, con el ob- 
jeto de cambiar, por mi propia mano, la vara de 
nardo del búcaro de plata repujada que está so- 
bre tu mesa-escritorio. Desde el primer día, tú lo 
sabes, no consiento que ninguna persona de 
nuestra alta ni baja servidumbre renueve las flo- 
res de tu despacho, sino yo misma. Ese día en- 
tré con la vara de nardo en la mano. Al irla a co- 
locar en su sitio, mis ojos, involuntariamente, se 
posaron en tu mesa; y aun cuando lo que vi era 
una cosa, al parecer, corriente y cuya existencia 
yo no ignoraba, no pude reprimir mi emoción. Un 
estremecimiento calofriante me corrió por todo ej 
cuerpo, la sangre se me heló en las venas y sen- 
tí que una garra felina me acariciaba la medula. 
Sobre la mesa estaban extendidos los planos del 



182 CERVANTES 

mausoleo que tú has mandado construir en el 
panteón real. Tu arquitecto los había traído la 
víspera, para que tu aprobaras ciertos detalles 
últimos de ornamentación. Allí estaba la obra que 
ha sido ya realizada. Eso era lo que yo vi. Bajo 
un templete gótico y sobre un sócalo del mismo 
estilo, se alza, sostenida por cuatro leones, la 
urna cineraria, en cuyo paramento, coronados 
por la corona real, se ostentan los escudos de tu 
casa y de la casa de la Princesa Piedad. A un 
lado, vuestros nombres enlazados; a otro, una 
inscripción latina, con la fecha de la muerte de 
ella; encima de esta inscripción hay un sitio en 
blanco, en el que se grabará la de tu muerte. So- 
bre la urna, ancha y profunda como un lecho, las 
dos tallas de alabastro de vuestras estatuas ya- 
centes reposan ¡untas. Tú visres el traje de los 
caballeros templarios; ella, el de una princesa 
medioeval. Tus manos descansan sobre la cruz 
de tu espada; las de ella se trenzan, con un cru- 
cifijo, sobre el pecho. En un mismo almohadón 
de brocado reposan vuestras cabezas diadema- 
das; vuestros cuerpos se tocan. Y allá arriba, en 
el pináculo del templete, de linándolo todo, ve- 
lando vuestro sueño último, consagrando vues- 
tra unión eterna, una cruz abre sus brazos. 



CERVANTES 185 

El Príncipe, ¿y eso te extraña, Yolanda? 
¿Qué puede extrañarte? Tú sabías que esa obra 
debía hacerse, que así debía ser, por tradición, 
por costumbre, por ley. Después de todo, ¿qué 
puede importarte un sepulcro, aun cuando éste 
sea el mío, si al fin, sabes que te pertenezco y 
soy y seré solo tuyo? 

La Princesa. —¿Tú? ¿Mío sólo? Es ésta, es 
ésta, precisamente, mi obsesión torturadora: tú 
no serás mío. Has puesto el dedo en la llaga de 
mi corazón. El día de nuestros desposorios sentí 
la plenitud de la dicha. Mi ideal se realizaba. Eras 
mío solo. Nadie podría disputarme tu amor. La 
dicha me embriagaba como un vino añejo. Nues- 
tros amores se habían purificado y estaban con- 
sagrados ante la religión y ante la ley; a la faz de 
la corte y del pueblo. Eramos príncipes y toda la 
vida era nuestra. ¡Y esa noche de bodas, en la cá- 
mara nupcial principesca, floreció con los presti- 
gios de la primera noche! ¡Deliraba, deliraba de 
amor en tus brazos; erguíase en mi alma el alma 
crepitante de la Reina loca, loca de amor por el 
Rey hermoso! Hubo instantes en que viví en un 
minuto la eternidad de un siglo... Y, mientras re- 
sonaba la música triunfal de nuestros besos y 
nuestras almas se desleían en el perfume de los 



184 CERVANTES 

pebeteros y de las flores de azahar y nuestros bra- 
zos se enlazaban y nuestros labios se juntaban, 
desde el fondo de nuestro lecho de palosanto yo 
veía pasar mil visiones de amor, y el alma en un 
éxtasis supremo exclamaba: ¡divino! ¡divino! 

El Príncipe ('con /7a5/d/7^.~¡ Yolanda! 

La Princesa (en una brusca transición). -Hoy 
no. En mi propia felicidad llevo mi castigo. Es el 
Destino. Es la fatalidad. ¡Es esta imagen de la 
muerte que llevo impresa en el alma y en el ros- 
tro! ¡Y me cubro la cara con las manos para no 
ver más allá, y turbada, confusa, avergonzada de 
mis dudas torturadoras, medio aniquilada como 
el ángel rebelde, perseguida por el pensamiento 
martirizador, huyo de algo que no sé lo que es, 
y tengo miedo, miedo y... celos! 

El Príncipe,— Tu alma está enferma, Yolanda. 
Meespantas y te adoro; y — ¿por quéoculfártclo? — 
me has comunicado algo de ese terror extraño que 
se ha apoderado de ti. Esto me hace pensar y me 
ensombrece. Tus palabras han evocado en mi 
espíritu la emoción paralizadora que sentí hace 
ya tiempo ante un cuadro que, desde entonces, 
quedó grabado fuertemente en mi fantasía y cuyo 
recuerdo me ha perturbado muchas noches de 
insomnio. Es un famos» fresco que existe en una 



CERVANTES 185 

de las galerías del camposanto de Pisa. Terrible- 
mente sugeridora es esa creación, obra de un ar- 
tista innominado. ¿Bernardo Daddi, el discípulo 
de Giotío? ¿Pedro Lorenzeti, de la escuela de 
Siena? ¿Orcagna?. .. A ninguno de estos artistas 
puede atribuirse ese cuadro, con certeza. Mas, el 
autor ¿qué importa si allí está la obra? Su senti- 
do simbólico y su factura simplicista nos dicen 
de una época anterior al siglo xv, cuando el mun- 
do apenas había salido de la pesadilla medioeval 
y el Renacimiento, si bien presentido, no había 
abierto aun en la historia la luz de su sonrisa. Se 
titula El triunfo de ¡a Muerte, y es una extraña 
alegoría, que tiene eí raro secreto de hacernos 
sentir el contraste entre el goce y el dolor y la 
sorpresa de la muerte, en medio del placer de 
vida. 

La Princesa. -Eso es lo que yo he sentido. 

El Príncipe.— a la derecha, hay un bosqueci- 
llo, en él se agrupan unas cuantas doncellas que 
se solazan blandamente: algunas tañen el laúd; 
otras acarician a perros falderos que sostienen 
en el haida. Al otro lado, un gallardo tropel de 
caballeros, con séquito y jauría, aparece atónito 
ante tres féretros abiertos que muestran tres ca- 
dáveres, en plena descomposición, roídos por 



186 CERVANTES 

repH'cs y gusanos. En cl centro, primer término, 
un hacinamiento macabro de muertos y de mori- 
bundos que son protegidos por ángeles o arre- 
batados por espíritus malignos. Ancianos decré- 
pitos, enfermos, míseros guiñapos de humanidad, 
claman en vano, suplicantes, a la Flaca que es- 
grime su guadaña en lo alto, segando a los jóve- 
nes, a los fuertes, a los felices. El espacio está 
constelado de ángeles que recogen y aupan a los 
bienaventurados, y de diablos de toda ralea y 
catadura, engendros de una fauna abracadabran- 
tc, que, con ímpetu feroz, hacen presa en los con- 
denados. En el fondo y en lo alto de un mon- 
tículo, ancianos eremitas se muestran en actitud 
contemplativa, aparecen ajenos a cuantos les ro- 
dea. Se trata de una creación fantástica, plena de 
inquietudes, de transcendental sentido. Efe pro- 
fundamente patética, y fabulosa como una leyen- 
da de los siglos medios. . . Mas ¿por qué cl cuadro 
poemático de la Muerte viene tenazmente a mi 
memoria? ¿Qué sutil maleficio, Yolanda mía, se 
ha infiltrado en nosotros?... 

La Princesa.— Es un maleficio de muerte, 
Ataúlfo. ¿No has pensado nunca en que, máa 
tarde o más temprano, tienes que ir a reunirle 
con ella, con la Princesa Piedad, que íc espera 



CERVANTES 187 

ya, como en un lecho, en la urna de la tumba que 
has mandado construir? AHÍ te enterrarán con 
ella; vuestros huesos se confundirán, vuestro 
polvo será, al fin, un mismo polvo. Allí dormirás 
con ella eternamente; esc será, a la postre, tu tála- 
mo último; y tu primera esposa, la única, la eterna. 

El Príncipe.— Calla, Yolanda, calla... ¿Qué 
puede preocuparte eso sí tú eres la de mi alma, 
la de mi corazón? 

La Princesa.— Pero, siempre la falsa, la inte- 
rina... Al panteón real, tú lo sabes, no puede ir 
mi cuerpo a reposar, porque no vengo de regia 
estirpe. La desigualdad de nuestra alcurnia será 
más fuerte que todo, que nuestro amor mismo, 
puesto que nos separará en la tumba. Yo, des- 
pués de muerta, seré llevada al panteón del cas- 
tillo de la Umbría. Allí, en la tenebrosidad hosca 
y helada de aquel recinto de mis antepasados, te 
esperare como te esperaba cuando éramos aman- 
íes; pero, tú no vendrás, caballero en la noche; 
tú no vendrás nunca, nunca. Eslarás con la otra, 
con la rival de siempre, cuyo fantasma blanco me 
parece ver sonreír en la sombra, satisfecho, por- 
que tiene una aliada invencible: ¡la Muerte! 

El Príncipe.- Mi alma estará unida a tu alma 
eternamente. 



188 CERVANTES 

La Princesa.— lEI alma! ¿Existe, acaso...? 
¿No será tan solo maferia que vibra y que palpi- 
ta? ¿El amor, el odio no serán secretos magne- 
tismos de los átomos que se atraen o se repe- 
len..,? Lo ignoro, y lo único que sé es que no 
puedo resignarme a la idea de que no nos ente- 
rrarán iuntos. ¿Hay algún medio para no separar- 
nos ni con la muerte? 

El Príncipe.— Tal vez. 

La Princesa.— Ya lo sé. Incinerar tus despo- 
jos y beberme tus cenizas disueltas en esencia de 
ámbar, como la Reina Artemisa... Pero, si como 
me dic^ un fatal presentimiento, yo muero antes 
que tú...? 

El Príncipe.— Aún puede haber otro medio, 
Yolanda. 
La Princesa (anhelante).— iC\iaV> 
El Príncipe. -Escúchame con calma y te lo 
explicaré. Allá por fines del siglo xv y principios 
del XVI apareció en Alemania un artista extraño, 
que era el genuino representante de la escuela 
germánica, fuerte, dura, triste, taciturna, impreg- 
nada de metafísica, llena de audacias y geniali- 
dades, entre notas de humorismo cruel, fantasías 
visionarias e ideologías filosóficas. Su figura 
dice lo que son sus obras. En mi pinacotea guar- 



CERVANTES 189 

do una magnífica copia de su auto refrato. Su 
rostro ojeroso y lívido de Cristo macerado, en- 
cuadra una gran melena que en rubios, sedeños 
y largos bucles cae hasta los hombros. Como el 
divino Leonardo era enciclopédico: escultor, pin- 
tor, poeta, filósofo, grabador, sin rival en el 
mundo. Era de Nui'emberg y apareció con la 
Reforma, en ese despertar de la conciencia hu- 
mana. 

La Princesa.— ¿Alberto Durero? ¡El visiona- 
rio de Melancolía! 

El Príncipe.— Has adivinado, sí. ¡Alberto Du- 
rero! No sabes el influjo sobrenatural que en mí 
ejerció siempre este atormentado visionario. Sus 
cuadros simbólicos y extraños, sus grabados du- 
ros, viriles, desolados y dolorosos están impre- 
sos fuertemente en mi alma. En este instante es- 
toy viendo un grabado suyo, en acero, aquel que 
se titula: El Caballero, la Muerte y el Diablo, y 
yo mismo me veo retratado en él, viviendo una 
vida de ultratumba. 

La Princesa. — ¡Ataúlfo! 

El Príncipe.— Por un agrio camino calcinado, 
todo sembrado de cráneps, huesos y fieras ali- 
mañas, como senda de anatema, avanza, ginetc 
en su caballo, un caballero medioeval, vestido de 



Í90 CERVANTSS 

hierro y armado de todas armas. A su lado, des- 
carnada, crinada de serpientes, con un reloj de 
arena en la diestra, cabalga la Muerte. 

La Pwincesa. -Y, detrás va el Diablo con un 
lanzón. 

El Principe.— Sí, y todos avanzan quebrantan- 
do huesos, aplastando cráneos, pisando anima- 
les siniestros. En lo alto de una colina rocosa y 
erizada de maleza, surgen los bastiones de un 
pétreo castillo almenado; todo bajo un cielo obs- 
curo, fosco e implacable, que se siente pesar 
como una cúpula de plomo. 

La Princesa (como ante, una visión). — ¿A 
dónd2 van el Caballero, la Muerte y el Diablo...? 

El Príncipe (con firmeza),— A tu castillo de 
la Umbría. 

La Princesa (con espanto). -¿A mi castillo de 
la Umbría...? 

El Príncipe (con voz de profundo convenci- 
miento).— Si, a tu castillo de la Umbría, porque 
en ese Caballero pálido y trágico, que es de to- 
dos los siglos, me veo retratado yo, yo mismo 
que, después de muerto, he abandonado la urna 
cineraria en que dormita mi postrer sueño con mi 
primera esposa, para acudir a la cita que desde 
hoy quiero darme configo para más allá de la 



CERVANTES 191 

vida, en el íéfrico castillo de nuestros amores. 
La Pálida y el Diablo me acompañarán... He aquí 
porque te decía que acaso habría un medio para 
amarnos más allá de todo. 

La Princesa (convulsa y anhelante). -Y ven- 
drás al fin? 

El Phíncipe (con acento trágico y solemne).— 
Sí. Te lo juro. Y este beso helado que te doy 
(besándola en los labios) y que seila nuestro 
pacto, me lo devolverás entonces... Son la pa- 
sión y el pecado fuertes como la Muerte... (El 
Príncipe extiende su diestra en ademán de jura- 
mento: con la otra mano tiene aprisionadas las 
dos manos tremantes de la Princesa. Quedan 
ambos inmóviles, cual si estuviesen petrificados. 
Las miradas del uno se clavan en las del otro, 
como puñales que fulgen con un brillar acerado, 
mezcla de terror y de siniestra esperanza... Una 
emoción de abracadabra parece notar en el am - 
bien te. . .) 

TELÓN 

Césaw E. arroyo 

(Cónsul del Ecuador en Vigo) 



V- 



EfllíSElJl miPli-illlERlLIII!! 
CE^WANTES 

Alberío Aguilera, Jó. MADRID Te/éf. 59-67 



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esta Editorial, Juan Rivas Bonilla 

— , k 



AP Cervantes; revista hlspano- 

60 americana 

C4 

1917 

jul.-set. 



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